LA SUSTANCIA EXPLOSIVA DE LA FE

La fe es el puente entre lo espiritual y lo tangible: convierte lo esperado en sustancia presente.
Escribe: Daniel Ballester
Hace setenta y un años, aviones de la Marina y la Aeronáutica bombardearon Plaza de Mayo y sus alrededores. Su objetivo: asesinar al presidente Perón. El resultado: cientos de ciudadanos masacrados —niños, ancianos, peronistas, cristianos, transeúntes distraídos— bajo el pretexto de eliminar un movimiento que había ido demasiado lejos en sus conquistas para los trabajadores.
¿Qué tan lejos?
El ser humano, como todo fruto de la Vía Láctea, lleva inscrito en sus venas no solo fechas de caducidad, sino constelaciones de lo que pudo ser.
Aquel jueves 16 de junio de 1955, militares homicidas —erigidos en dueños de vidas ajenas— mutilaron los destinos de cientos de compatriotas. Arrasaron sueños en nombre del odio.
¿De qué sirvió?
Uno de los versículos más enigmáticos de la Biblia resuena aquí: «La fe es la sustancia de las cosas que se esperan» (Hebreos 11:1). Pablo, su autor, eligió la palabra griega hypóstasis: «fundamento», «certidumbre», «realidad esencial». No es abstracción: la fe materializa lo invisible.
Pablo distingue entre esperar (pasividad) y tener fe (acción transformadora). La fe es el puente entre lo espiritual y lo tangible: convierte lo esperado en sustancia presente. No niega la realidad temporal, pero la interpreta desde la promesa eterna.
Paradoja crucial: la fe no es evidencia física, pero opera como «prueba» de lo oculto. Es confianza extrema, fuerza creadora. En crisis o injusticias, la fe es el andamio que sostiene lo que aún no existe… pero ya late en gestación.
La ironía sagrada, aquella escuadrilla llevaba una consigna pintada en sus fuselajes: «Cristo vence». Pero la fe auténtica es acto comunitario, no ritual de exterminio. Por eso el bombardeo fue su derrota moral: al ametrallar al pueblo, los atacantes se quedaron solos. Perdieron la fe. El fogonazo de sus bombas los cegó.
La luz en exceso —como la oscuridad absoluta— oprime. El resplandor crudo nos roba las estrellas y nos aleja de lo sutil. La penumbra, en cambio, invita a la contemplación y a lo misterioso. Bombardear a un pueblo indefenso es obra de almas marchitas.
Octavio Paz lo intuía: «La luz es ciega; solo la oscuridad ve». Honrar la penumbra no es rendirse a la tristeza, sino abrazar la profundidad donde lo efímero y lo ambiguo coexisten. Sin sombra no hay dimensión; sin noche, no hay cosmos.
Fe es tocar lo invisible hasta hacerlo cercano.
Regreso al origen: Plaza de Mayo.
El 29 de marzo de 2000, el entonces arzobispo Jorge Bergoglio plantó un olivo frente a la Catedral. Ante representantes de múltiples credos y 600 abanderados de escuelas públicas y privadas, declaró:
«No queremos una paz de estanque —esa agua quieta que es la primera en corromperse. A los educadores: hagan andar el manantial de paz que Dios puso en nuestros corazones. Encáucenlo para que dé vida. A los estudiantes: no desaprovechen esa riqueza. Sean creativos».
Hoy ese olivo crece frente a la misma plaza donde las Madres marchan desde hace 49 años. Su fe inquebrantable —a pesar de las bombas, los fusilamientos y los desaparecidos— es la hypóstasis viva: la sustancia que convierte memoria en esperanza, y el duelo en semilla.

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