"Mi hijo sólo camina un poco más lento" de Ivor Martinić

Cacache no escenifica una representación para ser vista, sino que compone un espacio dramático, una dinámica colectiva, al que la audiencia accede. El acuerdo mencionado al inicio se pone en juego: todos padecemos el mismo instante.

Habitar el mismo espacio

Texto:


Mi hijo sólo camina un poco más lento, foto de Nora Lezano2
Mi hijo sólo camina un poco más lento, foto de Nora Lezano3


“Mi hijo sólo camina un poco más lento” de Ivor Martinić

Esta obra del dramaturgo Croata Ivor Martinić nos muestra el día en que Branko, un chico con una enfermedad que nunca se nombra y que lo ha dejado en silla de ruedas, cumple veinticinco años y cómo la familia se prepara (o no) para celebrar la ocasión. Un día basta para que eclosione todo el pasado de los personajes, mostrándolos con aguda profundidad.

Al entrar a la sala vemos que los actores ocupan relajadamente un espacio escénico despojado de objetos (a excepción de algunas sillas). Hay una peculiar ambigüedad: por un lado el público es convidado distendidamente a tomar mate, por otro, los actores (¿personajes?) nunca están quietos, algo pasa entre ellos. De esta manera (mate mediante) somos invitados a formar parte activa de esta interacción, se establece un intercambio que es casi un acuerdo: la relación convencional público-actor se difumina. Nos convertimos en huéspedes.

Guillermo Cacache propone una relación entre los actores, la ficción y el espacio que logra ir construyendo una serie de focos de acción simultáneos. Como en una de esas casas de familia donde todo se escucha, la intimidad queda suspendida, los personajes nunca están ausentes a lo que ocurre y lo que ocurre siempre tiene un afuera presente. Los cuerpos que ocupamos el espacio en ese instante somos los que formamos parte del acontecimiento dramático. Por momentos las acciones de la escena son direccionadas hacia el público, más allá de que nunca se le hable directamente. Esto produce una disolución inusual de la línea actor-personaje, generando una zona liminal que es habitada por todos los presentes. Cacache no escenifica una representación para ser vista, sino que compone un espacio dramático, una dinámica colectiva, al que la audiencia accede. El acuerdo mencionado al inicio se pone en juego: todos padecemos el mismo instante.

Las características de la sala (ventana, gradería, escalera de salida) por momentos irrumpen en la ficción, generando un extrañamiento que privilegia la presencia escénica sobre la representación. El inusual horario de la obra (Domingos y Sábados, 11:30 y 14:00 hs) viene del horario original de los ensayos; la incorporación de la luz del día aporta un rasgo inesperado y poco frecuente a la composición visual del montaje. De esta manera las condiciones de producción se van convirtiendo en una especie de ADN del montaje. Lo insólito de esta obra no es ser un “fenómeno que salió del off”, sino estar constituida y potenciada por algunas características propias a este ámbito del teatro porteño. Así, su mérito no es haber salido del “off”, sino habitarlo con arraigo y voluntad. Encontrar una obra como esta en calle Corrientes resultaría imposible, las condiciones de producción allí son otras y se abordan desde otro lugar. La Sala Apacheta y el montaje se complementan de forma simbiótica.

El elenco da cuerpo a esa simbiosis con abnegación y pericia, entendiendo con precisión cada desdoblamiento de su doble rol actor-personaje. Las didascalias se vuelven personaje y establecen una pulsión de fuerzas con los acontecimientos del drama, generando un doble nivel de sentido que complejiza y enriquece la escena. Las convenciones usuales de la puesta en escena se fracturan todo el tiempo en función de la energía colectiva que los actores aportan.

Sin que nunca sea interpelado, el público es otro elemento más del entretejido de relaciones que se ponen en juego. Hay un movimiento permanente, algo que avanza y se va volviendo presente en la sala, como una enfermedad innombrable que nos va tomando el cuerpo y que entendemos de a poco. Además de conmover, Mi hijo sólo camina un poco más lento consigue afectar a quienes aceptan formar parte de su marcha.

Al final todo queda en silencio. El aplauso se suspende como por un acuerdo tácito y todos permanecemos enmudecidos; el dispositivo escénico logra su cometido y el público se olvida de aplaudir. Ninguno parece pedirle nada al otro, sólo estamos ahí reunidos, habitando el mismo espacio. Vulnerados por lo ocurrido. El aplauso al final llega más como un agradecimiento que como una convención irreflexiva. Salimos caminando despacio, un poco más lento que cuando entramos, y un par de zapatillas vacías parecen despedirnos mientras descendemos a la calle.


 

FICHA TÉCNICO ARTÍSTICA

Dramaturgia: Ivor Martinić

Traducción: Nikolina Zidek

Actúan: Aldo Alessandrini, Antonio Bax, Luis Blanco, Elsa Bloise, Paula Fernandez Mbarak, Pilar Boyle, Clarisa Korovsky, Romina Padoan, Juan Andrés Romanazzi, Gonzalo San Millan, Juan Tupac Soler

Trailer: Mariano Asseff

Vestuario: Alberto Albelda

Escenografía: Alberto Albelda

Diseño de luces: David Seldes

Fotografía: Nora Lezano

Asistencia de dirección: Catalina Napolitano

Prensa: Carolina Alfonso

Arreglos musicales: Francisco Casares

Director asistente: Julieta Abriola

Dirección: Guillermo Cacace

 

INFORMACIÓN

APACHETA SALA ESTUDIO
Pasco 623
Capital Federal – Buenos Aires – Argentina
Teléfonos: 4943-7900 / 1530142997
Entrada: $ 220,00 – Domingo y Sábado – 11:30 hs y 14:00 hs – Hasta el 27/11/2016

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