Manifiesto

Documento fundacional de la revista

Manifiesto

Símbolos de lo que ha sido se agolpan sin que seamos capaces de verlos; signos esquivos se ocultan del aquí y ahora; las potencialidades auténticas brillan cada vez más lejos, pero brillan al menos, con la sola condición de abrazar fervorosas el lugar de la resistencia y la minoría. Entonces, el lugar de la mayoría queda para el mercado; los discursos del poder restituyen los símbolos de un pasado clausurado, del cual sólo nos quedan objetos; y la publicidad se hace cargo de narrar la historia del presente, una historia que cambia de campaña en campaña, sin necesidad de simular coherencia, sin evidenciar continuidades ni anunciar rupturas

Sumas de millones se invierten (y se ganan) en un poderoso arsenal cultural que nos cuenta nuestra vida desde los gráficos publicitarios, la música Hit, los best sellers, el cine Hollywood. Las tecnologías de circulación del producto artístico se concentran cada vez más, mientras se expanden al alcance de todos las tecnologías de producción, que nos invitan a “hacerlo nosotros mismos”. Nos convertimos así en individuos hiperexpresivos que sólo pueden hablar de sí mismos, como si no existiera algo más allá de nuestra subjetividad. Y el centellar de tanto estímulo significante parece ser la fiesta de fuegos artificiales con la que el mundo festeja una supuesta democracia palabrerística. Todos los discursos son válidos, cada pedacito de espejo deja de ser una mirada posible sobre la realidad para convertirse en una realidad posible, cerrada sobre sí misma, donde la ética es estética, y Shakira baila árabe en Nueva York, mientras los dueños del circo bombardean el mundo musulmán

La fragmentación de identidades culturales se presenta como otra conquista del nuevo mundo globalizado. Bajo la excusa del reconocimiento de los “gustos” y diferencias, se fomenta la formación de una infinidad de tribus que sirven como nuevos rincones donde sentirse a salvo. Pero estas identidades no logran nunca acercarse a otras igualmente reactivas con respecto al orden establecido, y el reconocimiento se vuelve “entre comillas”, ya que es apenas la indiferencia ante otros que existen y buscan tal como uno; y que, antes de encontrar, son encontrados por cazadores de tendencias que presentan informes ante las multinacionales para que éstas adapten la marca y “sean como sos vos”

En plena decadencia económica, el capitalismo se aferra no tanto a una cultura, sino más bien a una forma de organizarla. El poder ha logrado orientar miles de formas de ruptura hacia nuevos lugares de normalidad dentro sistema, pero podemos rastrear, incluso allí, los impulsos de algo nuevo que nace como respuesta a un orden cada día más injusto y mediocre. Hamartia se ubica en esa zona límite, donde el gesto de fractura lucha contra la nueva absorción. Pero no lo hacemos desde una trinchera que defienda nuestra particularidad, sino desde la convicción en el trabajo colectivo como primer paso para la superación de una lógica dominante que no puede incluir la diferencia sin convertirla en desigualdad

Creemos que la unicidad irrepetible de cada artista e intelectual puede sumarse a la voluntad organizada de recuperar para el arte y la cultura en general todo el potencial transformador, que vuelva a golpear con fuerza a este viejo orden desesperanzador y negador de todo lo nuevo que se resiste a la cooptación

Pocas veces las palabras dijeron tan poco. Y pocas veces hubo tanto para decir

Muy breve fue, en términos históricos, el cuento sobre el fin de la historia. Hoy no puede ocultarse una nueva oleada de procesos, a nivel continental, que vuelven a plantear la necesidad de pensar, en términos no capitalistas, toda una forma de organización de la vida. Muchas veces sentimos la impotencia de no poder ser parte de este tiempo, incluso de no ser capaces de entenderlo, de decirlo. Se vuelven visibles de pronto organizaciones sociales, gobiernos revolucionarios, que parecen surgidos de algún cuento del pasado. Y es justamente ese pasado el que estuvo todo el tiempo presente, sin que se le permitiera figurar en los diarios. Hoy, luego de que la realidad irrumpiera prepotente, la cultura que se empeña en ser adorno o distracción se parece al tipo sin gracia que se ríe de sus propios chistes (o lo finge)

Hoy que la historia, igualmente prepotente, se ha negado a creerse su fin, nos preguntamos el para qué de nuestro hacer en la cultura, y presentimos la respuesta al acercarnos a nuestro propio tiempo, no sólo para reflexionarlo, sino para habitarlo en toda su complejidad y su fuerza

El ciudadano espectador, el ciudadano “gente”, pone a remate sus acciones en la bolsa de la opinión pública, a la espera del mejor grupo operador de lobby. Así se vende el producto electoral cuando hay elecciones, el partido político o de fútbol; se venden lágrimas poco creíbles, noticias aterradoras y refuerzos policiales; se venden horizontes chatos a cambio de impulsos altos, intensidades fugaces a cambio del abandono de las pasiones. Y la lista podría seguir y un mayor problema sería oponerle otra lista. Es un estado de cosas donde lo nuevo sólo garantiza la repetición, la actitud de consumo que nos sintetiza. Nadie está exento de esta lógica, salvo cuando toma conscientemente la decisión de oponérsele. La disputa de ideas no se puede dar en un plano abstracto de ideas, porque el sólo hecho de permanecer ahí es ya abandonarse a la idea dominante, que intenta mantener el lenguaje (y los lenguajes) lejos de toda vinculación con lo real. En la lógica dominante, los conceptos conceptualizan conceptos, las palabras designan palabras y luego discuten entre ellas, y las metáforas dan vueltas sobre otras metáforas en un juego creativo que no logra trascender la articulación de lo ya dicho. El medio pasa a ser un fin en sí mismo, ya no se concibe como herramienta, sino como el punto de llegada, aunque no se venga de ningún lado

Recuperar el vínculo entre la idea y el cuerpo es entonces una de nuestras metas fundacionales. No se trata de cambiar una tendencia o fundar una escuela, nuestro desafió es corroer la lógica dominante de las prácticas culturales, para trascender la innovación estética como producto de novedad, recuperar la potencia crítica de nuestra producción y la vocación de sentido

Por eso Hamartia. Aristóteles definió ‘Hamartia’ como “el error en el que incurre el héroe al tomar una decisión”. Extrae el término de la arquería, y tiene que ver con la forma en que se yerra, no en cómo se acierta. Para conocer el blanco es necesario tener dimensión real de cuáles son las distancias. No es posible saber qué va a ocurrir si no se ejecuta, si no se lleva el error hasta sus últimas consecuencias. La voluntad del error es la voluntad de recuperar el hacer del cuerpo, de la idea desde el cuerpo y a través de él. Se trata de una respuesta a una forma de ser de la cultura en estos tiempos, a nuestra propia forma de ser como actores sociales, como artistas e intelectuales, que muchas veces no logra ir más allá del habitante estadístico y consumidor. La manera en que entendemos nuestra práctica es nuestra manera de habitar el mundo.