13 febrero, 2026
La habitación alemana

Una pareja de inmigrantes argentinos y su hija que durante los años de plomo decide mudarse desde la mortificada ciudad de La Plata a un pequeño pueblo llamado Heidelberg, en Alemania. Una reseña de «La habitación alemana» de Carla Maliandi, publicada por Random House.

Escribe: Gabriela García

Esta novela recibe un nombre muy enigmático: La habitación alemana. “La” que no podría ser cualquier otra y además” alemana” la palabra conjuro para que un universo de sentidos e imágenes se nos abra. Alemania, el país de la industria pesada, el pensamiento robusto, los inviernos helados, y la guerra, el que recibió a de 20.566 argentinos durante la dictadura militar de 1976. Cuando leemos la historia de la protagonista de la novela la cifra inerme cobra vida, nos trae de vuelta una vida. Es a ese país donde se dirige la hija, ahora adulta y nuestra narradora, de una pareja de inmigrantes argentinos que durante los años de plomo decidió mudarse desde la mortificada ciudad de La Plata a un pequeño pueblo llamado Heidelberg, lugar de cuento de Hadas según el relato. Esta narradora era una niña cuando fue llevada allí. Los padres se instalaron a la manera folclórica en que sabemos lo hicieron muchos exiliados, se juntaron con otros argentinos, tomaron mate, escucharon a Mercedes Sosa y esperaron a que amainara. En el ínterin el padre consiguió trabajo como profesor de filosofía en la prestigiosa universidad alemana y pasó el tiempo junto a otros colegas y amigos discutiendo a grandes pensadores mientras miraban ver nevar. Podríamos imaginar a esta niña a la altura de las caderas de los adultos escuchando palabras difíciles pero inolvidables. Llega el día en que a pesar de las ambivalencias del querer y no querer, sus padres deciden tomar ese avión de vuelta a casa. La niña abrazada a las piernas de su mejor amigo, un discípulo del padre, se despide de esa vida que era la única que conocía. No sabemos qué cosas le pasaron en Argentina hasta convertirse en una mujer de unos treinta años, sí sabemos que está peleada con su pareja, que se ha emborrachado y tenido sexo con otro hombre, que se ha comprado un pasaje y decidido “desaparecer”.

La habitación alemana

Sin avisar a nadie vuelve a ese pueblito alemán, se alquila una habitación en una pensión de estudiantes para poder dormir y ponerse bien, pero en cambio de eso los escarbadientes del pasado le mantienen los ojos bien abiertos a una variedad de experiencias desconcertantes a las que ella no opone ninguna resistencia, ni está urgida por resolver. Las cosas se suceden y la tienen por centro sin que ella se dé importancia a sí misma. Así un embarazo que avanza sin que sepa de quién es el bebé. Un muchacho tucumano que se aspira las “eses” y que, aunque frustrado en su amor romántico por ella, la ayuda y contiene. El amigo mayor del que se despidió en la infancia que la cobija cuando tiene que dejar la pensión. El novio de su amigo, de quien la protagonista se enamora furtivamente. Una chica japonesa en la pensión que se suicida antes de llegar a ser su amiga y le lega todas sus pertenencias. La madre japonesa que llega para el funeral de su hija y no deja de perseguir como un fantasma a la protagonista, la hermana del tucumano que a la distancia pretende ayudar y acude a una bruja que vive en una villa miseria para saber quién es el padre del chico. De esta manera podríamos continuar discerniendo los elementos que giran alrededor de esta chica desaparecida y cuyas acciones van tejiendo la trama bizarra e intrincada que la sostiene hasta el misterioso final.

El lenguaje literario es un lenguaje esencialmente metafórico, una cosa está en lugar de otra. Y como algunos lectores somos básicamente paranoicos y todo nos habla y nos hace sentido, voy a compartir algunas de las conjeturas que hice.

Creo que la decisión de escritura de comenzar la novela en el exabrupto de desaparecer es la transmutación al estado literario de algo que ha pasado en la realidad, esa es la escena donde la protagonista quedó girando en falso. Repetir desaparecer, sustraerse repentinamente del contexto, dejar un vacío, un silencio, es el vórtice desde donde la historia se impulsa. Los padres hubieran podido desaparecer con otros 30.000 durante la dictadura argentina, tuvieron que restarse de su mundo para sobrevivir, tuvieron que dejarlo todo. “Puedo sentir cómo se quiebra el tiempo justo en este instante, como si fuera un terremoto que abriera en dos la tierra, lo conocido se aleja para siempre”. Y cuando la autora elige omitir contar la vida de la narradora y protagonista antes de ese manotazo de comprarse un pasaje e irse, provoca el efecto de dejarnos frente a un agujero, años que quedan en una nebulosa, como si su vida no hubiese arrancado hasta hacer algo temerario al ponerse ella misma como carnada de una escena que en su momento no terminó de entender.

Voy a mencionar las que me parecieron otras elecciones de escritura que van como doble de riesgo a contarnos sobre asuntos encubiertos, por ejemplo el hecho de que esté embarazada y no sepa de quién es el bebé podría aludir a la confusión sobre cuál es la patria, el padre.

Tanto la madre de la japonesa que como un fantasma la persigue y reclama, como la bruja tucumana que trafica con lo sobrenatural y ve el futuro, pueden estar refiriendo a la batalla que está dando la protagonista contra los sinsentidos que la agotan

El compatriota que habla diferente y le dice estásjermosa, y hace sentir lo extraño en lo que supuestamente es propio porque es del mismo país y hablan la misma lengua que es la materna pero que sin embargo no es la lengua que acude y se cuadra rápido cuando ella la necesita, ella habla alemán, ella puede traducirse y traducir el mundo a otro sistema de palabras.

Estar de polizón en una pensión de estudiantes y tener que engañar a la autoridad del lugar proponiendo cada día la presentación de los papeles que acrediten que ella sí puede quedarse allí, probablemente insinúe el hecho de que es difícil pertenecer a dos lugares, porque la pertenencia es una relación básica que establecemos con los otros y requiere lealtad y muchos pactos implícitos. Es difícil servir a dos amos al mismo tiempo, tal vez por eso muchas veces no importa cuánto hablen de cómo superar el duelo de la migración, no se supera nunca porque no hay nada lineal y estar lejos tiene ese no sé qué. Especialmente cuando no sabemos lejos de qué, y porque los lugares donde todo se soluciona tampoco existen.

En cuanto al breve lugar donde se desarrolla la historia, tiene unos pocos escenarios otoñales en un pueblito perfecto partido por un río y coronado por un castillo. El casting es muy eficaz. Por momentos parece una tragicomedia de enredos donde hay una japonesa perseguidora, una ama de llaves racista, un tucumano contrariado y enamorado, un profesor bondadoso, un turco seductor, y sin embargo esta caracterización es pobre si se mira cómo se posiciona frente a ellos la protagonista, que no juzga, no reacciona, se deja llevar, “está viendo”, ese latiguillo que tantas veces repetimos sin ser cierto. Ella realmente no tiene agenda, pero «yo no voy a estudiar nada. Yo voy a tratar de dormir, voy a tratar de ponerme bien, y voy a buscar en la Markplatz un banco donde pueda sentarme a pensar tranquila y a comer bretzel”.

Según la literatura de “los niños de la tercera cultura”, algo que quiere encerrar el acrónimo TCK en inglés – los sajones son eficientes para despachar asuntos muy complejos en dos o tres letras- los niños de las migraciones forzadas tienen que lidiar con un cambio que no entienden, pierden a sus amigos, sus abuelos, los vecinos que los saludan, las cuadras que conocen y recorren seguros de la mano de los adultos, la ropa que sirve para el frío o el calor, los sabores de sus comidas, y la lengua en la que juegan, charlan, contestan, y piden una curita. La mayoría de las veces se adaptan al nuevo entorno sin ni siquiera poder pronunciar “mami, tengo una crisis de identidad”, o sin poder decir “ ese consuelo no me sirve, no me importa que la nueva escuela sea más bonita, yo extraño a mi maestra porque le entendía”. Esos niños sienten que agarrarse de la mano de los padres no es tan seguro como antes porque los mismos padres no conocen bien por donde pisan, son niños que experimentan algo así como un trauma, si nos atenemos a las definición más clásica de trauma, como aquello que excede nuestra capacidad de elaboración. Pero el sujeto siempre busca los modos de curarse, hasta un delirio es un intento cura, una manera de ordenar, de no flotar en un vacío angustioso. La narradora estira la mano hasta el cielo y encuentra un borde a 10 mil pies de altura yendo o volviendo –estos verbos se confunden con mucha facilidad en las migraciones- al lugar de donde fue arrancada: Alemania.

Aterriza sin saber que está embarazada – como su madre llegó embarazada de ella – sin saber quién es el padre de la criatura, sin saber por cuánto tiempo le va a alcanzar el dinero, sin saber cuánto tiempo podrá vivir entre estudiantes sin serlo. Es muy sugestivo este no saber. Tal vez toda elaboración traumática deba pasar por este lugar de no anticipar respuestas, de tolerarlas. La novela consigue este afecto de mansa aceptación en el tono, no sentimos a la protagonista crispada, enojada, apurada, resentida, la vemos dejarse hacer por esa experiencia que está atravesando. Se deja trabajar, aunque tenga miedo.

Está desaparecida y parece ser una materia maleable, sin destino, sin embargo, cuando el hielo está a punto de romperse bajo sus pies ella se sabe poner a salvo, porque ha cobrado una consistencia y una figura nueva, lo que le ocurre literalmente le ocurre simbólicamente, su cuerpo, el del embarazo y el que está hecho de las palabras que nos designan, tendrá una forma nueva y sabrá encontrar tierra firme.

En una época donde todos los procesos psicológicos están privatizados, donde cualquier pena o dolor parece ser algo a tramitar solos y los libros que se publican tienen nombres del tipo Este dolor no es mío, novelas como «La habitación alemana» contribuyen a que no sólo busquemos en constelaciones familiares de dónde nos viene la angustia, sino que aportan para un saber qué hacer colectivo, un saber qué hacer con tantos traumas sociales que han ido sedimentándose y han moldeado una manera de estar siendo en el mundo. Nuestra sociedad, la argentina, como cualquier otra que ha vivido y vive bajo ataque, tiene muchas palabras por encontrar todavía, y aunque la palabra sólo puede rodear lo indecible, tenemos que intentarlo, como decía Beckett “fracasa de nuevo, fracasa mejor”, y Carla Maliandi, la autora de este libro lo ha hecho con inteligencia, con un tierno sentido del humor, con habilidad para entretenernos y hacernos pensar.


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