CADA DÍA MÁS SOLARIS

¿Cómo poner en palabras al tipo que siempre tuvo la justa y que nos coronó con poesía la conciencia?
Escribe: Julieta Dorio
Qué duro, hermano… ¿Cómo poner en palabras al tipo que siempre tuvo las justas y que nos coronó con poesía la conciencia? No es fácil, Míster. Haré el intento, aunque te hayas llevado todas las palabras con vos.
Hace más de 30 años que llegaste a mi vida de la mano de mi mejor amigo, Bruno, que me regaló Oktubre con una mirada firme, tierna y convencida de que yo era digna de pertenecer al universo mágico, pero bien terrenal, que proponías. Y lo puse en la bandeja de CDs con cierta reserva, porque ya el arte de tapa resumía cierta oscuridad a la que no estaba acostumbrada.
Ya los primeros acordes de Fuegos de octubre advertían una suerte de encantamiento del que era imposible despegarse y prometían, como un intento de manual de instrucciones, que el viaje recién estaba comenzando y que había que agarrarse fuerte porque iba a haber turbulencias.
Me pareció corto. Me quedé con hambre. Tenía que escuchar más, pero sólo tenía ese disco y no había herramientas digitales para sumergirse. Sólo podías ir a Musimundo y luego a Zivals a escuchar discos sin comprarlos. Así que puse play de nuevo para volver a escucharlo.
La conexión tuvo un corto proceso, como un elixir que se bebe y hay que esperar a que haga efecto.
Fuiste, en ese momento, una suerte de flautista de Hamelin.
Era un momento muy difícil de la Argentina, con el neoliberalismo arraigándose fuerte, en épocas de globalización y de una férrea instalación del individualismo como norma, de entrega de la soberanía y de edictos policiales que hacían las veces de un monstruo con hambre postergada de la última dictadura y relegada a los sótanos de una democracia flaca y vulnerable.
En esos tiempos, los adolescentes habíamos sido colocados, aunque no declarados de modo oficial, como enemigos del Estado.
La invisibilidad a la que por defecto te condena la adolescencia, sólo se levantaba para escapar de los palos, los topes con los caballos de la Montada, los toques de queda, las razzias, las detenciones arbitrarias, las torturas, los calabozos en comisarías, las desapariciones y la plantación de falsa evidencia para justificar el gatillo fácil.
Los nombres se sucedían en las páginas de policiales de los diarios, que tomaban como única fuente la policial y criminalizaban a la juventud y a la pobreza.
Y sólo teníamos al Indio y a la Correpi, que nos miraban con otros ojos y nos supieron dar cobijo.
La Correpi, con el Manual del Pequeño Detenido, que nos enseñaba cuáles eran nuestros derechos y nos daba herramientas para defendernos.
Y el Indio, que nos interpelaba directamente, que nos veía, que nos escuchaba y que respetuosamente nos supo dar la mano para guiarnos. Sin que fuera necesario decirlo, nos hizo saber que estaba bien ser nosotros mismos.
Supo ser luz, ser referente sin aires de superioridad. Sin peinados raros, ni máscaras, ni disfraces que se desvanecen cuando se apagan los cenitales.
Sin subestimarnos, nos habló al oído sobre Historia, Filosofía, Sociología; nos contó historias de gente común y muchas veces olvidada. Nos dio un baño de realidad en la que éramos protagonistas. Nos susurró historias de amor genuinas, que se erigían sobre mochilas de dolor.
Nos llenó de poesía embarrada, así, cruda, poniéndole un manto de belleza a la vida en medio de un mundo que era duro, represivo, cruel. Y nos rescató.
Nos brindó el regalo de sacarnos del conformismo, de inquietarnos ante el sopor de encajar en un mundo cada vez más roto. Nos ofreció un lugar seguro y de pertenencia, una trinchera amigable, sin moldearnos a su antojo ni al de otros, sin etiquetarnos ni limitarnos y, sobre todo, sin ponernos algodones.
Supo ser guía, hogar, pueblo y también voz de una conciencia social y colectiva, en medio de tanto mirar para otro lado. Nos enseñó a mirar a los más vulnerables, a los que el sistema expulsa o señala, a los nadies.
Nos dio lecciones de cómo pararnos de manos con altura, a reconocer a los que el acento del barrio les sale mal.
Pero siempre lo hizo desde una cierta horizontalidad.
El tiempo, la vida, fue transcurriendo. Recitales a hurtadillas, sin decirles a nuestros padres para que no se preocuparan y para que no fraguaran esos momentos de desplegar alas.
En el camino: amores, desamores, pérdidas, golpes de la vida. Y el terrible, y demasiado pronto, momento en que partió Bruno, mi amigo, el que me había pasado la contraseña y con quien corríamos a buscarnos cada vez que había un pogo ricotero, en especial Jijiji que era nuestro tema, para entrar juntos en ese ritual tan mundano y tan místico a la vez. Tan nuestro.
En ese momento supe que el asunto estaba ahora y para siempre en mis manos. Me quedé sola en el ritual poguístico, porque nunca nadie ocupó su lugar.
Pero eso es lo mágico del Indio. Que habilitó una ceremonia donde el oxímoron era la norma: estábamos solos, pero juntos. Logró romper el individualismo como nadie: estar solos nunca fue soledad con él, sino una reconstrucción hacia lo colectivo.
Nos enseñó a entrenar el pensamiento paralelo y a cuestionar al sistema; nos dio clases de lingüística de un modo lúdico, de queruza. Acercó a millones a la lectura. Muchos aprendieron comprensión de texto gracias a él. Y nos regaló más de una frase por canción que quedarían marcadas a fuego en nuestra identidad, tanto individual como colectiva.
Nos cobijó a los que no encajábamos y habló con nosotros y por nosotros. Nos dio voz, nos contuvo con un abrazo fraternal, nunca paternalista, nunca desde un podio ni desde una estructura verticalista.
Derribó las barreras que el sistema construyó para dividirnos, para dominarnos.
Hizo que nos fijáramos de qué lado de la mecha nos encontrábamos. Y eso fue una clase magistral de política que nos atravesó para siempre.
En su trinchera, nos albergó por igual a adolescentes, a adultos, a laburantes, a estudiantes, a personas privadas de la libertad, a profesionales, a intelectuales, a obreros, a amas de casa, a pobres y clase media.
Nos hizo asistir a una misa laica, sin hacer diferencias entre religiosos, ateos y agnósticos.
Fue trovador y juglar en tiempos de discursos unívocos y hegemónicos del poder. Y logró ponerle belleza hasta a lo más terrible.
¿Quién otro logró que cientos de miles de personas se juntaran a escuchar poesía? Sólo él.
Hizo la revolución con una canción de amor. Y forjó millones de bombas pequeñitas; fuegos que no se encendieron frotando dos palitos y que arderán para siempre.
Nos recordó una y otra vez que el único héroe posible es el colectivo.
Y nos contuvo hasta el último momento. Hasta nos preparó para este día, dándonos tiempo para digerirlo, con una canción de despedida en la que nos recordaba que en la Resistencia está todo el hidalgo valor de la vida.
Partió (sólo del plano terrenal) alguien que supo hacer de la coherencia un estilo de vida. Uno que nunca tranzó, ni se embriagó con la fama. Un imprescindible.
Se fue una parte importante de mi vida, que a la vez vivirá para siempre en mí, porque, como bien dijiste, nadie es capaz de matarte en mi alma.
Quienes aseguran que se murió nuestro héroe o el mejor de los nuestros, no lograron entenderte.
Se fue uno de los nuestros. El que supo hacernos mejores.
Ahora tiramos nosotros, porque nos toca.
Gracias eternas, Indio.
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