26 enero, 2026

¿QUIÉN HUBIERA QUERIDO COMPRAR UNA CASA CON ESE PESO HISTÓRICO ENCIMA?

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La novela se inscribe en una tradición de ficciones que abordan la dictadura, pero desde una perspectiva singular: la experiencia de habitar un espacio atravesado por el horror.

Escribe: Nadia Jiménez (*)

En Casa con pileta (Emecé, 2025), Patricia Salinas construye una novela en la que lo íntimo y lo histórico se entrelazan de manera inquietante. La protagonista, una mujer que acaba de convertirse en madre, descubre que es adoptada. A partir de esa revelación, aquello que parecía estable —la familia, el trabajo, la vida cotidiana— comienza a resquebrajarse. En paralelo, sale a la luz otro dato decisivo: la casa que acaba de comprar, la casa de sus sueños, linda con el predio donde funcionó uno de los centros clandestinos de detención más oscuros de la última dictadura cívico-militar argentina, el Pozo de Quilmes.

La novela se inscribe así en una tradición de ficciones que abordan la dictadura desde ejes ya reconocibles pero siempre urgentes: el vínculo entre pasado y presente, la presencia material de los centros clandestinos de detención y la búsqueda de la identidad. Sin embargo, Casa con pileta no se limita a reiterar esos tópicos, sino que los articula desde una perspectiva singular: la experiencia de habitar un espacio atravesado por el horror. ¿Cómo se vive en una casa que vio y escuchó cómo se torturaba y desaparecía a personas? ¿Qué implica criar un hijo allí, construir una vida familiar sobre un suelo cargado de memorias silenciadas?

“De alguna forma la casa me eligió para así poder contarla”, afirma la protagonista, condensando una de las operaciones centrales de la novela. El deseo personal —tener una casa, formar una familia— se entrelaza de manera inevitable con la memoria social. La casa deja de ser solo un espacio privado para convertirse, en un dispositivo narrativo de memoria que pone en tensión el silencio, la vida cotidiana y la persistencia del pasado en el presente.

Salinas recupera, además, imágenes y escenas emblemáticas de la dictadura, como el Mundial de 1978 desde su inscripción en lo cotidiano. El horror no aparece como un acontecimiento aislado, sino como algo que convivía con la vida social, filtrándose a través de sonidos, imágenes y gestos naturalizados. En este sentido, la novela pone en escena la permeabilidad de los centros clandestinos de detención, que excedían sus muros y se integraban —de manera siniestra— al tejido urbano y social.

Esta dimensión dialoga con lo que Elizabeth Jelin señala respecto de las memorias en disputa: “Las controversias sobre los sentidos del pasado se inician con el acontecimiento conflictivo del mismo” (Jelin, 2002, p. 4). La protagonista no solo se enfrenta a la historia reciente del país, sino también a su propia historia personal, al descubrir que su identidad está atravesada por un vacío, por un origen desconocido. La búsqueda de la verdad sobre su adopción se vuelve así una metáfora del proceso social de elaboración del pasado dictatorial.

Asimismo, la novela recupera la idea de que los ex centros clandestinos de detención no son únicamente espacios físicos, sino también construcciones simbólicas atravesadas por relatos: “Los ex CCD y E también son la suma de los relatos que sobre ellos circulan, los que fueron antes y después del lapso en el que funcionaron como máquina de muerte” (Gasparini, 2020, p. 79). En Casa con pileta, lo que se ve, lo que se escucha y también lo que se finge no ver adquieren un peso narrativo central, dando cuenta de los mecanismos de negación y naturalización del horror.

A cincuenta años del golpe de Estado, en un contexto atravesado por discursos negacionistas que buscan relativizar o borrar el pasado reciente, la novela de Salinas reafirma el lugar de la literatura como posibilidad y como puente intergeneracional para construir memoria. La ficción no reemplaza al hecho histórico, pero lo interroga, lo vuelve sensible, lo inscribe en la experiencia subjetiva.

Casa con pileta se ofrece así como una novela necesaria: una invitación a desenterrar un pasado que insiste en manifestarse.

(*) Nadia Jiménez es Maestra de Educación Primaria (ISFDyT 17), Profesora en Lengua y Literatura (ISFDyT 9), Especialista en Pedagogía de la Lectura con orientación en Literatura Infantil y Juvenil (IES Fundación Mempo Giardinelli), Licenciada en Letras (UNIPE) y Maestranda en Literatura Infantil y Juvenil (UNSAM).
Trabajó en escuelas primarias y secundarias y, en la actualidad, se desempeña como docente en  Profesorados  del ISFDyT Nº 9 de La Plata.


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