FRANKENSTEIN: EL MONSTRUO COMO HERENCIA

Una lectura de Frankenstein como una historia sobre las heridas que se heredan.
Escribe: Juan Pablo Godoy Jiménez
La adaptación cinematográfica que nos ofrece Guillermo del Toro de Frankenstein, o el moderno Prometeo, es realmente interesante, y es fantástica en muchos aspectos. No solo logra encarnar a la perfección la esencia de la novela original de Mary Shelley, sino que también consigue darle una vuelta, una nueva perspectiva a la trama, que quizás otras lecturas de Frankenstein no habían tomado en cuenta. Es, además, una lectura moderna, pensada para ser leída hoy, con ciertas lógicas contemporáneas. La película no solo habla de la condición humana —de lo que implica ser humano, de lo que nos hace y nos consolida como tales, más allá de nuestras condiciones de nacimiento o, en este caso, de creación—, sino que funciona como una oda filosófica a la existencia y a la vida misma.

Sin embargo, lo más interesante y potente de esta versión aparece cuando Del Toro introduce con fuerza una nueva dimensión: el trauma generacional. Es en la relación entre padres e hijos donde la película encuentra su verdadero corazón. Víctor Frankenstein, interpretado de manera extraordinaria por Oscar Isaac, es presentado desde un lugar profundamente humano y vulnerable: un hombre atravesado por una infancia marcada por la violencia, la frialdad y la distancia de su padre. Ese vínculo roto, lleno de silencios y heridas no resueltas, se proyecta inevitablemente en la relación que establece con su “hijo”, la criatura interpretada por Jacob Elordi, a quien le da vida pero no contención.
Esta lectura propone pensar Frankenstein como una historia sobre las heridas que se heredan, sobre cómo las formas de crianza, los vínculos fallidos y las experiencias traumáticas de una generación terminan moldeando a la siguiente. La película se pregunta, casi de manera obsesiva, cómo romper con esos ciclos, cómo cortar el lazo que perpetúa la violencia, la pasividad o el abandono. ¿Es posible no repetir lo que nos hicieron? ¿Se puede amar de otra manera cuando uno solo aprendió el rechazo? Del Toro plantea estas preguntas con una sensibilidad única,
sin respuestas fáciles, dejando que el dolor y la duda respiren en cada escena. Y ahí está lo que la vuelve tan potente. Porque Frankenstein no es solo una historia sobre el horror o la creación, sino sobre nosotros. Sobre los que estamos rotos. Sobre lo que hacemos con lo que los otros hicieron de nosotros. Como la criatura, estamos hechos de piezas: de momentos, de experiencias, de heridas y de intentos de curarlas. Somos un rompecabezas que se arma como puede, tratando de entenderse, encajando aunque duela y tratando de seguir adelante.

La película hace un hincapié muy fuerte en esto: en la posibilidad de perdonar, de sanar, de reconstruirse. Y ese es, quizás, su mensaje más profundo. Frankenstein (2025) no solo es una reinterpretación brillante de un clásico, sino una historia sobre cómo volver a armarse cuando la vida —o los otros— nos desarman.
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