LA TRISTEZA COMO VALOR DEMOCRÁTICO CONTRA LA ULTRADERECHA

Frente a la ira, el recurso principal en la evolución de Vox, la tristeza desactiva el impulso de castigo. Las autoras del estudio también sostienen que se ha sobreestimado el papel ‘revolucionario’ de las emociones.
Escriben: Carolina Galais y María Ruiz
Publicada originalmente el 19 de septiembre del 2025 por CTXT
Emociones negativas y extrema derecha
En los últimos años, la política se ha vuelto más emocional. La incertidumbre económica, la polarización ideológica, las teorías de la conspiración y la crisis de confianza en las instituciones han creado un clima donde lo que la gente siente importa tanto como lo que piensa, algo de lo que son plenamente conscientes los responsables de campaña de los partidos políticos. En consecuencia, la ciencia política ha incorporado las emociones a sus modelos predictivos del comportamiento electoral, tomándolas prestadas de la psicología, pero respetando, en principio, su naturaleza breve y dinámica.
Las emociones son respuestas evaluativas que combinan componentes somáticos y cognitivos, y que influyen poderosamente en la forma en que las personas procesan la información política, toman decisiones y se vinculan con los elementos del sistema político. Son más variables que los sentimientos o las actitudes, lo que permite capturar dinámicas de cambio individual y utilizarlas para explicar variaciones en las percepciones y comportamientos del electorado, especialmente en lo que respecta a los partidos populistas y/o de extrema derecha, cuyos discursos apelan a menudo a emociones negativas.
Podemos recordar, por ejemplo, a Trump movilizando la ira de sus seguidores en Washington después de haber perdido las elecciones antes de que el asalto al Capitolio en 2021 tuviese lugar. Herbert Kickl, líder del ultraderechista FPÖ (Partido de la Libertad de Austria), popularizó su eslogan “Sangre vienesa, demasiado extranjero no le hace bien a nadie” durante la campaña electoral de 2010. También en 2010, Marine Le Pen, la actual líder del partido de extrema derecha francés, al referirse a las oraciones musulmanas en la vía pública, declaró: “Esto es una ocupación del territorio. Cierto, no hay blindados, tampoco soldados, pero es igualmente una ocupación”. El líder de la portuguesa Chega, André Ventura, propuso en 2020 que la parlamentaria Joacine Katar Moreira fuera enviada de vuelta a su país de origen. Viktor Orbán, líder de Fidesz y primer ministro de Hungría, se refirió a la masiva manifestación del Orgullo en Budapest de 2025 como “repulsiva y vergonzosa”, insistiendo en que “los gays deben dejar a nuestros niños en paz”. Los ejemplos son, por desgracia, demasiado variados y numerosos.
El repertorio emocional de Vox y sus efectos
España no ha sido la excepción. En apenas una década, Vox ha pasado de ser un partido marginal a consolidarse como tercera fuerza política [según el último sondeo de 40dB, la formación ultra ha alcanzado su mejor resultado en estimación de voto, con un 17,4%], y lo ha hecho no solo con propuestas programáticas, sino a través de una narrativa emocional que conecta con sectores desencantados. Diversos estudios han mostrado que Vox ha sabido movilizar eficazmente emociones negativas para afianzar su base de apoyo. Sus discursos se caracterizan por apelar al miedo al inmigrante, al resentimiento hacia las élites y a la indignación ante los cambios culturales promovidos por el feminismo o el independentismo. La mayor parte de ellos buscan activar la ira, una emoción que impulsa a “castigar” a los responsables del malestar, o el miedo, que refuerza la necesidad de orden y autoridad. Ortega Smith, por ejemplo, llamaba al “islamismo” enemigo de la vida, la democracia, la familia y el futuro en un mitin en Valencia en septiembre de 2018.
Un ejemplo más reciente es la campaña en contra de la inmigración de Vox, inaugurada con un tuit de su líder, Santiago Abascal, en contra de la ONG española Open Arms, que se dedica al rescate de migrantes en el mar, pidiendo confiscar y hundir su barco, para unos días más tarde –tras el caso de una violación en el centro de menores de Hortaleza en Madrid–, volver a fomentar el odio hacia los migrantes.
Diversos estudios asocian la tristeza a las respuestas empáticas y prosociales
Está claro que la ira es un recurso principal para Vox. Sin embargo, la mayoría de estudios que conectan extrema derecha y emociones comparten una serie de sesgos que podrían estar exagerando los beneficios de la ira para la extrema derecha. Ciertamente, la ira es una emoción muy interesante en el terreno electoral. Con su valencia negativa y su alto grado de activación y control, genera respuestas de confrontación ante un estímulo que se percibe como injusto, siendo capaz de activar el voto. Pero el rango de emociones negativas es más amplio. El miedo, por ejemplo, está muy presente en los discursos de extrema derecha, aunque diversos estudios apuntan a que suele generar respuestas de repliegue o evitación más que de acción, y su influencia en el voto puede depender del tipo de amenaza percibida. La tristeza sería la tercera gran emoción entre las que tienen una naturaleza negativa, aunque es también la más olvidada. Pese a ello, resulta interesante porque diversos estudios la asocian a la introspección, la reconstrucción cognitiva y las respuestas empáticas y prosociales, como la compasión.
Además de un excesivo énfasis en la ira, la literatura previa sobre emociones y extrema derecha presenta otras limitaciones. La más relevante es que la mayoría de los trabajos carecen de un enfoque dinámico que permita analizar cómo varían los efectos de las emociones a lo largo del tiempo. De esta manera, las emociones se confunden con rasgos de personalidad, lo que dificulta distinguir entre predisposiciones estables y reacciones al contexto político. Además, los temas considerados capaces de suscitar emociones vinculadas al voto a la extrema derecha han sido muy restringidos, centrándose de manera casi exclusiva en la inmigración, mientras que otros asuntos de gran relevancia política han quedado en un segundo plano.
Nuestro estudio, recién publicado en South European Society and Politics, aborda estas limitaciones por tres vías. Primero, ampliamos el número de emociones negativas analizadas, incorporando a ellas la tristeza. Segundo, incluimos otros temas más allá de la inmigración, como el cambio climático, la seguridad, la organización territorial del Estado o los servicios públicos, capaces de activar respuestas emocionales distintas. Tercero, tratamos las emociones como fenómenos dinámicos. Para ello recurrimos a la encuesta Panel POLAT, y en concreto a las olas de 2020 a 2023. Esta base de datos ha sido desarrollada por el grupo de investigación Democracia, Elecciones y Ciudadanía (DEC) del Departamento de Ciencia Política de la Universitat Autònoma de Barcelona.
Principales resultados: no es lo mismo ser iracundo que enfadarse

El gráfico 1 presenta la intensidad media que alcanza cada emoción en función de los principales “problemas” que los encuestados identifican. Por ejemplo, entre aquellos que señalan temas relacionados con la gobernanza y la corrupción, la ira alcanza una media de 0,9; el valor más alto. La ira es, de hecho, la emoción más destacada para la mayoría de los temas. El miedo presenta una intensidad más baja y variable, además de asociarse más a las preocupaciones por la seguridad, la economía y el medio ambiente. Finalmente, la tristeza se sitúa en niveles intermedios, quedando especialmente asociada a la seguridad y el medio ambiente, superando incluso a la ira cuando se trata de este último tema o los servicios públicos. En suma, la ira es una emoción muy importante en relación con la agenda pública, pero no es hegemónica.
En cuanto a los temas que activan estas emociones, confirmamos el papel central de la inmigración, aunque con matices. Quienes consideran que la inmigración es “el principal problema del país” son más propensos a votar a Vox que quienes mencionan otros asuntos. Pero cuando alguien empieza a preocuparse por este tema por primera vez, no tiende a ver a Vox con mejores ojos como consecuencia. Es como si el discurso antiinmigración ya hubiera alcanzado su techo: quienes comparten esa visión ya votan (o contemplan votar) a Vox, y generar más preocupación al respecto no suma apoyos. Lo mismo ocurre con la economía, la organización territorial (Cataluña, País Vasco…) o la seguridad: la preocupación por estos temas parece ser un rasgo relativamente estable. No es que la gente no cambie de opinión de un año a otro, pero cuando lo hace, no basta para que contemple cambiar su voto en favor de Vox. De hecho, la combinación de ciertas preocupaciones y emociones negativas puede incluso restarle apoyos: por ejemplo, la tristeza vinculada a la economía o el miedo asociado a la inmigración.
Uno de los hallazgos más destacados de nuestro estudio es el papel de la tristeza. Un aumento a lo largo del tiempo en los niveles de tristeza provocado por la preocupación que despierta la deriva de España se asocia a una menor probabilidad de apoyar a Vox. Es decir, cuando una persona experimenta más tristeza que en mediciones anteriores al pensar en el principal problema del país, tiende a retirarle su apoyo a este partido. Esto sugiere que la tristeza podría actuar como un freno emocional, desactivando impulsos de castigo o exclusión, y favoreciendo respuestas más reflexivas o empáticas. Es curioso, teniendo en cuenta la mala fama de la tristeza y lo lejos que está del discurso público, más allá de las películas de la serie Inside out.

El gráfico 2 también revela que la ira es útil para explicar por qué algunas personas apoyan a la extrema derecha más que otras, pero no predice cambios de comportamiento a lo largo del tiempo. En otras palabras, las personas perpetuamente enfadadas, propensas a sentir ira, tienden a votar a Vox; pero no lo hacen necesariamente como reacción a un estímulo coyuntural. Esto indica que la ira –medida como suelen hacer muchos estudios de opinión– en realidad está capturando más un rasgo de la personalidad que una auténtica reacción emocional a un elemento del contexto político. El miedo, tradicionalmente considerado menos relevante que la ira, muestra un patrón similar. Cuando lo consideramos estáticamente sí se asocia a una mayor propensión a apoyar a Vox. Pero cuando contemplamos la posibilidad de que cambie a lo largo del tiempo, su efecto desaparece o incluso se invierte. Por ejemplo, el aumento del miedo provocado por la inmigración llega a reducir la intención de votar por Vox.
Nuestro estudio revela también que factores como la ideología o las preocupaciones prioritarias de los ciudadanos pesan más que las emociones a la hora de explicar el voto a Vox. Esto no significa que las emociones sean irrelevantes, sino que hemos estado sobreestimando su papel “revolucionario”. La estrategia comunicativa de la extrema derecha, basada en mensajes emocionales sobre inmigración, seguridad o corrupción, puede reforzar su base electoral, pero no tanto ensancharla. Fiarlo todo a la indignación y el cabreo puede fidelizar a un electorado con un perfil actitudinal e incluso de personalidad muy específico, mientras se pierde la ocasión de llegar a otras personas, como aquellas con reacciones emocionales menos intensas, o más positivas, o incluso a las que procesan la agenda pública más racionalmente.
En definitiva, la extrema derecha podría tener dificultades para ampliar su electorado al abusar de ciertas apelaciones emocionales, especialmente cuando éstas son susceptibles de generar respuestas empáticas o de retraimiento. Nuestros resultados también nos hablan del potencial cívico de la tristeza. Esta emoción puede funcionar como un freno afectivo ante la atracción por discursos radicales. Lejos de ser solo una emoción paralizante, la tristeza puede activar mecanismos de empatía, fomentar una mirada compasiva hacia los demás –particularmente hacia colectivos minoritarios y/o desfavorecidos– y disminuir la receptividad hacia narrativas excluyentes o de confrontación. Tal como argumenta Martha Nussbaum, la tristeza tiene un valor democrático, porque nos conecta con la vulnerabilidad humana y con el sufrimiento ajeno. Nuestros hallazgos respaldan la idea de que, frente al discurso emocionalmente intenso y polarizador de la extrema derecha, la tristeza no solo desactiva el impulso de castigo, sino que también puede abrir espacio para respuestas más reflexivas, prosociales y solidarias. Tal vez deberían tomar nota de ello no solo los medios de comunicación o los tertulianos hiperventilados, sino también los activistas y quienes diseñan las políticas educativas en España, rompiendo la asociación entre tristeza y debilidad.
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