NO ES UNA CAMPAÑA PUBLICITARIA: ES DISCIPLINAMIENTO

Repetir, ironizar o banalizar una frase como “me quieren muerta” en un contexto donde efectivamente hubo un intento de magnicidio no es un juego retórico, es una forma de naturalizar lo que debería estremecernos.
Publicada originalmente por la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad de La Plata
Durante este fin de semana, la Ciudad de Buenos Aires apareció empapelada con una campaña publicitaria del diario La Nación donde utiliza la figura de Cristina Fernández de Kirchner y una de sus frases de un modo peyorativo.
La campaña no busca informar. Busca ordenar. Busca decirnos, con cinismo, qué palabras valen y cuáles deben ser descartadas. Y, sobre todo, quiénes pueden hablar y quiénes deben ser desoídos.
El afiche recupera una frase de Cristina Fernández de Kirchner —“Me quieren presa o muerta”— como si se tratara de un exceso retórico, de una exageración, de algo que no merece ser tomado en serio. En esa línea, la campaña parece insinuar que hay discursos que, por provenir de ciertos actores, pueden ser descartados de antemano en una especie de deslegitimación preventiva.
Lo que resulta extraño teniendo en cuenta que el tiempo demostró que la quisieron presa hasta que presa la tuvieron. Y para lograrlo, no escatimaron en nada. Armaron causas entre sus opositores en los medios y en los diferentes partidos (algunos incluso son los mismos), pusieron jueces y fiscales comprados por dádivas y viajes coordinados por grupos de whatsapp con total impunidad.
Pero hay un problema más grave: quererla muerta no es una metáfora. A Cristina la intentaron matar. No en abstracto, no en un debate televisivo, no en el terreno de las ideas. Eso fue al principio, al inicio de sus tiempos como Presidenta y durante los 8 años en que lo fue y los siguientes años en que no lo fue.
Que a Cristina la quieren muerta es un hecho empírico. Hubo un arma, hubo una persona que gatilló delante de cientos de personas y en una escena que se vió en vivo, quedó grabada y recorrió el mundo. Y hubo, además, gente que financió al gatillero, el arma y hasta los abogados para que los asesinos esquiven todo lo posible “la justicia”.
Negar la materialidad de ese hecho —o peor aún, relativizarlo mediante una operación supuestamente publicitaria— es encubrimiento simbólico.
Pierre Bourdieu explicó que el poder se ejerce también definiendo qué discursos son legítimos y cuáles no. La campaña de La Nación opera exactamente en ese punto: intenta quitarle legitimidad a una voz antes incluso de discutir lo que dice.
Cuando un medio masivo instala que ciertas palabras no importan, no está describiendo la realidad, la está produciendo. Está corriendo el límite de lo decible y habilitando nuevas formas de violencia simbólica.
Repetir, ironizar o banalizar una frase como “me quieren muerta” en un contexto donde efectivamente hubo un intento de magnicidio no es un juego retórico, es una forma de naturalizar lo que debería estremecernos.
Porque desde hace décadas muchos medios trabajan para, justamente, naturalizar aquello que es aberrante. Porque si las palabras no importan, entonces tampoco importa el hecho que las motivó. Si nada sirve, cualquier advertencia queda vaciada de sentido. Y en ese vacío, todo se vuelve posible.
Cuando La Nación nos dice que hay discursos que podemos dejar de escuchar, advertencias que podemos ignorar y por ende, violencias que podemos relativizar, debemos sostener que las palabras importan, que deben ser discutidas en su contenido y no anuladas por su origen, y que jugar con ciertos límites —sobre todo en contextos de alta polarización y violencia política— no es inocuo ni periodismo: es pedagogía del cinismo.
Y frente a eso, la respuesta no puede ser el silencio ni la corrección política, debe ser otra pedagogía: la de la memoria, la de la evidencia, la de las palabras que, aunque molesten, siguen nombrando lo que pasa. Porque cuando te dicen que algunas palabras no valen, lo que en realidad están intentando es que dejes de reconocer la realidad que esas palabras señalan.
Desde la Facultad de Periodismo repudiamos este accionar de disfrazar de publicidad lo que es disciplinamiento en un país donde ya intentaron matar a una dirigente política que entre muchas otras cosas fue dos veces presidenta y donde la justicia es usada como herramienta de persecución.
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