Ciencia - Opinión

"Interpretar el macrismo es una tarea en la que estamos metidos frente a la acción, frente a las políticas desplegadas por el gobierno y a los diversos intentos que venimos haciendo para limitarlas".

Mefistófeles

Texto:
Fotografia: Télam


Un Mefistófeles organizado y un Verdugo en el umbral

¡Me secunda el espíritu! De pronto veo claro el consejo y ya confiado escribo: ¡En el principio fue la Acción!

Con estas palabras, el Fausto de Goethe se ubica en el terreno de la filosofía de la praxis y es allí donde nos permite agarrar la punta del ovillo de una pregunta que viene dando vueltas desde la victoria del macrismo en 2015 y que se profundizó este último octubre. ¿Por qué el macrismo consigue adhesiones, que además se expresan con tanta contundencia electoral? ¿Síndrome de Estocolmo? ¿Falsa conciencia? ¿Mefistófeles metió la cola?

Interpretar el macrismo es una tarea en la que estamos metidos frente a la acción, frente a las políticas desplegadas por el gobierno y a los diversos intentos que venimos haciendo para limitarlas. No es una interpretación erudita, para que queden en los anales bibliográficos reflexiones acerca del fenómeno. Es una labor militante.

El macrismo es una expresión cabal de la capacidad del sector más concentrado del poder de organizar su tropa y la tropa ajena, en un ejercicio de solapamiento, amalgama y dirección que articula experiencias de derecha en nuestro país, contra el mismo enemigo (zurdo, negro, mujer, indígena, pobre). Este ejercicio de organización de diversos sectores con una dirección indiscutible se presenta como entusiasta, siempre feliz, con ganas y sobre todo en unidad, sin fisuras. Aquello que para nosotros es un ejercicio del cinismo, en la presentación del proyecto macrista hay un profundo conocimiento de las soft skills (pues están en su constitución CEOcrática) que les permite presentarse a sí mismos como “el cambio”, con toda la fuerza de los medios concentrados y las redes sociales.

Pero el macrismo no es solo fachada. El macrismo recupera las experiencias político-ideológico-culturales de la gran burguesía argentina-nativa, siempre en un proyecto de Estado-Nación subordinado a los intereses de las potencias primero y del Imperialismo luego. Una combinación de lo viejo y lo nuevo, que contiene el sentido de los vencedores contra el jacobinismo de la Revolución de Mayo, que constituyeron la unidad nacional a fuerza de sangre y disciplinamiento de las masas populares indígenas, gauchas, morenas y luego obreras migrantes, con la Conquista del Desierto y las masacres a las y los trabajadores. Es un continente de oligarquía rancia, conservadora de espada y cruz, junto con los ideales machistas, racistas y xenófobos de la Liga Patriótica, que desprecian la democracia aún en sus aspectos formales. Y en eso reviven los espíritus de los golpes de Estado: en sus programas económicos y en su disputa abierta contra la resistencia organizada. Tiene la revancha del 55, la Doctrina de Seguridad Nacional del 66 y el Plan de Reorganización Genocida del 76. Pero tampoco es solo eso (como si fuera poco). Además conjuga al neoliberalismo flexibilizador y desnaturalizado de ideologías del menemato junto con sus rasgos del chabacanismo exhibicionista del mago sin dientes. Tiene el “equipo”, la “mejora continua” y la “responsabilidad social empresaria” del toyotismo puesto a punto en la gestión gubernamental bajo diez años de experiencia en la Ciudad de Buenos Aires, provenientes del fútbol. No es un proyecto improvisado, tampoco es un proyecto novedoso. Es un proyecto que como todas las oleadas de ofensiva del gran capital pretende vencer para siempre, cercar el conflicto y limitarlo a su mínima expresión: matarlo. Y esto es Acción. Acción organizada tendiente a reponer –frente a algún signo de desafío al imperialismo, que tuvo su mejor expresión en el No al ALCA– la incorporación total al proceso mundial de un capitalismo en crisis. Tal como dijo Agosti, no es un problema ético sino objetivo, a pesar de que las consecuencias y desmoralizaciones que vivimos nos hagan sentir la saña en carne propia.

Porque el macrismo se despliega en un terreno desorganizado, o mejor dicho, que esa capacidad de articular lo disperso encontró límites en la oleada progresista que nos tocó vivir entre 2003 y 2015. Límites materiales, de distribución real de la riqueza social y límites subjetivos, de asumir colectivamente las riendas de nuestro destino.

Eso no quiere decir que nuestras experiencias populares sean de menor intensidad o capacidad que las de la derecha. Al contrario. El pueblo argentino sabe y ha sabido durante toda su historia enfrentarse al poder, con las armas más variopintas que se le fueron presentando y que su propia y enorme creatividad fue disponiendo. Hacer inventario de ellas para amalgamarlas y solaparlas en un proyecto común, aún es tarea pendiente. Sin embargo, desde la resistencia aborigen a la colonia, el jacobinismo libertador nuestroamericano y las luchas obreras de fin de siglo XIX nos dieron un siglo XX y lo que va del XXI cargados de intentos de desafío al poder, que se fueron solidificando en experiencias político-ideológico-culturales (peronismo, comunismo, cristianismo de liberación, izquierdas varias), así como en una enorme tradición sindical, feminista, cooperativista, indigenista, migrante, que se conjugó con impresionantes luchas por los derechos humanos, por la salud, por la vivienda, por la educación en todos sus niveles, por la infancia, contra el hambre, por el hábitat, contra el latifundio. Pero además las formas de acción fueron múltiples: coordinaciones y frentes políticos, lucha armada, experiencias electorales. Y los etcéteras dejarán siempre alguna y alguno sin voz. Precisamente porque esta masa de experiencias y sujetos no logra aún constituir organización, proyecto común. Pues la palabra clave de la unidad popular es “común”, aquello que constituye comunidad en sentido proyectivo y que se forja en la disposición de lucha inagotable e inclaudicable del pueblo argentino. Acción organizada.

Senderos que se bifurcan: el intento mefistofélico de recolonizar Latinoamérica y reponer la dependencia absoluta, o encontrar un camino común/comunitario de unir los destinos de nuestro país con aquellos pueblos que desafían al poder. La unidad nos coloca en el umbral.

Nuria Giniger.  Investigadora del CEIL-CONICET

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