LA BATALLA KULTURAL DE LA NUEVA DERECHA GRAMSCIANA

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Los usos y abusos del concepto gramsciano de batalla cultural en el marco de la realidad política argentina.

Escribe: Enzo Completa (*)

Antes de las elecciones presidenciales, Javier Milei manifestó en una entrevista que el liberalismo, a pesar de que era superior al socialismo en todos los aspectos, había perdido la “batalla cultural”.
Recientemente, ya como presidente y en la presentación de su último libro en el Luna Park, sostuvo que a “la batalla cultural hay que darla en todos lados porque si no los zurdos nos van a llevar puestos».

Sin ánimos de detenernos en la connotación negativa otorgada a la palabra “zurdos”, que remite a los peores momentos de la historia reciente argentina, me parece necesario detenernos en el uso (y abuso) del concepto gramsciano de batalla cultural en el marco de la realidad política argentina.

Para empezar, hay que decir que estas declaraciones están influenciadas mayormente por Agustín Laje, un ideólogo de la extrema derecha argentina, que en el año 2022 publicó un libro titulado “La batalla cultural: reflexiones críticas para una nueva derecha”. En este libro, el autor abreva en el pensamiento de Antonio Gramsci, la Escuela de Frankfurt, Foucault y Ernesto Laclau, entre otros, no para defenestrarlos sino para aprender y socializar lecciones que contribuyan a dar forma a una teoría cultural ultraconservadora.

La Nueva Derecha (como les gusta denominarse) está fascinada con Antonio Gramsci. Anarcolibertarios, antiprogresistas, conservadores y reaccionarios de todo tipo ni siquiera se sonrojan por el escasísimo rigor intelectual de sus elucubraciones inspiradas en el genial pensador marxista italiano, condenado en el año 1926 por un Tribunal fascista a 20 años, 4 meses y 5 días de prisión por “subversión, sedición e incitación al odio de clase y a un golpe de Estado proletario”. La verdadera razón de la condena fue otra: “Por veinte años debemos impedir a este cerebro funcionar”, declaró el fiscal fascista Michelle Isgró, sin imaginar que aún encarcelado, sin acceso a una biblioteca y casi sin luz ni comida, el militante sardo se las ingeniaría para liderar un proceso de renovación teórica del marxismo, materializado en sus famosos “Cuadernos de la Cárcel”, más de 3000 páginas distribuidas en 32 cuadernos en los cuales dio forma a sus principales ideas usando un lenguaje ambiguo para evitar caer en la censura.

Gramsci.

¿Pero cómo explicar la fascinación que siente un presidente de la nación anarcocapitalista por uno de los principales teóricos del marxismo? ¿Y por qué los líderes e ideólogos de la “nueva derecha” del mundo están leyendo a Gramsci? La hipótesis más plausible es la siguiente: Gramsci es el culpable de la supuesta hegemonía cultural del marxismo en la región, razón por la cual esta nueva derecha recurre al uso sus conceptos y estrategias para dar forma a un nuevo sentido común que posibilite el “operativo retorno” de la hegemonía (neo) liberal. Este supuesto parte de varias premisas falsas. Para
desarticularlas debemos realizar un breve repaso de la teoría.

Infraestructura, superestructura, Estado ampliado y revolución

El punto de partida en común entre Gramsci (1891-1937) y Marx (1818-1883) es la base economicista y materialista de la realidad social, la coincidencia acerca de la lucha de clases como motor de la
historia. ¿Y en qué se diferencian? Básicamente en la estrategia o camino para realizar la revolución: para Marx lo central era organizar una revolución proletaria que elimine la propiedad privada de los medios de producción y ponga fin al régimen de explotación capitalista (es decir, modificar la infraestructura económica de la sociedad, los modos y relaciones de producción). Para Gramsci, en cambio, primero había que accionar sobre el plano ideológico superestructural (reflejo de la infraestructura económica). Gramsci puso énfasis esencialmente en la variable cultural antes que en la económica, afirmando que primero debía modificarse el sistema de ideas (o sentido común, otro gran concepto gramsciano) impuesto por la clase hegemónica para después cambiar la infraestructura económica y así lograr una sociedad más igualitaria.

Para Marx el Estado era considerado una suerte de Comité a cargo de la administración de los intereses comunes de la burguesía, lo cual comprende su rol de aparato represivo al servicio de los propietarios de los medios de producción. En coincidencia con lo anterior, para el revolucionario ruso Vladimir Illich Ulianov (alias Lenín) el Estado no era más que una “excrecencia represiva”. Debido a esta razón, Marx y
Lenín bregaron durante todas sus vidas por el alzamiento en armas del proletariado contra el Estado, con el fin de sitiarlo, tomarlo y eventualmente llevarlo a su extinción.

Gramsci hizo un aporte teórico en este punto, ampliando la noción marxista tradicional del Estado. El enfoque marxista-leninista fue refinado a partir de la incorporación de la generación de consenso como un mecanismo de dominio estatal. El Estado no es sólo fuerza, coerción y violencia sino también consenso. En este sentido, la burguesía no usa sólo la fuerza para mantener su dominio. Si así lo hiciera –nos dice Gramsci- sería relativamente fácil derrocarla. Sólo bastaría con armar un ejército igual o superior. Gobiernan por la hegemonía cultural que mantienen sobre la sociedad civil, la cual sostiene al Estado en base al consenso, debido a que la sociedad civil ha internalizado un sentido común que le ha sido impuesto subrepticiamente por la clase hegemónica a través de una serie de instituciones (escuelas, universidades, religión, prensa) que “amansan” a la población desalentando su potencialidad revolucionaria. Los famosos aparatos ideológicos del Estado descriptos por Louis Althusser. El Estado, de esta manera, es mucho más que su aparato administrativo y represivo, puesto que está compuesto también por organizaciones civiles (en apariencia de carácter privado, pero que forman parte del ámbito estatal). Por eso Gramsci piensa al Estado ampliado, como “hegemonía (o consenso) acorazada o revestida de coerción”. En términos generales la clase dominante siempre promueve el consenso de los gobernados pero reprime a quienes que no acepten ese consenso, sean estos desocupados, jubilados, piqueteros, docentes, planeros, huelguistas, trabajadores o simplemente ciudadanos reclamando por sus derechos.

Sobre el sentido común, los intelectuales y la batalla cultural

Siguiendo el razonamiento de Gramsci, previo al gran estallido revolucionario los obreros necesariamente deberían ganar un sinnúmero de pequeñas “batallas culturales” en las universidades y escuelas, clubes de barrio, centros de estudiantes, movimientos ambientales e instituciones culturales de todo tipo. Dicho en otros términos, cada militante debería sumarse a una “guerra de posiciones” en el plano cultural, dando microbatallas culturales aún dentro de sus propias familias y demás instituciones de las que forme parte, con el fin de dar forma a un nuevo sentido común más acorde con sus intereses y que debilite los lazos de opresión del capitalismo. He ahí la condición previa y sine qua non para la posterior revolución general del proletariado.

Mural por la Noche de los Lápices.

La tarea que les cabe a los intelectuales del movimiento obrero, de esta forma, es la desnaturalización de aquellos conceptos que dan forma a un sentido común capitalista que se nos presenta como algo “natural”, pero que en realidad ha sido artificialmente construido y difundido por los intelectuales orgánicos de las clases dominantes para justificar la explotación de unos sobre otros. Nuestro sentido común está colonizado y el colonizador quiere que naturalicemos la existencia de la propiedad privada, por ejemplo. Debido a esta razón protestamos por el precio del boleto del colectivo pero nos parece normal que el viaje en un transporte público tenga un costo que deba ser asumido por el pasajero. El sentido común no es más que la ideología en las pequeñas cosas. Y esa ideología la producen y difunden un grupo de personas denominados “intelectuales orgánicos”, a veces disfrazados de periodistas o panelistas de la TV. La visión del mundo por tanto no es natural, sino artificial. Gramsci desnaturaliza la Matrix. Muestra la ideología en lo cotidiano. Todo lo que nos parece normal en nuestras sociedades es desenmascarado como un mecanismo de dominación.

“Oh, Keynes sos botón”

Cualquier liberal que se precie de tal desea reducir al mínimo posible la intervención del Estado, al cual consideran un obstáculo que distorsiona el libre juego de la oferta y la demanda y limita las libertades individuales. Para Friedrich Von Hayek, por ejemplo, toda intervención del Estado en el mercado vitupera la libertad humana y conduce al totalitarismo. El extremo lo tenemos en Argentina, en donde el Presidente de la Nación ha manifestado en reiteradas oportunidades que “el Estado es una organización criminal”, lo cual resulta ciertamente contradictorio (o si se quiere “auto incriminatorio”) ya que en su rol de presidente de la Nación sería el líder de esta organización criminal. Milei hizo campaña en favor de reducir al “maldito Estado”, echar a la casta política y eliminar el Banco Central. Antiabortista pero libertario, mide todo con la vara de la economía, desde los recursos naturales hasta la salud y educación. Dice que las fallas de mercado no existen, que los únicos monopolios dañinos son los estatales y la emprende cada vez que puede contra el “comunismo keynesiano”. De hecho, hace unos días en la presentación de su libro (acusado de plagio en reiteradas oportunidades) volvió a aludir al economista John Maynard Keynes como “una de las cosas más oscuras en la historia de la humanidad junto al marxismo”. Tras escuchar esto una hinchada repleta de jóvenes comenzó a cantar “Sos botón, sos botón, Keynes sos botón”. También le gritaron desde las tribunas “hijo de puta” y “ladrón”. Keynes murió hace 78 años. Marx murió hace 141 años.

Keynes.

¿Cuál es el sentido de este panic show mediático? Milei quiere convertirse en el líder de un proceso de contra hegemonía ultraconservadora de carácter anarcoliberal, individualista y meritocrática, que sirva de sustrato ideológico de reemplazo al pensamiento socialista o neomarxista, tildado de totalitario, intervencionista y empobrecedor. Lo que no advierte Milei es que el pensamiento socialista no es hegemónico, ni en Argentina ni en Occidente en general. No es el socialismo quien gobierna ni controla los “medios de producción de hegemonía” en el mundo (la prensa, universidades, escuelas e iglesias). Desde la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS, quien produce y difunde globalmente un sentido común en apariencia desideologizado pero que legitima y apuntala los intereses de la clase hegemónica no son otros que los intelectuales orgánicos del capitalismo. Pero esto no les importa.

La “derecha gramsciana” de Milei en pie de guerra Kultural

La “nueva” (extrema) derecha global se inspira en la vieja izquierda gramsciana para presentar una batalla por la hegemonía al “marxismo cultural” (representado aquí por el kirchnerismo). Para ello la Nueva Derecha se encuentra abocada a la tarea de vaciar de contenido a las categorías conceptuales de la izquierda, mostrándose en la práctica incapaz de superar una visión fragmentaria que hace foco en dos categorías perimidas, que ya no alcanzan para comprender nuestra realidad política actual. Ya no hay “izquierdas” ni “derechas”. De hecho la política no se ejercita es un plano horizontal, sino más bien en uno vertical, en donde los dirigentes y/o partidos políticos sólo pueden representar los intereses de los que están arriba o de los que están abajo. ¿A quién representa Milei, a los de arriba o los de abajo?
Con respecto al mal uso que realiza el presidente Milei de las categorías analíticas gramscianas más que un nuevo intento de latrocinio terminológico se trata de una prueba inequívoca de la pobreza teórica franciscana en que se debaten las concepciones anarcocapitalistas en el mundo, desde Murray Rothbar en adelante. Con escasísimo rigor conceptual y una superficialidad teórica galopante, los sectores más reaccionarios de la sociedad intentan apropiarse de elementos teóricos del último de los “clásicos” del marxismo para fortalecer posturas ideológicas que son la negación absoluta del materialismo dialéctico e histórico. Ya se sabe, el poder es experto en doble hermenéutica, esto es, en vaciar las cosas de sentido para luego volver a llenarlas con el sentido que mejor le convenga hasta convertirlas en significantes vacíos (e incluso en sus opuestos).

Si hay algo para rescatar de esta “nueva derecha gramsciana” es la vuelta al primer plano de la dimensión cultural, menospreciada tanto por los liberales como por los marxistas (en su versión más clásica), en relación a la primacía que otorgan ambos enfoques ideológicos a las variables económicas. Hay una batalla cultural en ciernes, es cierto, y formamos parte de la misma lo sepamos o no. Ojalá que en el fragor de la batalla podamos redescubrirnos como intelectuales en el sentido gramsciano del término, intelectuales orgánicamente pertenecientes a las clases populares, surgidos de ellas y funcionales a sus necesidades. ¿Cuál es el problema de seguir siendo simples becerros? No notar el collar. Naturalizar el corral. Que el dispositivo de dominación se encuentre invisibilizado. No hay poder más eficiente que el poder que no se ve.

(*) Doctor, Profesor titular de Doctrinas e Ideas Políticas II de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en la Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza


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