Analfabetismo económico

"La clave social de este modelo es volver a formar un ejército de reserva que pueda reducir los salarios y disciplinar los sindicatos"

Economía basura en la TV

Texto:
Ilustración: Maite Larumbe


Más allá de las fantasías que propagan los economistas de traje y corbata en la TV, la realidad económica está en la calle, en nuestros bolsillos. En el esquema económico de Cambiemos, los beneficios son privados y los costos son sociales. Para sostener este modelo, el gobierno necesita un ejército de desocupados.


A un año de gobierno, las expectativas generadas por Cambiemos parecen en gran parte desinfladas por la realidad económica que estamos viviendo. Lejos de las promesas de mejorar los ingresos de la población sin devaluar ni sacar ninguna de las conquistas sociales, se ha puesto en marcha un modelo neoliberal bastante parecido en su genética a los de la dictadura militar y de los años 90. No obstante, muchos votantes de Cambiemos aún no aceptaron esa realidad, atrincherados delante de su televisor en el cual los economistas de traje y corbata se la pasan hablando de si el ajuste debe ser menor o mayor, de la herencia recibida, de la emisión que genera inflación, de los choriplaneros, de la corrupción que trae pobreza y de que se robaron un PBI.

Sin aporte de datos certeros, esta serie de conceptos totalmente alejados de cualquier fundamento académico forman en conjunto lo que podríamos llamar la “economía basura” cuyo origen debe buscarse en la misma dinámica de los plateau de televisión. El minuto a minuto, la necesidad de enfrentamientos golpe por golpe y la dinámica de show, con terrorismo económico y frases contundentes, generaron un paisaje en el cual la “economía mediática” se alejó de a poco de la realidad. Así, la audiencia adopta posiciones que muchas veces van en contra de sus propios intereses económicos.

La distancia entre la economía mediática y la economía material —la que objetivamente acontece— generó un nuevo tipo de enfermedad en la sociedad: el analfabetismo económico. En esta, el transeúnte de la avenida Corrientes nos puede afirmar que “de economía no tiene ni idea”, algo impensable en un sistema social donde resulta central el cálculo de costo y beneficios, de ingreso y de egreso, tanto para un emprendimiento como para la economía del hogar. Tal vez, esa persona se esté dando cuenta que la economía que aparece en la tele no tiene absolutamente nada que ver con la economía de la calle y no le encuentra ninguna explicación.

Una de las tareas de los economistas del campo popular es alfabetizar a la población para que entienda lo que efectivamente está pasando. Para eso hay que empezar entendiendo que la economía la vamos a encontrar en nuestro bolsillo, en nuestro negocio, en nuestra fábrica, y no en la televisión. Si a nuestro comercio le va peor que el año pasado, es que la economía está peor. Si no se llega a fin de mes, es que nuestro salario está peor. Los datos estadísticos están para corroborarlo: la caída del salario real, de la producción industrial, de las ventas, del turismo, del consumo, de las inversiones… Ningún sector económico se salva.

Y es que, a casi un año de la asunción del gobierno de Cambiemos, pareciera consolidarse un modelo financiero en el cual se encuentra en problemas todo el sistema productivo. Las críticas de la Federación Agraria e incluso de la Unión Industrial Argentina a la gestión del gobierno van cerrando un fuerte consenso alrededor de un hecho que planteó el propio Roberto Lavagna, pero sobre el cual veníamos insistiendo los economistas heterodoxos: el modelo de valorización financiera que se puso en marcha es insustentable.

Si bien los primeros pasos del gobierno, marcados por la devaluación y quita de retenciones, apuntaban hacia un modelo de tipo de cambio alto con las consignas de “competitividad” y “neo-desarrollismo”, los elevados niveles inflacionarios hacen que hoy el tipo de cambio real sea similar al del año pasado. Esta realidad —tan heterodoxa— según la cual la inflación depende más del tipo de cambio que del déficit fiscal, parece haber calado en un sector del gobierno que se encuentra a gusto con un tipo de cambio anclado que le permite mantener más controlada la inflación.

Esta política económica no es de extrañar, dado que los anteriores períodos neoliberales (1976 y 1989) tuvieron la misma secuencia: una primera etapa de tipo de cambio alto y apertura comercial (1976/78 y 1989/91) y luego un tipo de cambio bajo sostenido con deuda externa privada o pública. La actual deuda externa financia la fuga de capitales de las grandes empresas privadas y de la clase media (cuyo ritmo es de 5% de las reservas por mes) así como la remisión de utilidades de las empresas transacionales que se ve beneficiado por ese “peso argentino fuerte”. Se va configurando así un esquema en el cual los beneficios son privados y los costos son sociales, dado que la deuda externa la pagaremos entre todos mientras los beneficios de la fuga de capitales seguirán siendo de pocos.

La implementación del modelo financiero implica también un cambio en el comportamiento de las empresas, las cuales encuentran alternativas a la inversión productiva en las altas tasas de interés del mercado o directamente en la dolarización de su cartera. De esa financiarización de las empresas surgen fenómenos asociados, como los “argendólares” (créditos en dólares) que ya representan 10% de las reservas, y cuyo respaldo en los depósitos en dólares presenta todo un debate. Por otro lado, las altas tasas de interés permiten también un atractivo negocio para los capitales golondrinas internacionales, que les permite realizar una diferencia tomando prestado a tasa baja en Europa, Japón o Estados Unidos. En todos estos casos, el negocio implica que el tipo de cambio siga estable entre el momento de entrada y salida, y supone cada vez mayores incentivos para no devaluar.

El tipo de cambio bajo sumado a la apertura comercial fomentan la desindustrialización y el desempleo en las industrias que mayor empleo proveían y que se beneficiaban de mayo protección (textiles, metalmecánicas, por ejemplo). Para las PyMES, sin lugar a dudas, vuelve a regir un período de “acumulación en recesión” en la cual bajar costos y renunciar a su margen de ganancia son condiciones de supervivencia. En ese sentido, la reducción de personal, la evasión impositiva, el atraso en los pagos a proveedores, la mora en el pago de deuda y la extensión de horarios de trabajo sin compensación para sus trabajadores (o pagando en negro), e incluso quedarse con la parte previsional que le deberían derivar al ANSES, son parte de las herramientas de esta acumulación en recesión que, creemos, se implementará ante la vista gorda de un Estado que considera estas prácticas como una legítima búsqueda de “competitividad”.

Por otra parte, la reorientación de las PyMES hacia la importación de los productos que antes producían, con el objetivo de aprovechar sus redes comerciales, les permitiría recuperar ganancias (por los bajos costos que implica) pero también incrementaría el desempleo. En consecuencia, la clave social de este modelo es volver a formar un ejército de reserva que pueda reducir los salarios y disciplinar los sindicatos.

La victoria de Donald Trump en EE.UU. abre una nueva etapa para el gobierno, en la cual el cierre momentáneo del grifo del endeudamiento por parte de Wall Street puede desmoronar el esquema de tipo de cambio bajo y alta tasa de interés. Por lo pronto, pareciera que las expectativas de mejoras económicas, que la televisión venía indicando que se darían en el segundo semestre de este año, se postergan para el año que viene. Para algunos sería en marzo, para otros, en octubre. Seguramente la calle, las fábricas, los comercios y los bolsillos serán los mejores indicadores para saber si realmente esto será así.

consenso macrista4

 (*) Martín Burgos es el coordinador del Departamento de Economía Política del Centro Cultural de la Cooperación

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