13 mayo, 2026
La Realidad Absoluta

El acicalado social humano existe y se hace con la palabra, se hace contándonos historias, chismes, datos de interés. Reseña de La Realidad Absoluta.

Escribe: Gabriela García

Miren que idea más bonita: el acicalado social humano existe y se hace con la palabra, se hace contándonos historias, chismes, datos de interés. Esto nos da cohesión, nos hace confiar, nos entretiene, y nos incluye en un mundo común. Fue inevitable pensar en esta tesis del antropólogo británico Robin Dunbar leyendo La realidad absoluta (Editorial Eterna Cadencia) de Luis Sagasti, su libro está colmado con información novedosa, datos de la ciencia y de la historia. Si los animales fortalecen sus lazos limpiándose, lamiéndose, cuidándose el pelaje entre ellos, nosotros los animales humanos, tenemos historias. Voy a referirme a modo de ejemplo a algunas que aparecen en el libro para que puedan dar con voz, tono, y estilo del narrador:

“… Si uno elevaba la vista podía notar que las copas de esos árboles no llegaban a confundirse, sino que, en una suerte de socialismo fitogeográfico, comparten el espacio que les tocaba en suerte configurando así un delta de islotes verdes. Supe de grande que esa tan extraña y gentil forma de cooperación recibe el nombre de timidez de los árboles y que no muchas especies pueden hacer gala de sus lechos resultantes”.

“En el aeropuerto de Carrasco, en Montevideo, el oficial lava el fuselaje luego de la misión. No quiere borrar su Cristo Vence, desde luego; pero Uruguay es un estado laico que ha dado asilo a los aviadores argentinos que acaban de arrojar más de cien bombas sobre la Plaza de Mayo para desalojar a Perón…El cepillo se sumerge en el baldecito con aguarrás. Hay que frotar bien fuerte para borrar la inscripción… El oficial se acuerda lo difícil que era hacer pompas de jabón … La pericia se logra con el tiempo, advierte el oficial, cuando ya no le interesa el juego”.

Pero estas historias no se pueden leer disgregadas, aunque todas ellas sean muy interesantes, porque estamos bajo los efectos de algo que el narrador está acechando: la realidad absoluta. Eso que escapa a toda representación y que sólo acepta algún grado de simbolización. Martin Heidegger decía que el lenguaje es la casa del ser, y que de todos los guardianes que tiene, los poetas son los mejores. Lo cuidan sin poder asirlo, así que imaginemos gracias a nuestro narrador a un viejo filósofo, por supuesto alemán, que habla con la cocinera y esta le dice que el hijo del molinero ha dado con El Ser, así con mayúsculas. El texto de Sagasti parece tener esta anécdota como núcleo. Alrededor de ella trabaja cuidadosamente con relatos simples y reflexiones hondas, nos mete en lo que parece un laberinto que no conduce a ninguna parte, como cuando nos perdemos en el bosque, pero al final tenemos un hallazgo asombro. En efecto, el texto no camina en línea recta, va tomando cada desvío para ilustrar cómo es la experiencia de no soportar la realidad absoluta, eso que no se puede nombrar o categorizar. Es Kurtz en el corazón de las tinieblas, Fitzcarraldo cruzando un barco por la selva, el Titanic dejando menos que un puntito silencioso en el agua helada, es un ermitaño devorado por querubines, el corredor que vuelve al estado primario de presa, es el disco de Queen en News of de World.

La Realidad Absoluta - Libro
Editorial Eterna Cadencia

Quienes algo sabemos sobre Heidegger, autor que el narrador incluye, sentimos cómo vibra su pensamiento en este libro, porque el filósofo nunca nos dice qué es el ser, eso sería hacer metafísica. De hecho, el gran pensador dijo que Ser y Tiempo, su gran libro, no le había salido. Se me ocurre pensar que tal vez si viviera confiaría más en autores como Sagasti, esos que aluden con picardía criolla al gran asunto sin tematizarlo, sino metaforizándolo. Algunos dicen que la literatura es el pensamiento que más piensa, este libro es una muestra. También retumba Lacan y el nudo borromeo, el anudamiento de los tres registros de la realidad psicológica, ese que si se desata nos enfrenta a la angustia sin objeto, no al miedo, a algo anterior, lo real. Lacan terminó sus días jugando con cuerdas, hilos, nudos y pensando sobre esto con las manos, así el motivo de los hilos y filamentos aparece frecuentemente en este texto de Luis Sagasti. Pero sin estas referencias “cultas” el libro no pierde nada, es apasionante, sin embargo si se las tiene se disfruta más, como muchas cosas en la vida. Por eso nos gusta leer.

Hete aquí que el narrador nos va adentrando en ese bosque enmarañado de historias sobre encuentros con la realidad absoluta, especies de epifanías ominosas que se experimentan cuando caen las identificaciones. Si bien los relatos son independientes, uno podría decirle a un amigo en un bar y recordando alguna página de este libro: ¿sabés por qué nos dan tanto miedo las serpientes? Porque no se mueven en línea recta como nosotros, y el amigo entendería. Así pues con muchos datos que el narrador trae vivos a su texto, que a decir verdad tampoco se mueven en línea recta y que sin embargo se encaminan furtivamente hacia la parte final con el viejo filósofo llevando el ser en un tupperware y haciéndonos querer saber qué va a hacer con él. Sí, repito, el Ser en un tupper.

Escucho la voz clara y titubeante al mismo tiempo de este narrador que se empeña en cambiarme de tema porque sabe que sólo se pueden dar rodeos y que la tensión está en eso que nos deja en ascuas, como alguien que ha pedido un sándwich y lo abandona en su plato sin motivo aparente. El desconcierto también sobreviene si se leen los títulos de los capítulos. Escuchen: 1. La timidez de los árboles 2. Flying Jesús 3. Manta boreal 4. Cuadros de una exposición 5. Serpientes 6. La isla de los caníbales 7. Cien metros llanos 8. El hombre del sándwich 9. El escritor fantasma. Es como un cotilleo sobre asuntos conmovedores que discurre ligero, fácil, y adictivo. Como lectora quiero más y más de esas anécdotas, con sus historias, sus contextos, sus personajes potentes. Sé que me está distrayendo, tal vez por un instante me haga pensar en cebras, como en la anécdota de uno de los banqueros Rothschild, y no en El Ser. No obstante, me pasó algo alarmante, cuando llegué al capítulo sobre el pensador que teorizó sobre la transmutación de las imágenes en el arte, sospeché que podría estar ante un fenómeno similar, tal vez estuve enfrentándome a lo mismo a lo largo de todas estas historias de abejas, biblioteca, Freddie Mercury: ni más ni menos que al Ser.

Luis Sagasti tiene sentido del humor y para el sorprendente final elige un artilugio espléndido a través del cual comenta una idea fundamental en el pensamiento heideggeriano: uno no es uno, uno es la alteridad, uno está fundado en el otro que lo preexiste; no es más que con avivadas que podemos decir algo sobre nosotros mismos sin sonrojarnos.

Explico el artilugio que creo ver:

Cuando vamos llegando al final del libro el narrador se convierte en un escritor fantasma que tiene que escribir sobre un escritor famoso y éste entre la mucha información que le da sobre su vida célebre también le cuenta la historia del hijo de la molinera. El escritor fantasma queda tan prendado de esta anécdota que quiere quedársela para él, pero el escritor original se rehúsa. Entonces la esposa del escritor fantasma le sugiere un truco para poder escribirla. Tengo para mí que Sagasti tenía planificada la obra desde esta idea poderosa: cada vida tiene un escritor fantasma, un otro que la dice y la desdice. “Como corrientes marinas invisibles, una cálida y otra fría, corren por la conciencia poesía y capitalismo”, dice tan precisa y preciosamente el narrador. Y esta línea me hace reflexionar que como lectora me he dejado llevar. Por momentos relajada, por momentos tensa. He pasado de la contemplación asombrada a la voracidad cosificante. Dicho de otro modo, he experimentado esas cosas que evitan el encuentro con lo insoportable de la realidad absoluta, ya sea por alienación capitalista o por esplendor creativo, los que hacemos crítica fluctuamos un poco y un poco.


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