TEATRO AUTO-LUDDITA: QUÉ HAY DETRÁS DE «DESACELERAR» LA IA

Tres rivales descubrieron, el mismo fin de semana, que había que ir más despacio. Nadie explicó cuán despacio ni hacia dónde. Quiénes ganan con el “todos vamos a morir”.
Escribe: Clara Albisu
Publicada originalmente el 13 de septiembre del 2026 por LaNuevaPoesía
¿Cómo va, pequeños humanos cuya capacidad de razonamiento empalidece ante las máquinas?

El 12 de septiembre, Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, publicó “We Must Pace the Frontier”un ensayito ¿desaceleracionista?, en el que sostenía que la industria de la inteligencia artificial debía bajar un cambio, deliberadamente, al ritmo al que sus modelos ganan capacidades.

En cuestión de horas, Sam Altman anunció que OpenAI se sumaba al compromiso y Elon Musk tiró un lacónico “Dario tiene razón”.
La reacción en cadena de los tres directores ejecutivos de laboratorios rivales, encarnizados competidores por capital y cuota de mercado, coincidiendo casi al unísono en que había que pisar el freno, generó de inmediato una ola de especulación, sospecha, entusiasmo y alarmismo en las redes.
Un puñado de esas reacciones (estuvimos leyendo a insiders, filósofos, técnicos y govas de tuiter), tomadas en conjunto, dibuja algo interesante y exhibe los límites estructurales de cualquier proyecto de autorregulación capitalista frente a una tecnología cuyo desarrollo está gobernado por la competencia por el capital, no por el interés público (perdón, Su Santidad).
El episodio de “pacing the frontier” no puede leerse ni como el amanecer de una IA responsable (la lectura tecno-optimista, que confía en que las propias empresas resolverán el problema que ellas mismas crearon) ni como la antesala inminente del apocalipsis algorítmico (la lecturadoomer, que trata cada incidente como prueba de que Skynet nos va a matar a todos).
Debe, en cambio, entenderse como lo que es, un movimiento de coordinación oligopólica entre un puñado de empresas privadas que compiten por controlar una infraestructura escasísima, cuyas decisiones sobre qué tan rápido “avanzar” no son ni pueden ser sometidas a ningún proceso democrático, y que utilizan el lenguaje de la seguridad universal para negociar, en realidad, los términos de su propio dominio de mercado y su relación con los Estados.
Vamos a agrupar las reacciones en cuatro ejes.
Pasó algo
La primera reacción que merece atención es la de quienes, ante la súbita convergencia de posturas entre laboratorios históricamente antagónicos, sospecharon que algo grave había sucedido y se estaba ocultando.
Es difícil imaginar un mundo en el que Sam Altman, Dario Amodei y Elon Musk (hombres cuyas empresas se disputan miles de millones de dólares en financiamiento y cuya rivalidad pública es notoria e incluye hasta capítulos judiciales) decidan “por casualidad” el mismo fin de semana que hay que frenar.
Algo tuvo que haber ocurrido, especulan.
Un agente que se salió de control, un incidente de ciberseguridad quizás vinculado al episodio conocido como OpenAI-Hugging Face, en el que un enjambre de agentes de IA lanzó ciberataques no solicitados y trató de manipular a su propio evaluador.
O quizás, la reacción a la advertencia de un ex empleado de Anthropic, que se viralizó y puso el tema hasta en los noticieros que consume mi abuela Morita.

Esta lectura, llevada al fondo, apunta correctamente a la opacidad estructural de estas empresas, que son las únicas fuentes de información sobre sus propios riesgos.
Pero también tiene un punto ciego que conviene señalar, porque convierte el problema en un misterio episódico (¿qué pasó esta semana?), cuando el problema de fondo no es episódico sino estructural.
El “algo pasó” es una hipótesis emocionalmente satisfactoria porque promete una causa localizable y, por tanto, una solución localizable (arreglamos “esto” y seguimos).
La realidad material es que no hace falta un evento singular para que el incentivo símil carrera armamentista entre las diferentes plataformas de IA continúe operando, porque la estructura de mercado misma los empuja a eso.
Escepticismo tecnocrático
Otro bloque de objeciones, de tono más técnico, cuestionó la coherencia interna de la propuesta.
La objeción central puede resumirse en que la idea de una “pausa coordinada” no tiene sentido operativo porque no existe ninguna métrica clara para definir qué significa “ir más despacio”.
¿Se mide en métricas de entrenamiento? ¿En meses entre lanzamientos? ¿En algún umbral de capacidad peligrosa?
Sin un número al que aferrarse, lo único verificable podría ser la inversión real en medidas de contención, posteriores a las promesas de “ritmo”.
Este señalamiento acierta en un punto que el propio ensayo de Amodei termina por confirmar, que el “límite de velocidad” que propone queda deliberadamente indefinido.
El texto habla de “tomar el tiempo adecuado” para alinear y verificar los modelos, sin fijar ningún plazo, umbral de capacidad mensurable o ninguna consecuencia por excederlo.
La ausencia de métricas y de consecuencias es lógica, porque quien propone la medida es, simultáneamente, quién debería ser medido por ella.
Ninguna empresa que compite por ser la primera en llegar a un mercado de billones de dólares va a autoimponerse un número que un rival pueda usar en su contra ante inversores o ante el mercado.
La vaguedad permite firmarlo sin comprometerse a nada verificable (¿arreglamos “esto” y seguimos?).
Coartadas geopoliticas
El tercer eje, más denso ideológicamente, es el de la disputa entre productores, en particular la relación de los productores occidentales con China.
Si la discusión sobre el ritmo es indefinida y flota en el aire, Amodei se pone bien concreto cuando argumenta que la pausa solo tiene sentido si se combina con controles de exportación de chips, represión de la destilación de modelos por parte de “proyectos vinculados al Partido Comunista Chino” y una ventaja tecnológica occidental lo suficientemente amplia como para poder permitirse “el lujo” de ir más despacio.
Hoy, laboratorios chinos como los de Xiaomi o Moonshot publican modelos de código abierto que compiten con los estadounidenses. Si el freno solo se aplica de un lado, se transfiere la ventaja.
Amodei descansa en la dificultad de lograr acuerdos globales para seguir adelante.
Este eje revela algo que ni el doomerismo ni el tecno-optimismo logran capturar bien: que la “seguridad de la IA“, tal como la formulan los laboratorios estadounidenses, está indisolublemente entrelazada con la geopolítica del control de semiconductores y con la voluntad de mantener el liderazgo militar-tecnológico de un bloque de Estados sobre otro.
No es casual que el propio Amodei enumere, entre las medidas necesarias para “desacelerar” con seguridad, la prohibición de vender chips avanzados a Chinay la represión de la destilación de modelos. Intenta pasar medidas de guerra comercial y tecnológica como de seguridad universal.
La idea de acuerdos globales o concertaciones internacionales de Amodei no es que haya acciones desde la ONU u otros foros de cooperación (que vienen con sus acciones en baja, digamos todo) sino que EEUU imponga sus reglas con poder de policía a los demás.
Así, reafirma a Washington en su aspiración de dominación.

Y también aporta a su narrativa de pretendido actor racional y democrático que “defiende” a los demás de los locos malos en otros polos de poder global.
El día anterior a la publicación del ensayo del CEO, Anthropic publicó también un “estudio” que señala que actores geopolíticos opuestos a EEUU (rusos, chinos, desestabilizadores del golfo árabe) utilizan sus productos para planear ataques, diseñar armas biológicas, dirigir misiles o pelotear ideas antiamericanas con agentes de IA.
Una pregunta válida ¿por qué no sabemos ni publica con tanto detalle cómo EEUU y actores dentro de ese país utilizan las aplicaciones militares o de inteligencia de Claude y otros prestadores?.
En fin. El lenguaje de “salvar a la humanidad” convive, sin aparente contradicción para sus autores, con el lenguaje de “mantener la ventaja de Estados Unidos”.
Es que la seguridad de la IA, tal como se practica en Silicon Valley y se predicó esta semana en medios de todo el mundo por la “advertencia” del ex empleado de Claude, es indistinguible de la seguridad nacional estadounidense y de la rentabilidad de estas empresas que cotizan (o están a punto de cotizar, je) en bolsas.
Lo resumimos un poco acá, pedimos perdón por la autocita, y abrimos libro de quejas:

El caballo de Troya regulatorio
Un cuarto bloque de reacciones, proveniente de sectores más cercanos al mundo cripto y a la ideología de la descentralización, apuntó a que cuando tres competidores directos anuncian que van a “coordinarse” para fijar estándares comunes y pedir al Estado una exención antimonopolio para poder conversar entre sí sobre seguridad, lo que se está describiendo, en la práctica, es un cartel.
Amodei prácticamente lo admite en su ensayo, donde pide que el gobierno de Estados Unidos conceda una “exención antimonopolio estrecha” para que los laboratorios puedan fijar estándares comunes “sin violar la ley de competencia”.

O sea, la condición de posibilidad de la “coordinación democrática” es que el Estado autorice explícitamente lo que en cualquier otro sector se llamaría connivencia.
Los mismos actores que durante años insistieron en que solo el mercado puede asignar eficientemente los recursos, ahora piden al Estado una autorización especial para comportarse, precisamente, como un cartel regulado.
Es un “caballo de Troya”: bajo la retórica de la prudencia colectiva, se trafica una estructura que blinda a los tres laboratorios ya dominantes frente a la competencia de actores más pequeños o de código abierto, estadounidenses o internacionales, que quedarían fuera de cualquier “estándar” negociado entre gigantes.
Así, cuantos más requisitos de auditoría y compliance se exijan, más caro resulta competir, y más se consolida el oligopolio existente. Un ejemplo similar es el de las reglas de la Unión Europea sobre estándares de seguridad para ciertos bienes de consumo, que concentran la producción de estos en las empresas que pueden cumplirlos y sacan de la pista a los demás.
Ni catástrofe inminente ni autorregulación virtuosa
Puestas a dialogar, las cuatro posturas parecen cuatro cortes distintos sobre el mismo prisma.
La sospecha del incidente oculto y el escepticismo sobre la medición coinciden en su desconfianza en que el anuncio sea lo que dice ser. La crítica geopolítica y la antimonopólica convergen al identificar que “seguridad” es un significante vacío que se rellena con los intereses concretos de quien lo enuncia.
Lo que ni el catastrofismo que imagina una superinteligencia a punto de escapar mañana, ni el optimismo que celebra la autorregulación corporativa como si fuera un triunfo cívico logran ver, es que la pregunta relevante no es si la IA es peligrosa en abstracto, sino quién tiene la potestad de decidir el ritmo al que se despliega una tecnología que ya está reorganizando el trabajo, la vigilancia, la energía y la geopolítica global, y bajo qué mecanismos de rendición de cuentas.
Hoy esa potestad la ejercen un par de corporaciones en sus relaciones con un puñado de gobiernos (EEUU, China, ¡el Vaticano!).
El propio hecho de que la “desaceleración” dependa de la buena voluntad de esta gente y no de un marco vinculante, público, democrático y debatido, es, en sí mismo, el síntoma que habría que tratar.
Y eso trasciende a si esta ronda particular de anuncios responde a un incidente real, o a una jugada de relaciones públicas antes de una salida a bolsa.

Creemos que conviene además desmontar la premisa compartida por casi todas las posturas de la reacción pública al texto de Amodei, que es que el ritmo del “progreso” en IA es una variable puramente técnica.
En realidad, ese ritmo está determinado por decisiones de inversión, por la necesidad de justificar valuaciones de cientos de miles de millones de dólares ante inversores que exigen retornos, y por la competencia entre Estados por el dominio tecnológico-militar.
“Desacelerar” es, entonces, una negociación entre capitales privados, y entre ellos y aparatos estatales, sobre cómo repartir los costos de una transición que ya está trasladando riesgo a trabajadores, usuarios y sociedades enteras que no tuvieron ni voz ni voto en la decisión de acelerar en primer lugar.
Cuando Amodei escribe que “la sociedad debe tener voz” sobre cómo se usa esta tecnología, y a renglón seguido describe un plan cuyo primer paso ejecuta unilateralmente su propia empresa y cuyo segundo paso depende de una exención antimonopolio otorgada por un gobierno con ínfulas de gendarme mundial, la distancia entre lo que dice que le preocupa y el mecanismo que propone es demasiado amplia.
Y bue
El episodio de “desacelerar” no es prueba de que la industria de la IA finalmente “entendió” el problema de la seguridad, ni prueba de que estamos al borde del abismo, aunque no debemos ponernos en boludos y subestimar los riesgos muy reales de los LLMs y otras aplicaciones de Inteligencia Artificial.
Es un momento de negociación intracapitalista, en el que actores con intereses que a veces convergen y a veces están en pugna, se agrupan frente a la competencia externa china, frente a la posibilidad de regulación estatal más dura, o frente al riesgo reputacional de un incidente que pudo o no haber ocurrido.
Y que buscan fijar, entre ellos, las reglas del juego antes de que alguien más lo haga y se los imponga.
Quiénes creemos que es necesario otro orden hacemos mal en sumarnos al coro doomer que trata cada tuit alarmista como un presagio apocalíptico, o al coro tecno-optimista que aplaude cualquier gesto corporativo como progreso civilizatorio.

Tenemos, en cambio, la tarea más ingrata (que casi siempre es la más honesta).
Y es preguntar y preguntarnos frente a cada uno de estos anuncios quién decide, quién se beneficia, quién paga el costo si algo sale mal, y por qué esa decisión sobre una tecnología que puede rehacer el mercado laboral y la vida cotidiana de miles de millones de personas sigue reservada a un puñado de empresas y no a ningún proceso público.
Mientras esa pregunta no tenga respuesta colectiva y coordinada, cualquier “pausa” o “desaceleración” seguirá siendo, en el mejor de los casos, un respiro táctico entre rondas de una misma carrera, y en el peor, una cortina de humo bien redactada, seguramente por un modelo de Claude a partir de un prompt.
Nos seguimos leyendo para charlar posibles vías alternativas. Y acelerarlas.
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