Escribe: Hans Laguna

Publicada originalmente el lunes 4 de marzo del 2024 por CTXT.ES

¿No sabes quién es Rick Rubin? No te preocupes, yo te lo explico. Es un millonario de 60 años que vive en Malibú.  Apenas le queda pelo en la azotea, pero lo compensa con una gigantesca barba gris y unos mechones desordenados que le salen por encima de las orejas como si fueran los brazos danzantes de Shiva. Viste camisetas lisas y pantalones cortos. Y suele ir descalzo. Posee el halo de quien desafía las normas pero al mismo tiempo está en armonía con el mundo. Parece un viejo brahmán que ha descubierto el surf. O un sintecho que ha montado una academia de mindfulness.

Dejemos sus pintas y vayamos a lo importante: Rubin es considerado el productor musical más importante de los últimos cuarenta años. Ha trabajado con raperos como Public Enemy, Beastie Boys, Jay Z o Kanye West, con bandas de rock y metal como AC/DC, The Strokes, Metallica o Limp Bizkit y con divas del pop como Shakira, Lana del Rey, Lady Gaga o Adele. Su currículum es extraordinario no solo por la diversidad de géneros y la cantidad de discos influyentes que atesora, sino por el insólito equilibrio que ha conseguido entre el impacto comercial y el respeto de la crítica. Para colmo, Rubin fue fundador del poderoso sello Def Jam y actualmente es un jefazo de Columbia Records, brazo estadounidense del gigante Sony.

Hoy, sin embargo, no he venido a hablar de sus actividades en el ámbito musical, sino de su feliz estreno en el mundo literario. El primer libro de Rubin se llama El acto de crear. Una manera de ser, y se publicó en castellano a finales del año pasado gracias a la editorial Diana (y también en catalán de la mano de Libros del Kultrum). Dada la impresionante trayectoria de Rubin, uno esperaría que en su libro compartiera reflexiones sobre sus proyectos con estrellas de lo más variopinto o sobre el funcionamiento de la industria musical. Que arrojara luz sobre, qué sé yo, su papel decisivo a la hora de popularizar el rap y acercarlo al público blanco. O sobre cómo consiguió rescatar del olvido al legendario Johnny Cash en sus últimos años de vida. Nada de eso.

La música se deja ver tan poco en el texto de Rubin como el famoso tiburón en la película de Spielberg

Mientras escribo estas líneas, el libro encabeza en Amazon la lista de ventas en la categoría de música, aunque se trata sin duda de un error de clasificación del algoritmo. La música se deja ver tan poco en el texto de Rubin como el famoso tiburón en la película de Spielberg. La editorial que lo publica lo deja claro en su web: lo suyo son los “libros de autoconocimiento, espiritualidad y poder mental para abrir nuevos caminos hacia el crecimiento, la creatividad y la conciencia”. Y exactamente eso es El acto de crear, un manual situado entre el misticismo y la autoayuda.

Rubin escribe porque quiere que seamos personas más creativas. Y lo hace con una prosa que, en el mejor de los casos, recuerda a ChatGPT y, en el peor, a Mariano Rajoy puesto de MDMA (“Tú eres tú. La obra es la obra. Cada persona del público es un ser distinto. Único”.). A nivel conceptual la cosa no mejora, pues su discurso se construye a golpe de clichés del pensamiento oriental y de la psicología positiva. El acto de crear puede emparentarse con Atrapa al pez dorado (Reservoir Books), donde el cineasta David Lynch también se propuso fomentar nuestra creatividad mediante postulados new age. Sin embargo, si lo comparamos con la vaporosa y descontextualizada propuesta de Rubin, el texto de Lynch resulta tan riguroso como un tratado de neurocirugía.

Resumiré del tirón las tesis centrales del libro de Rubin: el propósito vital de los seres humanos es expresar artísticamente su esencia y compartirla con los demás; aunque creamos que las ideas surgen de nuestro interior, en realidad provienen de una “sabiduría que nos envuelve” y a la que Rubin llama “la Fuente”; así, todas las personas somos potencialmente “vasijas” que contienen dicha sabiduría o, para utilizar otra imagen –a Rubin le encantan las metáforas–, “todos somos antenas del pensamiento creativo”; en conclusión, debemos ejercitarnos para desarrollar toda nuestra capacidad creativa y vivir el día a día como verdaderos artistas.

Para ayudarnos en este proceso, el autor nos ofrece una serie de recomendaciones que ha ido recolectando a lo largo de su dilatada trayectoria. Voy a esquematizar unas cuantas (alerta spoiler): aprender de la naturaleza; ser paciente; tener curiosidad y apertura de mente; cultivar la ingenuidad y la espontaneidad; imitar a otros artistas; salir de tu zona de confort; colaborar en lugar de competir con los demás; no pensar en la futura recepción de la obra ni medir el éxito con variables externas; no preocuparse por la responsabilidad social (el arte no tiene ninguna); guiarse siempre por las emociones; etcétera.

No voy a entrar a discutir cuán trillados están muchos de estos consejos o hasta qué punto resultan discutibles. Tampoco utilizaré mi ironía para criticar la siguiente orientación que nos regala el autor, pensada para quienes son indecisos a la hora de finalizar sus creaciones: “¿Cuándo una obra está terminada? Una obra está terminada cuando intuyes que lo está”. ¡Muchas gracias, Rick! Reconoceré, en cambio, que el libro contiene algunas ideas pertinentes e incluso útiles, sobre todo en aquellos escasos momentos en que el productor tiene la deferencia de concretarlas y ejemplificarlas.

No obstante, el provecho que se le puede sacar al libro es poca cosa tratándose de un tocho de más de 400 páginas. El lector tiene la impresión de que la guía de Rubin debería ser mucho más breve si estuviera mejor estructurada y no resultara tan repetitiva. Y si no incluyera tantos espacios vacíos ni tantas páginas enteras dedicadas únicamente a unos pocos versos. Me refiero a una especie de haikus que coronan los capítulos y de los cuales ofreceré una muestra a continuación:

“No temas equivocarte

porque en el error

se esconde la belleza”.

Mentira, me lo acabo de inventar. El siguiente sí que es de Rubin:

“Quizá la mejor idea

sea la que se te va a ocurrir

esta noche”.

Y este otro:

“No es casual que el océano

atraiga nuestra mirada.

Dicen que el mar ofrece

un reflejo más fiel de nuestra esencia

que cualquier espejo”.

¿Te dice algo? Si la respuesta es negativa, no sufras. Rubin invita a los lectores a descartar todo aquello que no “resuene” en su espíritu. Venga, un poemilla más, a ver si te resuena:

“Busca ideas dentro de ti

como un animal que olfatea

rastros en el bosque”.

Lo he escrito yo, te he vuelto a engañar. Ahora en serio, un último ejemplo del alcance poético-filosófico de Rubin:

“Operamos en un reino mágico.

Nadie sabe cómo funciona ni por qué”.

Rick Rubin durante una entrevista en el podcast de Andrew Huberman en 2023. / Youtube

Es difícil no pensar que, con estos versos, el autor está refiriéndose a sí mismo. Y es que Rubin reconoce que no sabe nada de teoría musical, no toca ningún instrumento ni tampoco es capaz de manejar los aparatos de un estudio profesional de grabación. De hecho, en muchos de los míticos discos que se le atribuyen ha intervenido como productor ejecutivo y no como productor artístico. Es decir, ha ejercido de director del proyecto tomando decisiones sobre el personal, la logística o el dinero, pero no sobre las canciones. Su prestigio ha hecho, pues, que a menudo Rubin se haya llevado el crédito de álbumes cuyo resultado estético, en realidad, es atribuible a profesionales menos conocidos de los que, eso sí, nuestro hombre ha sabido rodearse (estoy pensando, por ejemplo, en otros productores como George Drakoulias o en ingenieros de sonido como Andy Wallace).

Sorprende comprobar la gran cantidad de discos icónicos en los que Rubin, sin tener idea de tocar ni de grabar música, ha ejercido como productor artístico

Aun así, sorprende comprobar la gran cantidad de discos icónicos en los que Rubin, sin tener idea de tocar ni de grabar música, sí ha ejercido como productor artístico. ¿Cómo lo hace? Al parecer, nuestro protagonista se tumba en la sala de control, cierra los ojos, escucha atentamente el material y a continuación dice a los artistas lo que hay que hacer. Como buen aficionado al budismo zen, Rubin tiende al minimalismo y a menudo sus directrices consisten en quitar lo superfluo (una filosofía muy loable que, por desgracia, no ha aplicado a su propio libro). Por ello, más que un “productor”, se considera a sí mismo un “reductor” de canciones.

Rubin resume así la clave de su sencillo método: “Sé lo que me gusta y lo que no me gusta. Y soy contundente con lo que me gusta y con lo que no me gusta”. Su principal virtud como productor es, pues, la seguridad que transmite a los artistas o, para utilizar sus propias palabras, “la confianza que tengo en mi criterio y la capacidad de expresar lo que siento”. Y la gran mayoría de músicos que han trabajado bajo su tutela le dan la razón. La cantante Natalie Maines, por ejemplo, no se sentía cómoda con la aureola mística de Rubin cuando empezó a grabar con él, pero enseguida acabó convertida a su religión: “Cuando se trata de música, está tan seguro de su opinión que consigue que tú también estés seguro de su opinión. ¿No es eso lo que hacen los gurús? Saben cómo decirte las cosas en el momento adecuado para sacar lo mejor de ti”, afirmó.

Bajo la montaña de elogios y premios, se esconde un grupúsculo de artistas que han rajado del superproductor. “No necesito un gurú”, se quejó Jakob Dylan; “me gusta que en el estudio se hable en términos musicales”. Black Sabbath, por su parte, lo encontraron “ridículo” y se hartaron de que les diera órdenes con las que no estaban de acuerdo y no les ofreciera ninguna explicación. Josh Klinghoffer, exguitarrista de Red Hot Chili Peppers, declaró que Rubin fue más “un obstáculo que una ayuda” y criticó sus ausencias: “Me dijo que quería sacar lo mejor de las canciones, a lo que debería haberle contestado: ‘pues entonces haz que el chófer te recoja y te traiga al estudio’”. En la misma línea, Corey Taylor, vocalista de Slipknot, reconoció que Rubin era “un buen tipo” pero se lamentó de haberlo visto únicamente “45 minutos a la semana”. “Estaba en ocho proyectos a la vez. Pagamos una cantidad tremenda de dinero. Y, en mi opinión, si vas a producir un disco, tienes que estar presente. Me importa una mierda quién seas”, afirmó.

Mi intención no es juzgar la labor como productor de Rubin, la cual, como ya sabemos, ha dado en general unos resultados envidiables. Lo que quiero destacar es que el personaje de gurú que se ha labrado en el negocio musical es precisamente el que ha querido potenciar en su libro, una estrategia que por otro lado le está permitiendo llegar a un público más amplio. Prueba de ello es que en Instagram, TikTok y YouTube Shorts circulan fragmentos de entrevistas a Rubin en los que, con música emotiva de fondo, el productor reconvertido a coach nos obsequia con sentencias acerca de nuestro potencial creativo.

Tal y como destacan diversos analistas, los discursos motivacionales como el suyo, a pesar de su espíritu contracultural procedente de Oriente, están en sintonía con la ideología neoliberal que impera en las sociedades occidentales. No debería sorprendernos, pues, que su libro esté teniendo tan buena acogida en estos tiempos en los que se nos empuja a ser empresarios de nosotros mismos y a invertir en activos como la creatividad, la flexibilidad o la innovación si queremos prosperar en el mercado laboral.

Para que no se me tache de hater y no se diga que critico sin proponer, voy a recomendar algunas alternativas al libro que acabo de destripar. Si buscas historias sobre el oficio de productor musical, puedes acudir a los descacharrantes libros de Paco Loco, quien representa algo así como la antítesis ibérica de Rick Rubin. Me refiero a Loco. Cómo no llevar un estudio de grabación y a Loco 2. Cómo llevar un estudio de grabación y no morir en el intento (H&O Editores). Si te interesa estimular tu creatividad y aplicarla al arte de hacer canciones, y si no te molesta demasiado el tono de los manuales de autoayuda, puede resultarte de provecho Cómo componer una canción (Editorial Contra), un librito de trucos que ha escrito el cantante de Wilco, Jeff Tweedy. Si, en cambio, te has quedado atascado en un proceso creativo o simplemente quieres explorar nuevas vías, puedes probar con Estrategias oblicuas, un juego de cartas con aforismos enigmáticos e inspiradores elaborado por los artistas multidisciplinares Brian Eno y Peter Schmidt. Por otro lado, si lo que te interesa es entender la complicidad que existe entre la retórica del crecimiento personal y el capitalismo contemporáneo, puedes consultar el ensayo de la socióloga Eva Illouz y el psicólogo Edgar Cabanas llamado Happycracia (Paidós).

Y, con estas sugerencias –¡de nada!–, hemos llegado al final. Si alguien me pregunta cómo sé que este artículo está terminado, no dudaré en responder: este artículo está terminado porque intuyo que lo está.

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Hans Laguna es músico y sociólogo. Ha publicado el ensayo Hey! Julio Iglesias y la conquista de América (2022).

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