2 marzo, 2026

RELATO DE ALFABETIZACIÓN: VIDALA Y VANESA

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Alfabetización

Una experiencia de educación popular transitando otro camino de la lectura y la escritura, que transforma las vidas de quienes se comprometen.

Escribe: Vanesa Escobar

Papelito pequeñísimo pegado en fotocopiadora del JVG, escrito a mano, ni una firma (¿quiénes lo harán? ¿Una ONG, una organización política, unos hippies?): “¿Querés alfabetizar? ¿Querés dar apoyo escolar? Escribí a xxxxxxx”. Fin del papelito ínfimo fotocopiado. Año 2009.

Hacía 4 meses que estaba cursando el primer año en el profesorado en Lengua y Literatura en el Joaquín V. González. No quería ser profesora, pero siempre me había gustado leer, devorarme libros. En ese momento, había dejado hace muy poquito el CBC de Medicina, al que en los últimos tiempos asistía llorando; me secaba las lágrimas antes de entrar al aula donde se dictaba Biofísica. Horrible. Lo dejé porque no quería sufrir más. Y no me anoté en Letras en la UBA porque ya no quería saber nada más con otro CBC. Pero no quería ser profesora. Luego de leer el papelito, pensé cómo sería eso de alfabetizar, a quién, dónde. Pensé y repensé si escribir al mail que estaba como contacto. Pasé varias veces delante del papelito. Le dije a un amigo de acercarnos juntos a esto de la alfabetización. Me dijo que no quería, que no le interesaba. Estaba sola en esto. Escribí. A la semana me respondieron muy amablemente, me dieron una dirección en Barracas donde acercarme el sábado siguiente. Pero no me dijeron nada más. Googleé la dirección. Tenía miedo de que fuera “cualquier cosa”. Encontré la dirección vinculada a un bachillerato popular aunque en ese momento no tenía ni idea de qué era eso. No sabía con qué me iba a encontrar pero estaba entusiasmada. Viajé una hora en colectivo hasta el lugar en cuestión. Llegué a una casona antigua, toqué el timbre y me atendió un hombre barbudo. Le dije que había escrito un mail por alfabetización, que me habían dado a esta dirección y que buscaba a Darío (compañero que me había contestado el mail). El hombre me hizo pasar y no me dijo nada más. Me senté en una silla y el hombre me preguntó que a quién esperaba. Le dije que a Darío y él me respondió: “Ah, ¿Darío viene hoy?”. Le respondí: “Eeeh, no sé. Si vos no sabés, yo mucho menos. Ni siquiera lo conozco, solo me respondió el mail que escribí”. El hombre me respondió: “Entonces debe venir hoy”. Estaban en una reunión que luego supe que era una reunión de cabildo, del comedor que en ese momento funcionaba ahí. Todavía no tenía idea de que esto pertenecía a una organización política. Estuve ahí sentada hasta que llegó Darío, me saludó. Y me dijo que fuéramos para otro sector del mismo lugar. Sinceramente no recuerdo qué charlamos. Pero sí recuerdo que conocí a dos compañeras más: Flor y Gabriela. Ninguna de las dos son militantes de la organización hoy en día, pero con Gabriela comencé mi camino en la alfabetización. Flor tuvo que dejar el espacio al poco tiempo por cuestiones personales.

Me enteré que este espacio pertenecía al Movimiento Teresa Rodríguez –La Dignidad, vinculado a los primeros piquetes de Cutral-Có. Luego, supe que había otros barrios en donde se estaba alfabetizando (Retiro y Bajo Flores) pero que en Barracas todavía no habían empezado y que me sumaría a ese grupo inicial de alfabetizadorxs. Pero yo no tenía idea de nada. Fui a una reunión donde estaban los alfabetizadorxs de los otros barrios junto con Gabriela, no entendía nada. Todo el tiempo tenía esa sensación de no entender nada, no entender por qué lo hacían, no entender qué significaba militar, no entender cómo se alfabetizaba. En esa reunión nos presentamos, dijimos que en breve comenzábamos a alfabetizar en Barracas porque estábamos conformando el grupo de educadorxs. Y me dieron el manual El Mural, sobre la experiencia de alfabetización de jóvenes y adultxs en La Matanza. Me encantó, leí la introducción, fue la primera vez que leía el nombre de Paulo Freire en algún lado. Allí también fue donde leí por primera vez esto de la distinción entre las palabras “analfabeto” y “alfabetizado”; analfabeto como un sujeto que sufre por algún designio del destino su analfabetismo, como si eso no fuera responsabilidad de nadie, excepto de él/ella y “alfabetizado” como la acción ejercida por alguien más (alfabetizado por…). Ese fue mi primer acercamiento a nuevas formas de pensar la lectura y la escritura. Nadie era analfabeto porque sí, había responsabilidades políticas detrás del analfabetismo.

Dos semanas después fuimos con Gabriela a la villa 21 a conocer la casa donde alfabetizaríamos. Entramos por un pasillo muy angosto, una entrada lateral, como de camino de hormiga. Llegamos a la casa de Vidala. Una mujer paraguaya, muy amable, que se reía mucho y era muy pícara. En la casa de ella también estaba una de las delegadas territoriales del movimiento esperándonos, tomamos mate. El mate era increíble, tenía un sabor delicioso a hierbas. Le pregunté a Vidala qué hierbas tenía el mate. Vidala me contestó que tenía hierbas del amor. Me reí y le pregunté para qué servían las hierbas del amor. Me dijo: “Para encontrar novio rápido”. Nos reímos las dos. Vidala tenía una risa profunda y estridente. Todavía no entendía quién iba a alfabetizarse pero estábamos pasando un buen momento. Luego me enteré de que Vidala y la mujer de su sobrino eran quienes querían alfabetizarse. Y que había posibilidad de que se sumen más vecinas. Charlamos un rato más. Nos despedimos con la promesa de reencontrarnos al siguiente sábado.

Al sábado siguiente, empezábamos a alfabetizar. Con Gabi estábamos ansiosas, pero no teníamos mucha idea. En realidad, no teníamos ninguna idea. Cuando llegamos, estaba Vidala esperándonos y la mujer de su sobrino, Cinthia. Vidala tenía un cuaderno y un lápiz; Cinthia, igual. Además ya estaba el mate listo y unos bizcochitos sobre la mesa. No sabíamos bien qué hacer. Charlamos un rato, tomamos mate relajadamente pero luego llegó el momento esperado. Y nos quedamos calladas. Miré a Gabriela pero nada pasó. Y pensé: “Si no hablo, no va a hablar nadie. Qué hago”. Hablé. No recuerdo bien qué dije, pero fue algo parecido a una presentación, recordando que nosotras íbamos a ir todos los sábados para enseñarles a leer y escribir, que nunca lo habíamos hecho pero que la idea era poder empezar a transitar ese camino juntas. Le pregunté a Vidala si alguna vez había ido a la escuela, me respondió que no, que solo había ido a primer grado, le pregunté si sabía escribir su nombre, me dijo que sí pero que solo sabía eso. Hacía más de 20 años que vivía en Argentina, tenía más de 60 años. A Cinthia también le preguntamos lo mismo y estaba en la misma situación aunque era mucho más joven, tenía 27 años en ese momento. No había ido nunca a la escuela y había llegado hace poco a Argentina. Era bastante más tímida que Vidala. Se ruborizaba por cualquier cosa. Y estaba visiblemente nerviosa. Pero nosotras también. Luego de esta breve presentación, abrimos los cuadernos. Con Gabi acordamos que ella trabajaría con Cinthia y yo con Vidala. Le pedí entonces a Vidala que escribiera su nombre. Lo escribió a la perfección con trazos grandes y marcados, en imprenta. Me dijo que en realidad se llamaba Vidalina pero que todos le decían Vidala. Le pregunté si sabía escribir “Vidalina”. Me dijo que no, lo escribimos juntas. Luego, escribimos las vocales. La verdad es que yo no tenía ni idea de lo que le estaba proponiendo, le pregunté si tenía hijos. Me dijo que sí, y que uno había fallecido. Me señaló las fotos de ese hijo. Darío era su nombre, lo habían asesinado a sus 15 años cuando volvía de bailar. Le robaron toda la ropa y la billetera. Ella lo vio en el pasillo muerto, le avisaron unos vecinos. Tiempo después, en otros encuentros de alfabetización, me contó que una bruja le había dicho que en el año de la serpiente (2001) su hijo podía llegar a fallecer y que si lograba sobrevivir ese año, ya no correría ningún peligro. También me contó que desde ese día nunca pudo volver a dormir más de tres horas por noche. Y que le hubiera gustado que su hijo me conociera. Vidala era una mujer alegre pero su mirada se iba y se entristecía cuando hablaba de su hijo.

En ese primer encuentro, escribimos el nombre de su hijo en el cuaderno, nunca lo había escrito porque no sabía cómo. También escribimos el nombre de su sobrino y de su otra hija. Escribimos “PARAGUAY”, ahí fue cuando me contó que estaba acá hace más de 20 años, le dije que me llamaba la atención que luego de tantos años acá tuviera el acento paraguayo tan marcado. Me contó cómo conoció a Pereyra, su marido. Siempre le decía así “Pereyra”. Pereyra era un hombre callado, serio pero amable. Una vez le pregunté cuál era su nombre porque solo
sabía su apellido, me lo dijo pero no lo recuerdo porque era muy raro. Y porque siempre le decíamos “Pereyra”. Era albañil, había construido la casa donde vivía con Vidala. En ese encuentro también le armé un abecedario en letra imprenta mayúscula gigante en una cartulina porque habíamos llevado algunas cartulinas. Fuimos viendo el nombre de cada letra, le pregunté cuáles conocía. Y le fui diciendo el nombre de las que no conocía. Vidala siempre se olvidaba del nombre de la F. Nunca supe por qué pero costó que se lo aprendiera. Un día, mientras repasábamos el abecedario con la cartulina, noto que Vidala empieza a decir el abecedario en orden sin mirarlo. Me sorprendo y le pregunto: “¿Ya te sabés el abecedario?”. Entonces me cuenta que ella se llevaba la cartulina con el abecedario a la cama y que iba repasando en voz alta el nombre de cada letra, y que Pereyra se quejaba porque no lo dejaba dormir y ella le decía: “Callate que estoy estudiando”.

Era muy sencillo trabajar con ella, siempre tenía ganas de aprender, ponía unas caras raras cuando no entendía y cuando se equivocaba de letra o escribía algo de lo que no estaba segura, sacaba la lengua cerrando los ojos y luego se reía. Cumplíamos años el mismo día. Nos llevábamos 40 años de diferencia. Ella tenía 60 años y yo, 20. Pensé en cuán asombroso era habernos encontrado en esta situación con tanta diferencia de edad y el mismo día de nacimiento, pensé en cuánto camino de vida había transitado Vidala sin saber leer y escribir y que un día se encontró conmigo que tampoco tenía idea de cómo alfabetizar a alguien pero que allí estábamos las dos juntas transitando este otro camino de la lectura y la escritura. El tiempo se pasó volando ese primer sábado de alfabetización. Nos despedimos y me fui con Gabi. Me sentía increíblemente bien. No puedo explicar bien lo que sentí al salir de la casa de Vidala pero era lo más parecido a estar enamorada, sentía que flotaba, que quería hacer eso toda mi vida. Estaba maravillada. Aunque también pensaba en qué injusto era todo, pensaba en Vidala y su tristeza por su hijo pero también en su fuerza, en su risa. Gabi estaba contentísima también, me dijo que le había costado trabajar con Cinthia porque era muy tímida pero que había salido bien. Nos sentíamos bien las dos, con ganas de volver al siguiente sábado. Ese mismo día decidí que quería ser profesora, que no iba a encontrar otra profesión en el mundo que me generara lo que me generó ese primer encuentro con Vidala y que ya no podía volver atrás, no había forma de cerrar los ojos a una realidad tan injusta y por eso, por Vidala y tantos otrxs, era necesario hacer algo para cambiarla.


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