Ciencia - Opinión

“En la causa criminal que ante mí pende, y se ha seguido de oficio (...) por el horrendo crimen de rebelión o alzamiento general de los indios, mestizos y otras castas, pensado más ha de cinco años (...) con la idea (de que está convencido) de quererse coronar Señor de ellos, y libertador de las que llamaba miserias de estas clases de habitantes que logró seducir”. Son las palabras con las que comienza la sentencia pronunciada en Cuzco por el visitador José Antonio de Areche contra Tupac Amaru II, Micaela Bastidas y sus hijos.

El resistente, el otro

Texto: y
Ilustración: Luciana Capace


“En la causa criminal que ante mí pende, y se ha seguido de oficio (…) por el horrendo crimen de rebelión o alzamiento general de los indios, mestizos y otras castas, pensado más ha de cinco años (…) con la idea (de que está convencido) de quererse coronar Señor de ellos, y libertador de las que llamaba miserias de estas clases de habitantes que logró seducir”. Son las palabras con las que comienza la sentencia pronunciada en Cuzco por el visitador José Antonio de Areche contra Tupac Amaru II, Micaela Bastidas y sus hijos. En la represión a la rebelión andina del Tupac se inscribe un sentido de la colonización que en América Latina vuelve bajo distintas formas de reverberaciones. Hoy vuelve en la Argentina de dos maneras por lo menos. En los signos resistentes de las banderas de las organizaciones populares y en las persecuciones del macrismo a las luchas indígenas. Uno de los “ideólogos” es acaso Esteban Bullrich. A mediados de 2016, el ex ministro de Educación, ahora senador electo por Cambiemos, con motivo de la inauguración del Hospital-Escuela de Veterinaria de la Universidad Nacional de Río Negro, habló de la “nueva Campaña del Desierto, pero sin espadas, con educación”. Con esa referencia legitimó el genocidio de los pueblos indígenas, pero hizo mucho más que eso. Refiriéndose a la reedición de la Campaña inauguró el ciclo de una política educativa regresiva que vemos desplegada con toda su brutalidad en estos días.

La interpelación que hoy formula el macrismo con el segundo encarcelamiento de Milagro Sala, con la desaparición forzada seguida de muerte de Santiago Maldonado y el asesinato cobarde de Rafael Nahuel en Río Negro nos obliga a desentrañar un sentido configurado por los colonizadores hace cinco siglos. Los indígenas son “ociosos, mentirosos, crueles, inhumanos, sodomitas, de frágil memoria, inclinados al mal y con toda clase de vicios”: así lo planteaba el Consejo de Indias como justificación del genocidio, el trabajo forzado (luego asalariado) y la destrucción de la propiedad comunal.

La construcción del “otro” (indígenas, negros, mujeres: mayorías minorizadas de nuestro continente) ha sido una política eficaz en tiempos de conquista. Y parece serlo de vuelta ahora, en tiempos de reconquista. Es el afán por definir un enemigo interno: una fantasmagórica RAM, una especie de ejército irregular y organizado, con armas de grueso calibre, que un finísimo intelectual macrista comparó con el ISIS. Y en ese afán, que permite reactivar una versión siglo XXI de la Doctrina de Seguridad Nacional, no es nada casual que el macrismo apele una vez más a los indígenas. Sobre sus cuerpos se monta una historia de desprecio, desposesión y racismo. Tampoco es casual que los sujetos y territorios en disputa hoy en la Argentina sean precisamente memorias colectivas indígenas con potencia movilizadora. La humillación del poder político y judicial (con la falta total de garantías en el debido proceso) de una indígena mujer y luchadora –Milagro Sala– representa un disciplinamiento que mira desde el norte al resto de nuestro territorio nacional, y mira también hacia el norte: hacia el proceso revolucionario boliviano, y hacia el otro Norte, ese que orienta las políticas de subordinación y reconquista vigentes en la mayor parte de las latitudes latinoamericanas. Y Santiago y Rafael, dos pibes consustanciados con las causas de los pueblos oprimidos, que en el sur indígena exigen que el Estado Nacional deje de cuidar los intereses de Lewis y Benetton (símbolos y representaciones del capitalismo depredador), y reconozca la legítima propiedad de la tierra originaria.

Milagro, Santiago y Rafael son tres momentos –distintos sólo en apariencia– de “indigenismos” en disputa con gobiernos blancos o en disputa por la tenencia de tierra colonizada por capitalistas extranjeros. Tres momentos que implican una tendencia: el lado amenazante de esa construcción de poder que reverbera oscuramente sobre la Argentina, encarnada por la alianza Cambiemos. Esto hace el poder cuando ve amenazado su dominio o cuando pretende reconquistarlo. Tres crímenes de Estado: la desaparición y muerte de Santiago, la doble prisión de Milagro, el asesinato de Rafael ponen en tensión –cuando no en jaque– el Estado de Derecho. Lo transforma en Estado de Arbitrariedad. De manera más explícita: lo que está en peligro es la democracia. El macrismo propone mucho menos que una democracia formal. Propone a la vista un proyecto autoritario con fachada democrática. República por fuera (discursivamente) y autoritarismo por dentro: esta es la ecuación.

Frente a esto, los sectores populares –obreros, campesinos, estudiantiles, feministas, indígenas, intelectuales– tenemos la tarea de impugnar esta apuesta de reconquista y apelar a nuestras cualidades colectivas: arraigadas en nuestra historia de rebeliones, construcciones y resistencias, para impulsar la emergencia de una disponibilidad social general de nuevas certidumbres. Esto es: dar vida a un tiempo turbulento que contenga la crisis del proyecto político macrista y la construcción de un nuevo sentido común que exprese de mínima la humanidad dolida de estos días. Una lucha para que el nuevo sentido común se haga institución. Esto significa la construcción de un nuevo proyecto de poder que desarticule la organización del bloque de clases encarnado en Cambiemos, su fuerza moral y su propuesta de país para la sociedad argentina. Recuperar la democracia en su dimensión absoluta. La democracia absoluta en acción, que eleve la participación de los sectores populares a los asuntos políticos colectivos. Y que haga todo lo posible para preservar la vida.

Nuria Giniger. Doctora en Antropología. Investigadora de CONICET y docente de la UBA
Rocco Carbone. Doctor en Filosofía. Investigador de CONICET y docente de la UNGS

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