12 junio, 2026

¿GUSTA AHORRAR UNA TACITA DE CAFÉ?

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Café

¿No llegás a fin de mes? ¿Ya no podés alquilar y te volviste a vivir con los viejos, que tampoco pueden pagar los remedios, así que les viene bien una entradita más de plata en la casa? ¿Bajaste una app de delivery para hacer horitas extra? No culpes al gobierno, no culpes a la playa de estacionamiento, no culpes a la lluvia de inversiones (que no llegan). Si fuésemos europeos, diríamos que es por los inmigrantes. Pero en esta austral tierra olvidada por dios, el verdadero culpable de tu crisis es el café.

Escriben: Gonzalo Assusa, Ezequiel Echenique y Hugo Serra

Publicada el 26 de mayo del 2026 por La Tinta

El último sorbo de la moda. Las app de inversiones y los influencers financieros explican que tu ruina no es el tarifazo del transporte ni el congelamiento del salario ni el desfinanciamiento de la educación. El auténtico problema son tus “gastos hormiga”, esos que hacés sin darte cuenta cada día, que no los sentís porque no mirás el “agregado”, pero que, en un año, son un aguinaldo y, en toda tu vida adulta, son una propiedad inmobiliaria. Lo dijo González Fraga, lo confirmó Barrionuevo: le hicieron creer a la clase media que podía despertarse y desayunar un café, pero hay que dejar de tomar latte por dos años para que la cosa se enderece.

Tuit.
Tuit.

Lo que ellos no saben es que, en cada grano de café, habita el universo (social) entero. Aquí van cinco verdades sociológicas sobre el café. Ni se te ocurría que necesitabas saberlas, pero te las cantamos igual.

1. Lo más decepcionante del fenómeno es su falta de originalidad. Fue Benjamin Franklin el que, en 1736, decía: “Piensa que el tiempo es dinero. El que puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y dedica a pasear la mitad del día, o a holgazanear en su cuarto, aun cuando solo dedique seis peniques para sus diversiones, no ha de contar esto solo, sino que, en realidad, ha gastado o, más bien, derrochado cinco chelines más…”. ¿Para qué quieren trabajar menos horas? Contraargumentaba el legislador de derecha en el debate por la reducción de la jornada.

El consumo, como el tiempo, sufre el mandato de lo productivo: ¿vas caminando hacia la parada de colectivo? Escuchá un audiolibro sobre libertad financiera y aprovechá esos minutos para elevar tu espíritu mientras el 81 pasa por segunda vez sin levantarte porque viene hasta las manos. Cada sorbo que te ahorres estarás un pasito más cerca del nirvana de la criptoabundancia. Lo cierto es que la enorme mayoría de los que “triunfan” en el mundo económico no llegaron sorbito a sorbito, suave-suavecito, domando el tiempo futuro a fuerza de sacrificios cafeinales presentes. La evidencia muestra que el gasto hormiga pesa millones de veces menos que la más fortuita de las suertes: nacer en una casa en la que se desayuna espresso o nacer en una en la que te lo preparan instantáneo. Y si hacés el Ramadán de torrado y, con esfuerzo, planificación y ambición, llegás a ser rico, ¿qué vas a hacer con todo ese dinero? Parar de sufrir y comprarte una Nespresso. 

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Café.
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Café.

2. El noble grano marrón (si es negro, te están choreando) nacido en algún valle etíope es, en parte, el responsable de que una droga de lujo se haya transformado en combustible barato para mover trabajadores desde que existe el proletariado. Algo así como vamos a endulzarte la mañana porque el día va a ser amargo. ¿Alguna vez te preguntaste de dónde viene tu taza de café y el azúcar que lo marida antes de vivir tu propio capítulo de Friends? Susana Narotzky explicó que el café sabe a tierra acaparada en Brasil, Colombia y Centroamérica, trabajo no registrado y corporaciones satánicas que patentan semillas, mientras la madre y pareja de todos ellos están pariendo chicos para producir más café. 

Ninguno de mis abuelos tomaba mate, les parecía de criollos (cierro los ojos y puedo ver la forma en la que fruncía la nariz la nonna cuando lo decía), mientras el café los metía en el civilizado mundo de las autopercibidas clases medias que vinieron en algún barco con pasaje.

Todo café es político y ningún pibe nace de especialidad. El azúcar que durante décadas acompañó al café pasó de tan exclusiva a tan abundante que al Ledesma le pusieron por lema demasiada sangre en el azúcar. Como descubrió Sidney Mintz, los ingleses no necesitaron secuestrar delegados gremiales como Blaquier para tener azúcar barata. La economía-mundo y la dependencia entre la periferia y el centro hicieron todo el trabajo. El azúcar es así: mezcla rara de sentidos sociales y relaciones de producción. Se volvió barata a fuerza de trabajo esclavo, plantación extensiva de caña y deseo de emulación de clases. Para Inglaterra, abaratar el azúcar era abaratar los trabajadores ingleses y, de ahí, todo era pura plusvalía relativa. El azúcar se volvió tan barata y abundante que hoy ya recomiendan no usarla, pero no podemos parar de hacerlo. 

Vos, igual, podés elegir globalizarte de especialidad y distinción, y dejar de tomarlo dulce. Por unos pesos más, podés tener tu acción micropolítica en un negocio de consumo responsable para que a Juan Valdés en la Sierra de Santa Marta una ONG de algún país que traficaba azúcar y esclavos le dé unos pesos extra. Por unas monedas más, otra ONG, que capaz recibe donaciones de algún propietario de campos de soja, te certifica que no es producto de desmonte y, reinvirtiendo los chelines que te ahorraste, otra más te perjura que el café tampoco se testeó en animales. Triple impacto en el mercado de bienes simbólicos y reciprocidad institucionalizada. Café con buena conciencia, distinción asegurada, el café es todo bueno, pero algunos son menos café que otros. A veces ratonear en el café te acerca a ser tu propio jefe, pero te aleja de tu moral progresista. 

3. A fuerza de industria cultural y fábrica de sueños, la imagen que llegamos a tener del consumo de café es la del café “al paso”, en vaso de cartón con tu nombre anotado, porque todos tus consumos hablan sobre vos, incluido tu mat algo-friendly y tu vaso térmico customizado. Un café que tomás en sorbitos de camino al metro por la Quinta Avenida. Vos, que vas dando saltitos por Alberdi para esquivar las soretosas aguas danzantes porque, otra vez, se reventó la cloaca en la esquina y, ya que estás, te comprás la promo de café con dos criollos del carrito que lo tiene preparado en un termo de plástico. Vos, justo vos, creés que la culpa de tu endeudamiento la tiene ese cafecito de morondanga. 

Imagen: @aquije.grafico
Imagen: @aquije.grafico

Si tienen alguna duda de la significación política de los vasitos de cartón, recuerden esto: antes de que Macri fuese presidente, en pleno morenismo al frente de la Secretaría de Comercio, Starbucks Argentina publicó un comunicado pidiendo disculpas por no poder sostener su estándar de servicio, culpa de las regulaciones estatales en importaciones. La circunferencia de los vasos nacionales (válgame dios) a los que accedían no cumplían con las normas de la franquicia. Alguien por dios piense en los capuchinos. 

Dos imágenes alternativas. La primera: olor a madera barnizada, ruido insoportable de cerámica contra la mesa, comandas a todo volumen y la mirada de un mozo con un bigote que le llega hasta el mentón y que no tiene tiempo de esperar a que llenes el formulario Google que te diga con qué tipo de café te sentís identificado hoy. Solo, lágrima o cortado. Con un chorrito de whisky (sin llegar a ser irlandés) si te despertaste alocado. La segunda: los abuelos solían tomarse la compra de café en el Bonafide del centro como una salida en sí misma. Solo desayunaban esa marca, así que no quedaba otra que tomarse el colectivo, dedicarle toda la mañana y volver también con una bolsa llena de Nugaton y bocaditos Bonafide rellenos de dulce de leche, en un tiempo previo a la dulzofobia actual. En esa época, se complicaba conseguir los coladores de tela, así que se los fabricaban solitos con alambre y cancanes usados de la vieja. 


Es una equivalencia paralela a la de las bebidas energizantes (¡sic!), el mercado financiero, la meritocracia y la fiebre por el gimnasio: ese cafecito neoliberal de las películas con el que los pasantes llegan a la empresa para congraciarse con compañeros de trabajo que ya viven el privilegio de la estabilidad es también un cafecito de flexibilización laboral, el combustible de autoexplotate que, al final del túnel, hay luz. Un cafecito Will Smith que te susurra: “No dejes que ningún convenio colectivo de trabajo te diga cuándo podés tomarte vacaciones, si empresario de vos mismo no necesitás descanso alguno”.

Tuit
Tuit.
Tuit.
Tuit.

4.- “¿Gusta pasar a tomar una tacita de café?”. El profesor Jirafales llega a la vecindad y doña Florinda lo recibe siempre con el mismo ritual solemne: “Pase usted… después de usted”. El café no es solo distinción de tipos de personas. También es encuentro. Un ritual que reúne generaciones: el abuelo que, después de cobrar la jubilación mínima, lleva al nieto al café El Ruedo a tomar un licuado mientras él se pide un jarrito. La repetición del ritual lo vuelve rutina, tradición. Pero el encuentro también puede significar el fin de una rutina. Quién no conoció o despidió un amor con un “¿tomamos un café?”. Un café solo, una lágrima en jarrito, un llantito en el ojo. 

Habría que pensar si ahorrarse los café hormiga no es también ahorrarse los encuentros hormiga. A menudo, un café significa “necesito verte”, “tenemos que hablar” o “todavía quiero quedarme un rato más”. Desde que Emile Durkheim inauguró la disciplina, venimos preguntándonos cómo es posible que todavía exista la sociedad y qué es lo que nos mantiene unidos. Nos tomemos un café y te contamos la respuesta. 

Ese café que prepara la abuela el domingo después de comer no es desinteresado: la vieja lo pergeña semanalmente para estirar un poquito más el momento de la juntada familiar, para que el estado pupudo no se lleve a los comensales a la siesta, sino que sigan haciendo algo así de improductivo y antiemprendedor como la sobremesa. La historia de la familia se cuenta en ese plus de tiempo. En muchas casas, de las mejores y las peores maneras, se escucha por primera vez una discusión política con cafecito de sobremesa de por medio. El plus de tristeza de los cafecitos ahorrados es que, por ser cafecitos emprendedores neoliberales, son además cafecitos solitarios y aislados. 

5.- A fin de cuentas, el consumo identitario es lo más estandarizado que hay. Con el último aliento del fordismo, terminaba también la agonía del mercado masivo al estilo Escarabajo Volkswagen. Chevrolet, en 2016, basaba todo su marketing en esa sencilla idea: el auto que elegís es apolítico y, por lo tanto, absolutamente político, más político que votar en las elecciones presidenciales. Y si no le gustan nuestros valores éticos y estéticos, como dice la cheta del Nordelta, tenemos otros para ofrecerles: grandes camionetas para meritócratas del agro, arrendadores que flashean farmers recién bajados del Mayflower, o autitos compactos para meritócratas urbanos e intolerantes yuppies. 

Tuit
Tuit.

William Rosberry cuenta la historia de los cafés de especialidad, que emergieron post crisis del petróleo, en los ochenta, para superar creativamente el derrumbe de casi un tercio de la población de EE. UU. que consumía un café estandarizado y de mala calidad. De “asesino del hambre proletario”, el café pasó a ser consumo de distinción de clases medias acomodadas de los países industrializados, esas personas con recursos, tiempo y empleada doméstica para aspirar a una estética de nostalgia analógica y preindustrial, con olfato entrenado para distinguir entre la acidez del instantáneo y el dulzor del turco preparado en ollita de cobre. Bourdieu diz que habitus, porque el gusto (y más aún, el disgusto o el asco) no solo no es natural, sino que tampoco es personal. 


Hay que tener cuidado, porque la política de identidad es una calle de dos manos. Para ser un consumidor realmente consciente, el bebedor de café debe conocer los métodos de tostado y las condiciones de producción desde el minuto cero. Billetera mata a galán, pero, sobre todo, mata a campesino que quiere escalar la producción: ojo con ser mapuche con iPhone, porque te sacan de la red de comercio justo. 

¿Todavía dudan de que es consumo identitario? Siempre es bueno desconfiar de las mercancías con nombres pretenciosos y las cartas con tantas variedades que parecen escritas por Bubba de Forest Gump. Latte, cappuccino, macchiato, mocha, affogato. Hagan el ejercicio: pónganle Joey, Marco, Michael o Vitto delante, y obtienen el nombre de algún capo de familia de la mafia neoyorkina. Ni hablar de Flat white: suena a votante de Trump o a modelo de inodoro. ¿Espresso tonic? Diría Papo Napolitano: buscate un café honesto. 

Ojo, no se trata de negar que en cada consumo, en cada sorbo, hay un acto ético-político. El problema, como dice Dubet, es que aprendimos que todo lo personal es político, pero desaprendimos que existe una sociedad. ¿De qué sirve politizar el consumo de café si lo hacemos como parte de la narrativa hiperindividualizada en la que nos movemos cual bolita de pinball? En el granito de la tienda de café especializado más cercana, habita todo un universo de relaciones sociales de producción y distribución, de etiquetado étnico y ambiental, de tecnología, confianza y parámetros morales, de segmentación y sofisticación del consumo, de valorización en la bolsa. Lo que menos hay en ese granito es voluntad individual pura de emprendedor de vos mismo. 


Hasta el paliativo del hambre y del cansancio te quieren motosierrar. El gasto hormiga te come la cabeza. El gasto predatorio de un mercado sin control te come la billetera y el suelo en el que estás parado. Tomate otro sorbito y pensá: ¿cuánto te va a salir calentar la cafetera italiana si, en estos días, le quitan los subsidios al gas en pleno invierno?


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