INDIO SOLARI: JEFE DE LA TRIBU RICOTERA Y CHAMÁN DE LAS MISAS LAICAS

La biografía del mito; del barro platense al altar de las multitudes.
Escribe: Paula Ballesty
La tristeza nos invade. Se ha ido Carlos Alberto, conocido popularme como el «Indio» Solari.
A los 77 años decidió colgar las gafas oscuras y volverse eterno.
Nacido en el litoral entrerriano pero esculpido en la bohemia de la Plata, Carlos Alberto Solari transformó el rock en castellano en una liturgia sociológica inapelable. El Indio fue ante todo un poeta que hizo del misterio su mayor declaración política.
Para dimensionar el vacío que impone la finitud de “el Indio” es imperativo desandar el mito y regresar a la raíz de su geografía humana. Nacido el 17 de enero de 1949 en Paraná Entre RÍos, su infancia transcurrió bajo el pulso del desarraigo familiar hasta encontrar en La Plata el territorio definitivo de su formación intelectual.
Fue allí en las postrimerías de los convulsos años setenta, donde su figura enigmática y su discurso afilado sintonizaron con una bohemia marginal que buscaba respuestas estéticas frente a la asfixia de la época. Lejos de la academia y cerca de la contracultura, el indio comenzó a edificar un universo propio donde la literatura beat, el cine de vanguardia y la filosofía existencialista se misturaban en una sensibilidad internacional pero popular.
La piedra fundacional de esa catedral plebeya llamada Patricio Rey y sus redonditos de ricota se colocó formalmente en 1976, consolidando una sociedad creativa inquebrantable junto al guitarrista Skay Bellinson y la mítica manager “Negra Poli”. Los redondos no nacieron como una banda de rock tradicional, germinaron como un colectivo artístico multidisciplinario, una troupe itinerante de performances y delirio que tuvo su bautismo de fuego en vivo en un caótico bar de Salta en enero de 1978.
A partir de allí, la banda trazó un recorrido histórico inigualable cimentado sobre tres pilares innegociables; la autogestión absoluta de espaldas a las corporaciones, un hermetismo militante ante la sobre exposición mediática y una lírica elíptica que operaba como un código secreto para los desprotegidos y desposeídos.
De «Gulp» (1985) a «Momo Sampler» (2001) la banda no solo editó discos increíbles sino que transmutó su audiencia a una “tribu”, inaugurando las multitudinarias perigrinaciones como la mítica misa ricotera.
Tras la irreversible fractura de los redondos en 2001, Solari demostró que la mística no dependía de una marca, sino de su propia voz.
Al frente de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado su carrera solista desafió todas las leyes de la física y de la industria musical, rompiendo recors de convocatoria en estadios y predios rurales a lo largo y ancho del país.
Incluso cuando el mal de parkinson cercó su cuerpo y lo obligó a retirarse de los escenarios físicos, el Indio reinvento su arte desde el bunker de Luzbola, apelando a la tecnología, los avatares virtuales y la pintura, para demostrar que el genio creativo permanecía blindado contra la usura del tiempo.
De otro planeta
Su mitología, su monumental legado, se ha integrado ya al altar de los personajes más extraordinarios y bellos de nuestra historia.
Llamarlo músico, compositor, artista, seria reducir su grandeza; el Indio era “nuestro” pero de otro planeta. Venía de una galaxia que trasmitía un código encriptado que solo nuestra argentinidad al palo podía descifrar.
Es imposible procesar esta partida sin apelar a la memoria colectiva, a esa geografía indómita que él supo construir junto a nosotros.
Tengo grabada en las pupilas, como seguramente cada uno de ustedes, una postal nítida y eterna. Recuerdo estar parada allí como en cada misa, contemplando desde el llano la inmensidad de lo que ocurría arriba.
Aquello no era un simple concierto de rock and roll; era un despliegue descomunal de poesía, de ideas encendidas, de magia y de una mística inalcanzable para cualquier otro mortal.
El Indio fue, ante todo, un pensador fundamental en la vida de nuestra música y de nuestra cultura popular. Un hombre que gravitó, con la potencia de un planeta propio, sobre generaciones enteras que encontraron en sus letras cifradas un refugio, una trinchera contra la intemperie, una identidad innegociable, una consigna política y un compromiso social.
En tiempos de desolación, distopía y sinsentido, el Indio representa la dignidad del arte independiente, la resistencia cultural y el milagro del abrazo comunitario. Hizo de la masividad un hecho estético y de la lealtad de su público una bandera inquebrantable.
Hoy las gargantas de su «tribu» se aprietan, pero sabemos perfectamente que donde hay dolor, habrá canciones. Su voz se apaga en el plano de lo real para encenderse de manera definitiva en los barrios, en cada pibe que hoy camina en los rincones de la marginalidad pero con la autoestima alta.
Se nos fue el chamán, el mago que convertía el pogo en una oración y la música en un acto de estricta justicia popular. La misa ricotera, incomparable, solo para entendidos, seguirá siendo única en el mundo.
Buen viaje, querido Indio, y gracias por habernos enseñado que, a fin de cuentas, vivir solo cuesta vida.
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