Editorial #NoNosQuedaOtra 20 de diciembre

Algunos piensan que lo que pasó el 20 de diciembre de 2001 fue el comienzo de un proceso colectivo irreversible y otros más bien, defienden la postura de que fue simplemente el final de unas vacaciones imposibles.

Jaque Mate

Texto:
Ilustración: Maite Larumbe


A pedido de nuestros oyentes y lectores, compartimos con ustedes la editorial con la que abrimos el programa del día 20 de diciembre de 2016. Por irregularidades técnicas no tenemos el audio.


Horacio se jubiló a los 65 pirulos. ¡Bah! En realidad lo jubilaron. Le cayó como un masazo en la boca del estómago. Más de 15 años ocupando un lugar en el ministerio. Toda una vida para instalar un modo de ver la realidad. Porque, en definitiva, eso es lo que perdura. El resto se muere. ¡Si estuviera vivo el viejo Julio! ¿Qué hubiera dicho de estos doce años de apertura. Es que no cualquiera te endereza los muebles del bocho. El viejo Julio, lo decía. Mucho antes que Galeano, Discépolo, Jauretche o el mismo Fidel que lo dijo en las escalinatas de Derecho. Lo venía vaticinando desde antes del 59: Se trata de una batalla de ideas. Son las ideas las que mueven al mundo. Es que nos acostumbramos a tener los pies en la cabeza, los huevo´ en la garganta y el corazón en la boca. Algunos piensan que lo que pasó el 20 de diciembre de 2001 fue el comienzo de un proceso colectivo irreversible y otros más bien, defienden la postura de que fue simplemente el final de unas vacaciones imposibles. Pero a Horacio no le gustaba encontrarle una explicación lógica a todo. Sólo un mundo sin amor podría volverse totalmente previsible y controlable. No sabía bien por qué, pero había estado pensando en el viejo Julio toda la mañana. Tal vez ese fue uno de los motivos por los cuales terminó yendo para el lado del barrio. La ciudad era un caos. No tenía sentido correr atrás de un subte que nunca iba a arrancar. Era como quedarse quieto. ¿Sería eso? ¿Que la jubilación le había pegado por ese lado?
−¿Será que tengo miedo de morirme, de postrarme, de encerrarme en un departamento a decir que no se puede salir a la calle? −Se preguntó, Horacio.
Caminó casi cuarenta cuadras hasta llegar al barrio. Tenía ganas de volver a olerlo, fumarse un partido de ajedrez con la gente del buen ron y la buena mesa. Los viejos de la Sociedad de Fomento lo recibieron de lujo, le llenaron el vaso sin preguntas, como si no hubieran pasado los años. −Estás un poco hecho mierda, viejo, le dijo el cuñado de Guillote.
−Viejo puede ser, boludo no. −Replicó Horacio y sugirió a su contrincante que se fijara bien en dónde estaba la reina y que tuviera especial cuidado con ese caballo que estaba viejo pero comía como lima nueva.
−Igual estás viejo. −Insistió Cachito, al tiempo que quitó la ficha del tablero antes de que las manos del  “viejo” se le vinieran encima.
−¡Salud! −Gritó Horacio. −Que se vaya preparando el siguiente −agregó, mirando a los demás que no sacaban los ojos del tablero.
No pasaron más de 5 jugadas hasta que se le oyó decir “JAQUE MATE”. Frotó sus manos como para que hicieran ruido y le pidió al gordo Remolacha que preparara la otra botella. −Y apurá, que me vas a enfriar el asiento y tengo para rato −remató.
Hoy se jubiló Horacio y estuvo en la plaza, y tomó ron y le llenaron el vaso sin preguntas. Nadie le explicó porque todos los parques estaban encerrados entre rejas y horarios. No se habló de la grieta ni de los bolsos de López, ni de las 1567 propiedades de Lázaro Báez. No se habló de la yegua. Tampoco se habló del payaso asesino. No se habló de los 267 medios de Clarín, ni de la causa Papel Prensa ni de la libertad de Milagro Sala. Pero de algo sí se habló.
−Murió Fidel −dijo Cachito. −Me acordé de vos… −insistió.
A la mesa se sentó el gordo Remolacha que cargó la pipa y arrancó a fumar. Los primeros quince del partido se jugaron en silencio. Horacio no quería hablar del tema. Lo único que le faltaba era tener que explicarle a esa manada de gorilas que Fidel había sido un pedazo de la historia, que les gustara o no, había instalado una pregunta en el corazón de toda una generación. −¡Si señor! −se le escapó en voz alta. El alfil se asomó por atrás del caballo y le gritó jaque al rey. Sólo para ganar un segundo de fama porque estaba muy lejos y además, el oponente tenía todos los peones laburando el campo. Sin dejar de fumar, Remolacha pisó el palito y puso al peón del medio en diagonal al caballo. Horacio sonrió para adentro. Agarró el último hielo de la cubetera y lo hizo sonar en el vaso de vidrio. Luego sirvió ron, agitó, mezcló y bebió. −Nada es lo que parece gordo. Fidel era un tipo muy consultado en el mundo. Incluso por la gente de derecha. Hay que tener buenas ideas para cambiar el mundo y siempre estar muy atento a las puertas que te abre tu rival. Porque si vos te metés de cabeza ahí adentro nunca sabés si salís vivo. Al caballo, te lo regalo. Pero me quedo con la reina de la colonia. Así empiezan las verdaderas revoluciones, gordo. ¡Ah sí! El alfil también llevatelo −agregó, con ironía.
Remolacha se puso violeta. Contempló como la reina abandonaba el tablero. Se tragó la bronca. La puso adentro de la pipa y se la fumó. Luego le ordenó al peón que avanzara y con la derecha sacó al alfil de carrera. Alguien preguntó qué iban a hacer en las fiestas. Pero nadie respondió. Todas las miradas estaban puestas en el tablero. Habrán sido unas diez o doce jugadas y Horacio ya había ganado su segundo partido en menos de 37 minutos.
El sol comenzaba a caer detrás de las torres del Parque Centenario. A esta altura de la tarde, Horacio ya le había puesto nombre a su vaso. Decía que se lo había regalado una bruja que era una yegua. Y que cuando se lo cargaba con dos hielos y una medida de ron, se transformaba en una escoba. −Ustedes llenen el vaso que yo me encargo de limpiar a estos principiantes −dijo luego de vencer al último de sus rivales. Los faroles se encendieron cuando se acabó la segunda botella. Pero Horacio quería seguir jugando.
−Mejor, mañana la seguimos −propuso Guillote al tiempo que con una bolsa juntaba la mugre que habían hecho.
−Soy socio fundador de esta sociedad y tengo derecho a jugar una partida más. El estatuto lo dice clarito: “propender al fomento de actividades lúdicas al aire libre para personas mayores y/o con capacidades diferentes” Ahí tenés. Me lo acuerdo de memoria. Es el punto 3. −Aseguró Horacio y acomodó primero las blancas y luego las negras.
−Pero son más de las ocho −intervino Cachito.
−¿Y? −pregunto Horacio. A mí qué carajo me importa. ¿Hay alguna ley que diga que a las 8 de la noche no se puede jugar más al ajedrez? −Justo cuando Remolacha se estaba sentado frente al tablero, se escuchó un silbato  y luego a un muchacho que gritó “Está cerrando el parque”.
−¿Y este quién carajo se cree que es? −masculló Horacio al tiempo que clavó los ojos en las rejas. −Parece un neuropsiquiátrico este parque. Antes era el patio de todo el barrio. Ahora, es un lugar de paso. ¿Dónde viste que los bancos sean de cemento? ¿Y este pasto? Parece de plástico − dijo, al tiempo que arrancó uno.
−Último aviso, se cierra el parque −insistió el muchacho que ahora se acercaba hasta la mesa.
El viejo Horacio, se levantó y fue hasta su encuentro. −Qué tal señor…
−Ramírez. −se presentó el muchacho.
−¡Ah! Yo soy Horacio. También tengo apellido pero me gusta que me llamen por mi nombre −dijo sin sacarle la mirada de la jeta,
−Este parque permanecerá cerrado por su seguridad, señor. Le voy a tener que pedir que se retire. −Horacio pegó media vuelta y volvió a sentarse frente al tablero. Lo miró fijó a Remolacha y le dijo: −Mueven las blancas. −El gordo bajó la cabeza y movió el primer peón. Atrás Cachito le intentaba explicar la situación a Ramírez y Guillote le pedía a otros dos que por favor se quedaran a darle una mano.
Horacio, no lo suficientemente ebrio, se preguntaba ¿qué era la democracia?, ¿cuál era esa libertad de la que todos se pudrían los labios e entonándola?, ¿por qué enrejaron mi plaza, por qué la bañaron de cemento? Se preguntaba para adentro.
Hoy 20 de diciembre, lo jubilaron a Horacio. ¿Qué mierda le importaba lo que dijera Ramírez o si venía la policía a sacarlos. Él no iba a abandonar la cancha hasta que terminara el partido.
Después de todo lo que había vivido, no iba a pasar el resto de su vida tirado en una cama, atornillando los ojos al objeto cuadrado. Eso era para gente como Ramírez que se presentaba por el apellido porque le daba vergüenza pronunciar su nombre en voz alta. Horacio siempre iba a sentir orgullo por su nombre.
El partido transcurrió lento. Remolacha cargaba la pipa a cada rato. El reloj de arena era aprovechado hasta el último grano. La cosa estaba pareja, no se sacaban mayores ventajas. La policía no tardó mucho en llegar. Quedaban sólo 7 fichas cuando se hizo presente el subcomisario y le explicó a Horacio que iba a tener que llevarlo detenido.
−Ya termino. −Dijo Horacio sin sacar la mirada del tablero. Y antes de uno de los oficiales intentara agarrarlo de los brazos, tomó la botella de ron vacía y se la partió en la frente al subcomisario. −¡Hijo de mil puta! Le dijo ya tirado en el piso debajo de 3 oficiales. Pendejo de mierda, le gritó al subcomisario. Tenías 22 añitos cuando te la pasabas reprimiendo en el 2001. ¡Vos mataste al Rolo, hijo de puta! Tenía 19 años, la concha de tu madre. Lo mataste vos.
Cachito y Guillote le pedían por favor a los oficiales que se controlasen. Que ya era un hombre grande, que estaba muy borracho. Pero el subcomisario se acercó despacito hasta la cabeza de Horacio y se la pisó.
Hoy, 20 de diciembre lo jubilaron a Horacio. Un compañerazo. Un tipo que supo hablar el lenguaje del pueblo, que convirtió las asambleas populares en organizaciones revolucionarias y que, al menos, el pedacito de tierra que le tocó, lo defendió a muerte. Con el corazón en la boca, los pies en la cabeza y los huevo´ en la garganta.
Al día siguiente, el propio Gordo Remolacha fue a buscarlo a la comisaría. Horacio salió con una sonrisa de oreja a oreja. Y una vez que subieron al auto del gordo, lo miró fijo y le dijo: −Como le rompí la cara  eso hijo de puta. Ya me puedo jubilar tranquilo.

Bienvenidos a No Nos Queda Otra, un botellazo en la cara del neoliberalismo.

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