13 abril, 2026
la mala costumbre

Dicen que el cuerpo está capturado por el lenguaje, y desde hace mucho tiempo que ese lenguaje es de sometimiento y humillación. Una reseña de La Mala Costumbre, de Alana S. Portero.

Escribe: Gabriela García

Voy a dar un rodeo antes de meterme con la novela, pero necesito contexto para sostener lo que veo en ella.
Dicen que el cuerpo está capturado por el lenguaje, y desde hace mucho tiempo que ese lenguaje es de sometimiento y humillación. El sujeto que nace en la modernidad, y tal vez como otro hito de nuestra civilización, es el sujeto que se enfrenta en relación bélica con el otro. O vence o es vencido.

Podemos reproducir en automático este lenguaje, o podemos resistirlo con las escasas fuerzas morales que nos quedan. Pero esas fuerzas pueden cobrar un carácter individual o comunitario, y la comunidad es algo que se está desarticulando. No cualquier comunidad. Es bastante obvio que la de los iguales está más vigente que nunca, basta con echar un vistazo a la burbuja que nos apaña. Esa no, estoy hablando de la que está cimentada en la solidaridad. Ese vínculo por el cual cuando el otro, no importa quien, padece alguna injusticia o desgracia, intentamos hacer algo para remediarla. Ayudar.

Hemos desarrollado una especie de pánico al descenso social que nos hace pensar que si nosotros tenemos el control de nuestras vidas no nos va a pasar lo que al vecino, ese que se ha ganado su vergonzoso estatus social a fuerza de pereza o incapacidad.

Esta pasión baja es disgregadora y nos apremia a distinguirnos de los otros, a ostentar alguna diferencia imaginaria que nos tranquilice, y para eso no hay nada mejor que lo que consumamos sea “targetizado”. El algoritmo nos alcanza y nos vende exactamente lo que queríamos para nuestra isla de chirimbolos.

«La mala costumbre» (Ed. Seix Barral), de Alana S. Portero, es una novela que hace iniciar su historia en la antesala del neoliberalismo, en las afueras de Madrid, en un barrio de gente trabajadora que va diezmándose en el breve tiempo en el que se pasa de ser niño a ser joven. “A mí, desde el Gran San Blas, esto me hacía mucha gracia. De mi barrio, en los setenta y los ochenta se decían cosas parecidas y, aunque podía ser un sitio difícil, no era lo que yo llamaría un infierno. Al menos no por las razones que le daban esa fama. De Villaverde también se hablaba en esos términos, y de Carabanchel o Alucha. No había que ser muy despierta para entender que todos eran barrios obreros, de rentas bajas, movilizados políticamente, y a lo que se había castigado con dureza, por ejemplo, introduciendo mareas de heroína, y después catalogándolos por las consecuencias que había dejado la droga”.
Antes de que el furibundo mercado lo cooptara todo, existían barrios obreros que tenían cierta homogeneidad y lo que le pasaba a uno les concernía a todos, independientemente de sus gustos y afinidades personales. Y esos
obreros tenían unos jefes o patrones con nombre y apellido, no eran empleados alienados dentro de un sistema de gestión sin rostro, con directorios y accionistas que no se no se sabe ni quiénes son, ni dónde están. Los trabajadores en nuestros días estamos solos y sin saber qué o quién nos manda porque el anonimato de los que gerencian nuestro trabajo – sean estos sujetos biológicos, tecnológicos o híbridos – saca ventaja de nuestra servidumbre voluntaria.

Alana Portero

Dicho lo anterior, disculpen la larga introducción, llego a Ricardo Piglia, el enorme autor y maestro Piglia. Él sostenía que toda historia elucubra en secreto su segunda historia y es ésta la que realmente le da forma. Lo decía para el cuento, pero creo que es posible forzar esta tesis para nuestro libro, porque si bien la novela cuenta la historia de una chica trans y su lenta y tortuosa trayectoria hasta salir del armario, la segunda historia, la que estructura la primera y la hace brillar, es la historia entre esta niña y la trans del barrio. Esa relación transita desde que la protagonista siendo un niño la mira con temor y fascinación hasta que la arregla en su lecho de muerte para que luzca hermosa como la mujer que fue. Este hilo narrativo aparece y desaparece, pero surge con fuerza en el final y le da cierre a la historia.

Alana Portero construye una narradora con una voz dulce, que en un tono íntimo y fluido nos cuenta una historia de vida, y mantiene ese magnetismo seductor hasta los momentos más atroces, como el de las palizas que sufren
los cuerpos vulnerados en golpizas familiares, o el de los cuerpos disidentes apaleados en las calles por manadas de varones homofóbicos. Este texto, lleno de vida, nos permite meternos en la piel de los personajes, todos ellos como salidos de una película de Almodóvar, gracias a un lenguaje rico en recursos literarios y escrito con las tripas tanto cuando agarra vuelo poético como cuando nos narra al ras del piso. Pero como ya he dicho, Mala costumbre es más que una novela LGBT sobre el cambio de género en la época posfranquista y en los albores del desquiciado del siglo XXI, es también una novela que articula magistralmente dos historias, y si por la primera historia se llega a un re-conocimiento de sí misma (salida del armario), en la segunda se llega a un reconocimiento del otro (en este caso su vieja vecina trans), no tanto en su condición de trans sino en su valor como persona. Ese niño que se convertiría en mujer aprendió a respetar a los demás. Y lo aprendió en su barrio. Incluso los hombres más masculinos sabían proteger al hombre que era mujer. Voy a citar un fragmento de la parte en que muere la madre de la travesti del barrio – en las décadas de los ´70 y ´80 no se disponía de tantos nombres para referirse a diferentes identidades de género – Llega la policía y no le permite a su hija arreglarla para el velatorio.

“Chssssss, tú, cristiano, te estás pasando un poquito, ¿no? ¿Pero quién te crees que eres para hablarle así a la señora? Sebastián era un hombre imponente, endurecido por el trabajo y acostumbrado a desafiar autoridades desde que puso un pie en este mundo. Era vendedor ambulante de fruta, aunque nunca decía que no a una oportunidad de trabajo puntual como albañil, fontanero, carpintero o pintor… Sebastián era Áyax. Enorme, fortísimo, socarrón y dueño de una furia que escogía exhibir muy pocas veces pero que era terrible”.

Tal vez huelgue decir que termina intimidando a la policía que finalmente trata de Señora a la travesti y le permite acercarse para darle su ajuar funerario.

Rodolfo Walsh en su célebre Operación Masacre contaba que había visto de los hombres menos pensados mostrar su poca monta, y reflexionaba sobre la estatura moral independientemente de la ideología que se dice tener. En el
caso de nuestra segunda historia podemos asistir a la construcción de un sujeto moral, y por lo tanto político, a alguien que puede respetar a la gente respetable. Parece un vocabulario muy fuera de moda, pero los discursos que
nos impuso el hegemón cultural menoscabaron algunas palabras. Tal vez por eso hemos desarrollado tolerancia a gente que no vale ni el suelo que pisa, los vemos a diario, andan por todos lados, especialmente por los pasillos de la burocracia gubernamental.

Y vuelvo al principio porque además de haber pasado por una experiencia de lectura muy gozosa también me quedé pensando en el asunto de cómo podemos volvernos más íntegros y solidarios. Ni falta hace recordarme que esos barrios ya no existen, que no fueron ideales, que como sujetos históricos pisaron en falso, como cualquiera, porque no hay ninguna conciencia de clase que te salve de las contradicciones humanas, pero sin embargo la novela es tan vívida que me dieron ganas de creer que ese ’80 de los que no somos ni ricos ni súper ricos podemos tomar entre nuestras manos un mandato de solidaridad que aunque a veces se pierda como la segunda historia de la que habla Piglia y está tan bien llevada por Portero, debería reaparecer. A veces la primera historia, la trama exterior, con todo su histrionismo de pavo real, no distrae de la otra que corre abajo y que es realmente la más interesante.


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