El editorial del nuevo número de Hamartia Papel.

A pocas semanas de cumplirse un año de gobierno de Mauricio Macri, los resultados en materia política, económica y social están a la vista. En definitiva, la única promesa que cumplió Macri fue la del cambio, un cambio que desarmó con precisión de cirujano el armado más interesante construido desde la vuelta a la democracia. En tan sólo 10 meses, se detuvo ese Estado motor del crecimiento con inclusión social.

Unidos o dominados

Texto:


La asunción de Macri no es el único aniversario. El 15 de noviembre se cumplirá un año del famoso debate presidencial que, con la distancia que da el tiempo transcurrido, se ve claramente cómo fue una monumental construcción de mentiras. Y no es que uno se sorprenda, ¡cómo si nunca nadie hubiera mentido para gobernar! Basta recordarlo a Menem diciendo que si hubiera dicho lo que iba a hacer no lo hubiera votado nadie. Todo esto sería anecdótico sino fuera por el fenomenal éxito alcanzado por Cambiemos en sus objetivos de gobierno. Gracias a sus principales socios, los medios hegemónicos, el gobierno viene hace rato instalando la idea de la pesada herencia. Es uno de sus más poderosos caballitos de batalla, aunque cada vez esté más cansado. En el podio también está la corrupción: los bolsos de López y la detención de Báez se han constituido mediáticamente en los símbolos del que sería “el gobierno más corrupto de la historia”. Por su lado la Justicia, que es la que debería aclarar estos hechos, mira para otro lado, se hace la distraída. Es evidente cómo manipula a su favor, no toma definiciones o ni siquiera avanza en las causas. Como era de esperar, la iniciativa la dio la ex Presidenta cuando pidió que se investigue íntegramente la obra pública y así que quede claro quién es quién.

En materia económica hay una verdadera lluvia de malas noticias, tal que la tan mentada “campaña del miedo” se quedó corta: caída imparable del consumo, destrucción del aparato industrial nacional a mano de las importaciones, caída del salario, devaluación del 50% y despidos masivos de trabajadores. Ya sabíamos que estas iban a ser las políticas de Macri en el gobierno. Lo más impactante es cómo Cambiemos pudo dividir el sistema de alianzas que tributó durante más de una década al campo nacional y popular. El espacio que hoy podría hacerle frente a tamaña embestida no está. Paralizaron a la CGT y dividieron la representación legislativa de los diputados y senadores del Frente para la Victoria, permitiendo un juego a dos bandas entre el Frente Renovador y el PJ de los gobernadores.

Así, el desmesurado avance del neoliberalismo se explica más por la desorganización propia que por la burrada ajena. Aunque no es intención de esta editorial hacer un análisis minucioso de cada uno de los actores que fueron parte del armado que permitió que Cristina sea presidenta con el 54% de los votos, sí podemos decir, y no es ninguna novedad, que ese armado está roto y a la espera de ser recompuesto. He aquí, una pregunta clave, ¿con quiénes se reconstituye esa mayoría que permitiría derrotar en las urnas al neo-neoliberalismo?

Se puede caer en el error, que muchos dirigentes cometen, de pensar que son ellos los propietarios de cada espacio y que su representación es automática y obediente. Que para ser más claros, si juntamos en una misma mesa a Massa, Urtubey, Randazzo el PJ y el Evita este problema estaría resuelto, por supuesto sin que esté Cristina. Este es el error de dirigentes que consideran que lo importante es sumar y sin evaluar para qué. Vale recordar que estos espacios fueron justamente parte de lo que permitió gobernar al kirchnerismo durante 12 años, y que hoy no serían suficientes para avanzar en lo que falta. Aunque eventualmente pudieran ganar una votación, de lo que se trata es de qué tipo de gobierno es el que hay que oponerle a Macri. No es lo mismo que la unidad se dé como el resultado forzado de roscas y demostraciones de poder, o que sea el emergente de la discusión de un programa político, catalizador de la diversidad de voces y miradas del campo popular y nacional.

Una vez más el kirchnerismo está cercado y una vez más le han declarado su fecha de defunción. Por supuesto, no es la primera vez que los amigos del establishment se quedarán con las ganas, pero esto no se trata de una apuesta para ver quién tiene razón. Los que intentan echarle tierra al kirchnerismo subestiman lo construido y pecan de analizar la política desde las alturas de sus torres de marfil. Abajo, la estamos pasando mal.

Cristina tiene esa posibilidad, la de denunciar, la de ser vista. Y no hace falta ser experto para darse cuenta que está haciendo gala de su peso político. En tan sólo un año del gobierno de Macri, quedó al descubierto cuáles eran las bases económicas en las que se asentaba el gobierno anterior. Tal vez no se comunicó bien al conjunto de la sociedad, pero había un plan y era el mercado interno, ese que vemos desmoronarse día a día en nuestros barrios, en las fábricas, en las calles. En cambio, Macri no construye el poder de la misma manera que lo hizo el kirchnerismo. Aunque siga avanzando en medidas antipopulares que debiliten a su propio gobierno, no necesariamente tendrá una derrota política. Su construcción de poder reside en dinámicas que son opuestas a las lógicas del pueblo. Nuestra fuerza es practicar la unidad, esa que se da entre diferentes y que es el único antídoto para desarrollar y potenciar una verdadera alternativa política lo suficientemente amplia para superar el nivel de mezquindad actual, que incluso pueda abrirle las puertas a espacios que aún están afuera.

Está en juego la historia de nuestros patriotas y el futuro de nuestros hijos. Una vez más intentan clausurar el proceso de emancipación inconcluso. ¿Unidos o dominados?

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