Editorial #NoNosQuedaOtra 04-07-16

Está todo dado para que podamos ayudarnos entre los que estamos aquí, del otro lado de la miopía de la clase dirigente. Los que estamos aquí, pisando el mundo, mirando de lleno la crisis que nos rompe el alma.

Cuando la injusticia te parte el corazón.

Texto:
Fotografia: defutbolsomos.com.ar


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Hoy me desperté un poco más temprano de lo normal. Quizá por eso llegué tarde. En realidad, no puedo decir exactamente que me desperté, en realidad me despertaron.

-Papá, tengo miedo.

Miré el reloj y eran las 4.40. Me estiré como un pulpo y me sonaron los huesos. Di vuelta la cama y lo acompañé hasta la suya. Pero tenía los ojos grandes. Como si fueran las 8. Y eso que ayer nos habíamos acostado tarde. Porque habló Cristina y él se escuchó toda la entrevista.

‒¿De qué tenés miedo, hijo? ‒Le pregunté al tiempo que masticaba un bostezo.

‒De las ratas. Pienso que puede haber una escondida debajo de la cama.

‒¡Eso es imposible! Vivís con un fumigador profesional. En tu casa nunca puede haber ratas…

‒¿Por qué?

‒Porque las ratas no se acercan acá porque me tienen miedo. La presa nunca acerca al cazador.

‒¿Te acostás un ratito conmigo? ‒No lo dudé un instante. Tenía las rodillas temblando de fiaca. Lo abracé fuerte y acomodé la bocha en la almohada. ‒Dormite ‒le dije pero él estaba como recién desayunado. ‒Hay algo que yo no entiendo pá ¿Vos las matás?

‒A veces, sí. Pero lo que más funciona es poner una rodaja de salamín picado fino en la jaula y ellas no se pueden resistir a eso. Entonces se meten adentro de la jaula y cuando muerden el salamín, se quedan encerradas.

‒Pero papá, entonces están en la cárcel.

‒Sí, pero después voy a la calle y las dejo libres. Les abro la jaula cerca de un desagüe y se meten ahí.

‒Ah. Y… ¿Papá? ¿Cristina va a ir a la cárcel?

‒No lo sé hijo.

‒Hay 4 millones de pobres más que antes, encima Macri estaba hablando ayer por la televisión y dijo “no hay que hacer eso” y él lo está haciendo”.

‒¿Donde viste eso?

‒En lo de Navarro, papá, lo vimos ayer.

Esas fueron sus últimas palabras. Y las mías, que dejé caer los párpados, pesados de sueño y me dormí.

Cuando nos levantamos era tardísimo. Salté de la cama y prendí la Rebelde. Estaban pasando a Cristina. Preparé el desayuno a los pedos y lo desperté al enano con un beso presuroso. Me lavé la cara pensando en lo que me había dicho a la madrugada. ¡Un pibe de 6 años lo entiende! Un pibe de 6 años lo entiende pero esta sociedad decidió votarlo porque era necesario un cambio. Lo ayudé a ponerse las zapatillas y tardó en tomarse la leche lo mismo que Popeye se bajaba una lata de espinaca. Se puso el guardapolvo en el ascensor y le expliqué que las galletitas eran para el camino.

Ahí salieron los dos zombis rumbo al colegio, como todos los lunes. En el camino, un hombre que anda con muletas porque le falta una gamba, me vio pitando y me mangueó un cigarro. Se lo convidé y Juli en voz alta me preguntó:

‒¿Por qué esa gente revuelve la basura? ¿Se le perdió algo? ‒Lo miré al señor e intercambiamos una sonrisa triste y seguimos camino.

‒No se le perdió nada, mi amor. Lo que pasa es que están buscando algo de valor, algo que les pueda servir, para vender o para reciclar.

‒Pero, papá ¡se está comiendo algo que sacó de la basura! Le van a entrar bacterias y se va enfermar, va a tener que estar en cama unos cuantos días.

‒Ojalá tuviera una cama, hijo ‒le digo y le explico que esos señores no tienen un techo donde dormir. Duermen en la calle. Y cada vez son más. ¿Te acordás cuántos pobres nuevos hay?

‒4 millones, un montón. ‒Me dice. ‒Ah… ¿papi, ese señor que se come la basura es pobre?

‒Lamentablemente sí. -Dije y le agarré fuerte la mano cuando vi el semáforo ponerse en rojo.

‒¿Pa?

‒Sí…

‒¿Le puedo regalar mis galletitas a ese señor? Igual ahora en la escuela, me dan pan y leche.

‒Estamos llegando tarde. Además esas galletitas las compré para vos.

‒Por favor. ‒Cuando miré hacia atrás, calculé una media cuadra. Pero ya lo tenía al enano corriendo hacia allá.

‒¡Señor, señor, le regalo mis galletitas! ‒Dijo agitado de correr.  ‒Son riquísimas, vienen con un corazón de frutilla en el medio. ‒El hombre volvió a buscar mi mirada con una sonrisa que le devolví. ‒Señor, le puedo hacer una pregunta… ‒Dijo el enano con el brazo extendido. ‒¿Por qué es pobre? ¿Por culpa de Macri?

‒¿Qué edad tenés vos? ‒Respondió el hombre.

-Seis, pero voy a cumplir 7.

‒Bueno, ¿y te gusta el fútbol?

‒Sí cuando sea grande voy a ser como Messi. Porque aunque haya perdido la final de la Copa América. Es el mejor del mundo. No entiendo porque la gente dice tantas cosas feas. Es mentira que es un pecho frío porque él estaba entre cinco o seis jugadores que lo encerraban y siempre buscaba una salida…

Mientras el enano hablaba se me dio por acariciarle la cabeza. Me dio ternura. Es que los niños no mienten. Dicen las cosas como son. El señor hizo la seña para que lo esperase y, junto a un umbral de una casa, había 3 o 4 bolsas. Con gran esfuerzo, acomodó la muleta, metió el brazo en una de ellas y sacó una pelota. Estaba un poco hecha pelota, valga la redundancia, al punto que le sacó algunos gajos que estaban colgando y la pelota quedó completamente desnuda. Se le veían todos los hilos.

‒¡Parece un ovillo gigante! ‒Exclamó el enano. ‒Seguro que si mi gato la ve, va a querer jugar con esa pelota.

‒Es tuya. ‒Dijo él hombre.

‒Pero señor, usted es pobre. Mejor se la queda usted. Yo en mi casa tengo 8 pelotas. Una de Boca, otra de Barcelona, dos de argentina, una que es toda celeste que la compramos en Villa Gesell y dos chiquititas que son las que más uso, porque me armé un arco con el hueco que queda abajo de dónde va la computadora.

‒Es tuya, te la regalo, así vas a tener 9.

‒Pero señor…

‒Dale, ¿no te gusta la pelota? Es verdad está un poco viejita. Pero ¿sabés como pica? En realidad un poco torcida. Pero te sirve para hacer comba. ¿Vos sabías que cuando Maradona tenía tu edad jugaba con una pelota como esa?

‒¿En Serio? Maradona era tan bueno como Messi. Un poco mejor me parece porque hizo un gol que arrancó de mitad de canchó y se pasó a todos. Y cuando llegó al arquero también se lo pasó…

‒Bueno, Maradona también era pobre como yo. Pero tenía sueños muy grades. Tan grandes que hizo ese golazo. Si vos practicás con esta pelota, también vas a tener sueños muy grandes … ¿Cómo te llamás?

‒Julián.

Bueno Imaginate cuando juegues en una cancha bien grande y juegues para Argentina. Te vas a acordar de la pelota porque las cosas que uno aprende de chico no se las olvida nunca más.

‒¿En serio?

‒Sí, tomá. ‒Le dio la pelota. Y luego las galletitas…

‒¿Por qué? ¡Yo te las quiero regalar de verdad!

‒Pero vos sos un niño y lo más importante del mundo es que los niños como vos coman muchas galletitas y jueguen mucho a la pelota para estar fuertes…

‒¿Y usted cómo se llama? ¿Tiene hijos?

‒Me llamo Franco. Y sí. Tengo hijos. -A Franco se le hincharon un poco los ojos. Pero respiró hondo y se sonrío con ganas. ‒Sí, tengo dos: Florencia que es una bebé y Axel que tiene cinco y también es fanático del fútbol como vos.

‒¿Y ellos, tienen pelota?

‒¡Sí! Tienen un montón, también.

‒Bueno hagamos un trato ‒dijo el enano y se puso serio. Tome las galletitas y se las regala a sus hijos ¡Les van a encantar!

‒Sí él lo dice -interrumpí rápidamente y Franco se guardó las galletitas en el bolsillo. Julián agarró la pelota y me pidió que se la guardara. Cuando llegamos al colegio. El enano me quiso despedir antes de subir las escaleras.

Listo papá. Los de tercero, le dan un beso a sus papás acá. ‒Le di un abrazo fuerte y le dije que lo quería mucho.

‒¿Hasta dónde? ‒Me preguntó

‒Hasta el infinito ‒le respondí.

‒Yo eso y un poquito más. ‒Me dijo y subió las escaleras corriendo.

Me quedé parado ahí, viéndolo, hasta que se metió por la puerta y se perdió patio adentro. Me fui caminando despacio, sin apuro, aunque sabía que iba a llegar tarde a la radio. Me quedé pensando. Tal vez mi hijo tenga razón, tal vez se trata de estar más atentos a la gente que nos necesita ya, ahora mismo. Que necesita que nuestra sensibilidad no se estanque en la resignación sino que se transforme en aquello que tan bien nos advirtió Cristina. Hay un dirigente en cada uno de nosotros. Está todo dado para que podamos ayudarnos entre los que estamos aquí, del otro lado de la miopía de la clase dirigente. Los que estamos aquí, pisando el mundo, mirando de lleno la crisis que nos rompe el alma. Que ellos sigan pensando en quién juega mejor a la pelota, mientras nosotros ensayamos con esta pelota, desgajada, menesterosa, humilde, siempre a punto de pincharse, pero una pelota franca, como Franco, que mientras revuelve la basura tiene sueños grandes, sueños tan grandes que alguna vez, vivirán nuestros hijos. Tal vez de eso se trate, de no decepcionar a nuestros niños que nunca mienten y que la verdad que nos regalan es que siempre se puede hacer algo cuando la injusticia te parte el corazón.

Bienvenidos a No Nos Queda otra, un compromiso diario.

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