Escribe: Agustina Canete

La influencer Stephanie Demner publicitó hace unos días, específicamente el 19 de marzo del corriente año, un viaje grupal a Disney a un valor de US$4385. Organizado con una empresa de turismo, aclaran que el pasaje y otras cosas no están incluídas, entre algunos etcéteras de dólares más.

Mas allá de lo que podamos pensar en la particularidad con esta muchacha, podemos estar de acuerdo que este tipo de publicidades se repiten y se comparten en redes como si fuera algo común en un contexto donde nuestro presidente de la nación se mostró muy cómodo diciendo: “Vamos a dejar un mínimo de pesos en circulación y el proceso de remonetización de la economía tendrá que darse sacando plata del colchón”. Dando por hecho que todos tenemos ese dinero del que habla. Como si no hubiera despidos en ámbitos laborales, como si los comercios funcionarían, como si fuera que las tarifas no aumentaran. Digo, ¿quién no la está viendo?

¿Es posible hacer vista gorda y consumir este tipo de contenido?

¿Es posible glorificar experiencias de lujo mientras que la gran parte de la población argentina lucha por llegar a fin de mes?

Hay contextos que ameritan ser contemplados, o al menos pensarlos antes de subir una historia a plataformas como Instagram.

En un mundo donde todos parecemos ser comunicadores, es crucial la cuota de responsabilidad y coherencia que deberíamos tener.

En medio de una avalancha de influencers se ve cortada con motosierra la falta de empatía hacia los trabajadores despedidos hace apenas días. ¿Hasta qué punto es aceptable consumir y promover este tipo de contenido?

No nos vamos a poner con moralinas y seguir lógicas militares en plena democracia. La generación Internet y la comunicación virtual no está acostumbrada a eso (y ya demasiado tenemos con el Jamoncito), ¿no?

Esa -influencia- que parece ser de otra realidad, ajena a la nuestra, que come en livings con sillones beiges y de fondo suena una musiquita de ambiente parecida a un comercio de venta de sahumerios.

El precio de la irresponsabilidad en los medios de comunicación, sin tener en cuenta el alcance que se tiene al subir una historia a cualquier medio virtual, nos cuesta caro y terminamos adueñándonos de noticias banales y sin coherencia.

En la era de la sobreinformación y la estética, es primordial poder comunicar responsablemente y que nuestro discurso le haga juicio a la realidad que vivimos.

No vas a ser menos –AESTHETIC– por publicar una historia denotando un contexto político, social y económico que merece ser visto.

Por ende, menos plástico más piel.

En resumen, la verdadera coherencia implica cuestionar y poner en tela de juicio el mundo que nos rodea, incluso si eso significa alejarse de la frivolidad y enfrentar las realidades incómodas que nos rodean. ¿Qué estamos realmente comunicando en un mundo lleno de ruido y superficialidad?

1 pensamiento sobre “COHERENCIA

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