Cuentos con historia

A los 87 años falleció el popular poeta Alfredo Carlino, hacedor de “Poemas ciudadanos” y “Chau, Gatica”. Publicamos este cuento de nuestra edición de papel de noviembre del 2012, para homenajear a este "poeta de Perón". Pablo Malizzia en su columna "cuentos con historia" lo retrató magistralmente.

Ojos Verdes

Texto:


Lo decidido por el Congreso Confederal de esa misma tarde había sido un balde de agua fría para la inmensa mayoría. La CGT había decidido no adelantar la huelga, manteniéndola recién para el día 18. Desilusionados, muchos grupos de militantes estaban seguros de que iba a ser demasiado tarde. Entre ellos, Alfredo y sus compañeros de la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios. Por eso es que se habían reunido en la casa de Bengoechea, casi en la esquina de Independencia y Jujuy. Los padres del vasco eran dos gallegos anarquistas, y no tuvieron problema con que los pibes del Mariano Moreno y de otros colegios se quedaran allí esa noche.

– Mañana es tu cumpleaños, ¿no?

– Sí.

– ¿Cuántos cumplís?

– Quince -mintió.

-¿Y estás en primero?

-Repetí sexto grado.

El otro asintió satisfecho. Alfredo miraba el fierro en sus manos. Era un 32 que le había conseguido el propio Bidegain y que le regaló después de una práctica de tiro. Esta vez no era como lo de siempre, como cuando la semana anterior los habían ido a cagar a trompadas a “los pitucos de la FUBA”. Acá podía haber quilombo en serio y varios estaban calzados.

Esa tarde, Alfredo había escapado de su casa sin avisar a dónde iba. Sabía que si su mamá se llegaba a enterar de sus planes, lo habría encerrado en el cuarto con tal que no saliera. Y si su papá se enteraba que otra vez le había afanado un par de pantalones largos, encima lo fajaban. Es que él estaba por cumplir trece años, y además tenía una revolución que protagonizar: no podía ir de pantalones cortos, por más que el viejo dijera que todavía era muy chico. Alguien le pasó la botella de caña.

-Compañeros: esta noche nos tenemos que cuidar, no podemos terminar todos mamados…

Los otros seis asintieron con responsabilidad como quien asume un compromiso, mientras Alfredo los escrutaba de a uno. Luego, el propio Alfredo refrendó el acuerdo con un trago, y dejó la botella en el piso.

Como si estuvieran en asamblea, Darwin Passaponti se puso de pie con gran solemnidad y pidió la palabra. Darwin era un pibe de Caballito, y era uno de los mayores del grupo, con 17 años. Pidió recitar una poesía que él mismo había escrito, y que le habían publicado poco antes en el periódico “Amanecer”. Alguien se mofó de la solicitud, a lo que Darwin respondió mansamente que una revolución sin poesía no es nada. Estas palabras marcaron el alma del joven Alfredo, quien en ese mismo momento supo que también él sería poeta. Boxeador y poeta, pensó; y militante.

– ”Quise cruzar la vida con la luz del rayo / que el espacio alumbra / seguro de no vivir más que un instante / seguro de no morir debilitado. / Así como el rayo / corto, breve y soberano…” -arengó Passaponti marcando el compás de los versos con el dedo al cielo.

Los aplausos de sus compañeros no supieron, en ese momento, reconocer el presagio.

Fue entonces el momento ideal para que el vasco Bengoechea, dueño de casa, propusiese a todos apagar las luces y dormir, puesto que a la mañana siguiente habrían de empezar muy temprano.

Las luces se apagaron; la oscuridad y el silencio redoblaron la ansiedad, los nervios y el pulso de Alfredo, y sus ojos de color verde transparente tardaron varias horas en dormir.

La mañana de ese miércoles 17 de octubre prometía un día de sol. Alfredo se despertó muy temprano, rodeado por los otros compañeros que todavía dormían repartidos en las camas de los hermanitos del vasco. Todos menos uno: Darwin Passaponti estaba fumando un Saratoga al lado de la ventana. Tenía el pucho en una mano mientras que con la otra sostenía la cortina y miraba al cielo. Alfredo se sentó en el borde de la cama y Passaponti lo miró por un instante y volvió a la única nube que cruzaba el azul profundo.

-Hoy es un día hermoso -dijo Darwin.

-Hoy puede ser el día de Perón -respondió Alfredo.

-Sí señor. Un día de sol. Lo que se dice un verdadero “día peronista” -acuñó el joven poeta-. Ah, cierto… Feliz cumpleaños -agregó.

-Gracias.

-Vos no cumplís quince, ¿no?

-No, trece.

-Me pareció.

Pocos meses antes, justo para el 25 de mayo, Alfredo había usado pantalones largos por primera vez. En aquella oportunidad se los había quitado a su padre sin avisarle, porque había quedado en verse con una chica que le gustaba y quería aparentar más edad. Esta vez había sido la segunda. Darwin inspiró y resopló largamente.

-Bueno, ya es hora que vayamos por nuestro destino -sentenció, y juntos despertaron al resto.

El plan para esa mañana arrancaba bien temprano, así que no había tiempo que perder. Unos compañeros amigos del vasco que eran delegados en una metalúrgica de Avellaneda les habían comentado que Eva Duarte, la actriz de la radio, había estado recorriendo las fábricas los últimos días agitando a los trabajadores para que se movilicen a la Plaza de Mayo ese 17, y les dijo que Perón en persona les pedía que corrieran la voz. Parece que la Duarte andaba medio noviando con el Coronel, y que no se podía esperar al 18 porque había rumores de que a Perón lo iban a querer matar. Por eso, los militantes de la Unión Nacionalista de Estudiantes Secundarios y de la Alianza libertadora Nacionalista habían decidido en asamblea conjunta que se iban a constituir en grupos pequeños repartidos por zonas para recorrer las fábricas y talleres, convocando a la marcha. A ellos les había tocado una zona bastante grande de Balvanera, por lo que decidieron saltear el desayuno.

-Ma… ¿Dicen algo en la radio?

-No, nada -aseguró doña Laura.

-Y, claro, lo están tapando… ¡Si las radios las manejan todas ellos! -explicó Darwin.

La madre del vasco despidió a cada uno de los adolescentes con un agur y una caricia en el rostro, como si todos ellos fueran hijos suyos. Comenzaron así el recorrido que tenían programado por las fábricas y talleres del barrio para instar a los trabajadores a sumarse a la cruzada por la libertad del Coronel preso. Darwin, por ser el mayor y el de más labia, era quien encabezaba la comitiva y arengaba a los operarios. Su verba militante y encendida lograba reunir casi inmediatamente a todo el personal en torno a sí.

-¡Compañeros! ¡Dejen las herramientas y las máquinas! ¡Hay que rescatar a Perón! ¡Queremos a Perón! ¡Queremos a Perón! -arengaba el joven poeta con el puño en alto.

-¡Queremos a Perón! ¡Queremos a Perón! -coreaban los obreros, y abandonaban sus puestos de trabajo desoyendo las amenazas del patrón. No mucho después ya eran un grupo bastante numeroso, que se engrosaba con cada parada programada y con quienes se sumaban espontáneamente al paso de la caravana. Uno tras otro pasaban los tranvías cargados con personas hasta el techo. Y en cada esquina se agregaban las columnas que llegaban por alguna transversal, confluyendo.

-¡Sin galera y sin bastón, los muchachos de Perón! -ni siquiera el calor les quitaba la alegría.

La columna dobló por Entre Ríos hasta el Congreso, y de allí por Avenida de Mayo. Desde el Bajo, por uno y otro lado; por Corrientes; por Belgrano; desde ambas diagonales: las arterias de la ciudad se hicieron venas. El latido de la Plaza fue un llamado irrefrenable; y marcó el pulso de un pueblo, que cantó con una voz.

-¡Queremos a Perón! ¡Queremos a Perón!

Operarios de overoles engrasados, empleadas de comercio, matarifes de delantales sanguinolentos, estudiantes, curtidores, bancarios en sombrero y camiseta. Todos se mezclaban acercándose hacia el nuevo corazón. Alfredo documentaba todo en la retina de sus ojos de color verde transparente. Quería apropiarse en la memoria de cada rostro, de cada detalle, de cada sensación. La historia le militaba en el pecho, y cantaba de alegría.

Llegaron a la Plaza con el sol del mediodía cayendo a plomo. Pudieron avanzar por el lado izquierdo de la pirámide, y se ubicaron cerca de la fuente.

“Levantaron los puentes de la Boca”, comentaba alguien, “pero la gente se tiró al Riachuelo, y cruzó nadando”, respondía otro; “hay que ir al Hospital Militar”, vociferaba uno, “hay que quedarnos en la Plaza”, sostenía alguien más.

El calor seguía aumentando, al igual que la incertidumbre. Pasadas las dos de la tarde ingresaron las columnas que llegaban desde el sur con sus largas caminatas. Hombres y mujeres de Avellaneda, Berisso, Lanús y Lomas de Zamora se sentaron en el borde, y las patas inflamadas refrescaron en la fuente. Alfredo se los quedó mirando, extrañado y algo sorprendido. Passaponti lo notó, y le palmeó el hombro llamando su atención.

-No te confundas, Alfredito: una Revolución es, ante todo, una falta de respeto.

La tarde fue transcurriendo casi sin noticias, o con información contradictoria. Alguien afirmaba haber escuchado que lo habían devuelto a Martín García, y otro lo desmentía diciendo que seguía en el Hospital Militar. De vez en cuando alguien se asomaba al balcón de la Casa Rosada, e intentaba decir algo que los altoparlantes no sabían traducir y que al Pueblo no le importaba escuchar.

-¡Queremos a Perón! ¡Otro no! -respondía la Plaza.

Ni las largas horas de ayuno, ni la sed, ni la falta de baños, ni el cansancio acumulado de toda la jornada, pudieron conseguir que de allí se moviese un alma. La noche trajo miles de antorchas que alumbraron la vigilia, esperando la promesa del arribo del Coronel.

Pasadas las once de la noche una ovación despertó a Alfredo, que estaba cabeceando de sueño en el borde de la fuente. Se paró de un salto, ayudándose con en el hombro de Darwin.

Finalmente, el balcón se abrió y apareció Farrel. Y detrás surgió Perón, y saludó con sus dos brazos en alto. El Coronel Perón estaba vivo. El Coronel Perón estaba libre. Su pueblo lo había rescatado.

“Trabajadores: hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida. La de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino (…)”

Los ojos color verde transparente de Alfredo titilaron con las antorchas de la Plaza y las palabras del caudillo se grabaron en su memoria para siempre. Mientras tanto, los cabellos de sus cejas se hicieron gruesos, y largos y blancos. El color verde de los iris se hizo menos cristalino, y las pupilas se mancharon de nubes blancas.

Aquél día en el que cumpliera 13 años no tenía forma de imaginar que terminaría trabajando junto a Perón y a Evita. Tampoco tenía manera de saber que llegarían los bombardeos, la resistencia, la proscripción ni el regreso. Mucho menos las desapariciones, el remate del Estado ni el helicópero. Seguramente en aquel entonces no habría entendido nada si alguien le hablaba de “Pingüinos”, ni de las exequias del Flaco.

Una vez finalizado el discurso, Alfredo y Darwin emprendieron el retorno hacia sus casas, comentando satisfechos la revolución naciente, cuando súbitamente Darwin cayó al piso, acribillado por una ráfaga de ametralladora que provenía de las ventanas del diario “Crítica”. Segundos después murió en brazos de Alfredo, tendido en el pavimento de la Avenida de Mayo, el 17 de octubre de 1945, a los diecisiete años de edad.

Hoy, a los ochenta años, Alfredo volvía a estar allí. Siempre el mismo balcón, la misma Plaza.

-”Así como el rayo: corto, breve y soberano…” -musitó el anciano, recordando a Darwin Passaponti.

-Perdón, compañero…

Alfredo se dio vuelta. Junto a él, un grupito de unos cinco o seis pibes y pibas de secundaria lo miraban tímidamente.

-Disculpe, Maestro… ¿Usted es Carlino?

-Sí, querido: Alfredo Carlino, mucho gusto compañero.

-¿Es verdad que usted trabajó con Perón y Evita?

-¡Pero claro, querida, yo laburé en la Secretaría de Prensa de Perón!

-¿Le molestaría si nos sacamos una foto?

El viejo militante aceptó gustoso. La Plaza de Mayo otra vez estaba llena. Y otra vez la juventud era protagonista. Ese 7 de diciembre de 2012, el pueblo celebraba el final de los monopolios en los medios audiovisuales y la democratización de la palabra.

Y, como siempre, Alfredo y Darwin estuvieron presentes.

 

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