Diez años después del No al ALCA

La debilidad del sistema productivo de América Latina aparece como el trasfondo sobre el cual se viene montando la intentona de restauración neoliberal.

La restauración

Texto:
Ilustración: Maite Larumbe


Escribe Jorge Elbaum*

La “década ganada” del subcontinente se encuentra desafiada en los últimos años por la crisis internacional iniciada en 2008, la caída del precio internacional de los commodities, la ausencia de un discurso global alternativo al hegemonismo neoliberal y el normal desgaste de las gestiones políticas progresistas. Las restricciones externas (la reducción de divisas necesarias para sostener la reconversión productiva) enmarcada en las limitadas capacidades de los Estados nacionales para afrontar autónomamente las crisis, aparecen nuevamente como “la espada de Damocles” que se expresa en el “stop and go”, es decir, el ajuste y al devaluación exigida por las oligarquías y las corporaciones transnacionalizadas. Se trata de un mecanismo para sostener o ahondar la rentabilidad: el disciplinamiento de los sectores populares y el control de los resortes políticos de poder.

La etapa actual de la economía internacional limita las capacidades de acumulación de los países poco diversificados. Luego de la ilusión –difuminada por el neoliberalismo— de que era posible expandirse y crecer con materias primas, y ser parte simultáneamente de la “sociedad del conocimiento” (una sociedad “sin fabricas”), la caída de los precios internacionales de las materias primas puso nuevamente en situación la cruda realidad el subdesarrollo. La reducción del valor del petróleo, la recesión mundial y el obligado achicamiento de la economía china ponen en evidencia la cara más agresiva del neoliberalismo, que utiliza la recesión para disciplinar al mundo del trabajo y obtener mayores rentabilidades empresariales. La contradicción de fondo –como en otras oportunidades— es la capacidad para actualizar o mantener las tasas de ganancia mediante esquemas financieros. Y lograr su cometido exige  limitar las capacidades soberanas de los Estados, sobre todo en lo referente a su aspecto regulador.

La debilidad del sistema productivo de América Latina aparece como el trasfondo sobre el cual se viene montando la intentona de restauración neoliberal. La ofensiva reaccionaria se inició con virulencia contra Venezuela, nuestro país y Brasil. Sus ejecutores centrales son (a) la Alianza Mediática de la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa), (b) los “think tanks” o centros de pensamiento republicanos, con fuertes articulaciones con los servicios de inteligencia (ver recuadro), (c) las oligarquías locales, (d) las corporaciones trasnacionalizadas, (e), los partidos judiciales, y (f) los sectores financieros concentrados.

La agenda neoliberal tiene los siguientes temas como instrumentos de visibilización (y de negación del resto de las temáticas): cuestionamiento del “populismo” (es decir de las políticas de regulación), la inseguridad, el terrorismo y el Narcotráfico (como mecanismo para justificar la financiación y la capacitación de organismos represivos), la corrupción (para atacar las bases de lo que denominan “Estado fuerte”), la educación (para construir ciudadanía liberal contraria a toda socialización latinoamericanista), ecología y pueblos originarios (para cuestionar las políticas de industrialización a través de la “defensa” del medio ambiente), y las políticas sociales (a través de la motorización de instrumentos focalizados que etiqueten la carencia y la consoliden como situación clientelar).

A nivel hemisférico, la geopolítica económica empieza a estar definida en 2016 por los Tratados de Libre Comercio liderados por EE.UU. (después de someter a la Unión Europea), con el objetivo de base de condicionar a China, Rusia, los BRICS, la CELAC y el MERCOSUR. La caída del ALCA permitió que gran parte de América Latina logre proteger su mercado interno. Para contrarrestar ese énfasis soberanista, EE.UU. desplegó acuerdos bilaterales con Colombia y Perú, entre otros, que hoy se consolidan con el Tratado de Asociación Transpacífico (TPP) para liberalizar aún más las normas comerciales, laborales y ambientales. Diez años después del No al ALCA, Estados Unidos logra dar un rodeo y poner nuevamente en agenda un Tratado de Libre Comercio funcional a los intereses de sus trasnacionales. El neoliberalismo necesita disciplinar a nuestro subcontinente y el TPP es el dispositivo que busca actualizar al fracasado ALCA. Hasta ahora el TPP es conformado por doce países de la llamada Cuenca del Pacífico: EE.UU., Japón, Australia, Brunei, Canadá, Malasia, Chile, México, Perú, Nueva Zelandia, Singapur y Vietnam. El acuerdo ha sido impulsado por las multinacionales y tiene como objetivos implícitos garantizar el control de la economía china y la valorización creciente de las cadenas de producción y financiarización expresadas por sus metrópolis.

Los objetivos operacionales del Tratado de la Cuenca del Pacífico son los mismos que se buscaban a través del ALCA: rebaja de aranceles hasta su eliminación, apertura de los mercados de servicios e inversión, libre acceso a las contrataciones públicas, desregulación de mercados laborales, ambientales y sanitarios, e imposición de derechos jurídicos favorables a las corporaciones frente a Estados soberanos (protección de inversiones). El caso de América Latina aparece como singular debido a la persistente rebeldía de varios de sus gobiernos que —durante las últimas décadas— ofrecieron alternativas a las políticas de concentración económica digitada por el neoliberalismo imperial. América Latina, además, aparece en el centro de intereses estratégicos al haberse consolidado en el último periodo (según la FAO) como el primer productor de alimentos a nivel mundial, superando incluso a América del Norte, y por la reserva más importante de agua dulce en nuestro planeta.

Quienes debaten la aplicación del TTP buscan denodadamente quebrar instancias soberanas independientes –como el Mercosur, el ALBA y la CELAC–, instaurando esquemas más acordes con las exigencias de la concentración monopólica tanto en aspectos laborales como de beneficios para los fondos de inversión. La pelea de fondo parece ser, como desde hace décadas, entre la desregulación del mercado o los controles que puede instituir la “política”. Con su presencia o su ausencia, serán los sectores populares los que inclinen la balanza.

Think tanks

Los centros de pensamiento de la derecha conservadora son ONGs o fundaciones que financian y orientan la dirección de la restauración neoliberal. Algunos de estos “think tanks” son: Atlas Network, Institute of Economics Affairs, Foundation Heritage, European Ideas Network, HACER, Latinoamérica Libre, Red Liberal de América Latina (López Murphy), Friederich Neumann, y FDD. En Argentina, sus acólitos son: Fundación Bases, Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina, Fundación Global, Fundación Von Hayek, FIEL, Creer y Crecer, ESEADE, CEMA, Libertad y Progreso, Fundación Libertad y Fundación Atlas 1853.

(*) Jorge Elbaum es sociólogo, periodista y ex director ejecutivo de la DAIA}

espada damoclesxMaiteLarumbe 

  • Facebook
  • Google Plus