Editorial #NoNosQuedaOtra 26-06-17

"Que todo el daño que nos han hecho en estos 18 meses si bien nos condenó a la desaparición y al silencio nos ha enseñado una buena lección: No nos callamos más"

Salir a la calle a gritar sin miedo y sin vergüenza que somos kirchneristas.

Texto:
Ilustración: Maite Larumbe


Clari vivía en un pueblo bien al sur de América. Sus padres habían construido una pequeña casita río arriba. En realidad esos terrenos no pertenecían a nadie. Fue el abuelo de Clari el que hace casi un siglo se había atrevido a vivir en el medio de las sierras. El mito familiar rezaba que el abuelo construyó cada pedazo de esa casa con sus propias manos. Y lo había hecho tan bien, que la casa aún gozaba de buena salud. Nadie sabe cómo se las había ingeniado para reunir los materiales ya que al día de hoy el único transporte posible es nada menos que el caballo. Los que saben dicen que el abuelo había hecho una losa de hormigón como base y que esa era la razón principal por la cual la madera no había cedido nunca a la podredumbre. Lo cierto es que había sobrevivido a todo tipo de inundaciones, crecidas y temporales. La casa del abuelo estaba a unos trescientos metros de las casa de sus padres. Clari, empezó a pasar mucho más tiempo con su abuelo materno luego de que su padre falleciera de un paro cardíaco.

Su abuelo, le había mostrado un lugar desde el cual se podían ver los atardeceres más lindos del mundo. El sol caía suevamente hasta hundirse en las Sierras de Achala. El abuelo decía que los minutos subsiguientes a que el sol desapareciese eran los mejores del día porque no sólo se oía una música maravillosa sino que era el momento exacto en que uno estaba preparado para escucharla. No era un lugar accesible, había que conocer muy bien el camino para llegar ahí. Por eso el abuelo siempre le advertía que no se le ocurriese ir sola hasta ese lugar porque si se producía una fuerte crecida del río, ese lugar podía simplemente desaparecer del paisaje. Además era muy peligroso. Cualquier paso en falso significaba caer unos cuantos metros contra las rocas. Lo cierto es que Clari, se sabía el camino de memoria, pero luego de que su abuelo muriese, el 10 de diciembre de 2015, decidió no volver nunca más. No porque no le gustara, mucho menos porque le asustara la idea de toparse con la noche a su regreso. Claro que era un tanto peligroso volver sola, cualquier accidente la dejaría tirada en el medio del camino, a kilómetros de cualquier tipo de ayuda. Si había algo que el abuelo le había dejado claro y, en eso residía su extremo cuidado y lentitud a la hora de regresar a casa, era que aunque gritara bien fuerte en lo alto de la sierra, no la iba a escuchar nadie más que los pájaros y las serpientes. Pero ese tampoco era el motivo fundamental por el cual ella no quería volver. Clari tenía miedo de encontrarse con su abuelo. Ésa era la verdadera razón: tenía terror de encontrarse nuevamente con ese maravilloso atardecer. Quizá por eso, pasó toda su infancia pintándolos. Tenía esa paleta de colores grabada a fuego en su cuerpo. Era un alivio para ella pincelar esos cielos violáceos, anaranjados, rosáceos y fucsias. Apenas caía el sol, Clari se encerraba en su cuarto a pintar. Se encargaba de cerrar celosamente las persianas ya que le preocupaba que algún rayo del sol del atardecer se colara por alguna hendija. No quería salir de ahí hasta que el sol saliera nuevamente y el cielo se acalrara. Fue bastante difícil para la madre acostumbrarse a esta rutina. Tuvo que adaptarse a la idea de que su hija cenara en la habitación o se fuera a dormir sin comer en el peor de los casos. Los médicos y psicólogos que la vieron coincidieron en que Clari había producido una especie de duelo patológico y el hecho de negar el atardecer estaba relacionado directamente con la negación de la muerte de su abuelo.

Clari cumplió hoy 11 años y le pidió a su madre un regalo inesperado. Le dijo que tenía ganas de volver al lugar en donde había visto a su abuelo por última vez. Además, se había fijado en el calendario y la falta de luz no iba a ser un problema: era luna llena. La madre, no supo qué responder. No le daba mucha seguridad internarse en la sierra con el sol cayendo y confiar en que su pequeña hija la guiara de regreso. Pero era un día especial y una muy buena noticia que Clari por fin decidiera salir de la casa a esa hora.

Eran alrededor de las siete cuando ambas salieron con sus mochilas. Clari había envuelto cuidadosamente una docena de tortas fritas en un pequeño bolso que le había regalado su abuelo. Su madre se sorprendió al escuchar que su hija desechara la posibilidad de llevar una exquisita leche que había preparado con cuatro cucharadas de chocolate. Clari quería tomar mate y le pidió especialmente que cortara dos o tres rodajas de naranja para saborizarlo.

La expedición estuvo a punto de abortarse más de una vez. A la madre de Clari le había parecido muy peligroso caminar por rocas puntiagudas y deformes, sobre todo, porque había pasajes vertiginosos que, ante el mínimo error,  conducían a un precipicio mortal. Lo cierto es que a medida que se internaban río arriba en las sierras, su fue dando cuenta que su hija tenía muy en claro el camino. Si bien eso la tranquilizó, no dejaba de preocuparle que algún día se le ocurriera ir sola hasta allí con la ilusión de encontrarse con su abuelo muerto.

Luego de atravesar un sendero muy angosto entre dos rocas gigantes y mellizas finalmente llegaron a la cima. Clari sacó una manta de su mochila y le pidió a su madre que cebara mate. Su madre nunca había visto el atardecer desde ese ángulo. Efectivamente, como en los dibujos de Clari, el sol se recostaba sobre las Sierras de Achala, las nubes que pasaban enormes por arriba se achicharraban en el horizonte y los pájaros sobrevolaban el cielo anaranjado hasta perderse en los violáceos más lejanos detrás de las sierras.

Clari le pidió a la madre que cerrara los ojos. Que se imaginara mentalmente cuáles eran los colores del cielo y que el sol del atardecer derretiría para siempre la tristeza. Su madre atinó a hacer un comentario, pero rápidamente Clari, la instó a que guardara silencio. “Ahora, vas a escuchar una música maravillosa, por nada del mundo, abras los ojos” le dijo. La madre, le hizo, caso, imaginó los colores, sintió el tibio calor del atardecer en su frente y escuchó la música del silencio.

Ambas permanecieron en silencio unos cuantos minutos y apenas el sol comenzó a hundirse en la cima de las sierras de Achala, Clari, con los ojos aún cerrados le contó a la madre que éste era el lugar que venía con su abuelo. Y que por eso tenía mucho miedo del atardecer.

–¿Miedo por qué? –Preguntó su madre.

–Miedo del abuelo, mamá. Él me dijo que aunque yo gritara bien fuerte nadie me iba a escuchar. El me enseñó todos los colores del atardecer. Y a mí me encantaba venir acá pero algunas veces, no me gustaba tanto… El me hacía cerrar los ojos bien fuerte y me decía que no se me ocurriera abrirlos porque entonces me iba a quedar ciega para siempre. –Clari estalló en un llanto interminable. Su madre abrió los ojos y la abrazó. Nunca más volvieron a ese lugar.

Lamentablemente ya era tarde cuando la madre de Clari, comprendió que su padre abusaba de su hija. La llevaba a dar largos paseos por las sierras y la tocaba. “Me tocaba mis partes íntimas”, había dicho Clari, de regreso a casa. Le decía que las serpientes se le iban a meter en la cama cuando dormía si se le ocurría revelarle el secreto a su madre.

La madre de Clari, nunca se lo perdonaría. Su hija había sido violentada por el abuelo, su propio padre. En el pueblo, aún se lo recuerda como un gran tipo, extremadamente amable, cariñoso y solidario. Un reverendo sorete, disfrazado de loco lindo.


Escribí esta pequeña historia esta mañana. No sé cómo se me ocurrió pero venía procesando una idea que se viene desarrollando los miércoles en esta radio. Una idea desarrollada por nuestro querido compañero Carlos Caramello que suele definir a Cambiemos como un gobierno psicótico. Porque no tiene, dice, Superyó. Efectivamente, parafraseando a Lacan, la metáfora de que no hay calle principal, nos enseña que el psicótico debe usar las colectoras para andar por la vida ya que, de subir a una autopista, el volante podría trabarse, irse de lleno hacia la banquina o peor, cruzarse al carril contrario. El psicótico no posee aquello que se llama “nombre del padre”. No tuvo una madre que le haya transmitido un padre. No tuvo una ley que haya ordenado sus pulsiones. No ha conformado un superyó fuerte por lo que las posibilidades de que el yo domine, aunque sea por momentos, al ello, se vuelven improbables. Es por eso que cuando a un psicótico se lo invoca al lugar de o se lo insta a ocupar el lugar de padre, sencillamente se brota. Y por eso, las personas con esta estructura, pueden sortear estas crisis con medicación y un buen análisis. Pero debo decir que no es el caso de este gobierno. No debemos confundir la psicosis con la perversión. Éste es claramente, un gobierno perverso y psicópata, no psicótico. Tiene total dominio del volante, anda por las calles principales, no necesita ningún tipo de medicación y es, en algún sentido, imposible de medicar. La perversión no tiene cura porque no es una enfermedad. ¿O acaso creen que los militares que nos gobernaron del 76 al 83 tenían una solución farmacológica? El perverso goza haciendo sufrir, provocando un daño. Nunca se equivoca, tiene todo milimétricamente calculado. El “error de carga” tan común en este gobierno no se produce como una manifestación del inconciente sino como una manera velada y conciente de producir daño. Los perversos están mezclados entre la gente. Si alguien pregunta en el barrio por ellos, suelen ser tipos amables, condescendientes y solidarios. Y no es casual que para la mayoría de las personas resulten atractivos. Freud ya habló hace muchos años de las fantasías perversas de los neuróticos. Y justamente ese es el límite que divide a perversos de neuróticos. Los neuróticos tenemos innumerables deseos perversos inconcientes pero nunca los llevamos más allá de la fantasía… Justamente porque funciona la represión, porque tenemos una ley que nos ordena. Porque somos en función de que tuvo efecto una castración.

No quiero aburrirlos ni confundirlos con conceptos psicoanalíticos. Lo que intento es entender cómo llegamos a votar a un gobierno perverso.

Más de uno se la creyó. Pensó por alguna razón que eso que se conoce como kirchnerismo no había sido más que un pequeño desvío en la historia que conducía a una calle sin salida. Que una vez más el curso de las ideología llegaba a su fin, se inscribía como una fantasía más de los pueblos destinada a desaparecer en cuanto chocara con la cruda realidad. Vivimos un año medio pensando que otra vez había triunfado el discurso del fin de la historia, que la política como herramienta iba a volver a ser descartada como valor de la sociedad y que, luego de ese pequeño desvío, de esa pequeña mancha en la historia, retomaríamos aquello que habíamos aprendido en los 90, eso de que la hibridez nos define como seres humanos. Nos creímos en serio que habían acabado los tiempos en donde se miraba de frente a las personas, donde determinados valores iban por encima del valor del mercado. Que era el fin de los procesos latinoamericanos, que luego de la caída de Brasil, de Venezuela, venía la de Ecuador y la de Bolivia. Que una vez más el aparato cultural del neoliberalismo iba a borrarnos para siempre esa utópica idea de modificar la matriz distributiva de poner el valor del hombre y de la mujer por encima del valor del mercado.

Pero el sol volvió a salir, compañeros y compañeras. El terror que nos paraliza se cura con el grito, con la expresión visceral, con la mirada profunda y directa al medio de los ojos del otro. Volvió Cristina, volvió ese símbolo que nos ordena las pulsiones. Volvió la salida neurótica. Es hora de revelar el secreto, dejar atrás el terror que nos paralizaba y salir a la calle a gritar sin miedo y sin vergüenza que somos kirchneristas. Hasta la médula. Que tenemos a Néstor y a Cristina grabados a fuego en nuestro corazón. Y que somos el futuro. Que todo el daño que nos han hecho en estos 18 meses si bien nos condenó a la desaparición y al silencio nos ha enseñado una buena lección: No nos callamos más. En cada rincón de nuestra vida cotidiana, vamos a poner el grito en el cielo. Que no nos de vergüenza nuestra desnudez. Somos el nuevo sujeto histórico que va a liberar a este pueblo. Debemos ser los protagonistas de este tiempo. Todos tenemos un dirigente adentro y todos debemos sacar hacia afuera lo que sentimos bien adentro. Y si acaso a algún dudoso compañero se le ocurriera robarnos otra vez los atardeceres, no seamos cómplices del silencio, abramos bien grandes los ojos y empujémoslo al precipicio del olvido.

Compañeros y compañeras, el presente es de lucha, el futuro es nuestro

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