Editorial N°22

Al juego de formas deviene inexorablemente el de los contenidos, ni siquiera el Pro puede escaparse de esa encrucijada.

Feliz editorial

Texto:
Ilustración: Maite Larumbe


 

 

Quién puede resistirse a los encantos de un cumpleaños. Y si ese cumpleaños ofrece felicidad garantizada, menos aún. La sensación de ser parte de un festejo donde no existe el conflicto y donde las posibilidades de estar mejor son una cuestión de voluntad es la estrategia que esconde Durán Barba detrás de cada una de sus iniciativas comunicacionales.

Banderines de colores, globos y mucha alegría son los instrumentos que permiten capturar nuestras cabezas. Los consumidores-televidentes esperanzados por un cambio fueron colonizados por las publicidades de esta novedosa fuerza política que, de manera siniestra, esconde en su vientre la miseria y la podredumbre con una cálida sonrisa digna de un empleado de McDonald’s.

Al juego de formas deviene inexorablemente el de los contenidos, ni siquiera el Pro puede escaparse de esa encrucijada. En el programa de Mirtha Legrand, Durán Barba insistió sin sonrojarse en que las formas son lo que prepondera: el veto a la ley antidespidos, contrariamente a lo que pueda suponer la mayoría, fortalecería a Macri. Explicó: la comunicación, esencialmente, son actos. Y el razonamiento aunque parezca ridículo es muy contundente. Durán Barba pregunta y se responde solo: ¿La gente cree en las leyes? No, no cree. ¿La gente cree en el Congreso? No, no cree. ¿Cree que las leyes generan empleo? No, no cree. ¿Cree que los políticos son unos tramposos y viven para hacer estas cosas para engatusar a la gente? Sí, eso cree.

Aunque el mensaje sea la felicidad y el decorado de fondo sea el de una fiesta de cumpleaños, los indicadores económicos y las expectativas sociales dieron un vuelco desproporcionado en tiempo récord. Los aumentos en los precios de los alimentos y las subas de las tarifas de servicios no sólo ahogaron a los más desprotegidos como era de esperar, sino que atacaron al corazón del modelo económico vigente hasta la llegada de Mauricio: el desarrollo del mercado interno. El mercado interno es el único capaz de absorber la producción nacional y, por ende, sostener el trabajo nacional. Dos cuestiones señalan que el mejor escenario sería sostener una política de desarrollo sin que pierdan los de abajo. En primer lugar, el mundo en crisis está predispuesto a vender sus sobrantes más que a comprar productos de economías en vías de desarrollo. En segundo lugar, nuestro principal socio-comprador es Brasil y se ha desplomado. El mejor escenario no se dio, más bien todo lo contrario.

Uno de los logros que permitía al Frente Para la Victoria (FPV) ser un espacio fortalecido era que la oposición estuviera fragmentada. Así fue como ni siquiera en el 2009, cuando tuvieron mayoría en la Cámara de Diputados, pudieron imponerse legislativamente. El mal que padeció por mucho tiempo la oposición se trasladó automáticamente a la nueva oposición. Sin un liderazgo claro resulta difícil poder rearmar el espacio que articule la resistencia a la ofensiva neoliberal y su posterior derrota en las urnas del 2017. No alcanza con que Cristina aparezca, convoque a un Frente Ciudadano y vuelva al silencio hasta una nueva oportunidad. Necesitamos que se fije un rumbo programático y participativo para que cada una de las organizaciones sociales, políticas y culturales puedan libremente, desde adentro o desde afuera del FPV, en tal o cual espacio, contribuir a lo que podría ser un gran frente que nos contenga a todos y todas. Ojalá sea el Frente Ciudadano una iniciativa que vaya en este sentido y no corra la misma suerte que Unidos y Organizados, que terminó en el olvido y casi sin uso.

Numerosas movilizaciones enmarcaron los últimos meses de gigantescas concentraciones, pero pasadas las semanas ninguna de ellas logra constituirse en un hecho catalizador que ponga un freno a Cambiemos y proponga un rumbo. La famosa mayoría en Diputados y Senadores se deshilachó antes de empezar. El espacio que había llevado a Scioli al ballotage se dividió en dos haciendo aún más fragmentado al peronismo. En consecuencia, el kirchnerismo perdió su hegemonía dentro de ese espacio. Es tiempo de trabajar sobre la autocrítica de lo que se puedo haber hecho y no se hizo, o simplemente lo que se hizo mal. No para autoflagelarse y perder la cabeza a manos de la culpa, sino para fortalecer nuestras ideas y posiciones y salir a la cancha a dar vuelta los resultados que hoy nos ubican muy lejos del poder.

Trabajan para hacernos caer las esperanzas. Para eso teatralizan hasta lo inimaginable los entramados del gobierno de Cristina y nos hacen consumir a través de una verdadera cadena nacional que todo está podrido (hasta el niñito Zamba) y que debemos tirar a la basura la construcción política hecha durante esta última década. El kirchnerismo es el mejor de los pisos para ir por la sociedad que soñamos, a diferencia de los grandes medios que lo quieren hacer ver como un techo, un estorbo, como un tumor del que es necesario extirpar para lo que tiene que venir. No podemos perder el rumbo de adonde queremos ir. La patria está en riesgo.

Una vez más intentan ponernos fecha de vencimiento, precio para el desguace. Y una vez más salimos a la calle a enfrentar a nuestro enemigo histórico: la derecha liberal, que aunque cambie en cada época de formas sigue siendo la misma de siempre. Hoy adopta nuevas caras, pero encierra las mismas recetas. Ahora la pelota está de nuestro lado. Sólo la unidad y trabajo sostenido pueden darle un golpe duro al neoliberalismo. Ya lo hemos hecho. Pero para eso es necesario que no perdamos la alegría, que no nos la roben. Porque un pueblo que sonríe, muestra su dentadura.

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