Escribe: Agustín Ortiz

La desintegración de la Unión Soviética no llevó solo a la desintegración política de una unión de repúblicas sino también a la desintegración del tejido social ruso. Entrados los ‘90, la esperanza de vida cayó, los jubilados vendían migajas para poder sobrevivir pero no solo los jubilados sino también los ex empleados públicos, los veteranos de guerra, los jueces. Mientras tanto los oligarcas saqueaban hasta el último centavo de las empresas del Estado y se adueñaron de ellas. Los nietos de los que combatieron al nazismo en la Segunda Guerra ahora eran de extrema derecha, y Yeltsin aplicaba feroces reformas de mercado. 

Salvando las distancias y la época, es posible trazar un paralelismo con la tragedia social que vive Argentina. Mientras se aplica un ajuste feroz policlasista, donde los números en un Excel importan más que los números de las economías familiares que no llegan ni a mediado de mes, el tejido social es desmembrado y se desangra como el cuerpo de Tupac Amaru. 

Nadie garantiza el éxito del mayor ajuste en los últimos 30 años del cual se regodea el presidente, contento en las redes sociales como una burla al sufrimiento ajeno. Pero tampoco nadie garantiza que si el éxito macroeconómico ocurre y los números en el Excel cierran, el tejido social permanezca y se recomponga. Para ello es clave el trabajo del Ministerio de Capital Humano, encargado de contener las necesidades populares mientras dura la sangría. Sin embargo es una tarea que Sandra Pettovello no está dispuesta a llevar a cabo, primero por desconocimiento y segundo por convicción. Como diría Rodolfo Walsh, es un plan de miseria planificada. 

Cuando el tejido social se desintegra, entran en emergencia los vínculos sociales, familiares y de solidaridad. Allí, los comedores, las escuelas, los clubes y las iglesias funcionan como colchón de contención para paliar las necesidades y resguardar los lazos. Sin embargo, mientras desde el gobierno también se ataque a esos núcleos de organización de la comunidad y la pobreza busque ser ridículamente individualizada, las clases populares se condenan a ni siquiera obtener un plato de comida comunitario. Como decía Ricardo Iorio, eso sí que es triste.

Una sociedad de individuos aislados como sostiene el anarcocapitalismo reinante es una bolsa vacía, un paquete a despachar al mejor postor. Si se pierde el arraigo, el sentido de pertenencia y los lazos entre pares, Argentina será desguazada y saqueada, rebajada a contenedores a despachar en barco a tierras lejanas.

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