Desmanicomialización

La locura y la discapacidad mental, a lo largo de las épocas, han padecido distintos argumentos que legitiman su exclusión del conjunto social y su inclusión en un grupo o clase “especial”, separada del conjunto de los “comunes”.

Estigma y Comunidad

Texto:
Ilustración: Sol Re


ESTIGMA

La locura y la discapacidad mental, a lo largo de las épocas, han padecido distintos argumentos que legitiman su exclusión del conjunto social y su inclusión en un grupo o clase “especial”, separada del conjunto de los “comunes”. La marginalidad, la improductividad o la peligrosidad o hasta la simple diferencia, han sido la mayor de las veces los justificadores de esa segregación. La locura ha implicado un estigma, un emergente respecto de lo que se consideran valores positivos o de inclusión, respecto de lo en cada época se considera “normal” o “común”: lo que en otro tiempo fue la racionalidad, hoy es la capacidad de producir y de poseer bienes. En sentido amplio, el estigma implica cualquier rasgo subjetivo o físico que redunda en efectos negativos sobre la construcción y mantenimiento del lazo social. Ese rasgo resalta sobre otros, llegando en algunos casos a ser el atributo a partir del cual el sujeto es reconocido y nombrado, tomando la parte por el todo.

El estigma separa al sujeto del conjunto de los comunes y lo segrega al conjunto de los “especiales”, de los “diferentes”. Es el atributo que desclasifica -y descalifica- a un sujeto y al mismo tiempo arma una nueva categoría de inclusión que es de exclusión respecto de la comunidad o de los espacios públicos de poder, de circulación y de intercambio. Una enfermedad mental puede o no ser discapacitante en sí misma, pero sí el estigma asociado a ella. La estigmatización produce efectos discapacitantes al influir y limitar el grado de circulación de un individuo por los espacios socio-comunitarios, funcionando como -lo que suele llamarse en rehabilitación- “efecto barrera”. El desafío para los que trabajamos en los proyectos de externación de estos sujetos es desandar ese camino que segregó al sujeto, intentando que ese estigma se vuelva una marca más entre otras.

El estigma puede pensarse desde varios puntos de vista, es en sí mismo un punto de vista desde el cual se mira y se es mirado. Implica en sí mismo al otro y a la mirada, a la mirada de los otros. Es algo que se da a ver, y es esa mirada la que sanciona esa marca como estigma o como una marca más entre otras que pasa des-apercibida. Nos resuena, sencillamente, con una marca en el cuerpo, una marca identificatoria. Pero se trata de una marca con signo negativo que, sobretodo, tiene consecuencias a la hora de hacer lazo con los otros. Según Erving Goffman, implica “la situación del individuo inhabilitado para la plena aceptación social” (GOFFMAN 1963, 9). Desde otro punto de mira, la operación de la discriminación, de la expulsión de lo ajeno, diferente, extraño, es una operación inherente a la constitución subjetiva y de los agrupamientos, a los procesos organizadores de imaginarios de exclusión/inclusión. Es decir que no es posible reducir el estigma a cero, sobre todo en las sociedades que se basan en el individualismo por sobre la solidaridad y la cooperación. Esto no implica que no pueda hacerse nada contra el estigma, pero hay que tener en cuenta que hay un imposible, un resto que se resiste a ser reducido por cualquier propuesta. También desde este punto podría cuestionarse la posibilidad de “prevenir” la estigmatización. La estigmatización es, al mismo tiempo, un modo de ejercicio de poder por sus efectos en el sujeto estigmatizado: lo coloca en situación de disminuido, de víctima, segregándolo de los espacios públicos y por ende de poder, de decisión. Esta operación tiene amplias y profundas consecuencias para el sujeto, llegando a tener efectos discapacitantes sociales, entendiendo aquí la discapacidad social como la medida en que la estigmatización incapacita al sujeto para circular y producir en los ámbitos comun-itarios. La etimología de la palabra estigma designa un rasgo de una persona a quién debe evitarse, especialmente en lugares públicos (GOFFMAN 1963, 13). El padecimiento mental implica una discriminación que no está implicada en otras enfermedades médicas. Lo ha dicho Lacan: “¿Hay cosa alguna que distinga al alienado de los demás enfermos, como no sea el hecho de encerrarlo en un asilo, mientras que a éstos se los hospitaliza?” (LACAN 1946, 145)

Consideramos que hay tres aspectos que pueden incurrir en cuestiones estigmatizantes para el sujeto: la institucionalización monovalente, el diagnóstico y lo que llamo el “diagnóstico jurídico” (las figuras jurídicas de insanía e inhabilitación).  Comenzando por la institucionalización en instituciones especiales, monovalentes o psiquiátricas, agrega una carga extra al estigma con el que ya carga el sujeto. El estigma es también un estigma institucional, una marca de pertenencia que comparten los sujetos institucionalizados. La institución asilar, en este punto, no se diferencia de cualquier otra institución produciendo subjetividad. Si la estadía del interno es larga, refiere Goffman, se corre el riesgo de la ´desculturación´: un desentrenamiento que lo incapacita temporariamente para encarar aspectos de la vida diaria en el exterior. La institución en muchos casos reproduce el estigma, demostrándole al sujeto internado que ya nada puede hacer por sí mismo, y que tendrá que soportar que la institución, ya sea de asistencia sanitaria, social o judicial, haga por él/ella. Así es que a la hora de la rehabilitación muchas veces nos encontramos desandando lo que la institución misma generó: el quite de sus habilidades, su des-habilitación. En la mayoría de los casos, uno verifica que hay una relación directa, que a mayor tiempo de internación más dependencia del sujeto respecto de la institución, por ende más posibilidades de que la marca de una internación se vuelva estigma; una relación entre el grado de dependencia, inmadurez o vulnerabilidad psíquica de un sujeto y la posibilidad de defenderse de quedar atrapado en la maquinaria alienante de la institución. En algunos tristes casos encontramos que el manicomio ha sido la única institución que alojó al sujeto desde su infancia, ocupando el lugar de la familia, de la escuela, trabajo, etc… Los cambios posturales, los excesos de peso, el aislamiento, la pérdida de códigos sociales de convivencia, el deterioro de la imagen personal, son algunas de las marcas en el cuerpo que se visibilizan. A contrapelo de esto, es impactante asistir al proceso de cambio y revalorización de la imagen que se inicia en la integración comunitaria de estos sujetos.

 Otro gran capítulo de los procesos estigmatizantes le cabe al diagnóstico psiquiátrico y a las figuras jurídicas de insania e inhabilitación. En algunos casos, padecer de una descompensación psicótica es la diferencia entre disponer o no de bienes propios, entre poder celebrar actos de la vida civil y estar inhabilitado para hacerlo. Es lo que Goffman tan drásticamente conceptualiza como muerte civil[1] Un psiquiatra le decía a la madre de un paciente adulto: “como es un retrasado mental hay que tratarlo como un niño”. “¿En qué punto el diagnóstico opera en favor del estigma?: cuando frente a determinados problemas de salud mental deriva en una anulación de derechos” (BASZ 2012, 3)

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COMUNIDAD

El enfoque comunitario constituye una práctica “antiestigma”, ya que orienta a desandar el camino de segregación que condenó al sujeto con padecimiento mental a la exclusión del conjunto social. Una práctica “antiestigma” es toda acción tendiente a desandar el camino de la construcción social del estigma. Implica también, toda acción que se proponga volver a ese estigma una marca, un rasgo que no le impida circular y producir para formar parte de su comunidad. Haciendo un esfuerzo de teorización, estos abordajes podrían situarse en un continuum que va desde el abordaje “especial”, haciendo hincapié en el déficit o en el rasgo diferencial, sosteniendo que el sujeto tiene que estar entre especiales para evitar ser discriminado por los comunes; hasta los abordajes que se proponen como imperativo que el sujeto especial se adapte, se iguale  a la norma social. Hay aquí dos polos: la adaptación plena a lo “común” o a la norma y el aislamiento pleno en la excepción de la diferencia.

                Para que la inclusión social no sea ni reproductora ni alienante debe ser producto de un doble movimiento: desde el sujeto para ceder algo de lo que lo enajena, de la diferencia que lo separa de lo “común” y desde la comunidad, para tolerar al diferente, tolerar lo que pone en cuestión su statu quo. La integración del sujeto supone un movimiento transformador tanto en el sujeto como en la comunidad para saber hacer con la diferencia.

Si un sujeto sólo circula por instituciones “especiales” donde esa discapacidad o padecimiento es la marca identificatoria, en las que “el carné y cuota de ingreso es la discapacidad” (SILBERKASTEN 2006, 42-46), encontramos el germen de la producción de estigma.  Estas acciones que se pretenden integradoras no perderían su sentido inclusivo si fueran pensadas como paso inicial, como generador de entrenamiento social, pero ningún programa de rehabilitación puede ser inclusivo sino posee como norte la integración de los sujetos en los ámbitos comunitarios compartidos por cualquier ciudadano. Se propone como práctica “antiestigma” la construcción de espacios comunes de participación, no especializados, abiertos a cualquier ciudadano de la comunidad. “Para ser protagonistas de las decisiones propias es esencial trabajar y ganar dinero, intercambiar y consumir; es decir, transitar por escenarios de vida reales” (SARACENO, 2003)

Según Franco Basaglia, quién lideró la reforma manicomial de la italiana Trieste, el objetivo de trabajo con la comunidad no es lograr mayor tolerancia hacia la locura, sino una toma de responsabilidad social, un hacerse cargo de los problemas que le pertenecen (BASAGLIA, 2008, 33) El regreso de la persona con discapacidad o locura a su comunidad puede convertirse en una oportunidad para tomar conciencia de la propia opresión de la que una comunidad puede ser capaz, pudiendo llegar a entender que “el otro, el enfermo, es uno de nosotros.” (BASAGLIA, 2008, 46)

Otro abordaje que ha conllevado riesgos de estigmatización se enmarca en lo que Silberkasten ha denominado “Ideología de la caridad” (SILBERKASTEN 2006, 36): la que dice que el discapacitado solo tiene derechos, por lo que puede demandar y exigir excepciones sin estar obligado a dar nada a cambio ni realizar ninguna contraprestación. “A veces, lo protegido o lo terapéutico corre el riesgo de no permitirle al sujeto correr ningún riesgo, de cuidarlo, tutelarlo demasiado. “El mundo real no siempre es seguro y predecible. […] encontramos formas ingeniosas de evitar el riesgo de las personas con discapacidad. Ahora, tenemos que trabajar igual de duro para que estas personas ejerzan sus derechos de apropiarse del riesgo. Puede haber un desarrollo saludable en la toma de riesgo y puede ser paralizante la seguridad de la indignidad” (BASZ 2012)[2] Se trata de empoderar al sujeto, de movilizar las capacidades del sujeto para que salga de su situación de exclusión.

Pareciera que los únicos responsables de la estigmatización se encuentran en la familia, en la comunidad. Pero es nuestro deber ético preguntarnos si desde nuestra posición de trabajadores no ejercemos también algún tipo de estigmatización. Esta es la estigmatización con efectos más devastadores para el sujeto, lo que se verifica en algunos dichos de trabajadores: ¿Dónde va a estar mejor que acá?, ¿Cómo se las van a arreglar solos? Al fin de cuentas, somos parte de esa misma comunidad que estigmatiza y discrimina. Pero en nuestro caso es más grave, porque como agentes de salud la estigmatización debería encontrarse fuera de nuestras prácticas. Aquí no puedo más que recordar la advertencia de uno de los pensadores que más me ha marcado: “cualquier represión no solucionada en el médico corresponde… a un `punto ciego´ en su percepción analítica” (FREUD 1912, 115) (El subrayado es mio). El estigma es, evidentemente, un punto ciego en nuestra mirada.

Lic. Emilse Perez Arias

[1]    La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de 2006, prevee el recurso a la figura de apoyos para que las personas con discapacidad no pierdan el ejercicio de algunos derechos afectados por el padecimiento mental.

      http://www.un.org/esa/socdev/enable/documents/tccconvs.pdf

[2]    Esta cita pertenece en verdad a Robert Perske, quien Basz traduce en su texto. El texto de Perske “The dignity of risk” debería ser de lectura obligatoria para cualquiera que trabaje en la rehabilitación de personas con discapacidad o padecimiento mental. http://www.robertperske.com/Articles.html

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