El tirador de Centros

La idea de que algo se emite en un lugar y puede llegar a 50, 100, 200 millones de personas es una idea monstruosa.

NOTA HISTORICA: Entrevista a Pedro Saborido

Texto:
Fotografia: Paloma Lutsky Kogan


Para quiénes no lo conocen, Pedro Saborido es, entre otras cosas, el otro Peter Capusotto. Productor y guionista de uno de los mejores programas de televisión de los últimos tiempos. Y lo más admirable es que lo logra sin necesidad de usar virtuosismos tecnológicos ni estéticas ultra modernas. Si bien ningún bloque del programa dura más de diez minutos, lo que convence a la audiencia es el contenido. Hay un código, una manera de pensar la realidad sin tangas, ni chimentos, ni noticias. Otra música, otra visión acerca de nuestra cultura, de cómo resolver el enigma inacabado que es la sociedad argentina. Diego Capusotto y Pedro Saborido tienen bien en claro que la realidad a través de los medios es un relato de ficción. De ahí la lucidez incuestionable para expresar a través de los lenguajes adecuados, los discursos más crudos. Pedro Saborido, uno de los grandes culpables, hizo la primaria en un colegio de curas tercermundistas. “Así los defino yo, por la línea que con el tiempo me doy cuenta que tenían. Es el día de hoy que me sorprende el hecho de que el 22 de agosto, cuando fue la masacre de Trelew, hayan puesto la bandera a media asta. Era un colegio barrial, no existía la corbata y el trajecito, cada uno iba con el guardapolvo que tenía. No nos hablaban de la lucha de clases, pero había una bajada de línea muy clara respecto de ser conscientes por ejemplo de la discriminación y te estoy hablando de hace 35 años”.

 

–Dijiste “lucha de clases”. ¿De la mano de qué llegó ese concepto a tu vida?

–Cualquier enojo con el mundo tal cual es, te va llevando a lugares en donde te vas a poder sentir más cómodo, lugares donde te van a contener. En la época de la dictadura, fue un refugio el rock, la contracultura del rock, que obviamente iba contra un montón de cosas establecidas, no lo digo desde un análisis marxista. Un análisis más hippie si querés, pero en algún lugar había un contenido de enfrentamiento o escape o protección de lo establecido. Cuando vas creciendo y vas viendo que vivís en un mundo que no te cierra, vas encontrando esos elementos que te permiten desde defenderte de ese mundo que no te interesa hasta suponer cambiarlo y digo suponer porque no tiene que ver con la efectividad, no creo que hayamos sido muy efectivos después de 30 años de democracia. Pero sí hubo cosas que se lograron instalar culturalmente. Hay límites que generacionalmente se han instalado en muchos de nosotros: sabemos que hay lugares a los que no queremos volver. Sabemos que la opción no son los milicos, ni la dictadura. Nadie quiere que las cosas terminen en persecución, muerte y tortura. Ahora, a mí me interesa reafirmarlo más en la gente que no es del palo que en la gente que es del palo. Entre nosotros, es obvio.

Cuando tenía 19 años, Pedro quería dedicarse al cine. Trabajó de sonidista en “Esperando la carroza” y “Los chicos de la guerra”. Pero el cine le terminaría hinchando las pelotas. Saborido necesitaba calmar la ansiedad en proyectos que generaran resultados rápidos. Durante su juventud conoció a Omar Quiroga. Juntos trabajaron en FM Avellaneda en un programa que llamaron La luna con gatillo, en honor al escritor comunista, Raúl González Tuñón. En la misma emisora se hizo después Saborido & Quiroga, programa dedicado al humor político. En 1991 comenzó a escribir guiones de TV para Tato Bores. En 1998, fue uno de los guionistas de Delicatessen. En 1999, creó junto a Capusotto, Alberti y Montalbano “Todo X $ 2”, aquel programa que lograba sacar a los estudiantes de comunicación de sus clases antes de que terminen.

Saborido se acomoda en la silla. Deja teléfono celular y atado de cigarrillos sobre la mesa. Se sirve medio vaso de tónica y nos clava la mirada.

–¿De qué quieren hablar? –pregunta con un tono fastidioso, dejando caer los pómulos pesados y moviendo los labios para adentro. Mira a la cámara con desprecio, se podría decir que le molesta que lo estemos filmando. Le hacemos una pregunta, pero se aburre enseguida. Está convencido de que no le vamos de frente y que lo queremos engomar hablando de marxismo.

 

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–Vinimos a charlar –le digo–, nuestra idea es tomar una tónica con Pedro Saborido y hablar. Supongo que eso implica divagar un rato entre la cultura, la política, los medios.

Pedro nos mira a través de sus anteojos redondos, se rasca un poco la barba. Es una bicolor, batique, negra y blanca. Cuando revolea los ojos, se le van las pupilas tan hacia arriba que casi no se ven debajo de la visera del gorro. Se rasca la nariz. Los ojos quedan casi blancos y las cejas se adhieren a la tela de la gorra. Con el índice y el mayor sostiene un cigarrillo. Y arranca a hablar, es un torbellino de reflexiones que llevan a otras cada vez más agudas.

–Si tomás de parámetro el modo de vida de la gente, qué se yo, me gusta más como era cuando yo tenía 10 años. Vivimos un momento de más libertades o por lo menos, creemos tenerlas.
Lo interesante es ver qué es lo que falla cuando tenemos un montón de libertad, porque quizá no estamos programados para cambiarla, aprovecharla, ejercerla de otra manera. Se pasó de una generación política que estaba casi disuelta en un proyecto colectivo a una que siente el electroshock de la dictadura. Hasta que nos curemos de espanto de eso, todo va a ser así, más “soft” –dice y agrega un silencio a la mirada que se va espesando–. Vamos descubriendo de qué se tratan los medios. Esa pérdida de inocencia ante lo que significan los medios es algo que uno venía viendo desde antes o la había leído. Si te ponés a ver quién fue Randolph Hearst y la guerra de Estados Unidos decís “¡Epa, pero el tema de que los medios tienen influencia no es de ahora!”. No tenemos bien en claro qué nos hacen los medios. La idea de que algo se emite en un lugar y puede llegar a 50, 100, 200 millones de personas es una idea monstruosa. Sobre todo por la concepción, no tanto por el tamaño. Es raro, si uno se parara en la lógica de que hay un tipo hablando y el otro lo graba y lo que está pasando ahí se va a reproducir en otro momento y lo va a ver otro tipo… La tecnología va a una velocidad a la que ni el cuerpo ni la cabeza se pueden acostumbrar. –Revuelve la idea con la mano, rompiendo el humo del cigarrillo. Mueve los dedos como sacándose las migas que le sobraron de la frase y remata–: Hay gente que está relacionada por el Facebook y no se ve en dos años.

La voz de Pedro es grave. Cuando hace pausas o titubea el volumen sube. Toma un trago de tónica. Levanta la palma de la mano y aprieta la mirada. Algunas arrugas que se dibujan arriba de los pómulos. Lleva el cigarrillo a la boca. Inhala y atrás del humo que larga continúa con su reflexión:

–No está claro lo que va a pasar ahora que tenés la disponibilidad de una herramienta como Facebook que hace que se encuentre gente que no se ve desde hace 30 años. Y ves sus caras, sus vidas, cómo esa persona se ha deteriorado y te empezás a comunicar en un nivel para el cual no estamos preparados. En mi generación veo cosas raras, gente que se encuentra de casualidad con esa novia de la adolescencia y entonces van y toman un café y garchan o no, pero esa posibilidad estaba muerta para la mayoría, no estaba tan a mano. La tecnología hoy le da un lugar importante a calmar la ansiedad de la nostalgia, cualquier cosa que buscás del pasado, la volvés a encontrar.
Uno saca fotos y no las vuelve a mirar casi. Porque es tan fácil que el hecho consiste en sacar la foto y no en mirarla después. A veces el hecho de bajar la película te calma la ansiedad de tener la posibilidad de “agarrar” eso que está ahí. Después por ahí ni la mirás. Como pasa con las fotos, la gente está desesperada por atrapar el momento. No aguanta el no poder decir “¡Qué bueno que es esto!” –Saborido levanta ambas manos y muestra los dientes–. ¿Y qué más puedo hacer…? ¡Hay que sacarse una foto!

Pedro ya se bajó la tónica. Amagamos a pedir otra, pero se rehúsa y aclara “En este boliche te rompen el orto”. Empieza a aflojarse en esa silla, se relaja. Está cómodo, la ausencia de cuestionarios predecibles ayudó a la idea de sentarse a charlar con él. Nos vamos por las ramas, preguntamos casi sin pensar y, casi sin pensar, nos responde.

–La objetividad periodística no existe porque ya es un relato de ficción el periodismo. Partimos de un reflejo de la realidad que es eso, un reflejo. Pero a la vez, pareciera como que la única realidad que podemos compartir es la mediática. Vos podés ser judío, el otro evangelista, aquel vive en Gerli y aquel otro en un country, pero todos miran televisión. Todos saben quién es Tinelli. Cuando era chico, las conversaciones de los vecinos arrancaban con el tiempo: hace calor, va a llover, se va a despejar… Y ahora de pronto estás en un bar y te enterás porque está la televisión prendida de que va a llover, y ya se metió en tu vida, ya te metió un quilombo. ¿Qué hacemos, nos juntamos igual con los pibes? ¿No nos juntamos? Sin esa información el plan seguía y se encontraban con que llovía o no llovía, pero ese suspenso no era gratuito. La información no estaba tan a mano. – La boca se le va para el costado. Se toca la barba. Mueve las manos. Se frena, prende el cigarrillo y continúa–: Me parece que nos fuimos al re carajo, –concluye.

Saborido afirma que en el mismo consumo están las definiciones. Nos interpela, nos pregunta cómo pensamos hacer para financiar la revista en papel. Nos sugiere que hagamos una revista de Cultura y Culos.

–Porque el tema no son los culos, el tema es quién está dispuesto a consumir los culos sin prejuicio. ¿Los intelectuales no miran culos? Sí los miran, pero no van a decir que los miran o abiertamente no los consumirían. Porque está mal eso, porque son intelectuales. Claro: “Soy intelectual, no puedo mirar ojetes”; o sí miro, pero ojetes de Filosofía y Letras… El otro día fuimos a dar una charla con Rep a la Biblioteca Nacional y estaba esta cosa de “Mirá ese culo”, “Si yo
tuviese 25 años vendría de levante a la biblioteca de la facultad”. El chabón lo puso en esos términos. No tendría nada de malo, la pulsión sexual está en todo momento. Conozco mucha gente que va a bailar, sale y no levanta nada. Van más a hinchar las pelotas que a otra cosa. Es tan intenso lo que pasa en una discoteca que “hay que levantar, hay que levantar” y nadie levanta porque cada uno hace foco en la suya y no hay mucho más terreno para… Hace mucho que no voy a una discoteca así que no tengo la más puta idea de lo que pasa ahí. Nos fuimos al re carajo de nuevo, ¿no?

Da la sensación de que cada vez que Pedro dice las palabras “carajo”, “reputa” u “ojete” lo disfruta como si diese una buena noticia. Pero enseguida cree volver al hilo de la conversación.

–Con Diego somos bastante coherentes. Por lo menos en el resultado del trabajo hay cosas que no adoptamos automáticamente del medio, no ponemos minas en pelotas, no hacemos cámaras sorpresas, no lo hicimos nunca ni lo vamos a hacer.

Aparece un pelado. Es el griego Iconomidis, el que pasa esos videazos. –Marcelo me ayuda con la producción. De hecho ahora nos reunimos a laburar –dice Pedro, y su compañero se queda mirándolo. Deja caer una sonrisa cómplice y mirándonos luego a nosotros pregunta:– ¿Pedro ya se hizo el difícil? No le crean nada, lo hace a propósito. –Pedro hace como que no lo escucha y sigue hablando. –Generalizamos porque nos tiran módulos de generalización por la cabeza.

El formato de entrevista ya se perdió hace una media hora. Estamos los cuatro cagándonos de risa. Cuando se enteran de que el Mago y yo militábamos en el Partido Comunista, nos piden un carnet. –Los amigos más kirchneristas que tengo son ex PC y yo le digo que están acostumbrados al martirologio y a tener a todo el mundo en contra. Ya en mi generación los comunistas venían de un antiperonismo inerciático, es decir, simplemente era la FEDE y sus mayores como una
experiencia de transmisión cultural que no tenía que ver con lo que palpaban y vivían. Pero está bueno ser comunista, yo quiero tener un carnet. Y antes de hablar con cualquier tipo, saco el carnet y le digo: “Momentito señor, yo soy del Partido Comunista”, se van a anular muchas conversaciones con mucha gente. Está buenísimo, sacame una foto como para el carnet, ¿seguro me los conseguís no?

Paloma, les saca dos fotos cuatro por cuatro. Nahuel apaga la cámara. –Nos fuimos al re carajo – dice Pedro por tercera vez. Y tenía razón, tanto nos fuimos al carajo que los afiliamos al PC, ahora que se hagan cargo los dos.

Nota publicada en 2011

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