19 octubre, 2026

«HISTORIAS DE ANIMALES» Y «UN TEXTO CAMINO»

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Elefante.

Parar la oreja para captar las vibraciones que no habíamos escuchado porque el martilleo de las formas convencionales nos ensordece.

Escribe: Gabriela García

¿Se imaginan el primer encuentro entre un hombre blanco y un chimpancé?

¿O mayor tristeza que un simio dibujando con carbonilla los barrotes de su jaula?

Cuando nos observan, ¿nos verán tan aburridos y lánguidos como nosotros los vemos a ellos en sus jaulas?

¿Qué pasa cuando nos miramos con los animales?

He leído «Historias de animales» y «Un texto camino» a dos orejas porque creo escuchar un tipo de legibilidad para eso que llamamos realidad, que va más allá del binarismo donde uno de los dos términos es hegemónico. Estos libros lo hacen crujir, como cruje el suelo de un monte.

Doy un paso atrás. Ayer le han dado el premio Nobel a Anne Carson, leo por qué. Cito a la Academia sueca: «por su obra audaz e inventiva que, en diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea».

Crear nuevas formas ha sido una urgencia para muchos escritores contemporáneos. No se trata de una impostura snob por ser originales, hay algo ahí que busca una nueva forma.

Veinticuatro fotogramas por segundo es el standard elegido por el cine para crear la ilusión de movimiento.

Hay escritores que parecen querer hacer que miremos qué hay entre fotogramas, hacer que aparezcan otras dimensiones con las que convivimos. Aparentemente existen algunas criaturas que saben hacer eso, los animales, los chamanes, y los escritores que se ponen en juego dudando sobre su humanidad. A veces de ellos caen hojas de papel.

Cayeron dos frente a mí. Estoy hablando de dos libros que me hicieron pensar al unísono, uno me sonó como flauta, el otro como piano.

Historia de animales

El último se llama «Historias de animales» (Editorial Eterna Cadencia) de Kate Zambreno. Imaginen que yo les contara sobre el zoológico de Buenos Aires, los enlazara con anécdotas que los dejaran taciturnos, como por ejemplo que hubo una elefante mamá que murió con su cría nonata en el vientre por falta de cuidados, que el papá estuvo solo por 15 años paseando niños argentinos en su lomo, y además de eso les mostrara la foto en blanco y negro y se les partiera el corazón. Y luego les contara que al animal le dio una crisis y llamaron a un pelotón de fusilamiento para reducirlo, que su esqueleto está en el museo de La Plata. Imaginen que les hiciera un poco de historia del zoológico, les dijera que fue fundado por Sarmiento porque en esos gestos de alienación del colonizado que copia a su amo, el prócer no se quiso quedar atrás del Jardín des de plantes de Paris, y que entonces entre las avenidas más transitadas de Buenos Aires encajó en 18 hectáreas a 2000 especies de animales, lo que le dio a cada uno de ellos unos torturantes 5 metros cuadrados. Que, entre las peculiaridades del zoológico, y por mímesis colonial, tuvimos nuestro Jumbo, y se llamaba Pupy. Lo que seguramente no tuvimos fue esa curiosidad ¿malsana? del conquistador europeo que exhibía tanto seres humanos como animales encontrados en las tierras subyugadas, pues, para la visión eurocéntrica nosotros mismos éramos los especímenes. En los ojos del europeo en el zoológico porteño los monos miraban monos.

Ahora bien, Zambreno es una escritora estadounidense, procede de ese norte que quiere ser sólo blanco, donde el ser se predica como cosa y no como experiencia, sin embargo, muy sin embargo, algo anda investigando, porque como ella misma dice los animales buscan, los simios y los seres humanos investigamos. Así pues, hace un rastreo de los zoológicos europeos y estadounidenses, evoca sus propias visitas de cuando era niña y las visitas con su hija cuando todavía estábamos en pandemia. Reflexiona sobre la experiencia diferente entre niños y adultos al ver animales encerrados, y cito su libro:

«Me pregunto si esa cualidad melancólica es parte de lo que atrae a los niños a los zoológicos: tienen tan pocas oportunidades de entregarse a su propia melancolía —especialmente las niñas—, viven con tanta presión para que todo sea unicornios y arcoíris».

Sí, los niños pueden ver entre fotogramas, la brecha entre la consciencia del adulto que sostiene la mano, y el niño que mira a esos animales entre rejas sobre un piso mugriento de cemento parece ser una brecha insalvable.

Kate Zambreno.
Kate Zambreno.

Zambreno toca una tecla que y vale la pena escuchar. Qué pasa con esa brecha, qué pasa cuando nos miramos con los animales que están en cautiverio. Sería fácil pensar que este libro está escrito sólo para hacer notar que la opresión que ellos viven es la misma a la que nos somete el capitalismo. Zambreno, alude a ello, por supuesto, pero va más allá. Por ahora quedémonos con este asunto de la opresión.

Cuando reflexiona sobre Gregorio Samsa y su imposibilidad de seguir llevando la carga del trabajo y la burocracia traza un paralelismo con en ella misma como profesora no titular, su falta de derechos, su tener que aguantar las ganas de hacer porque tiene niños pequeños y las clases por zoom son muy demandante y no hay tiempo ni para ir al baño. Señala también que es posible disimular porque la incomodidad de sus cistitis no se nota en esa cabeza flotante en la que se convierte cuando enciende la pantalla. Además, tiene que aguantar porque su cuerpo doliente no es motivo de recibir la empatía de su jefa que no le concede el permiso para ausentarse. Como dice Mark Fisher en «Realismo Capitalista»: una apariencia de comunidad que en realidad es más disciplinaria que empática o solidaria. Así que tendrá que seguir recibiendo pataditas de su bebé en la panza adolorida y dando sus clases.

Mucha de estas clases nos las comparte en los capítulos dedicados a ese insecto en el que se convierte Gregorio Samsa en la Metamorfosis de Franz Kafka. Se detiene especialmente en notar que Gregorio no sabe si lo sonidos que emite corresponden a un lenguaje humano o son sólo chirridos, en recordarnos que el encierro por monstruoso dura hasta el final, con su muerte de insecto, herido y por inanición, abandonado por una familia que brega por conseguir dinero y seguir con su normalidad.

La metáfora kafkiana sigue funcionando. Asumen que no entendemos, nos hablan y nos tienen a su merced.

Ciento catorce años después de este clásico de la literatura, hemos aprendido a disimular un poco, pero la crueldad es la misma. Los animales del zoológico son trasladados a santuarios, las personas ahora podemos dirigirnos a RR.HH, donde probablemente nos animen a decir: «sí, yo puedo hacerlo», como respondió Kate a su jefa cuando esta le explicó sensatamente que no le convenía pedir permiso por enfermedad dado su cargo impermanente, y la verdad es que como lo dijo el inmortal Theodor Adorno: «Cuanto más invisibles se vuelven los límites, tanto más completamente se niega la libertad de las criaturas, cuya mirada podría encenderse con el anhelo del espacio abierto». Y es aquí donde hago un punto, guardemos esto del espacio abierto, tengamos para nosotros el verbo «abrir».

Comencé diciendo que muchos de nuestros escritores contemporáneos buscan nuevas formas. Kafka ya se había dado cuenta que cuando la literatura se mete con animales los relatos terminan cuando la criatura encuentra una salida, o muere, porque de seguir escribiendo todo continuaría sin cambios, se llegaría a un punto muerto. Respecto de esto último el título sería una ironía o un oxímoron. No hay historias de animales, tanto la categoría «animal», como «historia» es un asunto nuestro.

Sin embargo, Kate escribe sobre zoológicos, biólogos, animales, niños, y… Kafka. No parece muy insegura de la forma que requerirá su proyecto de escritura, se lanza, abre, y por eso me resultó muy interesante algo que fue lo que me hizo hacer el puente con el libro de Caístulo y Zelko. Comparto, dice: «… Este párrafo aparece de repente en medio de una enumeración de hechos sobre la historia evolutiva de la locomoción, los accidentes que devienen selección natural (como el movimiento aleatorio de este ensayo), la forma en que la anatomía de los simios evolucionó para permitirles colgar de los árboles y balancearse de rama en rama».

Entonces, podríamos ver ahí una confianza en que, similar a lo que ocurre en la naturaleza donde algunos accidentes devienen selección natural, también en la cultura, en la literatura, podría haber un accidente exitoso. Kate ensaya, y tal vez su forma sirva y nos invite a incluirnos en un mundo con los animales, co-crearnos con ellos, desear los espacios abiertos. Un mundo reencantado donde nos brillen los ojos.

Kaístulo y Zelko.
Kaístulo y Zelko.

¿Y qué hace Zelko? Se va al monte con un cacique wichi y hace taquigrafía de la experiencia, la anota tal como suena, escribe a mano, escribe en papel, escribe en el aire, él y su amigo se vuelven flautas por donde circula el viento que los anima, y se hacen mensaje. El resultado es un texto contundente y poético. Sugeriría leerlo de una sentada para dejarse respirar por él, para que se vuelva algo vivo, un canto.

Voy a citar algunos fragmentos:

“Estamos criando pensamiento

Pero no estamos criando encuentro

no estamos criando espiritualidad más allá del deseo

y eso hace más fuerte la dominación

la conquista

la policía

la ley

los dueños

la maldad

el mezquino”

“con mujeres, que son más poderosas que nosotros

más chicle

se transforman como piolines

para mantener la fuerza

como una goma que se estira”

“Un ave

muy fuerte

nos dijo:

yo también soy representante

el mundo tiene muchos representantes

ustedes yo no son expertos

hay tormenta

ya no tenemos nada que ver con su mundo

ustedes como humanos decidieron que nadie sepa cómo son”.

Como dice el cacique: hablamos diferentes lenguas, pero tenemos la misma saliva. ¿Porque qué puede tener en común una mujer blanca bien educada de Estados Unidos, joven, publicada varias veces, con un cacique viejo con cataratas en los ojos que se acuesta con un escritor judío extravagante sobre la tierra crujiente del monte chaqueño y tartamudean un nuevo lenguaje? Creo que lo que los aúna es parar la oreja para captar las vibraciones que no habíamos escuchado porque el martilleo de las formas convencionales nos ensordece. Como cuando nos hacen una enumeración de objetos cotidianos encontrados en la panza de un elefante y nos quedamos en otro estado de consciencia. Podemos reconocer los elementos, pero sacados de su medio nos producen una perplejidad productiva, una melancolía que nos recuerda un misterio con el que debería convivir. Aquí la lista:

Según el informe de la autopsia de Jumbo, en su estómago se encontraron «un sombrero lleno de peniques ingleses, monedas de oro y plata, piedras, un manojo de llaves, precintos de plomo de vagones ferroviarios baratijas de metal y vidrio, tornillos, remaches, trozos de alambre y un silbato policial».

Allí ha pasado algo, y está vivo.


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