Violencias contra las mujeres

Que no nos falta un pene. Que al hombre no le falta un útero. Desde lo real, a nadie le falta nada.

Mujer, pobre y loca

Texto:
Ilustración: Sol Ré y Maite Larumbe


 

Escribe: Licenciada Cecilia Gasque Justo*

“Nunca subestimes el poder de la negación”

Hace unos años me propuse ordenar mis intereses, y tratar de incluirme en alguna acción concreta. Estos eran: ecología, solidaridad y feminismo. Descarté el último. Me pareció anacrónico y trillado. En algún punto, me negué a que hubiese mucho por hacer. Di por descontado que a esta altura de la época, deberían haberse producido avances suficientes. Y esto dicho después de haber atravesado por unos cuantos episodios de machismo, desde vulgares a solapados. Y yo insistía en sorprenderme.

En un viaje a México, en el año 2005, mis anfitriones omitieron advertirme que había una suerte de “dress code”, según el cual una remerita rosa, al cuerpo (ni siquiera ajustada), me convertiría en el centro de las más inquietantes miradas. Otro detalle: tampoco me comentaron de la existencia de un vagón específico para mujeres. Sin dicha información, atiné a subirme al vagón más próximo… sin dejar de sentirme cada vez más inquieta. Sintiéndome la más astuta del condado, procedí a apoyarme en una de las paredes del vagón, anhelando con esto no ser manoseada o lo que me tocara en suerte por estar ahí apretujada entre los hombres. Luego advertí que mi astucia había tenido un corto alcance… ahora tenía que salir, y atravesar una interesante cantidad de muchachos y señores que me desnudaban con la mirada. Hice de tripas corazón, me convertí en topo y llegué a la salida. Allí me recibió un cartel publicitario, que decía: “Violada? Ud. tiene sus derechos. Llame al 222222…”

Este episodio me decidió a descartar la posibilidad de vivir en México. Ya bastante uno tiene que andar luchando contra las hegemonías siendo psicóloga… encima tengo que arrancar desde tan atrás tratando de que no me violen en el subte? Que la sociedad sea tan primitiva que esté tan legitimado el machismo, que la violación sea tan corriente que ya tengan el 0800 ad hoc, que ser mujer sea una desgracia? No es un dato menor que se trata de mi país de origen. Y ver el comportamiento de las mujeres en relación a sus maridos (mis propios parientes) de sumisión y pleitesía -aunque aparentemente, a veces es estrategia- de postergación personal, de ser “la mujer detrás de…”, terminó de disuadirme.

Ahora, lo que es verdaderamente sorprendente, es la auténtica omisión que hice respecto del estado de cosas aquí en Argentina.

A tal punto llegó mi falta de observancia que me llevó a subestimar el malestar que se generó en torno mío cuando, en una invitación a una quinta (varios años más tarde que aquel fatídico y revelador viaje en subte), decidí no quedarme con “las chicas” bajo el sol -odio estar bajo el sol, y ellas no querían meterse en la pileta-, sino que me fui con “los muchachos” a jugar a un juego de mesa, en el que además tuve la mala idea de empezar a ganar. Se trataba además de un juego en el que había que tener cierta precisión manual, lograr que unas bolitas no se cayeran, para lo cual parecía que la estrategia eficaz era -según ellos decían- “tejer” con el palillo del que uno disponía, para armar una red y que las bolitas no cayeran. “Tejer”. No “patear una pelota”, “tirar tiros”, “hacer mucha fuerza”, “levantar algo pesado”. Me llevó incluso un par de días identificar la fuente de ese malestar. Como a mí no me parece que sea un motivo válido, entonces lo desestimo. Y quebranto esas murallas invisibles, trasgredo una ley básica de la convivencia social que hasta “Las Primas” conocían tan bien, hace casi 30 años ya, y evidentemente aún vigente: “Los nenes con los nenes, las nenas con las nenas“.

Esta situación dio vueltas estúpidamente en mi cabeza, incomodándome, hasta que advertí que no era infrecuente en mi día a día. Salvo que yo la confundía con una lucha de poderes disciplinarios, al estar rodeada de médicos. Pero no. Era algo más básico todavía. Por más que los protagonistas de las situaciones no fueran considerados básicos por mí (hasta entonces). Me encontré compartiendo anécdotas “a la par” de mis compañeros, comentando las olimpíadas, discutiendo sobre libros… y otra vez, esa repercusión incómoda. Para mí, era compartir. Para ellos, competir. Entendí. Era tan simple como eso. Lo que yo creía erradicado, superado, seguía allí, vivo. Y en todos los ámbitos. Persistir en mi sorpresa y en mi negación era insostenible.

Claro está que estos episodios son minucias al lado de cada tocada de culo, apoyada en el colectivo, exhibición de miembros erectos en la calle, improperios diversos (han llegado a gritarme un amenazante y poco feliz “María Soledad!” a mis 17 años, al caminar “sola” -es decir, claro, sin un hombre),  acusaciones de “calientapija” “histericona” en algún bar si es que una no quiere ser descortés  y concede un rato para charlar, pero no siente una que le deba al otro nada por acceder a ello… pero como todo eso es “normal”, una destaca ese tipo de cosas.

A todas nos pasa algo. A todas nos pasó algo. Y como es “a todas”, debe ser normal. ????!!!!!

Desafortunadamente, hay un factor más que me tornaba renuente a profundizar en las cuestiones de género. Era entender que el feminismo se trataba de una reivindicación fálica, un “querer ser como el hombre”, ser competitiva, fría, cerebral, una suerte de Margaret Thatcher implacable, antihombres, autosuficiente, o una diva con sex toys de carne y hueso a su disposición, a la vez que no cede un ápice de su escenario por nadie, y orgullosa al respecto. Según este paradigma, aparentemente ser mujer y feminista está bastante reñido con el amor. Hoy por hoy, “feminazi” parece ser el apelativo preferido por algún hombre (o mujer, por qué no) para descalificar a alguna, por lo menos, vehemente, defensora de los derechos de los derechos femeninos. Reivindicar a la mujer es sinónimo de odiar a los hombres. Fin.

Muchos años me encontré renegando de mi sensibilidad por considerarla vulnerabilidad. Muchas veces sospeché haber sido varón en otra vida, por ser racional y poco afecta a dedicarle horas de mi vida a conversaciones sobre depilación, dietas, cosmética o etcéteras que implicaban ser “femenina”. Algunas amigas han llegado a organizar algo parecido a jornadas de Rehabilitación, en las que chismoseaban de novelas y me enseñaban a pintarme las uñas. Las arruiné cuando me puse a hacer un estudio sobre la revista Cosmopólitan y señalar el viraje que se había producido del lavarropas de los ´50 al lápiz labial, pero que el mensaje de estar a tiro para complacer al hombre siempre está allí, además de hacer notar la impresionante la colocación de productos en un auténtico “prime time” gráfico. Insoportable.  Así y todo, así como no me representaban ni Pampita ni Kate Moss, tampoco me representaban ni Moria ni la Dama de Hierro…

Otros cuantos años me tardé en entender mi propia concepción de feminismo, que afortunadamente compartía con otras mujeres que pudieron ayudarme a articular mis ideas y pensamientos, encontrando palabras más precisas. Advertir que racionalidad y femineidad no son excluyentes. Que la sensibilidad no es una debilidad. Que no se es más o menos mujer por usar labial o no usarlo, sólo que a veces está bueno, y una sabe que la belleza no pasa por ahí. El atravesamiento por la maternidad, finalmente, terminó de dar forma y fondo, a mi posición ética, a mis intuiciones, a mis sentires, que por fin se amalgamaron. Y quizás no casualmente, parí una niña. Una mujer.

Un mea culpa… túa culpa… nossa culpa…  

Entendí que la verdadera diferencia de los sexos es biológica. Que tenemos útero. Que menstruamos. Que esto determina un real. No es ni bueno ni malo, ni positivo o negativo. Simplemente es. Que toda otra diferencia es una construcción simbólica, por ende, arbitraria. Por ende, histórica. No inmanente, ni perenne. Por lo cual, no es inmodificable.

Decir esto no es sin reconocer la importancia de la cultura y de las culturas en la constitución de nuestro aparato psíquico. Aquel entramado de representaciones arcaicas que constituyen los modelos en los cuales hacemos anclar lo que configuramos como el género. La matriz sobre la cual, desde tiempos inmemoriales, definimos lo femenino y lo masculino. Vale decir que configuran el estrato sobre el cual se edifican a nivel social las construcciones de Matriarcado, Patriarcado, Machismo, Feminismo, etc. Un simbólico que se soporta en el real biológico, y que hace en definitiva a lo humano. Pero que para perpetuarse apela a la necesariedad, a la inmanencia, a la reificación, para resistir al cambio una vez que se instala un modelo dado. En este caso, diríamos por ejemplo, imprimiéndole a un dato biológico -es decir, sobre el sexo- una interpretación teleológica afín a la justificación de la superioridad de un género por sobre otro.

Qué quiere decir esto? Que no nos falta un pene. Que al hombre no le falta un útero. Desde lo real, a nadie le falta nada. Tampoco tenemos plumas, pero nadie escribió sobre “la envidia del pájaro”. Pero el orden simbólico -psíquico, social, cultural- determina otra cosa.

Lo real corporal determina lógicas insoslayables a la hora de ser mujer. Pero que han sido absolutamente soslayadas por el machismo y el capitalismo, por qué no decirlo. Al ingresar la mujer al campo laboral y competitivo, su naturaleza cíclica no cuadra en la lógica lineal de la productividad. Los ciclos, la variabilidad hormonal del humor, el dolor menstrual, la impredictibilidad, empiezan a generar molestia , incordio, disfunción de la maquinaria. Y qué mejor remedio para ello que llamarlo enfermedad y acudir al viejo amigo, el Discurso Médico, que siempre está presto para auxiliar y corregir el estándar desviado, sofocar cualquier tipo de “exceso” atribuyéndose la palabra última respecto de la medida y el orden… eso sí, con la mejor de las buenas intenciones. Por eso “enfermamos”. Por eso “enloquecemos”. Porque lo que no advertimos es que queremos meter un círculo adentro de un cuadrado. Nuestros tiempos, nuestros cuerpos, nuestras emociones, no funcionan bien en la linealidad. Y el “Furor Curandis” lleva a patologizar lo que es parte de la naturaleza femenina. No una enfermedad. Es como querer patologizar a una planta por ser verde. Pero no nos pongamos susceptibles, no es sólo respecto de lo femenino, invierten muchísimo tiempo y dinero en buscar/generar nuevas enfermedades. Por algo aún no descubren la cura del SIDA.

El Discurso Publicitario, leal compañero del capitalismo, y un fino instrumento de la industria farmacológica, a su vez hace de las suyas, haciendo presuntos guiños a la futura consumidora de apósitos o analgésicos, ya que sostiene el tabú de no mencionar jamás la palabra “menstruación” y utiliza esos eufemismos que pretende cómplices, a fin de que la mujer pueda eludir el malestar menstrual y continúe como siempre, como si nada.

Será que, si nos dejáramos de querer constreñir a nuestro útero al corset de la productividad y del tabú, tal vez nos dolería menos, y quizás necesitáramos más bien un té y un rato acostadas, más que toneladas de analgésicos? Será que hacer como si nada, “en esos días” es justamente lo que nos hace doler?

Es tanto lo que las mujeres hemos hecho en contra de nosotras mismas, lo que hemos cedido, lo que hemos permitido, que resulta comprensible el enojo o el odio que nos puede generar el varón. Pero sólo como condición de comprensión, no como justificación final. Muchos hombres machistas han sido paridos y criados por mujeres machistas. Nosotras mismas reproducimos millones de lógicas machistas, nos refugiamos en la posición infantilizada del “no poder”, esperando a que venga ese alguien más grande y más fuerte que nos salve, que nos ayude… aunque más no sea a arreglar un enchufe. La comodidad y el gusto por la queja han hecho estragos a la hora de ser las garantes de nuestros propios actos. Y ni que hablar de la crueldad con la que vituperamos a la díscola que quiere romper el molde…

Mujer, pobre y loca… una historia de violencias  

 No sólo cuando hablamos de género hablamos de “encasillamiento”.  Ese uso frecuente y automático de estereotipos, moldes fijos, preconfigurados, petrificados, en el que intentamos hacer cuadrar al otro en 3 o 4 categorías a las que les daremos el valor de definir íntegramente su esencia, cuando en realidad estamos tomando la parte por el todo. Lo hacemos siempre. Y es difícil no hacerlo.

En mi labor diaria, en especial con las pacientes del hospital psiquiátrico público, los estereotipos abarcan no sólo al género, sino a la salud mental, la condición socioeconómica, por citar algunas.

Mujeres. Pobres. Y locas. Por supuesto, difícilmente nos referimos a ellas en estos términos. No porque uno encasille, necesariamente deja de ser políticamente correcto, creyendo que al hacerlo así es menos violento. Más bien, se tiende a apelar a la práctica de la lástima y subvertir el orden por “Pobre mujer loca”, haciendo de aquella el objeto de la compasión, posición moralizante y superyoica si las hay, al hacer del otro el objeto de un accionar auxiliador, por parte de alguien que se supone siempre en una condición superior.

Hacer coincidir “Mujer” y “locura” es harto frecuente, valga decir, justamente por esta condición de imprevisibilidad (desde una lógica lineal). Ya en el acervo cultural, desde “Mujeres Alteradas” hasta la “Loca de mierda”, pasando por “Mujeres al borde del ataque de nervios”, las mujeres mismas recogimos el guante, e hicimos humor de ello. En clave trágica, la cosa termina en “Mujeres Asesinas” (cuando no, asesinadas). Pero tanto en uno como en otro polo, el acento siempre se pone en la explosión, la manifestación de la locura, en la conducta desencajada que genera risa o terror. Pero poco indagamos sobre qué es lo que llevó a ello. Aquello que nos genera la sensación de vulnerabilidad es por sentirnos a merced de nuestras emociones, al haberles arrancado el punto de referencia original. Obedecemos a los mandatos más curiosos, y nadamos hacia los tiburones, en lugar de ir hacia la orilla. Lo verdaderamente loco para mí es ese esfuerzo en tratar de suprimir lo que sentimos sin siquiera preguntarnos qué hizo que nos sintiéramos así. En otras palabras, lo que uno siente, nunca es loco. Qué es lo que aguantamos, más de lo que debíamos, que nos llevó a reaccionar así? Por qué lo toleramos? Qué nos hizo pensar que no teníamos ninguna otra opción? Por qué tendemos a “hacernos cargo de todo” menos de lo que nos pasa? Qué responsabilidad no estamos asumiendo? A qué le tenemos tanto miedo?

No quiero dejar de señalar que la figura de la locura, lejos de los elogios de Erasmo de Rotterdam, más bien invita al descrédito. Del otro hacia nosotras, para sacarnos de encima sin más. Pero nosotras también desacreditamos lo que decimos, lo que pensamos. Y cuando la palabra pierde crédito, pierde valor. Sólo sabemos que sentimos algo intensamente y como desestimamos y desmerecemos todos los probables motivos que nos generan dicha sensación, terminamos frecuentemente disociadas, enajenadas, locas, alteradas, al borde de un ataque.

Ahora, no hay que dejar de decir que al Moyano no llega cualquiera. Por ahí una pelea con los padres o con el novio pueden llegar a ser detonantes, como para cualquier mujer o cualquier loca, pero siempre el trasfondo suele ser denso, siniestro, plagado de abusos, injurias, desgracias, secretos, violencia, humillaciones… muchas veces a repetición. Más de una vez pienso que ocupar mi lado del escritorio y no el otro es sólo una cuestión de circunstancias.

 Por cierto, no olvidemos a la “drogadicta” y a la “Puta”, que generalmente coinciden en la misma persona, sobre las cuales se tiende a aplicar medidas ya no terapéuticas, sino disciplinares. Nuevamente nos colocamos en el pedestal de las buenas formas y costumbres, dictaminamos lo que está bien o mal desde una moral, y por lo general intentamos sacarnos a esas indeseables de encima, porque traen mucho vicio y problema a nuestras pobres locas.

Lo que es interesante, a decir verdad, es la falta de interrogación respecto de todas las variables que llevan a una persona a tener una estadía -de breve a eterna- en nuestro hospital. Naturalizamos muchas de las condiciones de posibilidad de estos abusos, vejámenes, abandonos, tragedias y demás cuestiones. Nos dedicamos a recibirlas cuando el daño ya está hecho, cuando ya su destino de paciente psiquiátrica -decimos-  es inexorable. Jamás intervenimos sobre el agresor, abusador, “abandonador”, o sobre los contextos que posibilitan que esto ocurra. Las protegemos encerrándolas a ellas (?!) y como mucho, rastreamos algo de la historia individual de estos sujetos, detectamos algún patrón de repetición familiar, todo nos cierra, tenemos ya una nueva etiqueta. Psicópata, violento, alcohólico… y ya no nos preocupamos por nada de la incidencia social, de los discursos circundantes, productores de subjetividad y de impunidad, de las instancias que no intervinieron o malintervinieron, o de cómo recién después del daño advertimos múltiples pautas que podían habernos alertado antes, porque mientras tanto legitimamos, por ejemplo, que “un poquito de celos está bien, porque es amor”.


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Actualmente (hasta nuevo aviso) está vigente la ley 26.657, y es nuestra obligación brindarles a las pacientes una copia del artículo 7

Derechos de las personas con padecimiento mental  

ARTICULO 7° — El Estado reconoce a las personas con padecimiento mental los siguientes derechos:

  1. a) Derecho a recibir atención sanitaria y social integral y humanizada, a partir del acceso gratuito, igualitario y equitativo a las prestaciones e insumos necesarios, con el objeto de asegurar la recuperación y preservación de su salud;
  2. b) Derecho a conocer y preservar su identidad, sus grupos de pertenencia, su genealogía y su historia;
  3. c) Derecho a recibir una atención basada en fundamentos científicos ajustados a principios éticos;
  4. d) Derecho a recibir tratamiento y a ser tratado con la alternativa terapéutica más conveniente, que menos restrinja sus derechos y libertades, promoviendo la integración familiar, laboral y comunitaria;
  5. e) Derecho a ser acompañado antes, durante y luego del tratamiento por sus familiares, otros afectos o a quien la persona con padecimiento mental designe;
  6. f) Derecho a recibir o rechazar asistencia o auxilio espiritual o religioso;
  7. g) Derecho del asistido, su abogado, un familiar, o allegado que éste designe, a acceder a sus antecedentes familiares, fichas e historias clínicas;
  8. h) Derecho a que en el caso de internación involuntaria o voluntaria prolongada, las condiciones de la misma sean supervisadas periódicamente por el órgano de revisión;
  9. i) Derecho a no ser identificado ni discriminado por un padecimiento mental actual o pasado;
  10. j) Derecho a ser informado de manera adecuada y comprensible de los derechos que lo asisten, y de todo lo inherente a su salud y tratamiento, según las normas del consentimiento informado, incluyendo las alternativas para su atención, que en el caso de no ser comprendidas por el paciente se comunicarán a los familiares, tutores o representantes legales;
  11. k) Derecho a poder tomar decisiones relacionadas con su atención y su tratamiento dentro de sus posibilidades;
  12. l) Derecho a recibir un tratamiento personalizado en un ambiente apto con resguardo de su intimidad, siendo reconocido siempre como sujeto de derecho, con el pleno respeto de su vida privada y libertad de comunicación;
  13. m) Derecho a no ser objeto de investigaciones clínicas ni tratamientos experimentales sin un consentimiento fehaciente;
  14. n) Derecho a que el padecimiento mental no sea considerado un estado inmodificable;
  15. o) Derecho a no ser sometido a trabajos forzados;
  16. p) Derecho a recibir una justa compensación por su tarea en caso de participar de actividades encuadradas como laborterapia o trabajos comunitarios, que impliquen producción de objetos, obras o servicios que luego sean comercializados.

Como podemos deducir de lo expuesto, encasillarlas no sólo es un poco imbécil de nuestra parte. Tampoco es legal.

No obstante, dice el dicho: “old habits die hard” (“los viejos hábitos no mueren con facilidad”).

Cada punto de este artículo es digno de consideración, pero me importa destacar el primer ítem: a) Derecho a recibir atención sanitaria y social integral y humanizada, a partir del acceso gratuito, igualitario y equitativo a las prestaciones e insumos necesarios, con el objeto de asegurar la recuperación y preservación de su salud;

A diario advierto la dificultad de implementar este punto, ya sea por políticas institucionales, por contexto político, por avatares burocráticos… a lo cual se suma toda la caterva de prejuicios y reparos respecto de la utilidad (¿o futilidad?) de desperdiciar valiosos recursos en ellas… si total… además de locas, no tienen recursos.

No tienen recursos, porque están locas. Porque el sistema a duras penas absorbe a los locos un poco menos disruptivos. Porque la desidia o el desgaste han minado sus posibilidades de reinserción (¿reinsertarse dónde? Valga la pregunta). Por los sucesivos abandonos y maltratos familiares, institucionales, legales, etc. que redoblan el efecto de los anteriores, generando más locura, más deterioro, y menor capacidad de generar recursos.

Por mencionar un caso algo descorazonador, una paciente internada hace largos años, con sus voces a cuestas desde tiempos remotos, comenzó la escuela y concluyó sus estudios primarios en el hospital. Le fue asignada una computadora, para que siga estudiando. Nadie fue con ella a buscarla. Si total…

Es una práctica que confronta con el puro desecho, uno de los últimos reductos de la sociedad. La marginalidad se potencia exponencialmente: pobreza y locura, en clave de mujer. Las casillas ya más bien tienen barrotes y hacen consistir identidades/patologías de modo casi simbiótico. El espíritu de esta ley, perfectible pero necesaria, tiene que ver con generar una escansión en esa simbiosis, restaurar algo del derecho ciudadano. No obstante, tiene en el ambiente de la salud mental, fuertes resistencias… una vez más, el Modelo Médico Hegemónico asoma. A través de su faz más amable, el Paternalismo, denomina “cuidado” a un conjunto de medidas que para ser adoptadas por el sujeto cuidado, requiere que éste entienda y acepte que su autonomía es, al menos, limitada. Bueno, en realidad, con que lo entienda el cuidador, según este modelo, ya sería suficiente.

En un lugar tan aciago, resulta muy importante mantener la apuesta por la singularidad. Por el nombre propio, y no por la casilla. Por el sueño y el proyecto, y no la mera conformidad “dada tu condición de…”.

Empoderar a la mujer, pobre y loca (adentro o afuera del loquero) implica no condenarla a un lugar de destino. No cercenar sus anhelos. No aprovechar cualquier discurso para someterlas una vez más, sino intentar concientizarlas de su propia fuerza, de la llave de sí mismas que ellas mismas portan, que pueden cumplir con un tratamiento sin verse obligadas a ello, que pueden ejercer un derecho ciudadano por ley… Cosas que una se tiene que recordar a una misma de vez en cuando… Bastante.

Concluyendo…

Si necesité hacer una amplia introducción respecto de mis propios avatares respecto a la femineidad, el feminismo y demás, fue porque quizás trato de dar cuenta de que sin una fuerte implicación personal, una revisión continua del propio atravesamiento por estas cuestiones, los pequeños y grandes sometimientos diarios, los que nos imponen y aquellos a los que consentimos, no sería posible tratar de empoderar a nadie. Profundizar -y asumir- las problemáticas en relación al género me llevó a ubicar un factor más que genera vulnerabilidad, entre otros.  Acaso mi rechazo inicial haya tenido que ver con no querer asumir lo que a mí me tornaba -aún- vulnerable socialmente. Ser mujer: un factor de riesgo… para todo?

De lo que se trata para mí es de buscar la Equidad, un término más preciso que la Igualdad. No somos iguales, tampoco sé si está bueno que lo seamos. Se trata efectivamente de una equidad de oportunidades, un punto de partida común y de una lucha contra la falta de estas oportunidades. Visibilizar aquello que obstaculice, interfiera, impida de un modo más o menos violento el acceso a estas oportunidades a tareas, roles, proyectos, que no tienen por qué ser privativos de uno u otro género o condición social.

 Es esta una perspectiva, a mi entender, que le da otra cabida al amor. A nosotras mismas, al otro, al hombre. No se trata de un enemigo a combatir, de un tirano a derrocar, una amenaza a nuestros derechos. Los hombres de algún modo también están sometidos a un discurso machista, un Macho Alpha intrapsíquico que los incita a ejercer la fuerza para probar hombría, a suprimir los sentimientos, a construir maquinarias, a no rebajarse a realizar una tarea doméstica, a la conquista sexual, a la dominación… No va de suyo que se conviertan en portadores de ese discurso por el sólo hecho de ser hombres.

Acaso llegue el día en que no hablemos de lucha, ni de que las mujeres vienen de Venus ni los hombres de Marte, sino que ambos nazcan y crezcan en el mismo planeta y tener una apasionada a la vez que pacífica convivencia.

Marzo de 2016

* Psicóloga de planta del Hospital Moyano.

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