OSO

La manera que Engel tiene de contar hace vibrar las miles de capas del mito. Lo intemporal del arquetipo con lo que nos podemos relacionarnos y reconocernos a lo largo del tiempo.
Escribe: Gabriela García
Comencé a leer «Oso» (Editorial Impedimenta) porque una amiga me dijo “leélo, es raro” y yo le confío. Veo en la tapa de la editorial Impedimenta, una mujer que por su blancura y peinado me parece japonesa, está zambullida en el pelaje de un oso pardo que la mira de reojo. No sé nada de la autora: Marian Engel, más tarde la googlearé, es canadiense, y la primera publicación de 1976.
Se me hacen un poco farragosas las primeras páginas, es sobre una bibliotecaria, una ratoncita a la que le ha llegado un encargo que le parece excitante. Inventariar la biblioteca de una familia con largo linaje inglés que termina estableciéndose en una remota isla de Canadá. El último propietario ha legado la aristocrática casa junto, y su contenido a la fundación para la que trabaja la bibliotecaria. Lou, nuestra protagonista, inicia su viaje hacia la isla, y al desembarcar le avisan que la casa también tiene un viejo oso, un buen oso que está atado ahí desde tiempos inmemoriales. Le advierten que no lo desate, y que con alimentarlo estará bien. La muchacha se sorprende, pero está muy más interesada en su trabajo, la neblina, el fuego, el lago. En ese aislamiento, entre mapas y libros amarillos se siente bien.
Como lectora sabía que pasaría algo con el oso y quería leerlo. Fue un deleite ver como esa relación progresaba, me sentí ahí chapoteando en el lago con un animal de cientos de kilos. Hurgué en su piel también con los dedos mis pies mientras leía notas que se caían de libros viejos.

Había terminado el ensayo de Paz López, «Pánico y ternura», cuando me topé con «Oso». Tenía todavía fresco un pasaje de Pier Paolo Pasolini que citaba López en su texto: “Aprieto con fuerza el brazo de mi madre (de hecho, camino del brazo de ella) y hundo la mejilla en el pobre abrigo de piel que lleva puesto: en ese abrigo huelo el olor de la primavera, una mezcla de escarcha y calor, de fragantes barros y flores todavía sin olor, de casa y campo. Este olor del pobre abrigo de mi madre es el olor de la vida”. Y entonces imaginé las dos escenas, a Pasolini y a Lou hundiendo las narices en las pieles, en ese abrigo primigenio, en el acto primero por el cual alguien se inclina hacia nosotros y nos da calor. Y hete aquí que andaba yo en mis pensamientos sobre la ternura y la hermosa manera que tiene la autora de Oso de reivindicarla a través de su historia. Porque tal vez no exista otra manera más extrema de reconocerle al otro su plena existencia a ser otro que la dulzura. Nos han enseñado por años lo cursi de ese sentimiento, pero yo no hablo de ositos de peluche, hablo de un oso real que puede herirte y sin embargo le regalas tu vulnerabilidad y a la que responde con compañía serena.
Seguía yo en mis pensamientos sobre cómo hacer una pedagogía de la contra crueldad si no comenzamos por darle una narrativa de valor a la ternura. Y continuaba yo con mis cavilaciones sobre el papel de la literatura en este asunto, ya que como dice Pascal Quignar en su ensayo «La retórica»: “La literatura es el pensamiento que más piensa”, y el que puede transgredir agregaba yo, y me dejaba llevar por estas ideas sobre lo subversivo de la ternura de tal forma que me encontré mediando el libro que para ese entonces me mostraba su osadía, porque ser tiernos con un animal parece un lugar común pero jugársela con un oso es un acto muy atrevido e interrumpe la lógica violenta del sistema para instalarnos en algo bien distinto a lo conocido. “El oso tomaba el débil sol con la cabeza apoyada sobre las patas. Nada en él indicaba si sufría o no, si le gustaban los pijamas de topos o a rayas o si algún día escribiría un libro sobre humanos vestidos de pensamientos osomórficos. Un oso es más una isla que un hombre, pensó. Para un ser humano”.
Tal vez fueron los miles de años de evolución que nos enseñaron que aparearse con un ser de otra especie es inviable para la vida, y que una especie está justamente delimitada por esa barrera genética, tal vez fueron los siglos de tabú que llevamos sobre la zoofilia, o todo, el asunto es que no vi venir lo que ocurriría.
De pronto para mí, aunque tal vez ya estaban todas las marcas, Lou, la que parecía japonesa se convirtió en La mujer y el pulpo del pintor Hokusai, o en la Pasífae desesperada por tener relaciones carnales con el toro blanco. Pero al mismo tiempo que experimentaba esa curiosidad culposa comprendía que si me resonaban esas historias antiguas era porque la historia se metía en el pozo ancestral de la mitología.

Katsushika Hokusai ( 1814)
«Oso» es entonces una historia más compleja. La manera que Engel tiene de contar la historia hace vibrar las miles de capas del mito. Lo intemporal del arquetipo con lo que nos podemos relacionarnos y reconocernos a lo largo del tiempo.
Entonces saqué mis ojos de «Oso» y pensé en cuántas veces somos arrasados por un goce sin freno, una especie de posesión, de fascinación que enciende la codicia por algo o alguien, y se dirige ciego a chocar de frente con lo real del cuerpo, cuántas veces ponemos nuestra propia carne en algo mortífero.
Lou encuentra un freno, que no puedo contar, pero que rompe el hechizo, que la devuelve a la cordura de entender que es imposible ser satisfecha, ni por un oso ni por nada en el mundo, que el costo de intentarlo siempre es el riesgo de perder la vida, que el charco de oxitocina se puede convertir en un charco de sangre, que el otro amigo se puede convertir en un pobre monstruo impotente cuando está frente a una demanda delirante, que la empresa de someter es esclavizante. Cuando Lou desató al oso se ató ella, y sólo cuando le devolvió su legítima existencia de oso, su misterio, se devolvió a ella misma la libertad.

Mi amiga tenía razón, es raro, pero es una joya, el manejo que Engel tiene de los recursos literarios, el tono, la delicadeza con la que aborda la psicología de la protagonista, el fuego por donde la hace pasar. La enorme compasión en la despedida que Lou le hace a su compañero con quien ha vivido el frío y el calor, el oprobio y la alegría, convierten esta novela en uno de los libros más originales que he leído sobre la violencia y la ternura inherentes a nuestra condición de seres necesitados.
Descubre más desde hamartia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
