La Lija en Jujuy

Crónica del convite de la Organización Barrial Tupac Amaru a La Lija para la décima ronda a la plaza de San Salvador de Jujuy y la libertad a Milagro Sala.

La Vuelta a la Ronda Sitiada

Texto:
Fotografia: Sebastián Miquel


 

San Salvador de Jujuy – octubre 2016

Mirábamos, entre tanto y santo, desde lo alto de una réplica del templo de Kalasasaya que ampara esa puesta en marcha de pueblo, sesgados por el desasosiego que nos producía la invitación, la expectativa de la décima ronda a la plaza de San Salvador, el toque, y esa rara satisfacción que nos daba tener, como decía Alfredo, las manos en la bandera, en la guitarra, los gestos de las caras en la honda preocupación de nuestros hermanos. Hacía un año que la flaca estaba presa en Jujuy. Casi un año después, sigue presa.

Libertad a Milagro Sala” es la consigna que estaba escrita desde Buenos Aires a Jujuy, en las paredes, en las cartas y poesías que llevábamos de otros compañeros, en los ojos comprometidos de Laura, en las esperanzas de Patricia Cabana, Gladys Díaz, Mirta Aizama y Graciela López, presas políticas también, en democracia. Milagro nos dijo que primero hablásemos con ellas, que ella no podía verlas ni hablarles por su confinamiento particular, que era importante, que cómo no los van a dejar verlas si ellas podían recibir visitas también. Entonces, disparó sus argumentos a la guarda del penal y nos dejaron acercarnos y conversar, y después de la Túpac, con Milagro. Compañera, no vaya a seguir con la huelga de hambre a ver si se nos va. Pero la flaca dale que te dale, meta sorbo del tereré coqueado en naranja, que no sabe qué hacer para salir.

Bajamos en el aeropuerto de San Salvador contenidos por la realidad material del trabajo colectivo en torno a los pasajes y por el encuentro con Julia y el Turco, que nos develaron una de las primeras prácticas paramilitares con las que se desmembraba, por miedo, el tejido de la Túpac. A la pregunta la respuesta, “…la situación es compleja, a los compañeros les aparecen las cubiertas de los coches con tachas, a veces los parabrisas rotos, dependiendo si vas o no a la movilización, si seguís participando, si te ven comprometido. Ya van a ver, cada vez que se mueve algo de la Túpac hay alguna que otra moto frenada con alguno hablado por el celular, patrulleros sin chapa, sí… se ven”. Los militantes y trabajadores de la Túpac Amaru que desde el 2009 dieron los primeros pasos desde la autonomía de la organización barrial impulsada por las copas de leche con las que miles de pibes pudieron desayunar y merendar, primero en la ciudad, después en el pueblo, en la loteada paramera de la zafra, hoy fueron colocados, intencional y políticamente, en la clandestinidad. Pero el gobierno de Jujuy, y ahora el gobierno nacional, tienen una dificultad para sobrellevar y legitimar el desmantelamiento de la organización y la condena caprichosa de sus liderazgos: las razones de un corazón delator. Con esas nos encontramos apenas llegamos a la Sede Central de la Tupac, al 1152 de Alvear, en San Salvador. Nos hospedaron en la oficina grande, la que ahora era, por unos días, el tolderío de otra manada con la misma sed que la que le vimos a la flaca allá en el penal, y de la que nos quisimos mutuamente contagiar, ella hablando, nosotros cantando.

Laura nos contó, entre unas pizzas y una merecida “bajada de línea” por porteños, lo que pasaba en la Sede, después la paseamos y quisimos hacer de todo también, porque de todo había para hacer. Los ejes: la Salud, la Educación, y el Trabajo. El timbre de la escuela, el chiflar de la pava, los pibes a la mañana, los padres, nosotros, todos tenían que hacer, había para qué trabajar. Pero el aire se cortaba con navaja y a los compañeros se los estaban mascando como hoja de coca.

No hay revolución que no se empuje por la mirada de aquellos que murieron por ese sueño que tiene la flaca “que la gente tenga para vivir y trabajar, que los chicos puedan ir al colegio, y que eso lo hayamos logrado entre todos, eso veníamos haciendo con la Tupac y los compañeros”, nos confesaba Milagro amparada en los ojos fervorosos de Guevara, de Evita y de Condorcanqui que miran desde los tanques de agua de las miles de viviendas que constituyen el “Cantri de la Túpac” en el Alto Comedero, desde los murales en las persianas y las paredes de la bloquera, de la metalúrgica, de la textil, procurando trabajo, desde los patios de la escuela primaria y secundaria, del terciario, del centro cultural, del polideportivo, jugando un juego serio. “Claro, sí, el gobierno nos dio tanta cantidad de plata para viviendas. Pero como nosotros ya estábamos organizados, pudimos construir la cantidad que necesitábamos con menos, y la otra la usamos para financiar la escuela, el centro cultural, el parque acuático, la bloquera y las fábricas de donde sacamos los materiales para construir y los muebles de la escuela que también los hacemos. No podemos rendir cuentas de una plata que estaba destinada para una cosa y nos manejamos con menos haciéndolo igual, y haciendo más también. Las cuentas se ven, ya lo vieron ustedes, la Túpac no robó nada. Todos los compañeros trabajaron para eso”, nos dijo Laura. Y el Turco, cuando nos llevó a conocer el Alto Comedero, nos contó cómo Milagro se la pasó trabajando para llegar al número de viviendas y contar con un excedente para construir ese espacio donde la transformación social se vuelve práctica cotidiana colectiva.

milagro

Sí. Tenían razón. Durante toda la jornada que calcinaba el sol se dejaba ver alguna que otra moto en las esquinas frente al penal del Alto Comedero, atenta al teléfono. Y más que algún móvil policial. Estuvimos un rato bajo el rayo, coloquiándonos con diferentes compañeros que de una u otra forma daban una mano a la causa por la libertad de la flaca, esperando el turno para poder ingresar al establecimiento penitenciario. Qué calor debía tener el uniformado que desde una mesita a la sombra le indicó a la familia de una de las compañeras presas, luego de hora y tantito de espera, que no podían ingresar con los pantalones así de ajustados, que regresaran a cambiárselos, y que volvieran si lo deseaban. Qué boca seca, qué poca palabra debía tener el otro bota de adentro, que una vez que nos incautaron las banderas, los colgantes, los discos, mientras metían mano dentro de toda la comida y bebida que otros familiares traían, nos miró de reojo diciéndonos que solamente podíamos pasar un número limitado de las poesías que muchos compañeros habían enviado desde el sur porque el penal contaba con un “cupo de poemas”. De movida no entramos todos porque excedíamos el cupo, como en general nos pasa, lo que resultó siendo mejor, sin duda, porque contamos con relatos desde dos perspectivas. El pabellón daba al patio, el patio a una reja, la reja a una avenida, y del otro lado la Túpac había montado un escenario móvil para hacer el aguante. Cuando salimos le tocamos desde ahí, mirando al patio desde el otro lado de la avenida, y Milagro, las compañeras, y tres lijas, le hicieron la vendetta a la ley mala metiendo en el penal toda la poesía junta. Y ahí fue cuando La Vuelta empezaba a hacerse poema y canción, quebrada entre las musas y cardón para la flaca.

Entre ida a comprar lo del asado que invitábamos por la hospitalidad, los paseos ilustrados, y la marcha a la ronda, vimos algo en Jujuy que Jujuy no estaba viendo porque no miraba. Ni los prendedores que llevábamos cuando marchábamos a la plaza ni la glorieta saboreada con los colores de los pueblos originarios, ni la exposición de fotos o los instrumentos por cientos, ni las consignas en las paredes. Parecía una ciudad dormida en la décima noria a la plaza central, acostumbrada a garrotazos, ciega y sorda. Entre complicaciones cotidianas de organización, se dio a relucir ese otro rasgo esencial de la Túpac, la eficacia en la reorganización para la solvencia de los contratiempos. Desde un camión que llegó enseguida apareció todo el cablerío y la microfoneada. Tocamos fuerte y peludo mirando a la casa de gobierno que no dejaba mirar, mirando a la gente que pasaba entre el voluntarismo gorila y la hipocresía política que tampoco miraba, rodeados y contenidos por los compañeros de la Túpac, esa telaraña desmembrada que sí nos miraba con todos los ojos de esa red que eran los pueblos y que había empezado a ser la Túpac en el norte, como nos contaba la compañera Ariadna de Salta, en la sierra y la yunga. Era San Salvador y en el centro nunca hay ojos, todo se deglute como pastilla de carbón alejandrina con final incierto.

No renunciar nunca al juego, saber mirarse, querer que los otros miren, mirar como miran los otros para poder mirar más como ellos y mirar más lejos con otra mirada. Una de las construcciones colectivas más importantes del siglo XXI, impulsada por más de siete años desde la organización de base, logró jocosa lo que el intencionado desmantelamiento político develó con su accionar: el sostenimiento concreto de un proyecto de construcción de sentido antiliberal que sabe mirarse como lo miran y sin embargo invita a mirar. “El cantri de la Túpac” sonó como la apropiación festiva del ay mirá los negros estos, y la invitación que los medios manipularon entre corbatas de colores y un te doy tu merecido porque filmás a los peuques que se rompieron y no filmás a los chicos jugando. Y la pileta, el parque vacío con Florencia jugando con las estatuas para los chicos porque es mamá y sabe, los fuegos apagados de Micaela Bastidas y de José Gabriel Condorcanqui que guardan los Inti Raymi y los Capac Raymi, acéfalos de peregrinos y sacerdotes, todo lo devoraron en un año.

¿Dónde están los compañeros muertos? Alto Comedero era la Comala de Rulfo, el Egipto de Ramsés durante la noche de la última plaga. Soledad, madre de Atacama, vuelve a desenterrar a los hijos de otros que son los tuyos nomás también. Que cada puerta sea de vuelta territorio de trabajo. No te quedes sola Soledad, en lo alto, dormida entre colchones de tabaco, arropada en piedras, una más de las cañas sangre de la zafra. Tristeza de la larga y dulce traición a Atahualpa. Ocaso del incario. Nunca más.

Después de tocar el jueves 13 de octubre, en el marco de la décima ronda a la plaza de San Salvador de Jujuy por la liberación de Milagro Sala y del reconocimiento de la diversidad de los pueblos que constituyen la gran nación americana, el Turco nos acercó a un teléfono encendido. Del otro lado de la línea, Raúl Noro, no nos vio tocar, pero se enteró y con él hablamos en ronda, desde su prisión domiciliaria. Su voz contagiaba una profunda soledad quebrada por la vuelta. Había escuchado la canción que escuchamos mientras sorprendimos a la compañera a cargo del Centro Cultural del Alto Comedero, sola en una oficina, cuando el Turco nos hizo pasar. Se la habían mandado recién para que escuchara lo que un grueso grupo de la capital que se había venido para Jujuy le estaba cantando a la Túpac. La canción le amagó galeones soplándole viento seco de los apos y no lloró más. Pero entre todo, en cordillera, estaba sitiada.

Los caminos largos se hacen a pie, nace un nuevo santo mi negra, récele. Préndanse dos velas, una para el pueblo y otra para usté. Con la vuelta a la ronda sitiada ese octubre de 2016 miramos a la Túpac y la Túpac se volvió a mirar. Por la libertad de Milagro Sala La Lija frenó a cantar –venga mi negra súbase y vámonos de acá-.

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