Reformas

Un Mauricio Macri seguro y empoderado por una importante montaña de votos, dio un mensaje claramente disciplinador a sus destinatarios. El discurso del lunes en el Centro Cultural Néstor Kirchner con nombre completo.

La Reforma Permanente

Texto:


Viste cómo son las redes sociales. A veces una frase te confunde, otras te aclara semanas de elaboración de una hipótesis.

Leo: “Lo mejor del discurso de ayer (refiriéndose a la presentación oficial de la Reforma Permanente) reconocer que somos culpables de lo que nos pasó.”

Hay dos dimensiones enunciadas como sentencias en esta frase que, aunque diferentes, van necesariamente juntas. Una, es que “nos pasó” algo. Es decir, una idea de un acontecimiento, un hito, una ruptura de la normalidad, un episodio que interrumpió del devenir natural de la Historia. La otra dimensión, también trabajada con cuidado y dedicación por los voceros de este gobierno es que “los argentinos somos culpables”, algo así como una complicidad con un régimen corrupto, complicidad revelada como apoyo mayoritario durante años a través del voto, y reafirmada con comportamientos de la más absoluta irreverencia moral y social.

Me gustó encontrar esta frase porque sintetiza en gran parte el discurso del presidente de los argentinos en el día lunes en el Centro Cultural Néstor kirchner (Ya que no le pudieron cambiar el nombre, sí van a cambiarle el contenido). Ahora resulta que allí adentro, en la cúpula vidriada suceden los acontecimientos más conspicuos del nuevo régimen político y económico de nuestro país. Cupular, también, como señaló Horacio González esta semana en una mesa redonda de la resistencia. Vaya tensión. Sin lugar a casualidades.

Sigamos. Sin abundar en detalles, más bien sin enumerar ninguno, el presidente sí dio una señal clarísima de las características de este reformismo: su aceleración. Sentado cómodamente sobre una importante cantidad de votos, nos transmitió a todos, pero sobre todo a algunos sectores más que a otros, que el gradualismo continuará, pero a escalones agigantados. Los gobernadores, representantes de la más alta justicia, rectores universitarios  y trabajadores organizados, destinatarios privilegiados del discurso, salieron del CCK con una certeza: el tiempo del ajuste es ahora. La línea de austeridad es una sola, y parte en dos a los dirigentes que tienen niveles altos de responsabilidad ejecutiva. ¿De qué lado de la línea se van a ubicar? No hay mucho margen, está clarísimo. Pero evidentemente la intención del elenco gobernante era sellar, después del avatar electoral, un nuevo pacto de gobernabilidad, o la búsqueda de consensos por todas las vías posibles. Estará presente el disciplinamiento fiscal, para las provincias y municipios, el financiero, para las universidades, el salarial, para los trabajadores, y el consenso a través del discurso, para todos y todas los ciudadanos y las ciudadanas que decidan habitar el suelo argentino. El ajuste es ahora. Pero no es cualquier ajuste. Es un ajuste con la carga ideológica del castigo. Vamos a castigar, es la línea. Basta de privilegios, es la diagonal que atraviesa a todos los damnificados presentes, y futuros. No te creas que te vas a salvar, si sos del campo popular. Vas a pagar por todos esos absurdos privilegios de los que gozabas, y si no gozabas de ninguno, porque los considerabas derechos, vas a pagar también. Se abrió la temporada de castigos y acá no se salva nadie.  Lo vienen manejando muy bien. Los éxitos están a la vista. Sin haber logrado todavía un pacto hegemónico, porque no se ha neutralizado la disidencia, que  más bien sigue muy activa, sí han podido avanzar en la persuasión de importantes sectores sociales. Hay subjetividades totalmente empatizadas con el discurso, dispuestas a defenderlo aún sin medir sus consecuencias.

En ese discurso mesiánico de mirar para adelante, sufrir para ceder y ceder para triunfar en un desierto más allá del horizonte, también está incorporado un factor eficaz que ebulliciona hasta al más desprevenido: La Culpa. Los ciudadanos y ciudadanas del campo popular somos culpables por los excesos, cómplices de la corrupción generalizada. La estrategia consiste en apelar a hacer de la excepción, la regularidad, diseñando un Otro estereotipado, incorporando elementos del folklore urbano en un verdadero experimento de laboratorio. Se suman como ingredientes de una receta de resultado previsto: hechos de corrupción (o cohecho) aislados, casos de incumplimientos o episodios burdos, ordenanzas que ganas 100000 pesos, trabajadores que no trabajan, jubilados de privilegios, y etcéteras, para construir como espantapájaros que cuidan la siembra, un monstruito de los pecados sociales que se saca a relucir cada vez que se lo necesita.

Pero también, esa línea y esa diagonal imaginaria que atraviesa el campo social tiene un otro objetivo no menos importante: el disciplinamiento del  peronismo. Quedó demostrado el lunes en la reunión en el CCK que hay una propuesta de cogobierno disciplinado, austero y claro, que persigue los objetivos que propone el FMI casi casi, como un calco. No es una novedad, claro. Pero el mensaje fue contundente: No hay espacio para la creatividad, ni la innovación, ni la disidencia. ¿Se va a “modernizar” o no se va a modernizar el peronismo? Claramente queda excluido el kircherismo, que como dijimos más atrás, es la encarnación del mal, y es el epicentro de ese exterior constitutivo que ellos también necesitan para construir consensos. Pero ¿qué pasos va a dar ese peronismo fragmentado, perdedor de la última elección, y anclado en el pasado? ¿Va a avanzar hacia un partido de centro derecha de una vez o va a seguir coqueteando con la anormalidad?

Nosotros, en cambio, como campo nacional y popular estamos más curvos, procesando, con otros tiempos, lo que la aplanadora del cambio, ahora autoproclamada reformista, nos obliga a resistir a los ponchazos.

La línea del gobierno nos ubica con claridad del otro lado. El dilema más imbricado consiste en prever quiénes serán los aliados que se vayan ubicando del lado opuesto, cuándo esto sucedería, y si en esa transición  no perdemos mucho, incluso la reversibilidad. Lo que es seguro, es que el tiempo de la Reforma Permanente, no es sólo de las políticas estatales, sino también, y por sobre todo, de sus actores protagónicos. Disputar el sentido, es volver a narrarnos un presente para imaginarnos un futuro. La narrativa, hacia adelante, con mirada amplia, habla polifónica y sensibilidad acrecentada. Sí o sí.

  • Facebook
  • Google Plus