LA SUBLIME IDIOTEZ DEL SUPREMACISMO MORIBUNDO

El Manifiesto Nazi, de Alex Karp, debe leerse como una declaración de la furiosa decadencia de una cultura incapaz de afrontar su propia senescencia
Escribe: Franco «Bifo» Berardi
Publicada originalmente el 30 de abril del 2026 en CTXT
En 1996, John Perry Barlow proclamó la Declaración de Independencia del Ciberespacio.
“Gobiernos del Mundo Industrial, cansados gigantes de carne y acero, vengo del Ciberespacio, el nuevo hogar de la Mente. En nombre del futuro, os pido a vosotros, representantes del pasado, que nos dejéis solos. No sois bienvenidos entre nosotros. No tenéis ninguna soberanía sobre el lugar donde nosotros nos reunimos”
Fue una muestra de audacia libertaria contra los Estados nación en nombre de una universalidad superior del conocimiento. Y también una muestra de arrogancia neoliberal. El globalismo del mercado y del conocimiento era prometedor, pero albergaba los frutos venenosos que hoy están maduros.
En aquella era de ciberoptimismo, gritamos a los gobernantes políticos del mundo: “Hemos creado el espacio de la red global y no los queremos en nuestro territorio”. En esa década, la clase virtual, heredera de la ciencia del siglo XX y, en cierto modo, heredera de la energía libertaria del movimiento global de 1968, se proyectó en escena como un cuerpo joven y erótico, capaz de innovar y ser útil para la vida social y la comunicación.
Decadencia de una frigida utopia
Treinta años después, lamentablemente nos vemos obligados a leer el manifiesto tecnorrepublicano de veintidós puntos, escrito por las mentes deprimentes de Alex Karp y Nicholas Zamiska. Nacionalismo blanco, supremacía agresiva, culto al poder destructivo de la tecnología. Promesas de guerra.
La pretensión de superioridad racial blanca es patética, pero también terriblemente peligrosa, porque se arroga el derecho a exterminar a los Unter Menschen, al tiempo que reconoce la necesidad de someter el conocimiento a la Nación y de confiar la decisión sobre las armas nucleares al único hijo nuestro que no padece psicosis depresiva: el Autómata Inteligente.
Detrás de la arrogancia supremacista, podemos vislumbrar la decrepitud del cuerpo blanco congelado en el hielo de las matemáticas. Podemos vislumbrar la desesperación de Occidente, incapaz ya de gobernar el caos y la proliferación descontrolada de armas de destrucción masiva.
La gesticulación desesperada del americano presidente perdedor es la prueba más clara del trágico laberinto en el que la mente supremacista se ha atrapado. El planeta, devastado irreversiblemente por los efectos del cambio climático, se tambalea ahora al borde de un hiperconflicto terminal.
La podredumbre cerebral blanca ya no es capaz de operar la máquina terminal, ni de garantizar el control sobre el exceso de destrucción atómica.
Lo único que puede hacer es entregarle el control de la sobreamenaza a su heredero automático superinteligente, con la esperanza de que nos garantice la victoria. Pero, por desgracia, incluso los Unter Menschen poseen armas de destrucción masiva, e incluso ellos (especialmente esos pequeños y traicioneros chinos) poseen el Autómata Inteligente, y recientemente presentaron un ejército de robots guerreros ante cuya presencia el Sr. Alex Karp haría bien en comportarse con más humildad.
Pero me temo que no lo hará, para perjuicio de todos.
En el transcurso de los últimos treinta años, la demografía le jugó una mala pasada a la autoproclamada raza superior. La segunda mitad del siglo XX presenció un salto demográfico sin precedentes, acompañado de avances en la ciencia médica. La generación que surgió en los treinta años de la posguerra (mi generación) disfrutó de la mejor alimentación de todos los tiempos, era culta, refinada, razonablemente feliz, o al menos esperanzada, y creía que la paz, e incluso el socialismo, eran posibles. Pero a principios de siglo, la curva demográfica se invirtió, y el triunfo de la ciencia médica permitió que un vasto ejército de ancianos irrumpiera en la escena histórica: arrogantes, petulantes, agresivos e incapaces de comprender las implicaciones de su propio agotamiento, pues habían crecido en un mundo cultural donde la vejez y la muerte eran temas tabú y prohibidos.
Al no haber reflexionado sobre la vejez y la muerte, ahora nos encontramos impotentes ante la rampante demencia senil
Ni la ideología publicitaria de la clase dominante ni el pensamiento crítico de inspiración marxista han intentado comprender este cambio de perspectiva, esta decadencia del cuerpo colectivo. Nadie ha podido curar ni prevenir la tristeza de la mente colectiva, no solo la de los ancianos, sino aún más marcadamente la de las nuevas generaciones, deprimidas por el peso de un futuro cada vez más senil. Al no haber reflexionado sobre la vejez y la muerte, ahora nos encontramos impotentes ante la rampante demencia senil.
El Manifiesto Nazi, de Alex Karp y su compañero, debe leerse ante todo como una declaración de la furiosa decadencia de una cultura incapaz de afrontar su propia senescencia. Este patético manifiesto pretende revitalizar la mentalidad guerrera de la raza dominante, despojándola de toda compasión.
El punto diez advierte que “la psicologización de la política moderna nos está desviando del camino correcto. Quienes buscan en la arena política nutrir su alma y su sentido de identidad, quienes confían demasiado en que su vida interior se exprese en personas que quizás nunca conozcan, se verán decepcionados”.
Si la civilización moderna ha producido algo bueno, junto con el violento dominio del colonialismo occidental, fue ese destello de universalismo que, en sus variantes kantianas y marxistas, intentó vislumbrar la posibilidad de la paz.
El intrépido Karp (y Nicholas Zamiska) creen que, con una expresión de crueldad, infundirán terror en los Unter Menschen. Pero los Unter Menschen persas no parecen estar tan asustados, mientras que los Unter Menschen chinos se ríen con saña al observar el colapso de la mentalidad estadounidense.
El punto 5 advierte contra cualquier limitación (ética o simplemente humana) al ejercicio de la fuerza armada (y de la Inteligencia Artificial Asesina): “Nuestros adversarios no perderán el tiempo debatiendo los méritos de las tecnologías, sino que procederán”.
Terminación asistida por el autómata inteligente
Este es probablemente el punto más peligroso del Manifiesto, porque describe una realidad innegable: en condiciones de competencia, lo peor está garantizado.
¿Recuerdan los gloriosos tiempos del neoliberalismo juvenil y desenfrenado, cuando John Perry Barlow escribió esa audaz declaración? En aquel entonces, se nos decía que todo debía someterse al mercado y al beneficio económico. Las escuelas, la sanidad y cualquier otro servicio debían responder a la lógica del mercado, porque la competencia económica mejora el rendimiento y garantiza la máxima calidad para los usuarios.
Eso era falso, y hoy sabemos que las condiciones sociales se han deteriorado enormemente desde que el beneficio se convirtió en el criterio dominante. Pero si la competencia económica ha provocado un desastre social, la competencia militar provocará el desastre final: la destrucción de la civilización humana.
Algunos políticos argumentan que podemos evitar que la Inteligencia Artificial cause efectos devastadores codificando normas éticas capaces de impedir que el autómata nos estrangule.
¿En serio?
Tal codificación sería posible si viviéramos en un clima de paz y amistad universal. Pero, en cambio, hemos entrado en la era del nacionalismo agresivo. ¿Cómo podemos esperar que nuestros enemigos se comporten bien si hemos declarado que, sin duda, nos comportaremos de forma terrible?
En todo régimen competitivo, hay algo que desconocemos: las estrategias de nuestro competidor, de nuestro enemigo.
Pero precisamente ese desconocimiento nos lleva a hacer lo que nuestro conocimiento nos permite: todo lo que nos permite, sin limitaciones. De lo contrario, el enemigo podría seguir adelante y hacer lo que nosotros hemos renunciado. Por lo tanto, no podemos permitirnos el lujo de no aprovechar todo lo que nuestro conocimiento nos permite lograr, independientemente de si es destructivo, o mejor dicho, precisamente por serlo.
Por consiguiente, ninguna devastación de la que nuestro conocimiento sea capaz nos será evitada. Por eso estoy convencido de que el siglo XXI es el siglo decisivo.
Hay otra consideración importante: no podemos saber si aquello que nos expone al peligro (incluso al peligro extremo) contiene las condiciones de un orden superior, un orden matemático finalmente liberado de la imperfección que es la vida consciente.
El Autómata lo sabe. Por lo tanto, está decidido a borrar la imperfección que somos.
¿Es esta la razón por la que lo hemos construido?
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Este texto se publicó originalmente en inglés e italiano en el boletín de Franco Berardi, Il Disertore.
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