Día del Locutor

A muchos nos han dicho que no nos pagan para pensar, sino para hacer que el contenido pensado
por otra persona suene mejor.

Con licencia para callar

Texto:
Ilustración: Maite Larumbe


Escribe: Julieta Dorio

Durante años, la figura del locutor estuvo reducida al bien decir, a la voz bonita, con cuerpo, engolada, con presencia. Primaban las formas y no el contenido, es decir: estábamos capacitados para ser meros reproductores de discursos ajenos. “Hacé tu gracia” o “Poné voz de locutor” son fantasmas que aún nos persiguen.

El estigma de ser “sólo son una voz bonita” logró que la profesión fuera subestimada y entendida como algo superficial, cuasi robótico. No es joda, a muchos nos han dicho que no nos pagan para pensar, sino para hacer que el contenido pensado por otra persona suene mejor. Eso, sumado a que durante años las voces salían como de una matriz locutoril, en donde si no tenías el “caño” necesario te quedabas afuera, hizo que la máquina sólo sacara dos productos: por un lado los “Rubén Golado” (como me gusta llamar a los locutores masculinos que engolan su voz) y por el otro las “Belén Gole” (versión femenina de los anteriores). Por años no hubo chances de ser distinto.

La despersonalización o deshumanización, la unicidad de voces, hacía que cualquiera fuera prescindible, reemplazable por otro, total todas las voces sonaban casi idénticas. Cualquiera que se asomara por fuera de la matriz perdía la cabeza en el intento. Por esto, la locución era la profesión más funcional al mercado: nunca crítica, siempre complaciente. Vamos… Debíamos estar “agradecidos” por ser llamados para trabajar en una cuenta. Lejos estaba el entender que las empresas nos necesitaban para poder ser el nexo entre sus productos y los consumidores. Que no sólo le poníamos una voz cálida a la marca, sino que convertíamos bienes de lujo en bienes de primera necesidad a los ojos de los compradores. Y que eso hacía que las empresas engrosaran sus ganancias de un modo exponencial.

Sin embargo, jamás fuimos contemplados en ese margen de ganancias. Sin importar si una publicidad con nuestra voz hacía que vendieran diez productos o miles de millones, cobrábamos lo mismo: una tarifa fija (no siempre respetada) y a modo de plazo fijo, ya que se cobraba a tres meses de realizada, o a veces más.

La falta de regulación, o la existencia de una regulación ineficiente, produjo una atomización de los locutores. La antigua ley de medios de la dictadura cívico-clérico-militar, Ley 22.285, no contemplaba a los locutores. La resolución 709/2003 del viejo COMFER sólo se refería al régimen de habilitación, funciones, categorías, ámbito de desempeño, credenciales y cuestiones sólo de “revoque” de la profesión. No hablaba de nuestros derechos, sólo de pasos administrativos y obligaciones a cumplir para que nos permitan trabajar.

Era necesaria una ley nacional que nos sacara de la invisibilidad, nos diera identidad y nos contemplara. Claro que esto no era bien visto por muchos profesionales que habían logrado acaparar buena parte del mercado. Somos alrededor de 12 mil locutores matriculados, sin contar a los de oficio, y el mercado estaba ahogado sólo en una treintena. Este vacío legal, sumado al exagerado ego que caracteriza a nuestra profesión, generó que cada locutor se metiera dentro de una burbuja individualista. Burbuja frágil. Burbuja egoísta. Burbuja tonta. Inflada por un sindicato devenido en logia, al que sólo le importaba la cuestión recaudatoria y no nuestros derechos y el fortalecimiento del colectivo.

Por ejemplo, no existe un convenio colectivo de trabajo que contemple nuestra labor en canales de cable (se mantiene el CCT 432/75 que data de 1975 y que se refiere a la televisión por circuito cerrado de ese entonces, dedicada a la retransmisión de señales satelitales; no está contemplada la masificación de los grupos oligopólicos devenidos en empresas cableoperadoras como Cablevisión y otras, tampoco los canales que empezaron a generar contenido propio). Tranqui, sólo pasaron 30 años y chirolas. Hay que darles tiempo…

Otro ejemplo es el nulo compromiso por exigir que en los recibos de sueldo aparezcamos bajo la categoría locutor/a y no administrativo y otras yerbas, como sucede en la realidad. No llegan a 200 los locutores que figuran bajo la categoría que corresponde. Menos de 200 sobre 12 mil… Para ser más gráficos: un 0.017%.

Hace años, la concepción de la profesión cambió. Ya no era necesario el “caño”, sino la versatilidad y la educación de la voz propia (imagínense lo que significaba pasar años educando una voz ajena…). Esto abriría un abanico de posibilidades. Un nuevo mundo se abría para la voz. Ya no era un profesional usando solamente su aparato fonador, sino el cuerpo entero a disposición de su voz. Ya no éramos “una” voz bonita, sino una pluralidad de voces bien distintas. Pasábamos a convertirnos en artistas de la voz.

Empezó a entenderse al locutor ya no como un simple reproductor de mensajes ajenos, sino como generador de contenido, como comunicador. Donde el mensaje era protagonista y la voz proponía otra forma de hacer llegar ese mensaje. Ya no era indiscutible el rol del locutor, esa figura semejante a un Dios que jamás equivocaba una consonante y que ponía distancia. Ahora el locutor generaba empatía, cercanía y cotidianeidad. Pero seguía faltando algo.

En octubre de 2009, el panorama empezaba a cambiar. Por fin, y luego de 26 años de debate en distintos ámbitos académicos y con amplia participación ciudadana, se sancionaba la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (Ley 26.522). Era la primera vez en la historia que una ley nacional nos contemplaba. De repente empezábamos a tener derechos. Pero muchos colegas seguían con su visión de fábrica de yo-yo. Sumergidos en una estúpida lógica de meritocracia. Otros, en cambio, decidimos romper esa burbuja que nos aislaba, entendernos como un colectivo y empezar a obrar en consecuencia.

Pero duró poco. Contraria a su apodo, la “Revolución de la alegría” vendría a borrar nuestras sonrisas. Una especie de oxímoron siniestro. Y no tardó en salir el DNU que se llevara puesta la ley de medios y a la AFSCA, como era de esperarse. Así, y con la posterior derogación de la ley en el Congreso, quedaríamos una vez más como parias. Sin identidad. Paradójicamente, sin voz.

No contentos con eso, comenzaría una persecución a los locutores “militantes”, entendiendo así a quienes concebimos la profesión como un colectivo, más allá de banderas políticas. Y como también somos ciudadanos argentinos, nuestro problema no muere ahí. Inflación, tarifazos, despidos, recorte de espacios de trabajo, paritarias estériles y a la medida de la patronal, persecución ideológica, listas negras, y un sinfín de medidas lógicas desde el punto de vista de la CEOcracia instalada en el Gobierno desde diciembre pasado, nos atraviesa.

Entonces, ¿cómo pensar en el colectivo si hay que pensar en llegar a fin de mes (con suerte), o en conservar el puesto de trabajo? Esa respuesta requerirá de reorganización y creatividad. Porque el dejar de luchar por nuestra comunidad, por nuestras convicciones, por el derecho de nuestros compañeros (incluso de aquellos reivindicados como islas) no es una opción.

 

 

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