Suicidios en La Plata

Entre agosto de 2015 y junio de 2016 en Villa Elvira cuatro amigos decidieron terminar con su vida. Todos de la misma forma.

Los demonios de los pibes y los exorcismos de Aguer

Texto:
Fotografia: Ayelén Vázquez


En Villa Elvira, periferia de La Plata, cuatro amigos se suicidaron en menos de un año. Pobreza, drogas, familias que no pueden hablar y un exorcismo en una esquina.

Es domingo. La lluvia cae leve sobre las tejas de la capilla. No hace frío pero cada tanto se levanta un viento de esos que destempla. En el Oratorio Don Bosco decenas de vecinos están sentados en los bancos de madera. Los nenes más chiquitos corren por los pasillos. Se sienten como en su casa. Las monjitas los reciben todos los días con algo caliente mientras les enseñan catequesis y apoyo escolar. Pero hoy la concurrencia es mayor. No es un domingo cualquiera. Monseñor Héctor Aguer llega al barrio de Villa Elvira, en las afueras de La Plata, donde en menos de un año se suicidaron cuatro amigos. Pálido y arrugado, con modales parsimoniosos y la autoridad en la mirada, Aguer se acercó desde el centro de la ciudad a limpiar el lugar.
Después del sermón, todos entonan un salmo y hacen una pequeña peregrinación hasta la esquina. Cuando llegan al mural se paran ordenados en un semicírculo. En el centro, de alba verde y mitra, empieza a rezar la oración del Papa León XIII a San Miguel Arcángel. “Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio; que Dios humille su soberbia. Y tú, Príncipe de la Milicia Celeste, arroja al infierno a Satanás y demás espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas. Amén”. Mientras recita alza una cruz y la mueve por el aire. Está haciendo un exorcismo. Aguer, máxima autoridad de la iglesia en estos lares, es el único que puede hacer este tipo de rituales.

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El primero fue Gustavo, el 30 de agosto de 2015. Después Cristian, Leandro y el último Owen, en junio de este año. Todos se ahorcaron. Todos se conocían desde chicos. Todos consumían drogas. Todos eran pobres. Hasta hoy, esos son los únicos datos que coinciden. Después todo se vuelve borroso. Algunos dicen que son más. O que hicieron un pacto con San La Muerte. Nadie sabe por qué en Villa Elvira los pibes se están yendo antes de tiempo.
En la esquina de 13 y 89 un mural se levanta colorido hacia el cielo. En la pared de la casa de Bárbara se lee “Gusty, por siempre presente”. Al lado un gran escudo de River. Unos meses después de la muerte de Gustavo entre los amigos armaron ese mural. También armaron un altar de cemento donde hasta principio de este año ponían fotos de los chicos. Les dejaban cerveza y otros objetos. Algunos se juntaban ahí, nadie sabe muy bien a qué, pero lo cierto es que a medida que pasaron los meses y las muertes, la esquina se convirtió en algo más que un símbolo recordatorio. Algo muy malo estaba pasando en el barrio, y en ese lugar los pibes se seguían juntando, y después se seguían muriendo.

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Bárbara todavía está enojada y angustiada. Vive en la esquina de 13 y 89. Tiene un almacén con la familia y lo atiende ella. Es joven. Cuando escucha la pregunta, frunce el ceño y el arito que tiene arriba de la ceja se mueve un poco.
–¿Otra vez con ese tema? ¿Por qué no vinieron a ver qué pasaba antes que se mataran?
–¿Qué pasaba antes?
–Lo único que te voy a decir es que eran chicos que siempre estuvieron muy solos. Pero no en el sentido de la familia, porque Gustavo tenía a su mamá. Pero no sé, algo le pasaba y no lo pudo decir.
Consumir, sí. Consumían todos. Pero ninguno robaba. A Bárbara le molesta que otra periodista llegue al barrio por donde nunca caminó a remover cosas del pasado. Bárbara se enteró porque vive a media cuadra de donde vivía Gustavo con su mamá y escuchó los gritos. Se conocían desde chicos. Tenían pensado irse a vivir juntos, comprar una casa y formar una familia. Gustavo estaba en su mejor momento, dice. Igual que Cristian y Leandro, habían empezado cada uno una relación con amigas en común, también del barrio. No sabe qué pudo haber pasado. Lo único que dejó Gustavo es una nota que decía “Barbi te amo”.

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En 2014 Villa Elvira tenía ochenta mil habitantes. Según la delegación municipal, a principios de 2016 ya tenía más de ciento veinte mil. Cerca del centro de la ciudad y entre dos de los hospitales públicos más grandes de la zona, ya es igual de grande que Los Hornos.
Florencia Morell trabaja en el Centro Provincial de Atención (CPA) de Villa Elvira desde el 2014, pero es promotora de salud desde hace más de un década. “Nosotros atendemos casos de consumo problemático todo el tiempo, pero no damos abasto. Creció el consumo y bajó la edad de inicio”. La falta de personal y de recursos para atender las demandas del centro comunal que más creció en la última década son palpables. Para los 18 CPAs que hay en el partido de La Plata hay un único psiquiatra. Ninguno especializado en adolescentes y jóvenes. El CPA donde trabaja Florencia queda a casi 30 cuadras de las cuadras donde vivían los cuatro amigos. Florencia participa además del Foro de Niñez y de la la mesa barrial de Villa Elvira porque entiende que ante la falta de personal y de dinero lo mejor que se puede hacer es articular con otras organizaciones de la comunidad. También entendió hace rato que decirle a los chicos que las drogas hacen mal y nada más, no sirve de mucho, porque el consumo problemático es un síntoma de otras cosas. “Los chicos ya saben que las drogas son malas. Si como especialista te alejás de la cuestión de la sustancia y sus efectos te encerrás y dejás de ver las otras fases de la vida de una persona. El consumo expresa otras cosas”. Mientras habla pienso en Bárbara. ¿Qué quería decir Gustavo? ¿Y los demás?

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Alicia tiene una parálisis facial, es bajita y rubia. Sara es caderona y morocha. Son amigas desde hace mucho tiempo y están hablando en la esquina de 13 y 90. Alicia vive pegada a la casa de Gustavo y cocina el guiso que se sirve en Oratorio, la institución fuerte del barrio, la única. Sus hijos crecieron con Gustavo y los demás chicos. Y por eso tiene miedo: “A veces creo que voy a llegar y lo voy a encontrar colgado”. Dice que todos los días piensa en eso y que por eso tiene esa parálisis en la cara. Mientras habla juega con un palo de madera del tamaño de su antebrazo, se lo pasa por la cara, se lo refriega en la frente, se lo mete debajo de la manga. Parece una nena.
–Las familias de los chicos no te van a hablar. Pensá que para ellos volver a contar todo es volver a sentir ese dolor por un rato.
No se equivocó Alicia.
Cuando habla del barrio identifica las mismas problemáticas que el resto de los vecinos: la pobreza, la falta de proyecto y la incertidumbre terminan siempre llevando a los pibes al mismo lugar. “Se deprimen, están como ausentes y no quieren hacer nada. Uno quiere hablarles pero no sabe cómo, y un día pasan las cosas que pasan”. Alicia habla y Sara le pasa el brazo fornido por el hombro.
Alicia cuenta que está haciendo un curso de durlock, pero que tiene que ir lejos para cursarlo. “Si hubiera algo así para los chicos en el barrio quizás no estarían todo el día en la esquina tomando porquerías”. Mientras hablamos pasan dos pibes. Uno saluda rápido y apura el paso. Según Alicia los dos intentaron suicidarse. Según ella son 13 los que intentaron y 7 los que lo lograron. El dato coincide con el que da la comisaría octava: desde agosto del año pasado a julio de este año registró diez “averiguaciones de causales de muerte” de jóvenes de entre 15 y 24 años. Por lo menos, uno por mes. Es la carátula que tienen las causas cuando alguien muere por un suicidio, haya muerto en el momento o en el hospital.
Gustavo murió en el hospital. El día que se ahorcó, Alicia estaba tomando mate con una amiga que la había venido a visitar. Era domingo a la mañana. Escuchó los gritos y preguntó qué pasaba, también a los gritos. La mamá de Gustavo no respondía y cada vez se escuchaban más gritos. Salió corriendo y cuando entró a la casa lo vio colgado. Alicia ayudó a bajarlo. Se había colgado con un cable de teléfono. Quiso sacárselo pero no pudo. Llamaron a la policía y a la ambulancia. Ninguna de las dos llegó. Lo llevaron al hospital policlínico en el auto de un vecino. Cuando se ahorcó Leandro, que vivía en la misma manzana, la secuencia fue igual: los gritos, la imagen espantosa y fantasmal. Pero esa vez Alicia se tuvo que plantar en el medio de la calle a parar a los autos, porque ninguno quería llevar al pibe.

Ni Gustavo, ni Leandro, Owen o Cristian pudieron decidir. Lo que hicieron no tiene una sola explicación. Ensayar una sería reducir, ocultar. Pero hay ciertas variables que se repiten. Los adolescentes son la población más vulnerable a la hora de analizar la tasa de muerte por suicidios. Los últimos datos del Ministerio de Salud de La Nación en Argentina, el número de suicidios supera al número de homicidios y la franja de edad más afectada es la de adolescentes y jóvenes entre 15 y 24 años. De las casi siete mil muertes de adolescentes, cerca de mil son por suicidio.
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El de Aguer es el segundo exorcismo del año. En junio las hermanas del oratorio recibieron la visita de algunos chicos. Algunos habían crecido con los que se fueron antes de tiempo, mucho antes. Todos las conocían desde siempre, ellos también habían tomado mate cocido caliente y correteado por la capilla. Fueron a pedirles ayuda. Los escucharon serenas y después ágiles se pusieron en acción. Había que consagrar el barrio a Jesús. De esa forma, los malos espíritus se espantarían. Una mañana de julio un padre vino para invocar a Dios y pedirle que frenara las muertes. Fue el Obispo auxiliar de La Plata, Alberto Bochatey. “Los niños del apoyo escolar rezaban y cantaban al Sagrado Corazón”, dice Harissa, una de las hermanas. Entre todos, fueron sacando las botellas y los frascos que había en el altar de cemento. “Fue impresionante; todo el barrio se silenció y muchos miraban desde sus casas. Ese lugar se había trasformado en lugar de maldición y por eso nadie se acercaba”.
Desde hace unos meses en Villa Elvira frenaron los suicidios. Algunos dicen que fueron los exorcismos y el altar desmantelado. Los más escépticos piensan que en este barrio de casas bajas y arboles altos que miran al cielo el problema no se arregla con salmos. Todos están de acuerdo en que no quieren pintar más murales como el de la esquina.

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