16 octubre, 2026

«EL PUEBLO NUNCA VOTÓ MAYORITARIAMENTE A LOS NAZIS»

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sociedad alemana

«A Hitler lo auparon militares y empresarios».

Escribe: Sebastián Faaber

Publicada originalmente el 5 de octubre del 2026 en CTXT

No es fácil concertar una cita con Johann Chapoutot, el autor de Los irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?, libro que, desde que se publicó en febrero de 2025, se ha convertido en un éxito comercial inesperado, con más de 70.000 ejemplares vendidos en Francia y traducciones a múltiples idiomas.Año y medio después no parece haber día en que el historiador de La Sorbonne, que nació hace 48 años en un pueblo pescador de Provenza, no aparezca en varios canales de la esfera pública francesa.

Es lógico. El 10 de septiembre, Chapoutot publicó La Bascule (El balancín),que retoma el relato donde lo dejó Les Irresponsables. El libro salió cuatro días después de que la ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) registrara una victoria electoral histórica –un 44 por ciento– en el estado de Sachsen-Anhalt. En abril y mayo, Francia celebrará sus propias elecciones presidenciales, en las que participará Marine le Pen, la líder del ultraderechista Rassemblement National, quien, a pesar de su reciente condena por corrupción, encabeza los sondeos con más de un 30 por ciento de la intención de voto. Los franceses, en fin, buscan explicaciones y consejos, y Johann Chapoutot está encantado de dárselos. Como escribe en el epílogo a La Bascule: “Nos guste o no, la historia de 1933 nos habla”.

Los libros anteriores de Chapoutot, que se centraban en las raíces culturales y filosóficas del nazismo, levantaban polémica porque identificaban las huellas del nazismo en el presente mundo neoliberal. Así, Libres para obedecer. El management desde el nazismo hasta hoy (2020), vinculael pensamiento nazi con la cultura empresarial del siglo XXI. Les Irresponsables, en cambio,es una obra de historia política: abarca el período desde marzo de 1930 a enero de 1933, cuando el bloque liberal-autoritario alemán –en el que se reunían intereses empresariales, partidos conservadores y nacionalistas, medios reaccionarios y élites tradicionales– se preocupó ante su pérdida de apoyo popular y decidió intentar conservar el poder del modo que fuera. Acabó no solo por aliarse con la extrema derecha sino por instalarla en el poder. La Bascule narra los seis meses siguientes, del 30 de enero al 14 de julio de 1933, en los que se produjo la propia toma del poder de los nazis.

Entre ambos libros, Chapoutot propone tres argumentos centrales. Primero demuestra que, en contra de lo que se suele afirmar, nunca hubo una mayoría electoral alemana que apoyara a los nazis. Segundo, explica que estos solo pudieron hacerse con el poder porque las élites –unas élites altamente irresponsables– les allanaron el camino. Tercero, recalca la importancia de investigar estos hechos históricos de forma rigurosa en la medida en que nos permiten comprender nuestro propio presente político. El propósito de La Bascule, escribe en el epílogo, ha sido explicar, “retroiluminado por la actualidad que desfilaba ante nuestros ojos atónitos”, cómo “una banda de granujas incompetentes, corruptos y violentos, halagados, financiados y sostenidos por todos los colaboradores que el capitalismo es capaz de encontrar, hacía bascular a un país hacia el fascismo”. Y: “Si alguien todavía se preguntaba cómo pudieron actuar los nazis, con toda serenidad, entre 1933 y 1939 ha tenido la respuesta casi a diario desde enero de 2025”.

Johann Chapoutot. / Francesca Mantovani
Johann Chapoutot. / Francesca Mantovani

Para los medios franceses, Chapoutot es el invitado ideal. Se expresa de forma clara y comprensible, no rehúye las aseveraciones polémicas y logra transmitir la relevancia –y la urgencia– de la investigación histórica. “Hoy como ayer”, escribe, “la ultraderecha seduce a una parte del electorado, pero no lo suficiente como para llegar al poder ella sola”. Subraya que “nada está escrito”: la historia, siempre contingente, nos da pistas que nos permiten evitar que se repita. Eso sí, hay que ponerse las pilas –las antifascistas, para entendernos–.

El profesor me atiende en francés, por videoconferencia, a finales de septiembre.

La historia política es para usted un campo relativamente nuevo.

En efecto. Mis libros anteriores a Les irresponsables se dedicaban a la historia cultural, partiendo de la idea de que vale la pena tomar en serio los discursos de los actores sociales. Trabajé sobre la visión nazi de la historia –en particular, del mundo clásico– y, posteriormente, sobre la normatividad nazi en el derecho y la filosofía moral. Solo hace dos años decidí interesarme por la forma en que los nazis se hicieron con el poder y cómo pudieron prosperar en él.

Las preguntas que le planteo al pasado son las del presente

Algo tendría que ver la situación política que atraviesa Europa.

Evidentemente, como en toda historia, las preguntas que le planteo al pasado son las del presente. Y como ciudadanos europeos, estadounidenses u occidentales del siglo XXI, es comprensible que nos llame la atención la forma en que se crean los movimientos de extrema derecha y cómo se instalan en el poder.

Las sociólogas francesas Sarah Gensburger y Sandrine Lefranc sostienen que el auge de la extrema derecha en Francia y el resto de Europa pone de manifiesto el fracaso de la enseñanza de la historia y de las políticas de memoria, sobre todo con respecto al Holocausto.

Me parece que tienen toda la razón, sobre todo en la medida en que las llamadas “políticas de la memoria” suelen revestir, más bien, una forma de catecismo. Al hablar del “deber” de la memoria, al moralizar la relación con el pasado y al enfocarlo como una cuestión de valores, se acaba por desarrollar un discurso que está totalmente desvinculado de la realidad social que viven los alumnos, los estudiantes o los ciudadanos. Como historiador, considero que, más que formular un discurso sobre la memoria, es preferible, directamente, hacer historia. Y eso es lo que intento hacer en estas dos últimas obras. Trato de analizar una realidad histórica concreta, con los archivos en la mano, para hacerme una pregunta también muy concreta: ¿Quiénes fueron los actores sociales que decidieron que era pertinente, razonable, racional y deseable llevar a la extrema derecha al poder? Creo que la verdadera escuela de ciudadanía no es la recitación conmemorativa, que llega a ser una especie de versión degenerada de la religión –una religión, además, mecánica y bastante aburrida–; no, la verdadera escuela de ciudadanía está en el cuestionamiento activo, vivo, del pasado. Esto es, en hacer historia.

En su trabajo, identifica a los facilitadores del ascenso del nazismo: las élites económicas, el ejército, la Iglesia católica, las universidades, el funcionariado –incluida la judicatura– y la prensa. No sorprende que el gran capital prefiera un régimen no democrático a un gobierno democrático que pueda amenazar sus intereses. ¿Es posible que hoy desempeñe un rol similar?

Como demuestro en el libro, la patronal alemana de los años treinta cambió de bando con bastante rapidez, incluso antes de que los nazis llegaran al poder. Pero me parece que la patronal actual estaría menos dispuesta a aprobar una solución de este tipo. Por un lado, porque no deja de pesar la memoria de los años treinta y cuarenta, que, en este caso, se manifiesta como un vago remordimiento por la actuación del gran capital alemán bajo el nazismo. Por otra parte, hay una cuestión de interés inmediato, y es que la patronal alemana necesita la inmigración. Si no se sube al carro de la ultraderecha, en otras palabras, no es por ninguna sublime filantropía, sino simplemente por un cálculo oportunista.

En el relato que nos cuenta sobre la subida al poder nazi, no deja de chocar la complicidad de las universidades y la prensa.

Bueno, esto es importante verlo en el contexto de la época. Los universitarios en 1933 procedían de un grupo social muy reducido, en el que los valores –digamos– del progresismo y el universalismo no eran los más extendidos. Más bien eran personas procedentes de los sectores más conservadores de la sociedad, incluso los más reaccionarios. Como ya descubrí cuando estaba haciendo mi tesis doctoral sobre el nazismo y la Antigüedad, en el mundo universitario había excelentes antinazis que llegaron a ser auténticos nazis.

¿Y hoy?

Lo veo más difícil. En los años treinta, los universitarios tenían una concepción particularista de la cultura. Nosotros, en cambio, tenemos una concepción universalista. Después de 1945, y sobre todo en los años sesenta, se produjo una masificación de la educación superior, acompañada de una mayor diversidad social. Hoy tenemos una concepción más abierta del acceso a la cultura y una concepción más universalista de la inteligencia.

En Estados Unidos, sin embargo, hemos visto cómo muchas universidades se han plegado, casi sin chistar, a las exigencias de Trump.

Sí, pero es importante señalar que si las universidades son objeto de ataques por parte de la extrema derecha –como lo son las norteamericanas, pero también, por ejemplo, las argentinas– es precisamente por esos cambios que se produjeron desde los años sesenta. También es cierto que para los nazis fue más fácil atacar a las universidades. Hoy, los ataques se enfocan ante todo en los canales de financiación de la investigación. Y sí, la actitud de algunas universidades en Estados Unidos ha sido lamentable, aunque Harvard impugnó al Gobierno de Trump en los tribunales y ganó. También es importante recordar que ha habido amenazas explícitas contra ciertos investigadores, como a Mark Bray, un gran especialista en antifascismo, quien tuvo que abandonar Estados Unidos y refugiarse en España.

Para los nazis fue más fácil atacar a las universidades

Los académicos están en primera línea de fuego.

La ultraderecha ha puesto a  los intelectuales en el centro de la diana, se han convertido en una fuerza de combate.  Y esto se aplica aún más, si cabe, al campo historiográfico. Por su enfoque de elucidación crítica, para la ultraderecha siempre constituirá un peligro, una presencia insoportable. Por tanto, siempre tendrá en la diana a las y los historiadores.

Usted no ha rehuido esa primera línea. Como intelectual público, ha asumido un papel destacado como analista crítico de la ultraderecha, tanto en Alemania como en Francia, subrayando sus vínculos históricos con movimientos nacionalsocialistas y fascistas.

Yo me considero un profesor e investigador de la Historia. Y este, para mí, no es un papel que se limite a mi universidad. En primer lugar, porque la enseñanza es un servicio público. Pero fíjate que, en Francia, además, el vínculo entre Historia y ciudadanía –y entre Historia y República– es consustancial. Recordemos que fue la Tercera República la que hizo obligatoria la enseñanza de la historia en todos los niveles educativos, desde los seis hasta los 18 años. Por lo tanto, cabe decir que existe una especie de osmosis o fusión entre la historia y la ciudadanía en la Francia contemporánea. La actividad de profesor-investigador en Historia, en otras palabras, es consustancial con la reflexión política. Desde ese punto de vista, no tengo la impresión de estar haciendo nada extravagante al responder a solicitudes de los medios de comunicación o a invitaciones a conferencias para hablar de los resultados de mis trabajos en el ámbito público.

Pero en su caso ese ámbito no se limita al territorio francés: escribe sobre Alemania, un país cuya relación con Francia siempre ha sido compleja. ¿Cuál ha sido la recepción de su trabajo al otro lado del Rin?

Tengo el privilegio y el honor de que mis obras se traduzcan al alemán, algo que no es nada fácil. Cuando eres un extranjero, no es seguro que te traduzcan en el país sobre el que investigas. Y la verdad es que mis trabajos han tenido buena acogida. Por otra parte, lo que digo en Les irresponsables y en La bascule se ajusta bastante bien a lo que hacen mis colegas alemanes sobre el tema –colegas a los que, por supuesto, leo y cito con frecuencia–. El último libro de Peter Longerich, por ejemplo, también hace hincapié en la escasa adhesión de los alemanes al nazismo en sus inicios.

Yo estaba pensando en la influencia que tuvo, en su día, un historiador extranjero como Robert Paxton en la autoimagen de Francia y el colaboracionismo de Vichy.

Ya. Pero a estas alturas, en temas como Vichy o el Tercer Reich, el intercambio internacional es intenso. Existe una comunidad internacional de investigadoras e investigadores. Mantenemos un diálogo entre todos, nos relacionamos, nos invitamos mutuamente, etcétera. Por lo tanto, yo diría que la nacionalidad de cada uno ya no entra en juego tanto. Quizá para mí el ser francés fuera un factor cuando era un historiador novato. Cuando mi tesis sobre la percepción de la Antigüedad en el nacionalsocialismo se publicó en Alemania, yo era un desconocido, por lo que hubo reacciones por el hecho de que, como historiador francés y sin ser clasicista, trabajara ese tema. Pero eso se desvaneció rápidamente en favor del reconocimiento de que yo hacía un tipo de historia que mis colegas alemanes no hacían. Por ejemplo, mis investigaciones sobre la visión nazi de la historia o sobre la normatividad nazi jurídica y moral pertenecen a lo que se podría llamar una historia culturalista. No es un tipo de historia que los alemanes suelan practicar. El suyo es más bien un paradigma de historia social, externalista y objetivador. Pero al final esa diferencia solo ha servido para que se interesaran más en mi trabajo.

Hablemos de Francia. ¿Cuál ha sido el papel de Emmanuel Macron en el ascenso de la ultraderecha?

Macron ha sido elegido dos veces para hacer de barrera contra la extrema derecha. En las segundas vueltas fue elegido, directamente, por personas que solo querían evitar que la extrema derecha llegara al poder. Pero en lugar de actuar como barrera a la extrema derecha, le ha abierto un bulevar. Ha tendido un puente con ella al retomar sistemáticamente sus términos, temas y tesis.

Otro paralelo con 1933, pues.

La actitud y actuación de Macron constituyen un ejemplo más de lo que yo denomino “los irresponsables”. Se basa en la connivencia entre la extrema derecha y el extremo centro: entre la extrema derecha que conocemos y ese centro que se autoproclama moderado –por encima de los partidos, y más allá de la derecha y la izquierda–, pero que en realidad es extremista en su voluntad de concentrar el poder, de centralizar las cosas y de rechazar toda oposición. Se consideran los más competentes y estiman que el poder les corresponde de hecho. Los puntos de alianza entre la extrema derecha y el centro extremo son muy numerosos. Tienen el mismo electorado –básicamente jubilados que quieren proteger sus prestaciones o ricos que quieren proteger sus rentas–. Tienen los mismos mecenas, el gran capital. Tienen la misma filosofía antropológica, el darwinismo social. Y tienen el mismo enemigo, que es la izquierda, sea cual sea. No sorprende, por tanto, que la alianza funcione bastante bien. De hecho, cabe decir que la fusión entre la extrema derecha y el extremo centro ya se ha producido. Los votos de los diputados macronistas, tanto en la Asamblea Nacional francesa como en el Parlamento Europeo, son casi siempre idénticos a los de la extrema derecha. Defienden los mismos intereses. Tienen la misma concepción de la sociedad y del Estado. Y la misma concepción del futuro.

Los puntos de alianza entre la extrema derecha y el centro extremo son muy numerosos

Hablando del futuro: en sus libros y entrevistas se opone al fatalismo histórico, subrayando que “nada está escrito”. Pero las analogías con el pasado que establece, ¿no acaban precisamente por fomentar el fatalismo?

No, al contrario. Porque identificar esas analogías permite distinguir a los actores sociales, sus intereses y sus tácticas o estrategias. Así pues, permite identificar quién está moviendo los hilos y, por lo tanto, permite actuar de forma cívica a la hora de votar –por ejemplo, evitando votar a quienes allanan el camino a la extrema derecha, participando en manifestaciones, etcétera–. La reflexión analógica es, en definitiva, un trabajo de elucidación histórica que nos permite comprender mejor a qué nos enfrentamos y qué está en juego. Y, por lo tanto, nos invita a la acción. Una acción, además, informada.

Con respecto a la posibilidad de resistencia, usted subraya que, en la Alemania de 1933, la izquierda antifascista era mayoritaria, pero se encontraba fracturada por la tremenda hostilidad que había entre los socialistas del SPD y los comunistas del KPD.

Exacto. Además, hay que matizar. El SPD, que rechazó la alianza con los comunistas en 1932 y que luego rechazó la acción conjunta en 1933, había aprobado durante varios años, desde septiembre de 1930, la política de austeridad. El problema no solo fue el conflicto con el KPD, sino el hecho de que una izquierda que renuncia de forma tan rotunda a ser de izquierdas no consigue despertar el entusiasmo, la adhesión y la resistencia de los ciudadanos.

Una pregunta final. En su lectura de la historia alemana, atribuye una gran responsabilidad a las élites. ¿Es un historiador populista?

Bueno, el término “populista” es complejo y, además, se utiliza mal en el ámbito público de Estados Unidos; hace referencia a una filosofía política del siglo XIX, aunque hoy también se usa para describir una estrategia política. Yo no me incluyo ni en uno ni en otro. Yo lo que hago es nombrar a los actores sociales y describir las estrategias de aquellos actores sociales que llevaron a los nazis al poder –y que luego permitieron que los nazis prosperaran durante los primeros seis meses de 1933–. ¿Cuál era el contexto alemán en aquella época? A partir de la dimisión del canciller socialdemócrata, en marzo de 1930, ya no hay democracia en Alemania. Los gobiernos y los cancilleres son nombrados independientemente del resultado de las elecciones. Todo se concentra, en virtud de los poderes de excepción del artículo 48, apartado 2, en manos del presidente del Reich y de su entorno. Así pues, los principales actores sociales que están al mando de Alemania en aquella época no son las masas populares, ni los sindicatos, ni los partidos de izquierda. Se trata de un grupo muy reducido –la famosa camarilla, como se decía con una expresión española– que, por otra parte, representa a sectores sociales bien identificados: hay militares, banqueros, grandes terratenientes y empresarios. Y fueron precisamente esos grupos sociales los que tomaron la decisión de llevar a los nazis al poder. Por lo tanto, yo como historiador no me adhiero a ningún “ismo”, salvo a una forma de positivismo histórico que consiste en decir cuál es la realidad. Y lo hago, además, con el fin de desmontar los discursos fantasiosos que se mantienen sobre este periodo, según los cuales sería el pueblo alemán el responsable del ascenso de Hitler, cuando nunca se votó mayoritariamente a los nazis. ¡Pero nunca! Es un discurso que también vemos resurgir hoy. Otro tipo de discurso fantasioso que ha vuelto hoy es que todo sería la culpa de la izquierda. Del mismo modo que los megaincendios en España y en Francia de este verano serían culpa de… ¡los ecologistas! Es todo totalmente descabellado.


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