Editorial N° 23

Una táctica de ocultamiento y distracción es el “estado general de indagatoria de todos los argentinos”,

Guerra no convencional

Texto:
Ilustración: Matías Chenzo


  

 

Dos teatros de operaciones se expresan en un mismo conflicto: el real, donde se desarrolla el combate en términos políticos, económicos o militares; y el paralelo, donde los medios de comunicación actúan reproduciendo un reflejo condicionado para asegurar el resultado del combate real. Así lo señaló el periodista venezolano Walter Martínez (conocido por su programa Dossier en teleSUR), en una clase magistral con motivo de la entrega del Premio Nacional de Periodismo de su país: “La guerra no convencional es la estrategia del imperio para desestabilizar los gobiernos populares en el mundo y en especial en nuestro continente. Sus objetivos están destinados a explotar las vulnerabilidades psicológicas, económicas, militares y políticas de un país adversario para desarrollar las fuerzas de la resistencia y cumplir los objetivos estratégicos de los EE.UU.”.

Dos ejemplos de guerra no convencional son más que suficientes. Fue en la tierra de Muamar Gadafi donde, para justificar la invasión, se le hizo creer al mundo que la capital Trípodi había sido tomada por los rebeldes, cuando en realidad se trataba de una puesta en escena en la ciudad de Qatar. Once países reconocieron al gobierno de transición libio como si fuera legítimo. Ya en nuestro continente, en el documental “La revolución no será transmitida” se puede ver cómo los medios operaron abiertamente para consumar el golpe militar (finalmente fallido) en la Venezuela de Chávez.

La guerra no convencional no es un invento nuevo. La Circular de Entrenamiento 18-01, uno de los principales documentos doctrinales del Ejército de EE.UU., cita una frase de 1961 de John F. Kennedy: “Hay otro tipo de guerra, nueva en su intensidad pero antigua en su origen. Una guerra de guerrillas, subversiva, de insurgentes, de asesinatos; una guerra de emboscadas en vez de combates; de infiltración en vez de agresión; que busca la victoria mediante la degradación y el agotamiento del enemigo en vez de enfrentarlo”.

¿Cómo se expresa esta estrategia del imperio en Argentina? La presidencia de Mauricio Macri hizo evidente el mecanismo de la doctrina del shock, desarrollado en el libro de Naomi Klein: ellos mismos producen la crisis para desestabilizar, y luego la profundizan para gobernar. No es descabellado pensar que este juego combinado de crisis económica y crisis política generada por ellos mismos, apelando en muchas ocasiones a una supuesta torpeza hasta casi pueril, es la estrategia para alejar definitivamente la posibilidad de dar un debate público de contraste de proyectos políticos. Más bien esto se parece a la construcción premeditada de un verdadero sin sentido, un mar revuelto que asegure la ganancia de los pescadores de siempre.

El ajuste y la depredación de derechos se convalidan a través de una fenomenal estrategia comunicacional. “Nos recomiendan que bajemos el consumo del aceite, de la manteca, que no prendas la estufa, que no prendas el aire acondicionado, que no andemos en patas (…). Lo único que no te recomiendan es que apagues el televisor”. De esta manera Cristina Fernández hacía alusión a una de las armas que tiene el poder hegemónico para construir consensos y llevar adelante sus políticas. La llamada “pesada herencia” es la demostración fáctica de la capacidad de los grupos hegemónicos de instalar la sensación de una gran crisis. Una vez en el gobierno, la crisis a la que nos llevan contrasta con el país que encontraron al asumir: achican el mercado interno, enfrían la economía, generan un alto nivel de desempleo y negocian salarios a la baja, nos endeudan por más de 16 mil millones de dólares (sin contabilizar el pago a los fondos buitres).

Una táctica de ocultamiento y distracción es el “estado general de indagatoria de todos los argentinos”, como señaló recientemente Horacio González: “Y si me permiten exagerar, estamos bajo libertad provisional”. Los mega-operativos son televisados y los jueces y fiscales se transforman en estrellas de los noticieros y redes sociales. No importa el porqué de cada causa, si hay indicios o evidencias suficientes, lo que importa es destruir una voluntad que no se reduce al kirchnerismo. Las mejores tradiciones están siendo silenciadas en nombre de la “verdad y la transparencia”. Aunque estamos muy lejos de defender situaciones que involucren a altos funcionarios con episodios de corrupción, que debilitan y destruyen ideas genuinas sostenidas por miles de argentinos bien intencionados, tenemos en claro que no seremos cómplices de instalar que el kirchnerismo es en realidad una asociación ilícita para robar. Nada bueno puede surgir de la negación política de un oponente.

No nos sorprendamos si los funcionarios del actual gobierno nos parecen torpes, inconexos y hasta brutos. Vienen a cumplir un rol histórico. En el barrio se dice: “Vienen a pudrirla”. El deseo de los factores de poder es lacerar los cimientos populares y disciplinar a la sociedad. Piensen en el tiempo transcurrido entre el 55 y el 76, los distintos acontecimientos que fueron dando el plafón para llegar a la dictadura sangrienta de Videla y el establishment argentino. En estos momentos de crisis, los comunicadores populares somos interpelados por el deber de informar con responsabilidad, de tomar la palabra, esa palabra que nutra y complemente un proceso de construcción de una nueva mayoría. La defensa de intereses populares y los procesos de emancipación de las naciones soberanas del continente serán atacadas una y otra vez por las armas silenciosas de la ignominia. Y, como decía Carlos Marx, a la ignominia hay que sumarle la conciencia de ignominia.

  • Facebook
  • Google Plus