Hamartia visitó a Milagro Sala en su casa/prisión de Jujuy

"Jujuy es el espejo en donde el Gobierno Nacional se mira para poder tener presos políticos sin procesamiento; para iniciar la ola represiva que azotará al país; para sembrar terror entre mujeres y hombres mansos que, a veces, saludan con los dedos en V pero lo disimulan y esconden detrás de otros gestos".

“Esto Termina en Un Argentinazo”

Texto:


Cielo arriba, enero. Que es decir lluvia en Jujuy. Que es decir nubes devorándose la cima de los cerros. Y el infinito gris que se derrumba sobre la Quebrada. “Feo día –me dice Natalia, una compañera que sabe que bajamos desde Huacalera hasta El Dique La Ciénaga para ver a Milagro Sala-. Feo día para viajar… abajo llueve”. Abajo es San Salvador. El Carmen. La casa/prisión. “No se puede hacer nada”, respondo con la certeza de lo inexorable. Son unos 140 kilómetros de curvas, cuestas, bajadas sinuosas que a veces -muy pocas- preanuncian la llana aparición de un valle.

Casi ninguna certeza: después del paredón del dique 300 metros, a la derecha, a la izquierda, un cartel de madera pintado de amarillo, un farito… la ansiedad nos ha tendido la noche larga. Poco sueño. Salteado. Liviano. Insuficiente. Ducha, café pesado y a la ruta. A la lluvia. Al encuentro de esa mujer que se nos representa hecha de la piedra misma de la montaña; de hierro, y cobre, y cuarzo, y piedras semipreciosas que estamos regalando (que, en realidad, nos están “robando con permiso”), en este tiempo de “apertura” en el que damos todo a cambio de nada.

Jujuy es el paradigma. Jujuy es el campo de experimentación de una locura que algunos quieren justificar como gobierno; Jujuy es el globo de flotación del ejercicio más pleno de la violencia de Estado; Jujuy es la mesa de arena de la Justicia corrupta y amañada (con un Superior Tribunal integrado por diputados que primero votaron su ampliación e inmediatamente renunciaron a sus bancas para asumir como nuevos “supremos”). Jujuy es el espejo en donde el Gobierno Nacional se mira para poder tener presos políticos sin procesamiento; para iniciar la ola represiva que azotará al país; para sembrar terror entre mujeres y hombres mansos que, a veces, saludan con los dedos en V pero lo disimulan y esconden detrás de otros gestos.

La lluvia se devora al auto y el auto se devora la distancia. La autopista que llega del Aeropuerto hasta Yala nos aliviana el tránsito. Cuando tomamos a la derecha, hacia El Carmen, nos miramos con Iris, mi compañera, de reojo. Ya estamos… casi.

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Gendarmería nos pide los documentos. Es un poco temprano para el horario en el que acordamos la cita. Es un poco tarde para nuestra ansiedad. “No se puede ingresar con celulares… con electrónicos” dice la gendarme, mientras anota nuestros datos. Me resigno. Iris no, pero cede. Enfrentamos juntos el portón altísimo. Las paredes que rodean la casa están coronadas de ese alambre de púas que destrozaría a cualquiera que intentara sortearlo. Muchas cámaras. Mucha custodia en el puesto de guardia. Se escucha, desde adentro, la voz tranquilizadora de Raúl Noro: “Por lo que veo debajo de la puerta llegaron dos visitantes, una mujer y un hombre. La mujer es bajita porque tiene tacos altos” y mientras dice, la puerta se abre, es continua: “acerté”, Iris retruca, “Una puede ser alta y usar tacos”. La risa rompe cualquier tensión. El abrazo apaga toda duda. Entramos a la casa de compañeros.

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Esta prisión domiciliaria trajo beneficios y prejuicios. Por un lado estamos mejor. Juntos. La Flaquita -así la llama con un amor que se le nota en los ojos cuando la nombra- cocina, lo que le gusta mucho… pero el juez le ha recortado los horarios de visita y la cantidad de personas: sólo los martes, jueves y sábados; no más de 20 visitantes al día y apenas 4 juntos”, cuenta Raúl mientras trajina con el desayuno.

Baja Milagro. Menuda. Muy delgada. El pelo negro mojado sobre los hombros. La sonrisa ancha como un valle de la Puna. Los ojos vivaces, despiertos… llenos. Nos abrazamos. No hacen falta muchas más explicaciones: en el “compañera”, “compañero” se sintetizan muchas cosas; muchos años de lucha.

Si. Estoy mejor. Pero Jujuy está cada vez peor…” y la voz se le angustia. “Muchos que los votaron están arrepentidos. Por ejemplo los maestros. El 90% los votó. Y a fin de año les dieron dos budines y una sidra. Están indignados”. Esa es la primera referencia de las muchas que hará sobre los gobiernos de Gerardo Morales y Mauricio Macri, a los que se refiere siempre con algún epíteto. Todas con datos. Todas con razones.

Cuenta. “En el penal, primero, fui logrando que las mujeres de los distintos pabellones no se pelearan entre si. Porque había mucha pelea entre pabellones. Pero después empecé a ver el malestar de las guardiacárcel, cuando llegó un nuevo jefe al penal. Y fui y le dije que el problema era él… cuando me fui, las chicas hicieron una formación y me saludaron con la venia… porque yo soy coronela del ejército de Venezuela, un titulo honorario que me dio (Nicolás) Maduro”. Y lo cuenta con la misma sencillez con que me invita a hacerme el mate y a servirme. Porque esa casa es una casa de todos. “En mi casa de Cuyaya –el barrio de San salvador en donde, en realidad, ella debería estar detenida porque esa es su verdadera residencia-, los compañeros pasaban todo el día, y se hacían un mate cocido, o comían una galleta con mate”, explica para graficar esta idea de que esa casa es una casa del Pueblo.

Esto lo habíamos construido para que fuera un centro de rehabilitación para chicos con problemas de adicciones. Cuando la metieron presa a Milagro, vinieron y lo destruyeron. Se llevaron todo, hasta la mesada de la cocina. Sólo quedaron en pie las paredes”, explica Raúl mientras preparamos el mate “dulce, porque a la Flaquita le gusta un poquito dulce”.

La charla se extiende. El mate corre. Repasamos la actualidad. Aparece la figura del Papa Francisco y, con ella, la anécdota. “Yo se que vos estás enojada con la Iglesia, me dijo el Papa cuando me recibió y yo le contesté que si, que creo que la Iglesia le ha hecho mucho daño a los pueblos originarios. Y él me dijo que le iba a pedir perdón a los Pueblos originarios. ¿De verdad?, le pregunté. ¿No te vas a arrepentir? Y él me repitió que les iba a pedir perdón…”. Sobre esta historia, vale acotar que días después de nuestra reunión, Francisco, en su visita a Chile, se reunió con los Mapuches y pidió públicamente perdón en nombre de la Iglesia.

En esa reunión con el Papa me pasó que yo le pregunté a él qué pensaba del oro, y el me mostró su mano, sin anillo, como diciéndome que eso era lo que pensaba y, me retrucó: -Y vos, ¿qué pensás del oro?- y yo le dije que, si él me daba a elegir entre un fuente de oro y una de semillas, elegía la de semillas porque con la semillas yo creaba trabajo, y alimentaba… entonces me invitó a ver la Basílica de Santa María y, bromeando, me dijo: -No vas reclamar el oro que hay allí, que es el primero que llegó desde América-”… La Iglesia le debe algo más que disculpas a los Pueblos Originarios.

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Se la ve entera. Muy delgada, pero entera. Y llena de proyectos. De proyectos para ayudar a otros. “Yo era una chica clase media. Mi papá trabajaba en el rectorado de la Universidad. Conocí la pobreza y el hambre cuando me fui de mi casa. Ahí fue donde “descubrí” que había niños durmiendo en la calle… Ahí fue, también, que me hice peronista”, explica y tira sobre la mesa una larga lista de acusaciones a dirigentes que ni hace falta nombrar acá. Los conocidos. Los que traicionaron “la voluntad popular”, como Milagro misma sintetiza.

No se quiere quedar con la rabia. Quiere contar de las cosas que va a hacer cuando la liberen. Muestra la foto de sus nietos, y dice que los chicos dicen “tenemos una abuela diferente”. Y vaya si la tienen… Raúl la mira con el mismo amor con el que le preparó el desayuno y dice “es su rebeldía, lo lleva en la entraña”. Linda imagen. Se la siente así: una mujer de buena entraña.

Afuera esperan otros visitantes y nosotros nos vamos. Más abrazos. Más calor, más amor inundándonos. Le pregunto bajito: “¿Esto cómo termina, Compañera?”. Me mira hondo y me dice: “En un Argentinazo

Afuera ha llovido bastante. El barro y la vegetación son prueba. Manejo con la íntima sensación de haberme juntado un rato con la Historia…

Porque Ellos creen que sólo la metieron presa pero, Nosotros sabemos que, en realidad, la metieron en la Historia.

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