HONG Y EL DESEO REVOLUCIONARIO

¿Cómo sustraer cualquier obra artística del circuito de reproducción capitalista? ¿Cómo hacer cortocircuito y producir fogonazos? Hong, una novela del chileno Gonzalo Maier.
Escribe: Gabriela García
¿Cómo sustraer cualquier obra artística del circuito de reproducción capitalista? ¿Cómo hacer cortocircuito y producir fogonazos? Hong (Editorial Eterna Cadencia), la novela del chileno Gonzalo Maier, tiene un narrador que está obsesionado con un director de cine coreano independiente. ¿Qué quiere decir independiente en este caso? Que no consulta con nadie, va al set de filmación y en el momento improvisa el guión y filma. Sus historias tratan de amores imposibles entre personajes atormentados, que parecen siempre estar soltando sus deditos de la cornisa que los sostiene en la existencia, se aguantan ese vacío fumando y bebiendo. La cámara de Hong, así el nombre del libro y así el del director, no se acomoda para que las imágenes coincidan con ciertas ideas aspiracionales de cómo se deberían ver los ambientes. Hong Sang-soo no se aburguesa, las sábanas no coinciden con las fundas, las mesitas son cajones de manzanas, el sexo se ve como eso que es, dos cuerpos torpes tratando de encajar en una correspondencia que nunca llega. Y la ciudad, especialmente su ciudad, Seúl, se muestra como la podría ver cualquier transeúnte local si la viera en sus trayectos cotidianos, basura por acá y por allá, muchos carteles incandescentes, cables, esa enorme torre que la caracteriza, con personas que a los ojos occidentales se parecen todas un poco, excepto cuando aparece una sus fans, Isabelle Huppert que es, como Maier, del club. Con ella hay una escena preciosa, desde lejos y como como filmada con un teléfono cualquiera, Hong la muestra en una carpa, acompañada por alguien que no vemos y que le canta. La carpa no está ni en la montaña, ni en el bosque, está en un camping cualunque. Sopla un viento incómodo y la pelirroja no se deja estar, sus piernas blancas tomadas a la distancia, aunque flexionadas parecen tensas. A Hong le gusta deterse y suele adelantar la toma para que el cuadro quede vacío de sus personajes y la atrasa cuando se van. El paisaje está ahí indiferente a esas vidas tambaleantes.
Muchos lo comparan con el Woody Allen coreano, yo lo encuentro mucho más filosófico y desconcertante. Y también porque no es exclusivamente urbano, la naturaleza aparece con frecuencia, y si no observemos por unos segundos el regalo que le hizo al público cuando lo nominaron al Oso de Plata de la Berlinale, y de paso les ofrezco una fragmento del libro de Maier, así escuchan la voz y el tono del narrador de Hong: “Durante la pandemia, en 2021, Hong ganó el Oso de Plata al mejor guion de la Berlinale por Introduction… Hong imposibilitado de viajar, envía un video de agradecimiento que todavía se puede encontrar en YouTube. Lee unas líneas que dicen lo esperable y luego, tras cincuentaiséis segundos, anuncia que de regalo – no sé si para el jurado o los espectadores- manda la filmación de un joven caracol que pilló el patio de la casa que comparte con Kim Min –hee. Y ahí, enfocado muy de cerca, andando por unas piedras, se ve el caracol mientras ella canta “Qué será, será”, la canción que hizo famosa Doris Day en El hombre que sabía demasiado. Son unos pocos segundos hermosos con su voz y con el ruido del viento, que golpea el micrófono, y el caracol avanzando en medio de la pandemia como si en realidad nunca pasara nada. De un modo inesperado, creo, ese regalo resume la radicalidad de las señoras mayores que no le teman a nada, y del enamoramiento, así, a secas”.

Sus historias no tienen una estructura cerebro friendly, no tienen una introducción, nudo, y desenlace. Ese tipo de linealidad que nos tranquiliza porque se parece tan poco a la vida, las historias de sus películas se intrincan, se enroscan, pero como el lenguaje siempre termina haciendo sentido, ese es su truco, la narración con su sintaxis de imágenes convierte sus películas en algo que podemos contar y que expone nuestra subjetividad a una experiencia y la incita a la reflexión. Se inventa personajes que sostienen diferentes puntos de vista sobre las cuestiones que a Hong le importan, así vemos que circulan directores, escritores, actores, críticos, ese elenco de pájaros carpinteros que hacen que tanto el director como también nuestro autor funcionen. Digo esto porque el narrador del libro es el alter ego literario de Hong, y nos comenta que quisiera tener esa libertad, que a veces se le atribuye a la gente mayor de decir y hacer sin filtros, sin esperar validación o recompensa. Este libro es testimonio de eso y es lo que parece guiar al autor ficcionalizado en el narrador a hacer lo que se le antoja y publicar, y seguir publicando. Los confundo porque es como ver una overlays, esa técnica de superposición en la edición de imágenes. Cuando leo en la solapa cuántos libros de Gonzalo Maier han salido, constato que es a un ritmo de un libro cada dos años. Un libro intenta financiar al otro, y el trabajo como docente hace el resto. Este autor, así como también el director navegan mientras construyen el barco, son osados, y aparentemente no están pensando en si alguna ola se los va a tragar, producen desaforadamente, desvergonzadamente, hacen la revolución.
En el texto se habla mucho sobre la diferencia entre amor y enamoramiento, poniendo del lado de este la imaginación y la falta de radicalidad porque no está atravesado por las raíces que vienen con el tiempo, este libro parece el resultado de un enamoramiento, lo que deja un depredador que anda consumando sus deseos uno tras otro. Hong, Maier, se quitan las ganas. Pero claro, sabemos que nunca es del todo, los temas insisten, Hong explora obsesivamente qué es esto de ser mujer, qué es esto de ser hombre, y qué es ese algo que podemos tener entre nosotros, cuánta esperanza hay. Cada película parece un nuevo ensayo sobre el tema, pero como la repetición absoluta no existe y siempre exige algo del orden del azar y del tropiezo, Hong y Maier, en sus obras se repiten de una manera fascinante, no podemos dejar de verlos o leerlo. Me pasa que ando buscando como sonámbula las películas y los libros.
En este breve texto, otro de los temas problematizados en él, “la brevedad en el arte”, Maier no le escabulle a la pregunta acuciante: ¿de dónde sale el dinero? Para que un artista viva como le gusta, o sea creando, qué tiene que hacer cuando no hay habitación propia, literalmente, y los chicos lloran en la de al lado justo cuando estamos por terminar el primer párrafo, o en el caso del director de cine cuando no hay productores peleándose por llevar adelante el proyecto. Y cuando a muchos lectores y audiencia ya no nos causa gracia que en la mayoría de las películas y libros los personajes tengan el problema de la subsistencia arreglado y en alguno de los casos lujosamente resuelto. Este texto nos problematiza sobre la relación entre el arte y la vida, y si se puede vivir del arte, o cómo pagar las cuentas y comprar una computadora cuando se elige vivir en el arte. En este texto híbrido que hace equilibrio entre la novela, el ensayo, las anotaciones, Maier juega el juego de un mundo donde todo es mercancía, pero para hacer los goles en contra, porque el deseo siempre es revolucionario, siempre ocurre fuera de los surcos, delira un poco, parece un poco pretencioso, porque tal vez vida y obra no puedan escindir y sean malabares.
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