América Latina

Laureano Ponce analiza la situación que vive hoy Venezuela luego de que el presidente Nicolás Maduro anunciara la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente.

Venezuela: una reforma para la revolución

Texto:
Ilustración: Germán Pasti


Al momento de redactarse esta nota, Venezuela vive una situación de virtual empate técnico entre las fuerzas revolucionarias del chavismo y las de la oposición de derecha. La aclaración temporal es pertinente, dado que tanto el escenario político en general como particularmente esta suerte de empate se encuentran en un equilibrio frágil al que distintas presiones internas y externas amenazan con quebrar de un momento a otro.


Venezuela x German Pasti

Este escenario es consecuencia de la derrota electoral sufrida por el chavismo a fines de 2015, y de las intenciones golpistas de la derecha, que no han cesado un minuto desde el primer período presidencial de Hugo Chávez y que se vieron fortalecidas al obtener la mayoría en la Asamblea Nacional en dichos comicios.

Desde esa elección la derecha encarnada en la Mesa de Unidad Democrática lo ha intentado todo para derrocar al presidente Nicolás Maduro, desde el constitucional referéndum revocatorio -truncado por haberse detectado miles de firmas falsificadas- hasta la utilización de figuras que no existen en el ordenamiento institucional venezolano, como el juicio político. Y en todos esos ensayos, ha fracasado.

Ante esta situación la derecha se ha embarcado en un proceso de radicalización hacia tendencias fascistas que ha adquirido en los últimos meses un cariz paramilitar. Esto se ve en la utilización de armas de fuego de elaboración casera, asesinatos selectivos de militantes chavistas, de agentes de seguridad y hasta de un juez, ataques planificados a instituciones de salud y a oficinas públicas, e incluso con un episodio que conmovió al mundo: el ataque a una persona por sospecha de ser chavista, a quien quemaron vivo y que falleció a principios de junio a raíz de ello.

La propuesta de la oposición se asemeja así a la acción de los “Contras” nicaragüenses que con el desarrollo de una guerra de baja intensidad buscaban, en la década del 80, derrocar o al menos hostigar al gobierno sandinista. La extorsión, entonces, pasaba a ser “o gobernamos nosotros o la revolución y todo el pueblo sufrirán una agonía infinita”. La apuesta de la derecha venezolana, hoy, es esa misma: o nosotros o el caos.

Es en este contexto extorsivo, que según especialistas como Atilio Borón está claramente orquestado desde el departamento de Estado norteamericano y desde la CIA, donde el chavismo decidió fugar hacia adelante. Cuando la apuesta de la “prensa independiente” es presentar cada vez más al gobierno como una dictadura, Maduro apostó a la radicalización de la democracia haciendo el llamado a la Asamblea Nacional Constituyente.

Esta decisión de volcarse hacia “el poder originario” dejó pedaleando en el aire -para hablar en buen criollo- a la derecha local e internacional. La MUD se vio obligada a oponerse al llamado, aun a costa de contradecir lo que ellos mismos pedían hace solo tres años. La derecha internacional hizo mutis por el foro al ver que “la dictadura” convocaba nada menos que a una asamblea constituyente, una institución incontestablemente democratica incluso desde las visiones más liberales.

¿No se está jugando demasiado el gobierno chavista, en un escenario tan conflictivo, al llamar a la Asamblea Nacional Constituyente? La duda es legítima. Después de todo se trata de un proceso que incluye etapas que se dirimirán por sufragio universal, y nuevamente, las experiencias de gobiernos de izquierda que afrontaron elecciones en un contexto de asedio violento de las fuerzas de la derecha no son alentadores. Sin embargo, el proceso constituyente trae una novedad, y es que las postulaciones de los constituyentes no las decidirán los partidos políticos sino los ciudadanos, en asambleas de barrio, donde se verá realmente qué nivel de legitimidad tienen los postulantes en la base de la sociedad.

Apenas se conoció la medida, el editor y periodista cubano Iroel Sánchez defendía esta iniciativa basado en este mismo aspecto: “El gran defecto que se le atribuye a la convocatoria es que Maduro ha anunciado que los asambleístas no serán electos a partir de partidos políticos sino territorial o sectorialmente. ¿Por qué ha de ser más democrático lo que decide una cúpula partidista que vaya a saber quién elige y financia que un colectivo de vecinos o trabajadores en igualdad de condiciones? ¿Son más universales los políticos que los vecinos y los trabajadores?”.

En este sentido hay que analizar dos aspectos. Por un lado, la apuesta del chavismo, que consiste en que el proceso constituyente muestre que, al margen del descontento con el gobierno en sí, una enorme mayoría social apoya las principales transformaciones que la Revolución Bolivariana impulsó en Venezuela y que las consagre en la nueva Constitución. De este modo, ante una eventual derrota en las elecciones presidenciales de 2018, los pilares esenciales de la experiencia chavista podrían subsistir.

Por otro lado, el rechazo furioso de la oposición, que parece admitir implícitamente que saben que sus principales referentes tienen mucho respaldo mediático, pero no tanto prestigio en las bases de la sociedad, es decir, en la clase trabajadora. Construir un referente desde los medios y con mucho dinero en publicidad es una cosa, pero construirlo en la base social es otra muy distinta.

Por eso es oportuno considerar esta propuesta de radicalizar la democracia, superando su formalidad representativa y transformándola en una democracia protagónica, como un aspecto a tener en cuenta cuando se habla de la necesidad de tener un pueblo empoderado para poder enfrentar los embates de los sectores dominantes. Ese rechazo que genera esta propuesta en la derecha venezolana se debe, en última instancia, a que en ese proceso constituyente no habrá meros “representantes” del pueblo, sino el pueblo mismo ejerciendo el poder.

Los límites de la democracia representativa están claros en los procesos de disputa en curso en la región. En Brasil, con un gobierno que dio un golpe de Estado legal pero con nula legitimidad, y que lanzó una agenda política opuesta a aquella por la que muchos de sus integrantes fueron votados; en Argentina, con un gobierno elegido por el voto mayoritario que fue logrado, sin embargo, en base a desembozadas mentiras y que desdice su discurso de campaña día a día; en Bolivia, con un referéndum sobre la posibilidad de reelección de Evo Morales en el que la población fue manipulada con mentiras sobre un hijo ilegítimo del presidente que nunca existió y que le provocó la derrota en esa consulta; etcétera.

Por eso una mirada profunda al llamado a la Asamblea Constituyente en Venezuela puede arrojar un saldo mucho más rico que si se la ve sólo como una forma de garantizar las políticas sociales del chavismo. Esa convocatoria puede servir para fortalecer el debate sobre las reformas que necesitan emprender los proyectos progresistas y revolucionarios para transformar al sistema democrático de modo tal que el pueblo tome al gobierno en sus propias manos.

*Periodista, miembro del equipo editor del sitio pulsodelospueblos.com

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