Escribe: Gustavo López (*)

Comencé mi militancia radical en 1973, en la J.R.R., porque creía en la construcción de una sociedad más justa a través de la vía democrática, admirando por aquel entonces a Salvador Allende y siguiendo a Raúl Alfonsín.

El ser radical empezó con Leandro Alem. Fundó además la tradición democrática y popular moderna. Para él, ser radical significaba la intransigencia frente al régimen oligárquico conservador y fraudulento. El espíritu revolucionario fue fundante para consagrar la moral de la cosa pública, su causa fue la de los desposeídos y prefería que se rompa pero que no se doble.

El ser radical en Yrigoyen era la Constitución Nacional, la neutralidad frente a los conflictos bélicos ajenos a los intereses latinoamericanos, la preservación de los recursos naturales, por eso la creación de YPF. Pero fue también la Reforma Universitaria, la jornada de 8h, el guardapolvo blanco y el voto popular para consagrar la democracia.

Ser radical a fines de los 60’ significaba, para muchos, rescatar el gobierno de Arturo Illia que había impulsado la Ley de medicamentos, gobernado sin Estado de Sitio, que había anulado los contratos petroleros, había aumentado el salario real y el PBI y había bajado la deuda externa. Algunos sólo destacaban su honestidad intachable, que los amigos habían hecho una colecta para pagar el tratamiento de su mujer y que los vecinos le regalaran la única casa que tuvo. Claro que nos llenaba de orgullo como también lo habían hecho el artículo 14 Bis de nuestra Constitución, pero el golpe que lo derrocó tuvo que ver con los intereses que tocó.

También significaba el Cordobazo, la lucha contra la dictadura de Onganía, la necesidad del levantamiento de la proscripción del peronismo. Ser radical era Setúbal y las juventudes políticas unidas en un sueño de liberación.

La dictadura cívico militar vino a destruir el modelo de desarrollo industrial con inclusión social que no habían podido eliminar los otros golpes militares y lo hizo aplicando la más siniestra de las formas, a través del terrorismo de Estado.

Durante la dictadura se militó perseguidos, con exilios interiores y muchos otros en el exterior tratando de salvar la propia vida en un país que torturó, secuestró, detuvo clandestinamente, desapareció y asesinó, rebajando la condición humana con el objetivo de paralizar, infundir terror y cambiar las condiciones de vida de nuestro país.

Ser radical durante la dictadura significaba trabajar en los organismos de Derechos Humanos como la APDH, de la que Alfonsín era copresidente. Era presentar habeas corpus para saber dónde estaban los desaparecidos, era luchar como Amaya y Karakachoff hasta dejar la vida o soportar atentados como Solari Yrigoyen. Ser radical durante la dictadura significaba luchar por la recuperación de la democracia.

Ya habían quedado atrás las viejas antinomias que durante décadas dividieron a los partidos populares de la Argentina. La Hora del Pueblo fue fundamental para que Balbín despidiera a un amigo y no a un viejo adversario cuando murió Perón. La construcción de la Multipartidaria fue piedra angular para que los partidos políticos, junto a la CGT y a las organizaciones de DDHH, lograran la recuperación de la democracia.

Ser radical en 1983 significaba recitar el preámbulo de la Constitución con la emoción en la garganta, para consagrar la unidad nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior y promover el bienestar general, pero fundamentalmente, recuperar el estado de derecho. Ser radical en el 83 era soñar con una democracia con justicia social, era pensar la libertad junto con la igualdad para tener un país para todos. Que con la democracia se pudiera comer, curar y educar, y esencialmente que el pacto democrático de la Argentina se funde en el NUNCA MAS.

El Juicio a los principales responsables del terrorismo de Estado fue un ejemplo internacional y sentó las bases para la nueva democracia.

Ser radical era luchar contra los intereses de la deuda externa, intentar el Club de Deudores. Era llevar la paz a Centroamérica, terminar con los conflictos con nuestros países vecinos, construir el Mercosur. Ser radical en los 80 era la ley de divorcio vincular, la patria potestad compartida y la igualdad de los hijos. Era enfrentar a los grupos económicos concentrados. Después el éxito o el fracaso en cada una de las acciones eran el resultado de la correlación de fuerzas políticas, pero sin el Juicio a las Juntas otro hubiera sido el destino de nuestra democracia.

En definitiva, ser radical siempre fue luchar junto a las otras fuerzas populares y democráticas por un país más justo y solidario.

Se puede ser radical dentro o fuera del Partido que le dio origen. También se puede permanecer dentro, sin serlo. Cuando algunos dejamos de sentirnos representados en el Ser, recorrimos otros caminos, en mi caso en Forja, donde conviven otras tradiciones políticas democráticas y populares.

Queda claro que mirar para otro lado frente al DNU ilegal de Milei no es ser radical. Tampoco lo es pensar en términos de peronismo-antiperonismo, eso quedó atrás hace décadas. Ser radical se da de patadas con abandonar a su suerte a los jubilados o no dar quórum cuando hay que defender sus haberes.

Hoy hay muchos radicales fuera de la UCR y todavía hay radicales dentro del mismo partido. Sería importante, en un momento tan oscuro de nuestro país donde el anarco libertarismo negacionista cuestiona valores fundamentales de nuestra democracia como la educación pública o la justicia social y la “libertad” queda limitada a los pocos que tienen recursos económicos para disfrutarla, que volvamos a las raíces, que podamos pensar en los valores que construyeron la idea Radical y que, junto con las otras ideas democráticas y populares, dialoguemos con el sueño de volver a recuperar la República hoy perdida.

(*) Presidente de FORJA

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