TERRESTRE

Una autora que busca y encuentra con éxito el material de la lengua que más se ajusta a la obra que tiene en mente, y hace su aporte político.
Escribe: Gabriela García
Empiezo por algo que me parece fundamental para reseñar Terrestre (Editorial Random House), el último libro de Cristina Rivera Garza. En una entrevista ella comentó que este texto podía leerse como el lado B de El invencible verano de Liliana (Editorial Random House), autobiografía por la que ganó el premio Pulitzer en 2021 donde narra el feminicidio de su hermana Liliana, quien fue acosada por su ex pareja y finalmente estrangulada en su propia habitación de estudiante de arquitectura. Crimen que quedó impune y con el perpetrador viviendo como si nada terrible hubiera hecho del otro lado de la frontera de México, en Estados Unidos. Cristina nos dice que se sentía en deuda, que quería contar historias de mujeres que, zafándose de las garras siempre a punto de lastimar, consiguen transitar caminos “peligrosos” y los sobreviven, no les pasa nada. Si algo tiene el crimen de feminicidio es su poder escarmentador. Inhibe a las mujeres de osar a hacer algo diferente de lo que el orden patriarcal les impone. Es como si el mensaje de la autora fuera, anímense, no siempre les va a pasar algo malo. Y es así que pone a sus personajes a andar, a hacer recorridos terrestres. No les saca el miedo, pero les da impulso suficiente, en la mayoría de las historias las acuerpa, no las deja solas – excepto en la primera historia donde la narradora se nos aparece sola por las calles de Belfast –. En el resto de las historias caminan, toman trenes, buses, duermen en habitaciones de mala muerte, juntas, por el México que tanto conoce de conceptos que parecen abstractos como territorialización, desterritorialización, reterritorialización, y que destraban la lengua cuando se ve a estas mujeres trazar cartografías diferentes, poner el cuerpo como único territorio a defender y escalarlo hasta hacer de otros territorios algo producido por la propia experiencia.
Una cosa que hemos aprendido es que la mayoría de los feminicidios ocurren puertas para adentro de las casas, perpetrados por un familiar o conocido, y además la geografía feminista nos ha hecho ver que hay recorridos que se estigmatizan para quitar a la mujer de los espacios hegemónicamente masculinos. Pensemos en un evento bien conocido como “Los crímenes de ciudad Juárez”. La mayoría de los cuerpos fueron encontrados en áreas desérticas, baldíos, cauces secos de ríos, pero la violación y asesinato de las mujeres ocurrió en “casas de seguridad” donde estaban secuestradas, se trataba de habitaciones de hoteles, talleres mecánicos, propiedades privada. Estamos hablando de 2.300 mujeres que no estaban en lugares que se nos enseñó que eran peligrosos, como las rutas, los recorridos por la naturaleza, los “barrios peligrosos”, esas cosas de las que se nos quiere espantar, estaban “adentro”. El amplio mundo, se nos ha hecho creer, un lugar para los hombres.

¿Han visto qué pocas crónicas de viajes hay de mujeres, o cuánto tiempo hemos tenidos que esperar para que vieran la luz? Por ejemplo, si Ernest Hemingway, más de un siglo después, no hubiera destacado el enorme valor literario de la crónica que hizo Beryl Barkham al cruzar en un vuelo solitario el Atlántico, nunca hubieran salido a la luz. Beryl hubiera muerto dos veces, de pobreza en Kenia y de olvido en nuestras memorias. Cristina Rivera Garza, académica, escritora premiada, profesora de la Universidad de Houston, es consciente de que el ICE, esa distópica policía migratoria que persigue a los que no son rubios, la puede hacer pasar un mal momento, y entonces se tiene preparada una maldición para hacerles caer si la apresan. La autora cree en la fuerza de las maldiciones, cree en la fuerza de la invocación, y en Terrestre ha escrito un libro que parece una bendición. Algo que les dice a las muchachas, la mayoría de los personajes lo son, es: vamos, no sabes volar porque tu jaula es muy pequeña y por eso caminas, pero tienes unas hermosas alas de garza. Sí, elige el pájaro de su apellido en el cuento «Pajarracas» para contarnos sobre dos chicas que andan viajando a dedo, pero en realidad no son chicas, se ven como aves, y esto causa gracias, o ternura, o confusión en los hombres que las levantan por las rutas, pero a la vez son humanas y no se libran de las guiñaditas de ojos, de las invitaciones procaces. En este cuento la zoomorfización es el instrumento en el que se apalanca para tomarse la libertad de hacer de ese viaje un recorrido por todos los estados que atraviesan en el camino.
El miedo, la sororidad, el gozo, la duda, la libertad, y las ganas de no volver al lugar donde deberían ser cigüeñas, casarse, anidar, ser normales. ”… En el último momento nos escurrimos por entre las hojas semiabiertas de la única ventanita del lugar. No nos costó trabajo remontar el vuelo”. Las chicas-pajarracas se habían preguntado, como parecen preguntarse las dos hermosas figuras femeninas pintadas por Inés Isaurralde para la cubierta de la edición de Random House, ¿“qué hay más allá”? Y al igual que ellas tenían de fondo a una mujer que le daba la espalda a lo que a ellas les causaba curiosidad, una mujer colgada de un hombre sin rostro. Una cigüeña.
Hablé de cuentos, pero la autora no quiere referirse a ellos así, los llama piezas de no ficción especulativa, pues como historiadora que es, le gusta recurrir al archivo, el trabajo de campo, la intertextualidad, de esa manera hace que la lengua haga lo mismo que sus personajes, arrancarse de las fórmulas tradicionales, sustraerse a los circuitos de reproducción del sistema patriarcal y abrirse la propia brecha. Cristina, se vale de epígrafes en inglés – esa lengua que le dio refugio para contar la experiencia más desgarradora de su vida, la muerte de su hermana en manos de un chacal-, referencias a sus propios personajes en otras novelas, a otros autores, letras de canciones, y recursos retóricos difíciles de manejar como en el texto “Los leones no están acá” en el que comienza todas las frases negándolas : “no se encontraron solos entre los solos, sin amigos, sobre las aceras cuarteada de la ciudad envuelta a esa hora de la mañana por la sábana gris hecha de smog y nubarrones y cosas por decir. No lloviznaba. No hacía frío. No se preguntaron ¿qué no hacemos aquí? Ni arrojaron la mirada hacia el cielo en señal de ¿qué? No se dijeron, meditabundos, con la voz baja de los condenados: ya no hay nada que nos ate a este sitio”. Veinte páginas de negación para hacer lo que hacemos nosotros como sociedad con la violencia hacia las mujeres: negarla.

Y hay otro cuento, como a ella no le gustaría llamar, que me encantó por su métrica del tiempo, por cómo nos da un sentido profundo de lo que le pasaría al lugar a donde van a parar los personajes. Después de subir por Estados Unidos hasta Alaska sus jóvenes personajes, son siempre jóvenes, llegan a la península de Kenai en tiempos cuando había peces, agua fresca y se contrataba a viajeros, presos, o estudiantes pobres en temporada alta para que evisceraran peces. La autora podría limitarse a contar la historia de sus personajes desde una perspectiva personal y de conflictos entre los dueños de las plantas y sus obreros, pero no, hace algo mucho más dramático, lean: “Faltaban 28 años para que una pandemia impidiera los viajes de los que estaban dispuestos a atravesar mitad de la Tierra para limpiar, descabezar, lavar, destripar, desollar, almacenar el halibut”. “Faltaban 23 años para que el Departamento de Pesca admitiera públicamente que la población de almejas había disminuido casi hasta la extinción”. “Faltaban 84 años para que las águilas, que habían desaparecido casi hasta la extinción, ausentes incluso de las ramas de las píceas donde posaban sus garras, regresaran, tímidamente primero…. «. ”Faltaban 93 años para que los biólogos de Homer volvieran a detectar, no sin asombro, no sin un cierto tipo de íntima felicidad, la presencia de frailecillos cornudos cerca de la península Kenai”. “Faltaban 102 años para que un viejo hidrófono registrara, en las bandas de entre 15 y 20 hercios, el canto de la ballena…”. Entonces la historia se hunde en un tiempo que parece geológico donde la naturaleza con nosotros adentro, aparece, reaparece, se daña, se recupera. Creo que Cristina Rivera Garza a través de sus siete “cuentos”, en los que busca y encuentra con éxito el material de la lengua que más se ajusta a la obra que tiene en mente, hace su aporte político. Me explico: tal vez una de las diferencias más relevantes entre cómo se relaciona el sujeto con su territorio en el mundo sajón y el mundo latinoamericano, es que en el mundo sajón el territorio es un espacio de oportunidades, de progreso personal, de negocios. En cambio, para el sujeto del otro lado del Atlántico el territorio es el de la experiencia, la vivencia, el cuerpo. Reclamar el territorio entonces es una manera de volver a agenciar deseos, el deseo de vivir, con todos los dolores y temores que eso puede significar, pero también con todo lo que de encuentro con los otros tiene también. El libro parece una hermosa exhortación a salir a pesar de todo porque hay caminos no gastados, hay caminos que si vamos con otros se pueden abrir y vivir. Incluso vivir con nuestros muertos. Con aquellos que salieron y no volvieron, y no es necesario ir a Alaska para arriesgarse, o acaso las Madres de Plaza de Mayo no descubrieron un nuevo camino, una ronda de apenas unos metros de circunferencia que nunca nadie antes había caminado así.
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