Una mirada más sobre lo que dejó la tempestad medíática y emocional tras el (por ahora) último recital del Indio Solari

"Preferíamos ser convocados bajo el estigma de ghetto, pero no a referenciarnos en epítetos de la comunicación empresaria"

Solos y de noche, andando límites

Texto:


Necesito dormir mucho y bien

y no hablar así como toda la mierda

que se habla hoy por la tv,

que come mis ojos”

Hasta ahora no había podido escribir, sintiendo días atragantados por basura. Imploraba porque sople algo de silencio. Son esos pensamientos que se entretejen entre preguntas que necesitan dispararse por el pulsador de su angustia. Hay algo que ante tantos decires no deseamos aceptar.

Evitamos explicar nuestras más valoradas conmociones con el lenguaje de quienes nunca han hecho de su vida una experiencia dispuesta a conmoverse. Conmoverse es desconocerse hasta volver a reconocerse, en uno o en otros. Uno en otros tan distintos. Unidades complejas para aquellos que en tanto conservadores conciben unidades tan cerradas al vacío, e impuestas a etiquetazos.

Adidas digitales, pepsi inyectable y nike, que “es la cultura” en la que no queremos encajar. Esos, que lejos de transitarse incómodos por los desvelos de un mundo que es solo cuando se torna uniforme; para quienes sus nervios guardan información de otros que, invisibles, operan a la distancia: sus verbalizaciones son tan precarias y, sus comodidades, esas mentiras que como ofrendas buscan resolver senderos de extrañamiento; fantasías rematadas sobre un mundo que no sabe cómo vivirse si se le quita el anhelo de hacerlo todo consumible.

Eso de que “vivir solo cuesta vida”, lo atesoramos desde hace algunas décadas, lo hicimos bandera para preguntarnos por nosotros mismos, cuando nos extrañamos también en recorridos pacientes, ordenados, prefigurados. Allí, en ese tránsito sobre el cual nos preguntamos por nosotros y sobre la capacidad que conservamos para seguir conmoviéndonos y construir las que sean nuestras libertades; utopías que saben caminar límites, porque buscan aire menos contaminada en los bordes, esos bordes que construyen, con sus riesgos, otras comunidades.

Nos añoramos jóvenes aun cuando los años nos pasan, no nos queremos pacientes, como si nos siguiéramos rebelando a una sociedad que apuesta muy poco por juventudes creadoras. Y que arrastra las consecuencias de tan miserable apuesta.

Algunos nos preguntamos cada día, otros algo menos, otros ni escuchamos cuando nos hacemos preguntas, pero sin duda en nuestro andar está siempre la búsqueda de otra cosa. Hay un remanso allí, donde el capital libera la zona porque nos quiere solos, desafiantes, marginales. Peligrosos. Y marginal fue el lugar que le reservaron al rock, cuando este no ofreció garantías. Y entonces no hubo para el rock ni Estado, ni seguridad, ni salidas de emergencia.

Qué llevan nuestros nervios, sigue siendo la pregunta. Cuánta información de futuro, que cuando en las comodidades del capitalismo no logramos develar, buscamos cómo imprimirlas en otros océanos de libertad. Y copamos rutas, pueblos, campos. Juntamos voluntad de ser colectivos, de darnos normas que al menos duren unas horas, pero que sean nuestras. Vamos para ahí, estamos buscando –aun cuando no logremos escuchar el eco de nuestros deseos y la angustia no se cuele visible- queremos emocionarnos, llevamos esas banderas que –rojas y negras con las muertes y vidas que nacen de ellas- cargan rostros, memorias, utopías.

Solos y de noche quiso decir siempre muchas cosas. Se puede ir de a centenas de miles, y se puede estar solos y se puede sentir de noche. La soledad es la condición que impone un cuerpo social y no hace falta estar censalmente solo para sentirla. Puede ser un latir, un trago, un abrazo, una celebración. Hay fobias que se pagan con multitudes. Si sabrás Solari de ello.

Seguimos yendo tras noches de cristal, pero desconfiamos de ellas: descreímos siempre de esa noche y por eso nos gusta hacerla añicos. “Mamá y papa están juntos pero un día descubrimos que no son felices”, aquellas palabras que resonaron cuando reconocíamos un mundo de fragilidades.

Retumbó por ahí, estos días, entre tanto celo y revancha, un grito sobre los descuidos de Solari a sus seguidores. Como siempre, “los seguidores”, claro, en disponibilidad. Tus cuidados Solari, a tu público, a nosotros. Quienes, como yo, nos hemos sentido cuidados especialmente por tu ética, tu palabra. Abriste caminos de sensibilidades estimulantemente contradictorias, para que vayan latiendo pulsos o dormidos o condenados a no aprender a latir, como esos potros que mueren sin galopar.

Esos jóvenes que éramos, que somos, nos llenamos de tus entrecortadas reflexiones, que nos condenaban a buscar en tu enigma, para ir por respuestas allí, donde como pájaros embravecidos brotando de su nido, nos sobrevolaban tonos y más tonos que no cuajaban, melodías abortadas que nos pedían revelar cómo era pensarnos en una sociedad que no nos estimulaba a salir, como esos pájaros, sino a permanecer en nuestros sitios de jóvenes pacientes. Nos rebelamos entonces junto a tu tono que ya es nuestro, derivamos en un mismo turbio río.

El rock, mientras se cocinaba la juventud. Que descubrimos pronto que más que un género de excesos de ligeras etiquetas se trataba de una cultura contestaria y autogestiva, tan solo si nos mirábamos con el lente de la historia, sus rostros y memorias.

Nos sobrevuelan las muertes. Esa libertad que es fanática, oración, tormenta mental… Aun cuando sabemos, muchos, como yo, que la música de Solari es uno de los más grandiosos acontecimientos éticos, estéticos y populares. Nos sobrevuelan el costo de nuestros deseos en una sociedad costosa de sus libertades e independencias.

La unidad, siempre la unidad, que no reconoce aquellas búsquedas que no saben del todo definirse, quizás, porque en sus nervios, hay más futuro –carga de frustraciones, maniatados deseos para estos tiempos- y más memorias, que hace difícil apenas ponerle un nombre con rostro presente.

Mi generación aprendió con los redondos y con la pluma y presencia ausente de Solari, que preferíamos ser convocados bajo el estigma de ghetto, pero no a referenciarnos en epítetos de la comunicación empresaria.

No sabíamos del todo qué queríamos ser, pero no queríamos escucharnos hablar lo que hablaban ellos. Aun cuando dados redondos siempre intentarán torcer cualquier chance de ser, ya no habrá vuelta atrás: seguiremos yendo al Coliseo a prendernos fuego; inevitablemente (¡lo celebramos!) nuestra racha de novato nunca cambiará

indiosolosydenoche

Luis Wainer es Sociólogo, investigador del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini

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