10 junio, 2026
Primero llega el silencio

Una matrioska de tres mujeres en absoluta simbiosis emocional, agobiadas por el sentimiento de ser poseídas y controladas a través de la culpa. Reseña de «Primero llega el silencio» (2026), Editorial Impedimenta.

Escribe: Gabriela García

Si contara de qué va esta novela probablemente tendría una hermosa viñeta clínica para un psicoanalista que deseara ilustrar qué es el estrago materno, esa operación de apoderamiento de la hija o hijo para convertirlo en objeto de deseo, y que tal vez el único proyecto deseante de algunas mujeres, tener un hijo todo para ellas solas, un fetiche.  Esta operación puede ser “arruinada” por alguien que tenga las ganas de paternar, e interponerse entre ellos para que ese hijo pueda convertirse en sujeto y no en un mero apéndice narcisista de la madre.  

Sin embargo, y porque estoy un poco cansada de que se carguen las tintas sobre «la madre», especialmente cuando tenemos 1.1 femicidios cada 100.000 mujeres en Argentina, un poco por delante del 1.0 en Rumania de donde es esta autora, y en los medios seguimos escuchando voces que lo primero que preguntan es «dónde estaba la madre de la chica muerta», es que voy a prestar atención a otro tipo de estrago, tanto o más devastador que el materno: el estrago paterno. Ese señalado por las psicoanalistas que pensaban en la clandestinidad en los años de plomo de la dictadura militar argentina.  ¿Es pertinente hacer esto en una reseña literaria? Tal vez sí, en caso de que la escritora sea tan buena como para manejar con brillantez las dos vertientes: la femenina y la historia de tres generaciones de mujeres, una dentro de la otra; y la de los hombres que sin ningún miramiento por sus mujeres sembraron las condiciones dadas como para que se comieran entre ellas.

Simón de Beauvoir hablaba de la mala fe de las mujeres, esa que hace que posterguemos nuestro protagonismo cuando en realidad lo que no tenemos es el ánimo de hacer valer lo que tenemos ganas ahora mismo, aunque sea mínimo, y no responder a preguntas tan simples como qué te gustaría comer diciendo lo que vos quieras. Y en eso que dice la maestra podemos reconocernos muchas de nosotras ahora, pero ni siempre, ni en todas partes, ha sido así o es así. La mentalidad es de alguna manera el límite de la experiencia. Imaginemos la mentalidad de un rumano, un país siempre subordinado a designios ajenos, que atravesó el siglo veinte bajo el aplastamiento feroz de su población, entre otras cosas por la dictadura de Nicolae Ceaușescu. Estoy diciendo que el condicionamiento socio cultural existe, que nuestra relación de subalternidad al hombre acontece en un contexto donde también ese hombre es oprimido y que las estructuras de sometimiento están más allá del acto de arrojo de querer algo que no ofenda ni a mí mismo ni a nadie.

La actividad deseante de alguien puede ser escribir, y escribir como lo hace Ioana Maria Stăncescu además de ser un proyecto personal, es un acto político que sirve para ir reorientando la historia, especialmente la de las mujeres, porque capítulo a capítulo va hasta el fondo de lo anecdótico para mostrarnos cómo funcionan las lógicas de dominio, y eso no pasa por nosotros sin dejar mella. Pero prestemos atención al título Primero llega el silencio, y su epígrafe: “Cuando el silencio se instala dentro de una casa, es muy difícil hacerlo salir” M. Yourcenar. Hacer salir el silencio de una casa, o de un país, necesita también de la escritura.

Primero llega el silencio

Impedimenta tiene un rumano, Mircea Cartarescu, nave insigna de la editorial, y ha publicado a esta mujer nacida en 1975 en Bucarest, Ioana María Stăncescu, que aumenta con su obra el aura que se ha ganado la literatura de Europa del Este. Esta escritora hace legible en su novela la relación tal vez más difícil que experimentamos: con la madre. Clama por poner palabras, por sacar de la afonía el vínculo más elemental, y al hacerlo también nos recuerda que de los traumas personales o históricos se sale en conversación.

La novela desarrolla en veintitrés capítulos la historia de la abuela, la hija, y la nieta, una especie de matrioska de tres mujeres en absoluta simbiosis emocional, agobiadas por el sentimiento de ser poseídas y controladas a través de la culpa, arrasadas en su deseo de autonomía. “La voz de mi madre se cuela por todas partes, llena los huecos de mi mente, llega hasta donde no cabe nada. La oigo todo el tiempo. Cuando mi madre no esté, su voz seguirá conmigo y yo empezaré a hablar con ella, a la espera de que crezca Flavia, de que yo desaparezca y dejársela a mi hija”

Capítulo a capítulo la narradora busca una salida de la madre. Las figuras masculinas no aparecen en el primer plano, la escritura de Stăncescu arrincona la representación de los hombres, y tal vez por eso los deja ver de una manera punzante.

La novela nos cuenta sobre Dora, la protagonista y narradora: una mujer de mediana edad que coquetea con alguien por Facebook y a quien no se atreve a conocer personalmente por el temor a que no sea el hombre perfecto, descendiente de una estirpe de bellos guerreros. Fue abandonada por el padre de su hija, Flavia, y es hija de Nina, quien también fue abandonada por el esposo y padre de Dora.

La narradora cuenta en presente lo que le va pasando con su madre y su hija, de tal manera que estamos allí con ella sufriendo el agobio de los conflictos que no se enfrentan abiertamente. Y usa los pasados para rememorar lo que sabe y le han contado de Nina, su madre, y también para contar poco a poco por qué fue a parar a un hospital con una sobredosis de paracetamol.

La manera en que se aborda la dinámica entre los personajes nos sumerge en una atmósfera desesperante. Podemos reconocer la agresión pasiva de cada una de ellas, el enojo, las pequeñas venganzas, las crueldades disimuladas bajo los ropajes de las buenas intenciones maternas, y la devoción que se profesan como si no tuvieran otra deidad más que la Gorgona que representa una para la otra. La historia discurre como si estuviéramos «viendo» una telenovela, pero una telenovela que sirve para una educación sentimental nueva, que nos ayuda a ubicar eso que nos esclaviza para así tal vez intentar liberarnos. «— ¡Te ruego que no te enfades conmigo, que no te quedes callada, que no hagas señal de la cruz en el paladar, que no te frotes las manos, que no me compres más jérseis, que no pongas tomillo en todas las comidas, que no te quejes… ¡Habla conmigo, mamá! ¡O escúchame al menos sin repetir que me equivoco, que así no se hace, que no está bien!».

Como podrán leer el tema no es fácil, sin embargo la narradora en primera persona que Stăncescu elige nos hace fácil la lectura, pero bajo la apariencia de simplicidad en el lenguaje podemos percibir también el hábil trabajo de la autora, por la utilización de imágenes y metáforas, por el ritmo y el balance en el fraseo logra pasajes que son realmente para enmarcar .

“Por fin, llega el chico de Glovo. No es rumano. Sonríe y la boca de labios rojos se abre como una herida en su rostro moreno. La mochila amarilla parece la concha de un caracol, pero cuadrada. Mientras corren por las ciudades, acarreando a la espalda bolsas grandes, llenas de comida, los porteadores parecen una especie diferente, ¿nacida a raíz de mutaciones posteriores a la pandemia”. ¿Tengo que explicar todo lo que condensa este párrafo?

La Dora que Stăncescu nos ofrece tiene humor a pesar de la gravedad del asunto que aborda. La mirada que tiene sobre si misma es muchas veces burlona, lejos de auto conmiserarse, ve lo patética que puede resultar. “De vuelta en Bucarest, llamo a una señora para que me ayude a hacer la limpieza… De hecho, no la llamo para que me ayude, sino para que me alabe, para que quite el polvo y limpie los cristales mientras dice, en su fuero interno, “uy, ¡qué limpio… si todo el mundo tuviera así la casa! Pago cien lei a una persona para que vea lo maravillosa que soy”.

Menos evidente , y así comencé esta reseña mencionando el estrago paterno, es qué papel están jugando los hombres. Yo no sé, y no podría adivinarlo cuál es el inconsciente de este libro, pero hay como un saber no sabido, Cuando aparecen las figuras de los padres ya no miramos la telenovela de las tres de la tarde, más bien es como si estuviéramos mirando una película del expresionismo alemán, una de vampiros, donde las sombras que proyectan nos aterrorizan, la violencia que ejercen es de otro orden, una que debemos detener sin falta. “De vez en cuando, rompía el silencio en el que vivía entrechocando las palmas para calentarlas, y con los ojos clavados en su mujer y en su hija, apretujadas en un rincón de la cocina, empezaba a chasquear la lengua mientras se acercaba a ellas con su respiración agria, arrastrando los pies. “Nos cubríamos con los brazos y nos protegíamos como podíamos de sus manos y de sus miradas. Tenía cara de pájaro, de uno grande, de presa” comentaban mi madre y mi abuela de camino al cementerio y de vuelta a casa, se santiguaban rápidamente tres veces”.

Como decía el Indio Solari (sí, es imposible no estar pensando en él a dos días de su muerte): “La música está hecha para imaginar, y las letras para hacer visible la música”. Esta novela es otra clase de música, la que nos hacer imaginar un mundo en el que varones y mujeres deseemos dejar de poseer al otro.


Descubre más desde hamartia

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario