Escribe: Enrique Arias Gibert

El poeta salvadoreño Roque Dalton, que a la postre será fusilado por sus propios compañeros de militancia, se pregunta: ¿Habrá alguna vez lugar en la izquierda para las personas maduras? Esa pregunta, desde que la leí por primera vez a comienzos de los años ’80 del siglo pasado, no ha dejado de retumbar. Desde entonces se acumularon los acontecimientos y las ruinas a las que sólo se puede mirar como el ángelus novus Benjamiano (1): la caída del muro, el menemismo, el atentado a la AMIA, el 19 y 20 de Diciembre de 2001, el renacer del sujeto pueblo, la banalización y la demonización de un proceso de liberación, que culmina en la entronización mesiánica de un sujeto que probablemente se encuentre hors de discours (2).

Para que todo lo sólido se desvanezca en el aire y aun las insignias básicas de la modernidad, ciencia y democracia se encuentren en entredicho, no basta con el capitalismo. Para que la distopía sea posible son también nuestros mitos, nuestras tradiciones y nuestras rencillas domésticas las que han colaborado. El fascismo no es un destino ni tampoco una parusía.

De allí que la pregunta de Dalton se hace más acuciante. En particular, en el contraste con una de las frases que se hizo una insignia en mí en los últimos años de la dictadura genocida: “Cuando culmine el proceso revolucionario argentino, se iluminará el aporte de cada episodio y ningún esfuerzo será en vano, ningún sacrificio estéril, y el éxito final redimirá de todas las frustraciones» (3).

¿Qué hacer cuando no hay redención, cuando el éxito final es una fantasía homeostática, cuando ningún proceso revolucionario tiene una culminación y cuando la desmemoria oscurece los aportes, muchos esfuerzos son en vano y los sacrificios pueden ser estériles?

No es este un llamado al posibilismo o a la desesperanza. Es simplemente preguntarnos: ¿Qué hacer? Invitar al análisis materialista concreto de una situación concreta. Para ello es esencial desnudar los mitos y el idealismo que nos parieron.

Einstein, ya enfrascado en hallar su grial de la Everything Theory y molesto con los hallazgos de la teoría cuántica exclamó: Dios no juega a los dados con el Universo, a lo que Niehls Bohr respondió: ¿Quién es el señor Einstein para decirle a Dios qué hacer? La ciencia actual, por el contrario, parece decir que Dios consiste en juegos de dados que al caer determinan, en universos enteros o en fracciones infinitesimales, lo que ha de ser lo necesario, lo imposible, lo posible y lo contingente, lo existente y lo inexistente.

Es una vuelta a la Tyché de los griegos que, según Píndaro, era hija de Zeus Liberador y según Alcmán, el poeta espartano, hija de Promatea (la previsión) y hermana de Peitho (la persuasión) y Eunomia (las buenas normas).

La Tyché es hija de Zeus Liberador, porque la contingencia se enfrenta a la repetición eterna de lo mismo o a la inmovilidad de las formas que está en el fondo de todas las ideologías conservadoras.

Para Aristóteles, la Fortuna es un hecho que no se produce siempre ni la mayor parte del tiempo y, por consiguiente, es una causa accidental. La fortuna es entonces un accidente de la finalidad misma. Por el contrario, la idea de Fortuna que me parece necesario retomar es más antigua, es la que recoge Píndaro. En palabras de Martha Nussbaum

La excelencia de la persona buena es como la de la planta joven: crece en un mundo débil y quebradiza, en necesidad constante de alimento exterior. Para desarrollarse bien, la vid debe proceder de una buena cepa. Pero además necesita, para mantenerse sana y perfecta, una meteorología favorable (rocío y lluvias suaves, ausencia de heladas repentinas y de vientos fuertes), y la dedicación de cuidadores solícitos e inteligentes. Lo mismo sucede con los seres humanos (4).

En esta concepción la Fortuna es una constante (sea ella buena o mala) y pasa de ser causa accidental a causa material. En otras palabras, la fortuna actúa permanentemente e interfiere en todos los proyectos. Pero una vez que se han jugado los dados deja de ser causa accidental para ser causa material. Por eso no se puede pensar en proyecto sin tener en cuenta las condiciones históricas concretas de las que se parte. Pero este mismo proyecto va a ser influido por todos los acontecimientos que se le suceden. Parafraseando a Sun Tzu: se puede decir que no es posible entrar a una batalla sin un plan, ni atenerse rigurosamente a él una vez que la batalla ha comenzado.

La Fortuna hace imposible que el futuro se convierta en destino y que los límites actuales sean efectivamente los que determinan los límites de lo posible. Por eso no es posible una teleología de la historia al estilo de los “socialismos democráticos” o del DIAMAT del siglo XX o los cálculos de almacenero de los administradores de la gestión.

No hay discusión entre las viejas y las nuevas melodías, porque sencillamente la vieja canción es imposible. Si cambia el campo armónico la canción nunca será la misma. En ese sentido, una izquierda laica sólo es posible en la afirmación de lo contingente contra el resabio religioso de lo inmutable, de lo necesario y de lo imposible.

Cualquier figura del destino es, por el contrario, el material sobre el que se construyen los mesianismos y los conformismos. Por otra parte, una vez caídos los dados, son éstos los que brindan las categorías polares de lo existente y lo inexistente, que permiten el análisis concreto de situaciones concretas (el estado de la situación) que hace posible transformar lo existente en lo aún inexistente.

El discurso de transformación materialista requiere adscribir lo existente a lo necesario, a lo que no cesa de escribirse en el estado de situación (al estilo de Parménides: lo que es es y lo que no es no es) y lo inexistente a la contingencia (lo que cesa de no escribirse) y no a la imposibilidad (lo que no cesa de no escribirse).

Lo existente es necesario sólo una vez que han caído los dados. Pero la Tyché (o lo Real lacaniano) es aquello que nunca cesa de no inscribirse, aquello que no puede ser integrado a un universo de discurso. Por tanto, lo real sólo puede ser cernido por las dimensiones simbólica e imaginaria. Lo Real, diría Badiou, es aquello que, estando presentado en el estado de situación, no puede ser representado. Por eso los dados nunca dejan de estar en el aire desde la situación concreta de la que se trate. Por eso la Fortuna, lo Real, no es causa accidental de lo existente sino su causa material.

¿Era necesaria la caída de la URSS o el advenimiento del menemismo? No tiene sentido plantearlo hoy, porque los dados se han jugado y forman parte de lo necesario, de lo existente. Por eso no es posible hablar de las viejas melodías o de las canciones tradicionales.

Esta es la diferencia entre el denominado por Marx, socialismo científico respecto del socialismo utópico. El socialismo utópico parte de una situación ideal, deseable, y desde allí trata de construir una realidad otra en la que, como Aristóteles pensaba, lo determinante es la causa final. De allí surge la filiación aristotélica de los socialismos del siglo XX. El socialismo científico, por el contrario, no es determinado por la causa final (…un día cualquiera, casi sin darnos cuenta, habremos creado, junto con los otros pueblos del mundo, la sociedad comunista, nuestro ideal) (5), sino por la causa material, por lo existente en tanto necesario y su transformación mediante la aparición de lo inexistente como contingencia.

De lo inexistente sólo se tiene conciencia en el après-coup, como la falta en ser de lo existente. Se adquiere lo inexistente a partir del conocimiento de lo existente. Esto es lo que caracteriza al sujeto que ha de transformar lo que se presenta hoy como necesario en el estado de situación. Esta falta en ser devela a lo existente como no-todo y hace nacer al deseo que, como tal, permanecerá siempre insatisfecho porque la incompletitud de lo existente es un problema de estructura.

Por eso el deseo está siempre insatisfecho, porque los seres parlantes gozamos del deseo (la revolución permanente de Marx). Por eso el deseo transforma lo existente y el socialismo no puede ser nunca alcanzado como realización ni hay parusía ni epifanía. Hay un sendero del deseo, una transformación de lo existente en un tiempo lógico posterior. En la medida en que se trata de tiempo lógico, los pasos no los determina una finalidad en la que la historia terminaría de desenvolverse, sino la apuesta por el nacimiento del sujeto y la conciencia del deseo.

Por eso una izquierda laica es dialéctica y materialista. Por eso el materialismo dialéctico no es historicista, y el camino de la transformación y del deseo exige una nueva canción.

Notas

(1) BENJAMIN, Walter, Tesis sobre la historia, Tesis IX: “Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo que le tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.

(2) LACAN, Jacques, El Seminario, Libro 3, Las psicosis

(3) COOKE, John William, Peronismo y Revolución.

(4) NUSSBAUM, Martha C., La fragilidad del bien. Fortuna y ética en la tragedia y en la filosofía griega, 2015, La balsa de la Medusa, páginas 27 y 28.

(5) GUEVARA, Ernesto, Discurso en la conmemoración del segundo aniversario de la integración de las Organizaciones Juveniles, celebrada el 20 de octubre de 1962 .“

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