Fragmento de la portada del libro Medios Locos, de Abrevaya.

Publicada originalmente el 13 de enero del 2024 por Acercándonos Cultura

Cuando en 1986 apareció en la pantalla del entonces Argentina Televisora Color (ATC) para integrar el equipo de La Noticia Rebelde, Carlos Abrevaya ya sabía de hitos, formas y maneras de romper convenciones en los medios de comunicación.

Co-conducía un programa de radio que marcó huella en el dial y venía de colaborar en las revistas más importantes y revolucionarias del periodismo y humor gráfico vernáculo. Ya había sido guionista de figuras de esa época como Juan Carlos Mareco, Cacho Fontana y Tato Bores. Pero lejos de creérsela había adoptado una mirada crítica sobre el rol de la de prensa, la llamada por entonces «mass media». Y de quienes trabajaban en ella. Aunque murió el 8 de julio de 1994, con apenas 45 años, dejó un legado posible de rescatar hoy en libros, artículos y los recuerdos de quienes estuvieron cerca de él. Nació el 13 de enero de 1949 en el barrio de Flores. Egresó en 1966 del Colegio Nacional Urquiza de Flores junto a su gran amigo Jorge Guinzburg, con quien comenzó la carrera de Derecho. Ambos abandonaron: Abrevaya por Filosofía y Letras y Guinzburg por el Conservatorio de Arte Dramático. Luego también dejarían esos estudios para debutar en los medios.

Esa primera vez llegó por Elias Krimker, amigo de Guinzburg, quien conocía a un mozo que trabajaba en un carrito de la Costanera (El Gaucho Pop) y se relacionaba con «famosos», como un productor del programa en Radio Rivadavia de Juan Carlos «Pinocho» Mareco, a quien entusiasmaron con el humor y consiguieron que los contratara como chisteros por 200 mil pesos mensuales. Guinzburg sumó a Abrevaya. Era 1971.

Al año siguiente harían la misma tarea para Cacho Fontana, y en 1973 se acercarían por un aviso en el diario a una revista con pocos meses en la calle pero ya bastante famosa: Satiricón.

«Eran muy flacos, pelilargos -recuerda Carlos Ulanovsky-. Llegaron a la redacción para ofrecer chistes sueltos. Aunque ya con mucha calle, con background ideológico y la sana decisión de abordar el humor de la realidad, de la actualidad. Eran humoristas que renegaban de los chistes de náufragos en una isla, de esposas o suegras sisebutas que esperaban al marido trasnochador o fiestero detrás de una puerta armadas con un palo de amasar».

Comenzaron con el aporte de esas frases que iban al pie o cabeza de página, pero de inmediato se amalgamaron en dupla (Krimker quedó afuera) y firmaban notas de gran despliegue: sobre la masturbación, la menstruación u entrevistas osadas a personajes famosos.

Tanta confianza tenían que lograron meter una colaboración en la histórica revista española «La Codorniz», luego de conocer al entonces director Álvaro de la Iglesia en una visita fugaz que hizo por Buenos Aires.

Cuando llegó la clausura de Satiricón a manos del gobierno ya entonces a cargo de Estela Martínez de Perón, el dúo participó de manera activa del nuevo emprendimiento de Andrés Cascioli, Chaupinela. En Chaupinelasen la segunda mitad de los ’70 el “tano” Cascioli los ubicó como asesores de dirección y redacción en ese mensuario que duró hasta 1975 y también fue cerrado por el Poder Ejecutivo.

Cuando sobrevino la dictadura y se perdió la chance de sacar revistas de humor, Abrevaya-Guinzburg y algunos otros se la rebuscaron en la publicidad «en la agencia Lintas- sin abandonar del todo el periodismo. En aquel nefasto 1976 surgió otra iniciativa de Cascioli, un mensuario de espectáculos llamado Perdón, en la que ellos serían prosecretarios de redacción. Por las bajas ventas tendría dos números de duración (hubo un tercero que se elaboró pero nunca se imprimió).

Al año siguiente la dupla comenzaría a publicar en Clarín, la tira Diógenes y el Linyera, pergeñada en la época de Satiricón. La dibujaría Tabaré Gómez Laborde, quien desde 1993 también le aportó la letra y Tabaré y la escultura a Diógenes y el Linyera aún sigue en la contratapa del autoproclamado gran diario argentino.

Abrevaya y Ginzburg.

En 1978, Abrevaya participó de manera activa de la salida de la revista Humor: creó junto a Cascioli y el dibujante Alfredo Grondona White el famoso logo con la «R» de registrado encerrada en la «O». También se le adjudica haber soltado el slogan que mantuvo Humor durante años, aquel de «la revista que superó apenas la mediocridad general» y sugerir llamarla Humor luego de una lista de posibles nombres elaborada por Grondona White (como Humor es un genérico tuvieron que agregarle lo de registrado). Sin embargo, en esa época prefirió mantener bajo perfil y trabajar en publicidad. De Humor no sería colaborador asiduo hasta el regreso de la democracia. Algunas de las tapas de humor marcaron hitos: en enero de 1983, el régimen ya en retirada secuestró la edición donde el general Nicolaides se caía de una patineta.

Tomás Sanz, el histórico jefe de redacción y siempre director en los hechos de Humor, describió a Abrevaya como dueño de un «humor sutil, original, punzante, rápido para el retruécano y las imágenes contundentes. Espíritu fino el de Carlos, agudo conocedor de lo popular bien entendido. Forjador de metáforas brillantes, dueño de silencios creativos, hombre de pausas inteligentes, elucubrador en soledad de ideas que, seguramente, eran aún más vastas de lo que solía mostrarnos».

En 1983, Abrevaya y Guinzburg, el ex director de Satiricón, Oskar Blotta y otros fueron parte del puñado de libretistas de Tato Bores en Extra Tato que se emitió por el Canal 13 todavía estatal y militar y que marcaba el regreso del hombre del frac negro tras dos temporadas sin pantalla. Ya en democracia retomarían la radio y la dupla conduciría desde abril de 1984 un programa por Radio Excélsior que haría ruido y sería escuela para programas como Radio Bangkok, el histórico formato de Lalo Mir en Rock & Pop. Se llamaba En Ayunas y se emitió hasta diciembre de 1987.

Pero desde 1986 ambos integrarían el equipo de La Noticia rebelde junto a Alfredo Castelo, Raúl Becerra y Nicolás Repetto cuando la televisión pública se llamaba ATC (nombre que tenía desde 1979). La llegada a la pantalla chica le hizo conocer la fama, que se convirtió en una enemiga de su timidez. El éxito masivo duró hasta diciembre de 1987. La Noticia rebelde permaneció hasta la llegada de Carlos Menem a la presidencia en 1989.

Los cartones con notas impresas de diarios y revistas puestas sobre un atril o sostenidas con la mano, y una cámara que buscaba el primer plano, mientras Abrevaya –y a veces también Castelo- buscaban el enfoque distinto de la nota, fue el primer antecedente de análisis de esos contenidos gráficos en la televisión porteña. En la segunda mitad de la década del ’70, Julio Lagos primero y luego Magdalena Ruiz Guiñazú comenzaron a leer las noticias de los diarios en sus programas matinales. Y poco después toda la producción radial se basaría el trabajo del día anterior de los periodistas gráficos.

Pero ese mismo julio de 1989, Abrevaya comenzaría otro programa icono por Radio Municipal, bajo de la gestión de José Ricardo Eliaschev; acentuaría la inquietud por la crítica de medios (publicó Medios locos, donde están parte de esas ideas, libro conseguible hoy en Internet) y participaría de la revista El equipo (una fugaz sociedad de TEA y Cascioli), que fusionaba la cultura y el deporte, duró siete números publicados entre octubre y noviembre (en el archivo de TEA pueden consultarse) y en la que Abrevaya hacia una sección fija titulada Televisión de multitudes, donde sostenía la idea de que los contenidos de la pantalla chica se hicieran en base a los consumos de la gente y no del marketing.

«Tengamos en cuenta a la gente», recuerda que decía en la reuniones de sumario Juan José Panno, quien también destaca de Abrevaya que «le sobraba humildad». También ese año fue columnista de Héctor Ruíz Núñez «periodista de investigación estrella de Humor- en un programa de radio.

Al año siguiente formó un club de difusión para dar capacitación a corresponsales barriales, terminó el programa por radio Municipal por demora en los pagos, se afianzó como columnista de Página 12 y Humor y publicó Medios Locos.

En 1992 hizo Club de Hombres con Castelo, Fernando Salas y Guillermo Stronatti. Luego fue el momento de Perdidos en la noticia por La Red junto a Ulanovsky y Alicia Cuniberti. Al año siguiente el público lo eligió ombudsman de La Maga «tarea que no llegó a ejercer en plenitud y terminó renunciando- y en 1994, a poco de publicar su segundo libro «Desnudos y sin documentos», un cáncer de pleura lo devastó en un mes.

Murió en el hospital Español, dejando como descendencia dos hijos (Ximena y Bruno) de su primer matrimonio con una artista plástica y un hijo hoy periodista (Sebastián, quien tenía nueve años cuando falleció el papá), de su segunda pareja.

Recuerdos de Carlitos

Paula Andaló fue productora general de Vecinococos (al mando de un grupo en el que debutaron Martín Teitelbaum, Gabriel Schultz, Silvina Lamazares y Esteban Talpone, entre otros) y rememora: “El programa era la frescura irreverente de Carlos combinada con la «oficialidad» tanguera de Jorge Vaccari, uno de los locutores más sólidos que ha recorrido el éter. Muchos universos se fundían en el ciclo, pero todos, creo, tenían un común denominador: zarandear la mente, saltar de conclusión en conclusión, pensar, pensar, pensar, pensar, pero sin la perorata del académico, ni de los «opinators» (que después hartaron nuestro periodismo) sino del amigo, del vecino, un grupo con el que podías ir a La Paz a tomar un café y la ibas a pasar fantástico«.

«Carlos era un buen tipo, con neuronas únicas, no sólo por ser graciosas, sino por ser… eso, únicas. Su partida, y ahí va otro lugar común, dejó un hueco en la tarea periodística -tan grande como el que hizo el cigarrillo en sus pulmones- que, creo, nunca más se llenó. Practicaba el análisis con humildad, y nos llenó de un sentimiento muy necesario en aquellos años: la posibilidad de saber que podíamos construir algo todos juntos».

Teitelbaum, quien luego de aquel programa sería amigo personal de Abrevaya y compartiría partidos de paddle y billar, apunta que «era una luz, un foco. Tenía una lucidez absoluta a la hora de transmitir algo y De izq. a der: Abrevaya, Teiltelbaum, Cascioli y Alejandro Rial. Un alto en el paddle en la época de La Urraca.(gentileza Martín Teitelbaum) era muy apasionado. Además debe ser una de las dos o tres personas más democráticas que conocí. Realmente ejercía el derecho a la disidencia y la tolerancia, con una mente abierta que respetaba de verdad la opinión de los demás. Era una rareza, una gema muy extraña en el mundo del periodismo masivo».

Ximena Abrevaya tenía 19 años cuando falleció el papá, cuyo primer recuerdo es verlo escribir a máquina y fumando, pero también recortando los diarios y revistas para sacar material. Aún así recuerda las épocas de La Noticia Rebelde y lo que le inquietaba esa fama.

«La gente le tocaba la bocina. Y a él le pesaba, no le gustaba mucho porque era muy perfil bajo, muy introvertido«.

Ulanovsky agrega que Abrevaya «fue noticioso y rebelde; fue Diógenes y también el linyera; fue gracioso y buen tipo. Cuando hablo como Diógenes, obvio que me refiero a su historieta (todavía viva) pero más que nada lo asocio con el primer Diógenes de la historia, el filósofo griego caracterizado por su humildad y por su discreción«.
Además destaca que era «un pensante en los medios, como la televisión comercial, que aborrece que le hablen de pensamiento. Un tipo que estaba seguro que una de las cosas que habría de determinar nuestro futuro (digno), para bien o para mal, era el cuidado o descuido de la cultura. Un impulsor del humor profundo y del mejor periodismo. O sea que también circulaba a contramano de una época que, desde la década del ’90, se anunciaba como emblema de liviandad y vacía huída hacia adelante. Él, que tocó el éxito con las manos, le hizo pito catalán y eligió pasar de las ligas mayores (cuyo clima lo agobiaba) a las divisiones inferiores que, con su ética y sus principios, convirtió en superiores. Y lo hizo sin creérsela, sin ponerse delante de ninguno, sin pisar cabezas, diciendo que no cuántas veces le resultó necesario».

La Plaza de los Periodistas, ubicada en el barrio porteño de Flores (Nazca, Páez, Neuquén y Terrada) fue inaugurada en su nombre, tras su muerte.

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